INTERLUDIO — Tres amigos
INTERLUDIO
Tres amigos
Kreatipun había sobrevivido.
Eso no significaba que se estuviera portando bien.
Kreatipun nunca se había portado bien.
El suelo se había convertido otra vez en páginas.
Páginas enormes.
Cubrieron las colinas en hojas superpuestas, cada una llena de letras demasiado grandes para leerlas de cerca. Cuando el viento las pasaba, valles enteros se alzaban con un trueno seco y se asentaban en un lugar ligeramente distinto.
Im estaba de pie sobre una silla.
—El suelo se ha movido.
Ru no estaba sirviendo té.
Ru no tenía ningún motivo para servir té.
Sostenía una taza entre las manos y contemplaba la página bajo la casa como si pudiera intimidar a la literatura hasta lograr que se quedara quieta.
—El suelo es una página.
—Eso es peor.
Zee se asomó por la ventana.
—La página es suelo.
Ru lo miró.
—No ayudes.
—Estoy aclarando.
Im señaló a Zee.
—¿Sí?
Zee se volvió.
—¿Qué?
—No. ¿Sí?
—¿Qué?
—¡SÍ!
—Sí, soy Zee.
Ru cerró los ojos.
Im volvió a intentarlo.
—No. Quiero decir, ¿ves?
Zee miró fuera.
—Sí, veo.
Im se animó.
—¿Sí?
—¿Qué?
Hubo una pausa.
Ru apoyó la frente en la taza.
—Ahora me gustaría que la tormenta se me llevara.
Im se echó a reír.
Zee no entendía por qué, lo que hizo reír aún más a Im.
Fuera, Kreatipun centelleaba bajo un cielo que tenía demasiados ojos.
No siempre estaban allí.
Ese día sí.
Grandes ojos luminosos se abrían entre las nubes, parpadeaban despacio y desaparecían detrás de colores que no tenían nombres adecuados. Los más pequeños viajaban juntos en bancos. Un enorme iris violeta miraba las colinas occidentales desde el desayuno.
Nadie le devolvía la mirada durante mucho tiempo.
A Kreatipun le parecía de mala educación.
Muy lejos, algo retumbó.
El sonido recorrió el mundo sin viajar por el aire.
La casa tembló.
Una cuchara saltó de la mesa.
Las páginas bajo las colinas se pasaron solas.
¡FUMP!
Un bosque desapareció detrás de un pliegue y reapareció boca abajo a casi un kilómetro.
Im dejó de reír.
—¿Eso fuimos nosotros?
—No —dijo Ru.
Otro sonido.
Más profundo.
No era un trueno.
Algo sucedía en otra parte y presionaba Kreatipun con suficiente fuerza para dejarle un moretón.
Los ojos del cielo se cerraron.
Todos.
Durante un momento, el mundo se volvió aterrador.
Entonces un árbol junto a la casa estornudó.
Hojas rosadas estallaron por todas partes.
Zee se quitó una del pico.
—Salud.
El árbol susurró cortésmente con sus ramas.
Im volvió a reír.
Así sobrevivía Kreatipun al miedo.
Sin fingir que no existía.
Negándose a permitir que se adueñara de todas las habitaciones.
Los árboles daban frutos con forma de campanas. Pequeñas luces dormían bajo hojas enormes y roncaban en distintos colores. Un arroyo subía por una colina porque, al parecer, le había molestado bajar por el otro lado.
Tres hongos discutían si eran un solo hongo de excelente postura.
Durante un rato, nada gritó.
Nada sangró.
Ninguna profecía esperaba detrás de una puerta.
El mundo era lo bastante suave para tocarlo.
Algo diminuto entró volando por la ventana abierta y le robó una galleta a Zee.
Él lo vio desaparecer.
—Esa era mía.
Ru señaló el plato.
—Tienes seis.
—Tenía siete.
—Qué tragedia.
Im bajó de la silla.
La página bajo la casa no se movió.
Fingió que eso no demostraba nada.
En un estante junto a la ventana había tres objetos sobre los que nadie bromeaba.
Una pluma pequeña.
Una taza agrietada.
Y un trozo de tela negra que todavía olía ligeramente a gato.
