CAPÍTULO 15 — El final de Olesya
El final de Olesya
Lo primero que recordé fue a mi madre mintiéndome.
—Corre —dijo Olesya.
Sonreía.
Esa era la mentira.
El bosque ardía detrás de ella.
No era un fuego corriente. Las llamas se arrastraban hacia abajo desde las ramas, azules en la base y negras en las puntas, consumiendo las sombras antes que la madera. La nieve se derretía en círculos alrededor de cada árbol, pero no se convertía en agua. Se convertía en vapor que olía a hierro.
Yo era pequeña.
Tenía cuatro años, quizá cinco.
La edad suficiente para entender el miedo.
Demasiado joven para entender el sacrificio.
La pequeña Emma estaba a tres metros de Olesya con el medallón plateado apretado en un puño.
Yo estaba junto a Beto, observándome a mí misma.
Antonia no tenía palabras.
Solo terror.
Olesya se agachó ante la niña.
—¿Recuerdas el río?
La pequeña Emma asintió.
—Síguelo hasta que las piedras se vuelvan blancas. Después continúa.
—Ven conmigo.
—Iré.
Mentira.
Olesya me besó la frente.
Detrás de ella, algo se movió entre los árboles en llamas.
Bastian.
Llevaba la misma espada que yo había visto en el Infierno.
Una luz gris recorría su filo.
La pequeña Emma lo vio.
—Monstruo.
Bastian se detuvo.
Olesya no se volvió.
—Lo sé.
Su voz sonó casi tierna.
Eso me asustó más que el fuego.
Beto me miró.
—Lo sabían.
—Sí.
No todo.
Lo suficiente.
La promesa que se habían hecho en el campo había llegado a su día.
Olesya se levantó.
—Ve.
La pequeña Emma no se movió.
Antonia se agitó dentro de la niña.
Un ojo se le volvió negro.
Olesya lo vio.
—Todavía no.
Los dedos de la niña se alargaron.
—Antonia.
Las garras se detuvieron.
Olesya puso ambas manos sobre mi rostro de niña.
—Escúchame. Protegerla no significa elegir por ella.
El ojo negro parpadeó.
Sentí las palabras entrar en Antonia a través de dos siglos.
Ella se encogió dentro de mí.
Olesya susurró:
—No eres su jaula.
Entonces empujó a la niña hacia el río.
La pequeña Emma corrió tres pasos.
Se detuvo.
Se volvió.
Fue entonces cuando la primera criatura salió de entre los árboles.
En otro tiempo había sido un hombre.
Tal vez.
La columna le sobresalía del cuerpo en segmentos blancos y curvos. Los brazos le colgaban por debajo de las rodillas. En el lugar donde debía tener la boca, tres aberturas verticales respiraban cada una por su cuenta.
La siguió otra.
Después, seis.
Después, decenas.
Bastian alzó la espada.
Olesya desenvainó el cuchillo.
—Tú las trajiste.
—No.
—Te siguieron.
—La siguieron a ella.
Sus ojos se desplazaron hacia la niña.
A Olesya le cambió la cara.
Bastian dijo:
—De esto te advertí.
—Entonces mátalas.
—No puedo matarlas a todas.
Olesya sonrió sin humor.
—Pues esfuérzate más.
La primera criatura atacó.
Bastian se movió antes que Olesya.
Su hoja gris salió de la vaina sin hacer ruido y cruzó el cuello de la criatura. La cabeza giró en el aire. El cuerpo no comprendió enseguida que estaba muerto.
Siguió corriendo.
Olesya se agachó bajo la embestida sin cabeza. Sus garras abrieron a la criatura del esternón al vientre mientras pasaba por encima de ella.
De la herida se derramaron gusanos negros.
Cayeron vivos sobre la nieve.
La pequeña Emma gritó.
Antonia respondió.
Unas alas se abrieron desgarrando la espalda de la niña.
No tenían su tamaño definitivo.
Aun así, eran demasiado grandes para su cuerpo.
El hueso rajó la piel.
