CAPÍTULO 28 — Antes de la primera pluma
Antes de la primera pluma
El tercer golpe resonó.
La cámara blanca desapareció.
Emma estaba de pie bajo la lluvia.
Era lo bastante real para hacerla sentir frío.
Beto estaba a su lado.
Liu, Bastian, Athren y Marcel permanecían cerca, pero sus contornos se desdibujaban cada vez que Emma intentaba mirarlos directamente.
Aquello no era un lugar.
Era un recuerdo.
Ackua recordaba.
Nada más.
La lluvia caía sobre tierra negra.
No había edificios.
Ni caminos.
Ni ejércitos.
Un paisaje anterior a cualquier versión que los presentes reconocieran.
Athren se agachó y tocó el suelo.
—He estado aquí.
Marcel lo miró.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Beto suspiró.
—Muy útil.
Athren frotó tierra entre sus dedos.
—Recuerdo el lugar. No este momento.
Emma contempló el campo vacío.
—¿Cómo es posible?
Athren se puso de pie.
—Pregúntate cuántas habitaciones de tu infancia recuerdas sin recordar el día en que estuviste dentro de ellas.
El mundo hacía lo mismo.
Conservaba la habitación.
Perdía la fecha.
Una pequeña forma se movió bajo la lluvia.
Todos se quedaron inmóviles.
Estaba demasiado lejos para identificarla.
Tres dedos marcaron el barro.
Luego otros tres.
Beto levantó las orejas.
—Eso me resulta familiar.
Athren no respondió.
La forma desapareció detrás de una elevación.
Emma la siguió.
Los demás la acompañaron porque el recuerdo se lo permitió.
En la cima de la colina no encontraron nada.
Solo una pluma hundida en la tierra húmeda.
Incolora.
Emma intentó tomarla.
Sus dedos la atravesaron.
La pluma cambió.
Blanca.
Después naranja.
Luego incolora otra vez.
No era una transformación.
Era un recuerdo incapaz de elegir.
Marcel la observó con una concentración poco habitual.
Athren susurró:
—Antes de que la primera pluma tuviera un significado.
Beto lo miró.
—Eso suena poético.
—No era mi intención.
—Esos suelen ser los peores casos.
La lluvia arreció.
Un sonido llegó a través de ella.
Una risa.
Pequeña.
Humana.
Emma giró.
Un niño corrió por el campo.
Desapareció antes de que pudiera verle la cara.
Luego llegó otro fragmento.
Una mano.
Una puerta de madera.
Un mechón dorado.
Estática.
Beto trastabilló.
Liu lo sostuvo.
—¿Beto?
De pronto sintió un sabor dulce en la boca.
Chocolate blanco.
Cajeta.
Tragó saliva.
El campo desapareció durante medio segundo.
Un envoltorio.
Unos dedos.
Alguien que se reía.
Después volvió la lluvia.
Beto no dijo nada.
Marcel lo miró.
Beto evitó sus ojos.
Emma notó ambos gestos.
—¿Qué viste?
—Nada.
Marcel sonrió.
—Mientes fatal.
Beto lo fulminó con la mirada.
El recuerdo cambió.
El campo se convirtió en una habitación.
No del todo.
Los muros solo aparecían cuando Emma apartaba la vista de ellos.
Una cama.
Una ventana.
Un gato negro que se movía bajo los muebles.
Un número arañado en la madera.
14.
Luego desapareció.
El mechón dorado de Beto brilló más.
Athren se volvió hacia Marcel.
—No.
Marcel levantó ambas manos.
—No hice nada.
Por una vez, Emma le creyó.
El recuerdo pertenecía a Ackua.
No a Marcel.
Eso no significaba que Marcel no pudiera aprovecharlo.
La habitación titiló.
El catorce apareció otra vez.
No se explicó como una edad.
Ni como un año.
Solo era un número que el cuerpo de Beto reconocía antes que su mente.
Su corazón se aceleró.
Liu acercó una mano a él.
Sin tocarlo.
Esperando.
Beto se apoyó en ella.
Marcel observaba.
Otra vez.
Aquella leve sonrisa.
Beto la vio.
El recuerdo se rompió.
Regresaron a la cámara blanca.
El agua de lluvia permaneció en el abrigo de Emma durante tres segundos.
Después desapareció.
Athren miraba fijamente el lugar donde había estado el campo.
Marcel se ajustó el sombrero.
—Bueno.
Emma se volvió hacia él.
—No empieces.
—Todavía no he dicho nada.
—Estás a punto.
—Una acusación escandalosa.
Beto miraba el muro lejano.
Había aparecido una puerta.
Madera negra.
Manija dorada.
Nadie la había visto llegar.
Athren palideció.
El número estaba tallado en ella.
14.
Liu se acercó a Beto.
Bastian levantó la hoja gris.
Emma sintió la mirada de Antonia bajo su piel.
Marcel no se acercó a la puerta.
Eso preocupó a Emma.
Beto lo miró.
—Sabes lo que significa.
Marcel inclinó la cabeza.
—Sé lo que crees que significa.
—No sé qué creo.
—Aún mejor.
Athren se interpuso entre Beto y la puerta.
—No la abras.
Marcel no tocó nada.
—Yo no lo haré.
Miró a Beto.
—Él sí.
Alguien llamó desde el otro lado de la puerta.
Una vez.
Beto volvió a sentir el sabor del chocolate blanco y la cajeta.
Liu susurró:
—¿Beto?
Él no respondió.
Su mechón dorado empezó a arder.
Marcel sonrió.
No porque supiera qué recordaba Beto.
Sino porque sabía qué quería averiguar.
Y, en algún lugar lejano, un Owling hizo una marca.