Im miró primero ese último objeto.
—¿Creéis que nos recuerda?
Ru apretó la taza entre las manos.
Zee cerró la ventana.
—No —dijo Ru.
Im frunció el ceño.
—Has respondido muy deprisa.
—Preguntaste lo que creo.
—Quería una respuesta más agradable.
—Entonces pregúntale a Zee.
Im miró a Zee.
—¿Sí?
—¿Qué?
Ru emitió un sonido dentro de la taza.
Im señaló.
—No. ¿Ves?
—Ah.
Zee contempló el trozo de tela negra.
—Recuerda algo.
—¿Qué?
—Probablemente que soy guapo.
Im sonrió.
Ru le lanzó una galleta a Zee.
Él la atrapó.
—Una prueba.
Esta vez la risa duró más.
Lo suficiente para que uno de los ojos del cielo volviera a abrirse.
Lo suficiente para que el arroyo invirtiera el curso.
Lo suficiente para que una página bajo la colina oriental revelara un dibujo escondido.
Un gato.
Negro.
El dibujo no estaba allí el día anterior.
O tal vez el día anterior no había estado allí el día anterior.
Kreatipun tenía problemas con la cronología.
Zee fue el primero en ver el dibujo.
Se le borró la sonrisa.
Ru salió de la casa.
Im lo siguió.
El gato de la página tenía una marca dorada sobre los ojos.
Beto.
Nadie dijo el nombre.
A veces los nombres llegaban más lejos de lo previsto.
Otro impacto lejano recorrió Kreatipun.
¡BUM!
El gato dibujado onduló.
Su boca de tinta se abrió.
No salió sonido alguno.
Pero los tres amigos oyeron un rugido.
Im susurró:
—Era él.
Ru asintió.
Zee se agachó y tocó el borde del dibujo.
La tinta estaba caliente.
—Está furioso.
—¿Cuándo no lo está? —preguntó Ru.
—Cuando come.
—A veces también mientras come.
—Es verdad.
Im miró al gato.
—¿Creéis que tiene miedo?
Ninguno respondió enseguida.
Esa fue la respuesta.
Regresaron a la casa.
Ru abrió una pequeña caja de madera junto a la tela negra.
Dentro había cosas que se habían quedado atrás.
No eran tesoros.
Kreatipun tenía otras ideas sobre los tesoros.
Un botón.
Dos plumas.
Una cuchara doblada.
Un trozo de papel con un dibujo que nadie admitía haber hecho.
Una campanita que solo sonaba cuando nadie la tocaba.
Una piedra que recordaba un chiste y lo contaba mal.
Y recuerdos.
Esos no eran visibles.
Eran las cosas que con más cuidado protegían dentro de la caja.
Im se inclinó por encima del hombro de Ru.
—¿Siguen ahí?
Ru la cerró.
—Sí.
—Miraste demasiado deprisa.
—Sé lo que hay dentro.
—Eso no es comprobarlo.
—Eso es recordar.
Zee dejó de sonreír.
Para una criatura que hacía bromas siempre que el silencio se volvía peligroso, la ausencia de una importaba.
—Están luchando —dijo.
Ru lo miró.
—Eso no lo sabes.
—Conozco a Beto.
Im se sentó en la mesa.
—Odia pelear.
Ru lo miró fijamente.
Im se corrigió.
—Odia perder las peleas.
—Mejor.
Las campanas de los árboles dejaron de sonar.
Todas.
Kreatipun escuchaba.
El ojo violeta del cielo se abrió más.
Las nubes empezaron a girar a su alrededor.
Un sonido como el desgarro simultáneo de miles de páginas recorrió el horizonte.
¡RRRRAS!
Todos los objetos sueltos de la casa se elevaron unos centímetros.
La taza agrietada.
La pluma.
La campanita.
Im.
Miró hacia abajo.
—No estoy en el suelo.
—No —dijo Ru.
—Esto es una mejora.
Entonces la gravedad lo recordó.
Im cayó sobre la mesa.
—Ay.
Zee miró fuera.
—Ha vuelto a pasar.
Ya había sucedido tres veces.
Una cuando el cielo se volvió negro al mediodía.