La sangre empapó la parte posterior de su abrigo antes de que las plumas terminaran de desplegarse.
Volví a sentirlo.
No como un recuerdo.
Como dolor.
Me fallaron las rodillas.
Beto se apoyó contra mí.
—Quédate aquí.
—Estoy aquí.
—No. Estás allí.
Tenía razón.
Podía oler la sangre de mi infancia.
Olesya se volvió.
—¡No!
La niña se lanzó contra una segunda criatura.
Tenía el doble de su altura y estaba hecha de articulaciones que se doblaban en direcciones equivocadas. Antonia no vaciló. Trepó por ella.
Una garra se hundió en la mejilla.
La otra encontró un ojo.
La criatura gritó y la agarró por la cintura.
Durante un instante, la pequeña Emma quedó colgada de su cara, dando patadas, gruñendo, negándose a soltar el ojo.
Entonces la criatura se la arrancó de encima.
La lanzó al otro lado del claro.
La espalda de la niña chocó contra un árbol.
La nieve cayó de todas las ramas a la vez.
Algo se rompió dentro de ella con un ruido pequeño que no encajaba en medio de tanta violencia.
Olesya lo oyó.
La madre desapareció.
Algo más antiguo ocupó su lugar.
Sus manos se volvieron garras antes de llegar a la criatura. Los dientes se alargaron. La piel de sus hombros se abrió alrededor de formas que Antonia reconocía, aunque yo no.
Madre.
La palabra surgió de mi interior.
Olesya golpeó a la criatura por abajo y la arrastró a la nieve. Las garras de esta le abrieron la espalda. Olesya no reaccionó. Le agarró un brazo por el codo y tiró hasta invertir la articulación.
La criatura gritó.
Olesya le atravesó la garganta con los dientes.
La sangre negra salpicó la nieve blanca.
Otra apareció a su derecha.
Bastian la interceptó.
Su espada le cortó una pierna. Olesya se encargó del resto.
Una tercera cayó de los árboles detrás de él.
Olesya la vio primero.
—¡Agáchate!
Bastian se agachó sin mirar.
Ella pasó por encima de él y clavó las garras en el pecho del atacante mientras la espada de Bastian subía desde abajo. Durante un latido se movieron como si llevaran años practicando juntos.
Tal vez así era.
La criatura cayó entre ellos hecha pedazos.
Esa era la tragedia.
El hombre que acabaría matándola era también aquel a quien confiaba su espalda.
Otra silueta salió de entre los árboles.
Bastian le sujetó la muñeca.
Olesya le arrancó el corazón.
Algo golpeó a Bastian por detrás en el hombro y lo obligó a arrodillarse.
Olesya ya estaba allí.
Agarró al atacante por la mandíbula y la parte posterior del cráneo y le retorció la cabeza hasta que dejó de luchar.
—¿Todavía crees que no puedes matarlas a todas? —gritó.
Bastian miró los cuerpos que los rodeaban.
—Pregúntamelo más tarde.
Las orejas de Beto se alzaron a mi lado.
—Me gusta menos cuando hace bromas.
—A mí también.
La pequeña Emma se movió junto al árbol.
Un brazo le colgaba torcido.
A Antonia no le importó.
Quería volver a luchar.
Olesya lo vio.
—¡Corre!
La niña gruñó.
—¡CORRE!
Algo se movió bajo la nieve.
Bastian lo sintió primero.
Le cambió la cara.
—Olesya.
Ella miró abajo.
La nieve bajo las botas de la pequeña Emma se hundió unos centímetros.
Luego se alzó.
No fue tierra lo que surgió.
Fueron plumas.
Una caña negra atravesó la superficie blanca junto al talón de la niña.
Otra apareció detrás.
Después, otra.
La pequeña Emma se apartó.
Una cuarta pluma salió exactamente donde puso el pie.
Olesya comprendió antes que yo.
No estaban brotando alrededor de la niña.
La seguían.
—Emma —dijo Olesya.
La niña levantó la mirada.
—No te muevas.
Demasiado tarde.
Las plumas negras fueron saliendo de la nieve, una tras otra.
