CAPÍTULO 19 — Lo que alimenta la furia #2
Pero no te conviertas en ella.
Y debajo, más hondo:
De sí misma, antes que de nadie.
Emma inhaló humo.
—La decisión es mía primero —susurró.
Antonia la oyó.
Nuestro cuerpo.
Sí.
¿Nuestra lucha?
Emma vio a un soldado blanco sacar a un niño naranja de debajo de unas vigas que caían.
Después vio a un soldado naranja abatir a un arquero blanco que había apuntado al mismo niño.
—No.
Antonia retrocedió.
Emma se tocó el pecho.
—Mi elección.
Un largo silencio dentro de un solo cuerpo.
Entonces:
¿Nuestra elección?
Emma casi dejó de respirar.
No era un acuerdo.
Ni una rendición.
Una pregunta.
Una pregunta de verdad.
—Ya trabajaremos la gramática después.
Antonia no entendió la broma.
Beto sí la habría entendido.
Eso dolió más de lo esperado.
Otro rugido recorrió los tejados.
Emma corrió hacia él.
En la siguiente intersección, la guerra había levantado un muro de cuerpos.
No a propósito.
Simplemente se habían acumulado donde la calle se estrechaba.
Blancos.
Naranjas.
Humanos.
Cosas a las que Emma no sabía poner nombre.
Un Servanz joven estaba a un lado del montón con el arma baja.
Frente a él, una mujer Remvolbent sostenía una hoja curva.
Ninguno se movía.
Entre ellos yacía un niño.
Humano.
Vivo.
El Servanz lo señaló.
—Recógelo tú.
La Remvolbent lo miró.
—Tú estás más cerca.
—Tú tienes manos.
Ella miró las manos de él.
El Servanz bajó la vista.
Le habían quemado tres dedos de una mano.
—Ah.
La Remvolbent envainó la hoja.
Trepó por encima de los muertos.
El Servanz la ayudó.
Juntos levantaron al niño.
Entonces una flecha le entró en la garganta a la mujer Remvolbent.
El Servanz sostuvo a ambos, a ella y al niño.
Durante un segundo, se limitó a contemplar la sangre sobre sus plumas blancas.
Luego miró hacia la loma de donde había venido la flecha.
La loma blanca.
La suya.
Algo se rompió en su expresión.
No fue la lealtad.
Fue algo más simple.
La certeza.
Emma llegó hasta él.
—Lleva al niño hacia el sur.
Él miró sus alas negras.
—¿Quién eres?
—Emma.
—¿A qué mando perteneces?
—A ninguno.
—Entonces, ¿por qué debería escucharte?
Emma señaló al niño.
—Porque está sangrando.
El Servanz bajó la vista.
Eso bastó.
Corrió hacia el sur.
Emma continuó hacia el norte.
Así se deshacían los ejércitos.
No cuando morían los comandantes.
Cuando cada persona empezaba a ver lo que las órdenes exigían que no viera.
Marcel también lo entendía.
Por supuesto.
Había construido la máquina opuesta.
Haz que tengan miedo.
Dale un color al miedo.
Dale un nombre al color.
Dile a cada bando que poseer es proteger.
Y espera.
Sin hilos.
Sin control.
Las decisiones hacen el resto.
Emma lo odiaba por necesitar tan poca fuerza.
Se odiaba un poco más por apreciar la elegancia del mecanismo.
Antonia percibió aquel pensamiento.
Ingenioso.
—No lo admires.
Enemigo ingenioso.
—Eso es peor.
Útil.
Emma casi tropezó.
—Has estado escuchando a Bastian.
Ninguna respuesta.
Lo cual significaba que sí.
La calle se abrió hacia el acceso a la línea de mando occidental.
Beto estaba al fondo.
Tenía la boca cubierta de sangre.
Había cuerpos detrás de él.
Pero Emma vio algo más ahora.
Un soldado Servanz seguía vivo bajo un escudo roto porque Beto lo había esquivado.
Otro se alejaba a rastras con una sola bota porque Beto había mordido la lanza en lugar del brazo que la sostenía.
