AURORA
Unos ojos azules penetrantes cortan la oscuridad, casi como si brillaran. Cuando la figura sale de las sombras, me doy cuenta de que está cubierto de sangre y sostiene un cuchillo. La visión me despierta de golpe—
Jadeo frenéticamente al notar que tengo la piel empapada de sudor.
Ese sueño ha sido una puta locura. Se me revuelve el estómago al recordar las imágenes enfermizas que mi mente ha conjurado mientras dormía.
El hombre enmascarado del carnaval asesinaba gente, se cubría de sangre y luego me perseguía.
Y sin embargo, al despertar, siento el calor persistente entre mis muslos por la fantasía.
Es oficial. Necesito ver a un psiquiatra porque estos pensamientos y fantasías se están volviendo demasiado perturbadores. Al salir de la cama, esa misma sensación de que me observan se apodera de mí. Mientras hago mi rutina matutina, intento ignorarla, pero es inútil. Me pone la piel de gallina.
Cuando salgo a la acera, se intensifica. Miro a mi alrededor en busca de alguien que me esté siguiendo, pero las calles están vacías. El corazón se me acelera mientras camino hacia el supermercado.
En el trabajo, me cuesta concentrarme. Me tiemblan las manos mientras cobro a los clientes. Estoy perdiendo la noción de la realidad.
¿Me estoy volviendo loca? ¿Esto es lo que se siente al perder la cordura?
Intento apartar los pensamientos, pero siguen volviendo como zarcillos de oscuridad que se enroscan en mi cerebro.
Cuando por fin llega la hora del almuerzo, me siento en la sala de descanso con la pierna moviéndose nerviosa mientras espero a que llegue Charlotte. En mi vida me he alegrado tanto de ver a alguien como cuando por fin entra con una bolsa de burritos de nuestro sitio favorito.
—¡Hola, chica! —Charlotte me saluda con una sonrisa, dejándose caer en la silla frente a mí—. Te he traído lo de siempre: extra de guacamole, sin nata agria.
—Gracias —digo, cogiendo el burrito—. Me salvas la vida.
Comemos en silencio durante unos minutos, pero siento las palabras burbujear dentro de mí, desesperadas por salir. Al final, no puedo contenerme más.
—¡Creo que alguien me está vigilando! —suelto de golpe.
Los ojos de Charlotte se abren de par en par y se inclina hacia mí.
—¿Qué quieres decir?
—Desde el carnaval, siento que alguien me sigue. Que me vigila. No puedo quitarme esa sensación de encima.
Charlotte frunce el ceño y se le arruga la frente con preocupación.
—Eso es espeluznante. ¿Has visto a alguien sospechoso?
Niego con la cabeza.
—No, pero lo siento. Es como una presencia constante que acecha justo fuera de mi campo de visión.
Charlotte le da un mordisco a su burrito y mastica pensativa.
—Sabes —dice, con un brillo en los ojos—, si fuera ese tipo enmascarado que te agarró en la casa embrujada, puede que no fuera tan malo.
Siento que me arden las mejillas al recordar sus brazos poderosos rodeándome, el calor de su aliento en mi cuello y los sueños que mi puta cabeza ha tenido desde nuestro encuentro.
—Eso no tiene gracia.
—Solo digo —se encoge de hombros— que estaba bastante bueno, en plan hombre misterioso enmascarado.
—Aunque fuera él, que lo dudo, sigue siendo espeluznante. No quiero que un tío cualquiera me esté acosando.
¿O sí? Estoy tan jodida que la idea de que un psicópata musculoso, de ojos azules, tatuado y enmascarado me acose me pone cachonda, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
La expresión de Charlotte se vuelve seria.
—Tienes razón, perdona. Esto es serio. ¿Has pensado en ir a la policía?
Niego con la cabeza.
—¿Y decirles qué? ¿Que tengo la sensación de que alguien me vigila, pero ni una sola prueba? Pensarán que estoy loca.
—Bueno, quizá podamos investigar por nuestra cuenta —sugiere Charlotte, con un brillo de emoción en los ojos—. Podríamos intentar pillar a este desgraciado con las manos en la masa.
Me muerdo el labio mientras considero la idea. Es tentador.
—No sé. ¿Y si quien lo está haciendo es peligroso?
Charlotte se recuesta en la silla.
—Tendremos cuidado. No haremos ninguna tontería. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados y dejar que este acosador controle tu vida.
Charlotte tiene un don para lo dramático, teniendo en cuenta que esta sensación solo empezó ayer por la mañana. Así que difícilmente el acosador está controlando mi vida, pero asiento.
—Deberíamos hacer algo.
Aunque estoy de acuerdo con su plan, me queda una duda que no se va. ¿Y si simplemente estoy perdiendo la cabeza? ¿Y si no hay ningún acosador y todo esto es producto de mi mente enferma?