Diez.
Veinte.
Cientos.
Todas surgieron sin hacer ruido, pero el claro parecía quedar más silencioso con cada una.
Formaron un círculo alrededor de la niña.
No.
Una frontera.
Bastian se movió a la izquierda.
Las plumas más próximas a él giraron.
Sus puntas apuntaron a su pecho.
Se detuvo.
Olesya se movió a la derecha.
Las del lado opuesto se volvieron hacia ella.
El mechón dorado de Beto ardió a mi lado.
—Marcel.
Los dos dijimos el nombre.
La pequeña Emma miró de su madre a Bastian.
—¿Mamá?
Olesya dio un paso adelante.
Todas las plumas se volvieron hacia la niña de golpe.
Sin tocarla.
Esperando.
Bastian sujetó a Olesya por la muñeca.
—No lo hagas.
—Es mi hija.
—Precisamente por eso.
Ella lo golpeó con la mano libre.
Él recibió el golpe y no la soltó.
—Míralas.
Olesya lo hizo.
Las plumas ya no apuntaban hacia Emma.
Apuntaban a través de ella.
Hacia Olesya.
Hacia Bastian.
Hacia cualquier cosa que intentara cruzar.
Una trampa que había aprendido la forma de la protección.
Olesya se quedó inmóvil.
Durante medio latido.
Entonces la pequeña Emma gimió.
La pausa terminó.
Olesya se soltó.
El anillo se cerró.
Antonia estalló.
La niña desapareció dentro de unas alas negras.
No eran suyas.
Las plumas se adhirieron a su cuerpo.
Una tras otra.
La piel se abrió donde penetraban.
La pequeña Emma gritó.
Yo grité con ella.
Antonia tomó el control de mí dentro del recuerdo presente.
Mis alas se desplegaron.
Mis garras golpearon el suelo.
Beto saltó lejos.
—¡Emma!
No pude responder.
Al otro lado del claro, Olesya se transformó por completo.
Su cuerpo se convirtió en algo entre mujer y bestia, hermoso solo en el sentido en que una tormenta es hermosa cuando se contempla desde muy lejos.
Se soltó de Bastian.
Corrió hacia la niña.
—¡Si entras en el círculo, también se fijarán a ti! —gritó él.
Olesya no aminoró el paso.
Por supuesto que no.
Cruzó las plumas.
El anillo estalló.
La negrura entró en ella.
Todas las plumas prendidas a la pequeña Emma se desprendieron al mismo tiempo.
La niña se desplomó.
Olesya siguió de pie.
Las plumas se habían trasladado a ella.
Cientos sobresalían de sus brazos, su espalda, su cuello y su pecho.
Las había recibido por su hija.
Las criaturas del bosque se detuvieron.
Todas.
Volvieron la cabeza hacia Olesya.
Ella miró a Bastian.
Se entendieron sin palabras.
—No —dijo él.
Olesya sonrió.
Esta sonrisa era verdadera.
—Lo prometiste.
Bastian negó con la cabeza.
—No.
—Lo prometiste.
—No de esta manera.
—Dijiste que la elegirías a ella.
—Puedo quitártelas.
—No puedes.
—Puedo intentarlo.
Olesya se rio suavemente.
—Anton dijo lo mismo.
Aquellas palabras lo destrozaron.
Lo vi.
Bastian bajó la espada.
Olesya miró a la pequeña Emma.
La niña gateaba hacia ella.
—Mamá.
El rostro de Olesya se quebró.
Por primera vez.
—Quédate ahí, mi amor.
—Mamá.
—Quédate.
Las plumas negras comenzaron a moverse bajo la piel de Olesya.
No hacia su interior.
A través de ella.
Buscando.
Su columna se arqueó.
Un segundo par de brazos empujó desde debajo de sus costillas.
Bastian volvió a alzar la espada.
Olesya lo miró.
—Ahora.
Él no se movió.
Las criaturas del claro se arrodillaron.
Todas.
Ante ella.
Olesya miró sus manos cambiantes.
—Bastian.