Cruel.
Bondadoso.
La misma hora.
La misma criatura.
La historia no era pureza.
Era la distancia recorrida entre una decisión y la siguiente.
Beto dio otro paso.
El comandante Servanz lo esperaba más allá.
Emma vio el estandarte blanco.
Vio el ojo plateado.
Vio elevarse los hombros de Beto.
Y supo, antes de que cualquiera de los dos se moviera, que alguien estaba a punto de cometer el error de creer que el poder daba derecho a poseer.
Corrió más deprisa.
Los pocos fieles llegaron al puente detrás de ella, no como formación, sino como negativa.
Leena conducía a los civiles hacia las calles del sur.
Ariel luchaba con una mano apretada contra la herida debajo de su pluma blanca.
Liu se mantenía lo bastante cerca de Emma para que esta oyera su respiración entre los impactos.
Bastian desapareció.
—¿Adónde fue? —gritó Liu.
Emma bloqueó con un ala una hoja blanca.
—¡A hacer algo irritante!
—¡Sé específica!
—¡Eso fue específico!
Un soldado Remvolbent pasó por encima de la barandilla sobre ellas.
Plumas naranjas.
Lanza rota.
Ojos aterrados.
Emma lo agarró por la muñeca antes de que Antonia lo atrapara por la garganta.
—¿De qué lado estás? —jadeó él.
—Pregunta equivocada.
Emma lo arrojó a sus espaldas.
Un soldado de alas blancas aterrizó donde él había estado.
—¡Antonia!
Emma clavó las garras en su escudo.
—Ese tampoco es mi nombre.
Partió el escudo en dos.
El soldado se quedó inmóvil.
Emma señaló a los civiles.
—Ayúdalos.
Él miró hacia su comandante.
Luego el escudo roto.
—Ahora.
Corrió hacia los civiles.
Antonia lo aprobó.
Emma lo percibió.
Eso te gustó.
Útil.
Aquello era casi humor.
Emma no tuvo tiempo para alarmarse.
Beto rugió.
El puente se agrietó.
Había llegado a la línea de mando occidental.
El comandante Servanz estaba bajo un estandarte de plumas blancas cosidas alrededor de un ojo plateado. Era más alto que los demás y casi dolorosamente luminoso, con unas alas que parecían talladas en luz de luna en vez de crecidas de su carne.
No llevaba espada.
Eso hizo que Emma desconfiara inmediatamente.
Beto avanzó cubierto de sangre.
El comandante levantó una mano.
—Quieto.
Beto se detuvo.
A Emma se le hundió el estómago.
No había decidido parar.
Se había detenido.
Todos sus músculos quedaron agarrotados.
La llama dorada sobre sus ojos se inclinó hacia el comandante.
Las garras de Beto abrieron surcos en la piedra.
—¿Qué has hecho? —gritó Emma.
El comandante no la miró.
—Lo he contenido.
El cuerpo de Beto empezó a temblar.
—Suéltalo.
—Es inestable.
—El puente también.
—Matará sin distinguir a nadie.
Emma miró los cuerpos detrás de Beto.
Había pruebas para sostener la acusación.
Eso la volvía peligrosa.
—Suéltalo.
El comandante por fin la miró.
—Antonia.
Emma odiaba cómo decían aquel nombre las criaturas antiguas, como si fuera un título que hubiera heredado sin leer el contrato.
—Emma.
La expresión de él no cambió.
—La diferencia es temporal.
Antonia estalló.
Emma apenas consiguió contenerla.
Lo peor que podía haber dicho.
Los ojos del comandante se aguzaron.
Lo había sentido.
Bien.
—¿Viniste por mí? —preguntó Emma.
—Por lo que llevas dentro.
—Esa respuesta se está volviendo muy impopular.
Detrás de él, Beto emitió un sonido.
No era un rugido.
Era una palabra forzada entre dientes apretados.
—Corre.
Emma lo miró.
Tenía los ojos negros alrededor del dorado.
—¿Beto?
—Corre.