Siempre he sido un poco rara, demasiado atraída por las perversiones de la vida. ¿Y si esto no es más que otra manifestación de eso?
No, esto es demasiado real para estar solo en mi cabeza. La sensación de que me observan, el hormigueo en la nuca, cómo se me acelera el corazón cada vez que salgo... todo eso no puede ser solo mi imaginación.
A pesar de intentar convencerme, la duda persiste. Siempre se me ha dado bien mentirme a mí misma, crear fantasías elaboradas en mi cabeza.
Asiento.
—Averigüemos quién es este hijo de puta y hagamos que se arrepienta de haberse metido conmigo.
Charlotte sonríe con los ojos brillantes.
—Esa es mi chica. Le enseñaremos a este desgraciado lo que pasa cuando se meten con Aurora, joder, Montgomery.
Tanto si este acosador es real como si es solo un producto de mi imaginación retorcida, voy a descubrirlo.
—Creo que tengo el plan perfecto —anuncia Charlotte unos minutos después.
Arqueo una ceja.
—¿Cuál?
Charlotte carraspea.
—Esto es lo que haremos —se inclina hacia mí—. Te esperaré después de tu turno y me acompañarás a mi casa. Fingiré que entro. Cuando estés a unos cien metros, te seguiré y estaré atenta a cualquier sospechoso.
Me muerdo el labio. —¿Y qué pasa si ves a alguien siguiéndome?
Charlotte sonríe. —Entonces le plantaremos cara al cabrón. Nos aseguraremos de que sepa que meterse contigo es un gran error.
La idea de enfrentarme a mi acosador me aterra. Una parte de mí quiere huir, esconderse y fingir que esto no está pasando. Pero otra parte, la que busca emociones fuertes, está deseando plantarle cara.
—De acuerdo —murmuro—. Trato hecho.
Seguimos comiendo nuestros burritos en silencio. O al menos yo. Charlotte divaga sobre algo del trabajo, pero estoy demasiado distraída para escucharla. Cuando terminamos, nos despedimos y vuelvo al trabajo.
El resto del turno se me hace eterno, cada minuto parece durar una eternidad. Apenas puedo concentrarme en el trabajo; mi mente no deja de dar vueltas a lo que podría pasar después. ¿De verdad atraparemos a mi acosador? ¿O todo esto será en vano?
Por fin dan las seis y ficho la salida. El corazón me late desbocado mientras salgo. El sol se está poniendo y proyecta largas sombras sobre el aparcamiento. Recorro el área con la mirada en busca de Charlotte, pero no la veo por ninguna parte.
Espero unos minutos y la ansiedad me crece con cada segundo que pasa. Saco el móvil, lista para llamarla, cuando oigo una voz familiar a mi espalda.
—¡Hola! —me llama Charlotte mientras viene corriendo hacia mí—. Perdona por llegar tarde. El jefe me ha tenido trabajando más de lo normal.
Suspiro. —No pasa nada. Me alegro de que estés aquí.
Nos dirigimos al apartamento de Charlotte, caminando la una al lado de la otra.
Actúo con normalidad, charlando con ella sobre el trabajo y nuestros planes para el carnaval de la noche de Halloween.
Pero mi mente está en otra parte, sin dejar de observar nuestro entorno en busca de cualquier señal de peligro.
El temor se apodera de mí a medida que nos acercamos al edificio de Charlotte. Ha llegado el momento de la verdad. Charlotte sube los escalones hacia su puerta.
—Mándame un mensaje cuando llegues a casa —dice, mirándome fijamente—. Y ten cuidado.
Asiento. —Tú también.
Observo cómo Charlotte desaparece dentro y la puerta se cierra tras ella con un suave clic. Luego me doy la vuelta y echo a andar con el corazón latiéndome con fuerza.
Avanzo unos cien metros y oigo pasos detrás de mí. Se me corta la respiración, pero me obligo a seguir caminando a un ritmo constante y medido.
De repente, un hombre pasa corriendo junto a mí mientras contesta el móvil, que está sonando. Doy un respingo y el corazón se me sube a la garganta al girarme para verlo. Pero apenas me mira, demasiado absorto en su conversación para prestarme atención.
Contrólate, Aurora.
Es solo un tipo cualquiera, no un acosador.
Miro por encima del hombro con la esperanza de vislumbrar a Charlotte detrás de mí, pero la calle está vacía y no hay ni rastro de ella.
¿Dónde está? Reduzco un poco el ritmo para que pueda alcanzarme. Tengo los dedos suspendidos sobre su nombre en el móvil.
¿Debería llamarla?
Niego con la cabeza. No, Charlotte sabe cuidarse sola. Seguramente va con mucho cuidado para no echar a perder nuestra tapadera.
