Mongrel (Los Picis 2) CAPÍTULO 13 — La traición
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CAPÍTULO 13 — La traición

La traición

Anton ya era ceniza cuando Olesya dejó de gritar.

El fuego que se lo había llevado no dejó un cuerpo que abrazar.

Solo una figura ennegrecida en el suelo y la copa de madera volcada.

De ella salió un hilo de sangre que avanzaba lentamente.

Nas miraba fijamente.

Olesya, no.

Gateó entre las cenizas, palpándolas con ambas manos.

—Anton.

Nada.

—Anton.

Emma estaba dentro del recuerdo y deseó, absurdamente, que el pasado pudiera sentir tanta vergüenza que decidiera cambiar.

Beto se apretó contra su pierna.

Liu no dijo nada.

Antonia tampoco habló.

Hay dolores demasiado grandes para hacer comentarios.

Olesya tomó un puñado de cenizas.

Se le escurrieron entre los dedos.

Entonces miró la copa.

Nas vio el instante en que lo hizo.

—Olesya.

Ella alzó la vista.

Él ya había compuesto su expresión.

Horror.

Confusión.

Preocupación.

Casi perfecta.

—¿Qué había en su sangre?

Nas se echó hacia atrás.

—¿Qué?

—La copa.

—Sangre.

—¿De quién?

—No lo sé. De la misma reserva que siempre...

Olesya se levantó.

Nas retrocedió.

Ese fue su primer error.

Si hubiera sido inocente, quizá se habría acercado a ella.

—Lo mataste.

—No.

Respondió deprisa.

Demasiado deprisa.

Olesya volvió a mirar las cenizas.

Nas probó con otra verdad.

—Regresó cambiado.

El pelo de Beto se erizó.

El rostro de Olesya se vació.

Nas continuó.

—Tú lo viste. El Infierno lo cambió. El río. Las criaturas. Las Moiras. No sabemos qué trajo de vuelta.

Emma entendió lo que implicaba.

Nas había escuchado la historia de Anton y encontrado el arma que necesitaba después del asesinato.

No era veneno.

Era una versión de los hechos.

Culparía al Infierno.

Culparía al propio Anton.

Haría que Olesya dudara de lo único que todavía sabía.

Olesya avanzó hacia él.

Nas levantó ambas manos.

—Yo también lo amaba.

Ella lo golpeó.

El golpe lo lanzó a través de la mesa de madera.

—No lo hagas.

Nas se levantó despacio.

Su nuevo cuerpo de vampiro reparó el daño casi antes de que pudiera sentirlo.

—Olesya...

—No uses esa palabra.

—¿Qué palabra?

—Amor.

Habló en voz baja.

—No sabes lo que significa.

La expresión de Nas cambió.

Ahí estaba.

La herida debajo de la ambición.

—¿Crees que él sí lo sabía?

Olesya lo miró.

—Fue al Infierno por mí.

—Y te dejó aquí.

—Volvió.

—Para morir.

Olesya cruzó la habitación antes de que terminara.

Sus garras penetraron en el pecho de Nas.

Él gritó.

Ella lo acercó.

—Pareces celoso.

Nas la golpeó.

Olesya chocó contra la pared.

Por primera vez, él pareció sorprendido de su propia fuerza.

Después, complacido.

Ese placer le dijo todo a Emma.

Nas había deseado aquel cuerpo.

Había deseado la oscuridad.

Había deseado el mundo de Anton.

Y en algún punto había decidido que el propio Anton era la última puerta que le impedía entrar.

Olesya se levantó.

Nas sonrió.

—No puedes matarme.

Los huesos de ella empezaron a moverse.

—¿No?

La transformación no fue elegante.

Nunca lo había sido.

Se le arqueó la columna.

Se le ensancharon los hombros.

Las manos se volvieron garras.

Los dientes se alargaron.

La mujer permaneció dentro de la loba.

Eso fue lo que asustó a Nas.

Había esperado un animal.

Olesya seguía siendo ella misma por completo.

—Has estudiado monstruos toda tu vida —dijo.

Otra voz sonaba bajo la suya.

—Y no aprendiste nada.

Nas atacó primero.

Desapareció de donde estaba.

Las tablas del suelo se rompieron una fracción de segundo después.

Olesya giró hacia el sonido en vez de hacia el cuerpo. Buen instinto.

Demasiado lento.

Nas la golpeó bajo las costillas y la arrastró a través de la puerta que tenían detrás. La madera estalló contra su espalda. Cruzaron juntos el pasillo y chocaron con la pared opuesta con tanta fuerza que cayó polvo del techo.

Nas la inmovilizó allí.

Por un instante, su cara quedó a centímetros de la de ella.

Parecía encantado.

No por matarla.

