CAPÍTULO 22 — La Tercera Elección #2
La mujer miró a los ejércitos.
—Alguien que ha observado durante demasiado tiempo.
—Eso suena a Bastian.
—Es un defecto común entre los antiguos.
Bastian lo aceptó sin protestar.
Sospechoso.
La mujer miró hacia Ariel. Su pluma blanca tembló. Luego miró a los demás Remvolbents.
—Nos dijeron que la transformación había terminado —dijo.
El comandante oriental se tensó.
El comandante Servanz apartó la mirada.
—Nos dijeron que los caídos solo podían caer todavía más.
Ariel tenía los ojos llenos de lágrimas.
Emma sintió que Antonia se quedaba muy quieta.
La mujer continuó:
—Se equivocaban.
Algo ocurrió al otro lado de la plaza.
El guerrero naranja que había perdonado la vida al Servanz se tocó el pecho.
Una pluma había cambiado allí.
Blanca.
Él se quedó mirándola.
También todos los que lo rodeaban.
Se oyó otro grito.
La arquera que había quitado la cuerda de su arco tenía una pluma blanca entre las naranjas.
Luego otro Remvolbent.
Y otro.
No todos.
No de forma automática.
Una elección a la vez.
La plaza se llenó de pequeños cambios imposibles.
La Tercera Elección ahora era visible.
No era pureza.
No era lealtad.
Era prueba.
El comandante oriental contempló a los suyos.
—Deténganse.
Nadie sabía qué quería decir.
Quizá ni él mismo.
—¡Deténganse!
Un joven Remvolbent que estaba a su lado miró la nueva pluma blanca de su brazo.
—¿Por qué?
La expresión del comandante se quebró.
Porque si ellos podían cambiar, su guerra había perdido una de sus razones más antiguas.
El comandante Servanz también lo entendió.
Su ejército había construido su identidad sobre la idea de ser el estado final.
La prueba de la redención.
Pero la redención acababa de aparecer dentro del enemigo sin pedir permiso.
Emma miró a la mujer de alas blancas.
—¿Tú hiciste eso?
—No.
—Entonces, ¿quién?
La mujer miró a los Remvolbents.
—Ellos.
Emma sintió que algo recorría el valle.
No era magia.
Era posibilidad.
Algo más peligroso.
El comandante oriental desenvainó el arma.
A Emma se le cayó el alma a los pies.
Apuntó al joven Remvolbent de la pluma blanca.
—Traidor.
La palabra atravesó la plaza.
El joven lo miró fijamente.
—Salvé a alguien.
—Cambiaste.
—Sí.
—Traicionaste tu sangre.
El joven Remvolbent miró la pluma. Después a Emma. Luego otra vez a su comandante.
—No.
Le temblaba la voz.
—Traicioné tu guerra.
El comandante atacó.
Emma estaba demasiado lejos.
Antonia no.
Un ala negra golpeó el suelo entre los dos.
La espada del comandante se hizo añicos contra una pluma.
Emma bajó la mirada hacia él.
—Ahí está.
Él levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—La tercera elección.
La mujer de alas blancas sonrió.
El comandante, no.
—En la guerra solo hay dos bandos.
Emma miró a su alrededor.
Soldados blancos ayudaban a heridos naranjas.
Remvolbents cargaban niños humanos. Ariel permanecía de pie con una pluma blanca sobre el corazón.
Liu sostenía a un gato que ya había muerto dos veces y todavía tenía fuerzas para parecer molesto.
Bastian estaba al lado de las personas en vez de por encima de ellas.
Antonia estaba dentro de Emma sin consumirla.
—Entonces puede que ya no sea tu guerra.
El rostro del comandante se contrajo. Alzó su arma rota.
Sus propios soldados se apartaron de él.
Uno.
Luego otro.
Luego decenas.
El comandante Servanz observó.
Lentamente, se quitó la insignia de la armadura.
La dejó caer en el barro.
El sonido fue diminuto.
Emma lo oyó de todos modos.
El comandante oriental lo miró fijamente.
—Cobarde.
El comandante Servanz lo miró.
—Puede ser.
Después miró a Emma.
—Pero hoy, no.
Beto levantó la cabeza.
—Me cae un poco menos mal.
Liu bajó la vista hacia él.
—Descansa.
—Estoy descansando mientras juzgo.
Emma se rio.
Antonia se rio con ella.
El sonido recorrió Errita.
Esta vez nadie huyó.
Entonces el primer Remvolbent se arrodilló.
No ante Emma.
Ante el Servanz herido al que casi había matado.
Le ofreció la mano.
El Servanz la aceptó.
Apareció otra pluma blanca.
Y luego otra.
Por todo el valle, el naranja empezó a mezclarse con el blanco.
No lo suficiente para borrar lo ocurrido.
No lo suficiente para resucitar a nadie.
Lo suficiente para que mañana fuera distinto.
Emma miró a la mujer.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Ahora?
Miró hacia la cresta occidental, donde esperaban las figuras blancas. Después, hacia el ejército oriental, que ya empezaba a dividirse entre quienes se quedaban y quienes se marchaban.
—Ahora todos descubrirán que sobrevivir a una revelación es más difícil que sobrevivir a una batalla.
Emma suspiró.
—De verdad eres antigua.
La mujer sonrió.
—Mucho.
Detrás de ellas, Bastian se aclaró la garganta.
—Emma.
Ella se volvió.
Él estaba mirando la montaña.
La cicatriz dorada seguía allí.
Una línea delgada había empezado a descender.
Hacia el río.
Hacia el puente.
Hacia ellos.
La mujer la vio.
Su sonrisa desapareció.
—Eso —dijo— no es nuestro.
Beto abrió ambos ojos.
—Excelente.
Emma lo miró.
—¿Qué?
—Por un momento me preocupó que el día fuera a mejorar.
La línea dorada llegó al río.
El agua se volvió negra.
Todas las plumas blancas nuevas de Errita se alzaron a la vez.
Antonia abrió las alas.
Emma sintió la Tercera Elección a su alrededor.
No era un ejército.
Todavía no.
Era algo más difícil de mandar.
Personas que habían elegido por sí mismas.
Emma sonrió.
—Bien.
Bastian la miró.
—¿Por qué bien?
Emma contempló a los blancos y a los naranjas, de pie juntos mientras se extendía el agua negra.
—Porque ahora veremos si lo decían en serio.