El comandante se volvió.
Demasiado tarde.
Beto creció.
Al principio, no hacia fuera.
Hacia dentro.
Algo se derrumbó en su interior.
Emma lo vio en la manera en que se le vaciaba el rostro.
El gato desapareció detrás de la furia.
Después lo siguió el cuerpo.
Los huesos chocaban entre sí como árboles que se quiebran en invierno.
Se le alzaron los hombros.
Se alargó la columna.
El pelaje negro se tragó la lanza que aún tenía clavada.
La llama dorada se volvió una corona de luz violenta.
La orden del Servanz se volvió más fuerte.
Emma lo sintió sin entender cómo.
El cuerpo de Beto quedó aún más rígido.
La piedra se agrietó bajo las cuatro patas.
El comandante elevó la mano unos centímetros más.
—Abajo.
Las patas delanteras de Beto cedieron.
No porque quisiera.
El pecho golpeó el puente.
Emma sintió el impacto a través de las plantas de los pies.
El comandante exhaló.
Un error.
Beto lo miró.
Un ojo.
Dorado rodeado de negro.
La orden que lo retenía se hizo pedazos.
No de golpe.
Primero se movió una garra.
Luego otra.
El puente gimió.
Beto se levantó contra la palabra.
El comandante dijo algo en una lengua que Emma no conocía.
Aparecieron símbolos blancos en el aire alrededor de la garganta de Beto.
Un collar.
Beto lo mordió.
La luz se rompió entre sus dientes.
El comandante Servanz retrocedió.
Demasiado tarde.
Beto recorrió la distancia de un solo movimiento.
El hombro golpeó al comandante antes de que pudieran abrirse las alas blancas.
El Servanz salió despedido hacia atrás.
La pata de Beto lo alcanzó antes de que tocara el suelo.
Las plumas blancas estallaron sobre el puente.
El comandante rebotó una vez contra la piedra.
Beto ya estaba allí.
Sujetó una de sus alas blancas bajo la pata.
El comandante se retorció y hundió una hoja hacia arriba.
Le penetró a Beto bajo la mandíbula.
Un destello dorado atravesó la herida.
Beto no retrocedió.
Cerró los dientes alrededor del hombro acorazado del comandante y lo arrojó.
El Servanz cruzó la calle y chocó contra la torre de piedra con fuerza suficiente para derrumbarle la mitad.
—¡BETO!
Él no la oyó.
O había algo más fuerte que le impedía escucharla.
Beto fue tras él.
Emma se lanzó al aire.
Las alas de Antonia la llevaron por encima del puente. Debajo, el naranja y el blanco chocaban alrededor de los civiles que aún intentaban escapar. Los pocos fieles eran empujados hacia el centro.
Emma podía elegir a Beto.
O a la gente.
Ahí estaba otra vez.
Una falsa elección que fingía ser la única.
Miró a Liu.
Ella entendió.
—¡Ve! —gritó—. ¡Yo me encargo de ellos!
—¡Son treinta civiles y dos ejércitos!
—¡He pasado noches peores!
—¿Cuándo?
—¡Me inventaré una después!
Emma casi se rio.
Entonces una lanza blanca atravesó el costado de Liu.
La risa murió.
Antonia las volvió hacia el atacante.
Emma se resistió.
Primero la gente.
Los nuestros.
Todos.
Antonia vaciló.
Eso era nuevo.
Emma aterrizó junto a Liu, arrancó la lanza y la sujetó antes de que cayera.
—Estoy bien —dijo Liu.
—Tienes un agujero.
—He tenido agujeros.
—Eso no tranquiliza.
Ariel cayó a su lado.
—Yo me la llevo.
—Tú también estás sangrando.
—Sí.
—¿Por qué hoy todo el mundo es un inútil?
Ariel sonrió débilmente.
—La guerra invita a participar.
Emma dejó a Liu al cuidado de Ariel.
—La calle del sur. Lleva a todos detrás de las piedras.
Ariel asintió.
Después miró por encima de su hombro.
Le cambió la cara.
Emma giró.