Sigo caminando con los ojos yendo de un lado a otro, escudriñando las sombras en busca de cualquier movimiento. Cada sonido me sobresalta. Cada destello de movimiento en el rabillo del ojo hace que el corazón se me acelere.
Pero no hay nada. Solo las calles vacías y los sonidos lejanos del carnaval. Me siento tonta otra vez, convencida de que solo son paranoias mías.
Y entonces oigo un suave roce, como si alguien hubiera rozado un arbusto. Me quedo paralizada, se me corta la respiración y aguzo el oído.
Ahí está otra vez. Y luego el débil eco de un paso en la acera. Alguien me está siguiendo, estoy segura. Me concentro en caminar y mantengo el ritmo constante. Siento el peso de una mirada clavada en mí.
Miro hacia atrás por encima del hombro con la esperanza de vislumbrar a mi perseguidor. Pero la calle está vacía.
Acelero el paso y corro las últimas manzanas hasta mi apartamento.
Todavía siento el peso de una mirada sobre mí.
Pero cada vez que miro hacia atrás, no hay nadie.
Al llegar a mi edificio, entro a trompicones y subo las escaleras corriendo mientras busco las llaves a tientas.
Por fin abro la puerta, entro corriendo y la cierro de un portazo. Echo el cerrojo con dedos temblorosos.
Saco el móvil y mis dedos vuelan sobre la pantalla mientras escribo un mensaje a Charlotte.
¿Viste a alguien siguiéndome?
Le doy a enviar con el corazón en un puño mientras espero su respuesta. Pero pasan los minutos y no hay respuesta. Frunzo el ceño y una punzada de inquietud se me instala en el estómago. Charlotte siempre responde enseguida, pase lo que pase.
Pulso el botón de llamada y me llevo el móvil a la oreja. Pero no contesta, solo salta el buzón de voz.
—Hola, soy Charlotte. Deja un mensaje y te responderé. Quizás. Si tienes suerte.
Me tiemblan las manos mientras miro el móvil. Algo va mal.
Paso los contactos con el pulgar suspendido sobre el nombre de Dan. Es la única otra persona en la que confío. Pulso el botón de llamada y el corazón me late con fuerza mientras suena una, dos, tres veces.
—¿Hola? —la voz de Dan suena somnolienta, como si acabara de despertarse.
—Dan, soy yo. Necesito tu ayuda —me tiembla la voz y las palabras me salen atropelladas—. Creo que le ha pasado algo a Charlotte.
—¿Qué quieres decir? —suena más alerta, con un deje de preocupación en la voz.
—No lo sé, Dan. Teníamos un plan... —me interrumpo, con la voz temblorosa—.
Estos dos últimos días he tenido la sensación de que alguien me observaba.
Así que Charlotte quedó conmigo después del turno y fuimos juntas hasta su casa.
Pero luego ella iba a fingir que entraba y seguirme a distancia para ver si alguien me estaba acosando.
El corazón me late con fuerza. —Pero no vi a Charlotte detrás de mí en todo el camino de vuelta. Estuve esperando a que me alcanzara, pero nunca lo hizo. Y ahora no contesta al móvil ni responde a mis mensajes.
Siento el pánico subiéndome por la garganta, amenazando con ahogarme. —¿Y si le ha pasado algo, Dan? ¿Y si quien me ha estado siguiendo le ha hecho daño?
Hay un momento de silencio al otro lado de la línea, y casi puedo oír cómo le dan vueltas los engranajes en la cabeza a Dan.
—Vale, no saquemos conclusiones precipitadas —dice con calma—. Quizá se le haya quedado sin batería el móvil.
—Pero me habría seguido hasta mi apartamento —replico, alzando la voz—. Sabe lo asustada que estoy con lo del acosador. No me dejaría tirada así.
—Tienes razón —concede Dan—. Vale, haremos lo siguiente: voy a tu casa ahora mismo a recogerte y luego pasamos por el piso de Charlotte a ver si está bien.
Asiento con la cabeza, aunque no puede verme.
—Vale. Sí. Buen plan.
—No te muevas de ahí, ¿vale? Llego en cuanto pueda.
—Vale —susurro—. Date prisa, Dan, por favor. Estoy muerta de miedo.
—Lo sé, Aurora. Lo sé. Aguanta un poco, ¿vale? Ya voy para allá.
Cuelgo, con las manos temblándome al dejar el teléfono sobre la encimera.
Disfruto del miedo, pero no cuando puede significar que he puesto a mi amiga en peligro.
Echo un vistazo a mi apartamento y siento que las paredes se me vienen encima.
O estoy perdiendo la cabeza por completo, o a Charlotte le ha pasado algo.
No podría soportar haberla puesto en riesgo. Sería culpa mía.