Monstruo del carnaval (Serie Carnaval) AURORA
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AURORA

El corazón me late desbocado cuando abro los ojos de golpe. Persisten las imágenes vívidas de unos ojos azules penetrantes que me taladran el alma. Respiro hondo e intento quitarme de encima la sensación espeluznante con la que me he despertado.

Echo un vistazo al despertador y salto de la cama.

Ya debería haber sonado, porque mi turno en el supermercado empieza en media hora.

Voy al baño y me echo agua fría en la cara.

Pero mientras sigo con mi rutina matutina, no consigo librarme de la sensación de que alguien me observa, lo cual es ridículo: estoy en mi apartamento del tercer piso con las cortinas echadas, joder.

Es una sensación punzante que me pone la piel de gallina. Miro por encima del hombro mientras me cepillo los dientes, casi esperando ver esos intensos ojos azules clavados en mí.

Aparto los pensamientos inquietantes, me visto y desayuno algo rápido. Pero incluso cuando salgo a la brillante luz del sol de la mañana, la sensación persiste.

De camino al trabajo, examino a las personas con las que me cruzo, buscando alguna señal del hombre del carnaval. Pero no aparece por ninguna parte.

Miro por encima del hombro por centésima vez, con el corazón acelerado mientras examino la calle. La sensación de que me observan es abrumadora, pero por mucho que mire, no logro detectar a nadie sospechoso.

¿Estoy perdiendo la cabeza?

Acelero el paso y mis zapatos repiquetean contra la acera mientras me apresuro hacia el supermercado. El alivio me inunda cuando empujo la puerta y entro. El ambiente familiar de la tienda me envuelve como una manta reconfortante.

—¡Aurora! Llegas tarde.

La voz amigable de Dan interrumpe mis pensamientos, y me giro para verlo acercarse con una cálida sonrisa.

—¿Tengo que castigarte?

—Hola, Dan —logro esbozar una sonrisa débil—. Lo siento, me quedé dormida. El maldito despertador no sonó.

Dan es mi mejor amigo, pero también mi jefe, ya que es el encargado del supermercado.

Frunce el ceño y me escudriña el rostro.

—¿Estás bien? Pareces un poco asustada.

Dudo un momento, pensando si debería contarle lo de la sensación que tengo desde que me desperté. Pero no quiero parecer una loca, así que niego con la cabeza y fuerzo una sonrisa más convincente.

—Estoy bien, es solo que no dormí bien anoche. Demasiado emocionada por el carnaval, supongo.

Dan se ríe y asiente con comprensión.

—Sé a qué te refieres. Fue una noche salvaje. Charlotte no paró de hablar de ello de camino a casa.

Me aferro al cambio de tema.

—Seguro que ya ha planeado nuestros disfraces para la noche de Halloween —bromeo mientras camino a su lado hacia la sala de descanso para guardar mi almuerzo en la nevera.

—Conociéndola, va a hacer que los tres vayamos de Peter Pan, Wendy y Campanilla —dice Dan con una sonrisa mientras me sostiene la puerta.

—Pues entonces pido ser Wendy.

Mientras nos acomodamos en nuestra rutina habitual de antes del turno, la charla de Dan ayuda a aliviar parte de la tensión. Pero incluso mientras me río y bromeo con él, no puedo quitarme de encima la sensación de que algo va mal.

Es como si una sombra acechara justo en el límite de mi campo de visión, observándome. Y a pesar de la calidez y familiaridad de la tienda, no puedo evitar sentir que es solo cuestión de tiempo antes de que esa sombra me engulla por completo.

Las horas se hacen eternas, cada minuto que pasa parece una eternidad. Cumplo con mi turno mecánicamente, reponiendo estantes y atendiendo a los clientes, pero mi mente está en otra parte. Esa sensación persistente de que me observan no me abandona.

Me sobresalto con cada sonido inesperado, el corazón se me acelera ante el más mínimo movimiento en mi visión periférica.

Venga, Aurora, esto es ridículo. Contrólate.

Por mucho que intento razonar conmigo misma, la sensación persiste sin importar cuánto me esfuerce por racionalizarla.

Tengo los nervios destrozados cuando termina mi turno. Ficho lo más rápido posible, apenas me tomo el tiempo de despedirme de mis compañeros antes de salir corriendo.

El camino a casa es borroso, mis pies avanzan en piloto automático mientras mi mente se dispara con pensamientos paranoicos. Cada sombra parece esconder una amenaza, cada transeúnte un posible acosador. Aprieto las llaves con fuerza, lista para usarlas como arma si hace falta.

Cuando por fin llego a mi edificio, suspiro aliviada. La vista familiar de la fachada de ladrillo desgastado resulta acogedora. Entro a toda prisa y subo las escaleras de dos en dos, ansiosa por llegar a la seguridad de mi apartamento.

Una vez dentro, cierro la puerta tras de mí y me apoyo en ella con los ojos cerrados un momento. No hay forma de negarlo. Estoy perdiendo la cabeza.

La familiaridad del hogar ayuda a aliviar parte de la tensión, y el silencio de mi apartamento resulta acogedor después del zumbido constante de paranoia que me ha perseguido todo el día.

Mientras me muevo por el apartamento, corro bien las cortinas y compruebo dos veces los cerrojos de las ventanas.

La parte racional de mi cerebro sabe que nadie puede verme aquí, que estoy a salvo entre estas paredes.

Pero la parte irracional, la que lleva en alerta máxima desde esta mañana, no se convence tan fácilmente.

Me desplomo en el sofá con la cabeza entre las manos, sin poder evitar preguntarme si me estoy volviendo loca. Si esta sensación no desaparece pronto, puede que tenga que buscar ayuda profesional. La idea de abrirme a un desconocido me revuelve el estómago, pero sé que esto no es normal.

Por ahora, sin embargo, solo puedo intentar relajarme y confiar en que mañana me libre de esta implacable sensación de que alguien me observa.