Otra cuando todas las plumas blancas de Kreatipun se alzaron del suelo y apuntaron en la misma dirección.
Y otra cuando un rugido atravesó el mundo sin hacer ruido.
Ahora el propio mundo parecía esperar.
No la destrucción.
Una respuesta.
Los ojos del cielo observaban los espacios entre las cosas.
Las páginas bajo los pies se pasaban más lentamente.
Hasta el arroyo imposible se había detenido a mitad de la colina.
Una sombra cruzó la ventana.
Los tres se volvieron.
No había nada.
Entonces una pluma blanca descendió fuera.
Cayó en el sendero.
Ru abrió la puerta.
La pluma no pertenecía a ninguno de ellos.
Im se agachó a su lado.
—¿La tocamos?
—No —dijo Ru.
Zee la tocó.
Ru cerró los ojos.
—¿Por qué sigo hablando?
—Por tradición.
La pluma destelló.
Durante menos de un latido vieron otro lugar.
Un valle.
Ejércitos.
Alas naranjas.
Plumas blancas.
Plumas negras.
Una mujer de pie entre fuerzas que querían obligarla a elegir.
Y a su lado, algo enorme de pelaje negro y una llama dorada sobre los ojos.
Entonces volvió Kreatipun.
Im estaba sentado en el suelo.
Ru se había olvidado de protestar.
Zee sostenía la pluma con muchísimo cuidado.
—Era él.
—Sí —dijo Ru.
—Ha crecido.
—Sí.
Im pareció preocupado.
—¿Le debemos dinero?
Ru lo miró fijamente.
—¿Qué?
—Si es tan grande, quiero dejar saldadas nuestras cuentas.
Zee empezó a reír.
Ru intentó no hacerlo.
No lo consiguió.
Im se unió a ellos.
La risa recorrió el sendero.
Un árbol volvió a tocar sus campanas.
Después, otro.
Una luz dormida despertó bajo una hoja y se estiró hasta volverse amarilla.
El arroyo terminó de subir la colina.
El gran ojo violeta parpadeó.
Una vez.
Dos.
Entonces, contra toda posibilidad, les guiñó el ojo.
Im señaló hacia arriba.
—¿Sí?
Zee se volvió.
—¿Qué?
Im se dobló de risa.
Ru se sentó en la hierba.
—No.
Zee los miró a ambos.
—¿Qué?
Eso lo empeoró.
Durante varios minutos, mientras los mundos lejanos temblaban, las páginas pasaban bajo sus pies y algo terrible presionaba los límites de Kreatipun, los tres se rieron hasta quedarse sin aliento.
La tormenta seguía allí.
Ellos también.
Al fin, Ru llevó la pluma blanca a la casa y la puso junto a la tela negra.
No sabían qué ocurría más allá de Kreatipun.
No sabían adónde iba Beto.
No sabían si los recordaba.
Pero conservaron lo que había quedado atrás.
Alguien tenía que hacerlo.
Fuera, los ojos del cielo se abrieron uno tras otro.
Las páginas bajo el mundo se asentaron.
Las campanas empezaron a sonar.
Y el cielo, tras considerar varias alternativas imposibles, eligió por fin el azul.
Durante un rato, eso bastó.
CUARTA PARTE
Liu encontró una espina en el pelo detrás de la oreja de Beto mientras todos los demás se preparaban para la guerra.
—Quédate quieto.
—Estoy quieto.
—Mueves la cabeza.
—Mi cabeza no soy yo.
Liu lo miró fijamente. Beto le sostuvo la mirada. Entonces, con dignidad exagerada, bajó la barbilla.
Ella le quitó la espina con dos dedos. Era diminuta, apenas merecía el esfuerzo. Beto la examinó en su palma como si le hubiera extraído una lanza.
—Me molestaba —admitió.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—No dejabas de rascarte el mismo lugar.
—Podría haberlo hecho yo solo.
—Lo intentaste.
Pareció ofendido. Liu dejó caer la espina en la hierba.
Beto se apoyó medio segundo contra su rodilla antes de darse cuenta, al parecer, de lo que había hecho. Se apartó y se puso a examinar el horizonte.
Ninguno de los dos lo mencionó.
LA BATALLA DE ERRITA