Por ser lo bastante fuerte para intentarlo.

Olesya le estrelló la frente contra la nariz.

El hueso se aplastó.

Nas se tambaleó.

Ella no le dio tiempo para curarse.

Sus garras le atravesaron la cara desde la sien hasta la mandíbula y le arrancaron la mitad.

La sangre salpicó la pared.

Nas gritó; luego se rio porque la carne destrozada ya estaba extendiéndose otra vez sobre sus dientes.

Olesya se quedó observándola.

Ese fue su error.

Nas le sujetó el brazo con las dos manos y se lo partió sobre la rodilla.

El crujido silenció la habitación.

Emma sintió el sonido en su propio codo.

Olesya miró el brazo torcido que le colgaba.

Nas sonrió con una cara que aún seguía reconstruyéndose.

—¿Lo ves?

Se acercó.

—Esto es lo que somos.

La expresión de Olesya no cambió.

Le pasó el brazo roto alrededor del cuello.

Nas tuvo tiempo suficiente para mostrarse confundido.

Entonces ella trabó el miembro inútil con la mano sana y tiró.

La columna de Nas se dobló hacia atrás.

Él le arañó la muñeca.

Olesya apretó más.

Los huesos rotos de su antebrazo rechinaron unos contra otros.

Ella no emitió sonido alguno.

Nas sí.

Los lanzó a ambos hacia atrás, contra la pared. Una vez. Dos. Al tercer impacto, se agrietó el yeso y Olesya aflojó la presa.

Nas giró.

Ella lo mordió.

No como un animal que hubiera perdido el control.

Con precisión.

Le hundió los dientes en el músculo sobre el hombro. Apoyó una mano contra su pecho y arrancó un bocado de carne.

Nas gritó.

Olesya escupió el trozo entre ambos.

—No.

La sangre le corría por la barbilla.

—Esto es lo que querías.

La rabia borró el placer de Nas.

La agarró por la garganta y la lanzó a lo largo del pasillo.

Olesya golpeó el suelo, rodó, chocó contra la base de un armario y siguió moviéndose hasta que su espalda dio contra el hierro.

El cofre.

El cofre de Nas.

Sus diarios.

El trabajo de toda su vida.

Olesya lo miró.

Nas vio hacia dónde se dirigían sus ojos.

—No.

Ella abrió el cofre.

Él se movió.

Ella fue más rápida.

Las páginas se esparcieron por el suelo.

Dibujos.

Mapas.

Nombres.

Criaturas.

La arquitectura de la obsesión de Nas.

Olesya encontró el diario reciente.

Nas se detuvo.

—Dámelo.

Ella lo abrió.

El recuerdo se ralentizó.

Emma se acercó.

La letra era frenética.

Precisa.

Orgullosa.

Nas había documentado su propia transformación.

Los ingredientes.

La sangre.

Anton.

La copa.

Una nota en el margen.

Suficiente para matar a uno de los nuestros antes de que la regeneración pueda responder.

Olesya dejó de respirar.

Nas avanzó hacia ella.

Olesya levantó la mirada.

Ya no había dolor.

Solo certeza.

—Lo anotaste.

El rostro de Nas se desmoronó.

—Olesya.

—Anotaste su asesinato.

—No debía...

Ella se rio.

Un sonido terrible.

—¿Envenenas a un vampiro y te sorprende que muera?

—Necesitaba quitarlo de en medio.

La verdad escapó de su boca.

Nas la oyó demasiado tarde.

Silencio.

Olesya cerró el diario.

—¿Por qué?

Nas miró las cenizas de Anton más allá de la puerta destrozada.

Luego a Olesya.

—Porque para él todas las puertas se abrían.

Le tembló la voz.

—Las criaturas. Las puertas. Tú.

La repugnancia de Olesya aumentó.

—Pasé mi vida buscando pruebas. Él entró en mi trabajo y se convirtió en la prueba. Se convirtió en lo que yo quería ser. Llegó adonde yo quería ir. Regresó del Infierno y hablaba de él como si fuera un camino.

—Tú le diste el mapa.

—Le di todo.

—No. Le diste información.

Nas se estremeció.

—Él tenía valor. Tú tenías apuntes.

Beto susurró:

—Eso dolió.

Nas no oyó nada.

Olesya siguió:

—¿Y yo?

Sus miradas se cruzaron.

En los ojos de Nas había deseo.

Afán de posesión.

Necesidad.

Pero no amor.

—Podría haberte hecho feliz.

Olesya lo miró fijamente.

Después se rio.

No con crueldad.

Con sinceridad.

Eso fue peor.

—Mataste al hombre que amaba y pensaste que con eso quedaba una vacante.

El rostro de Nas se contrajo.

—Soy inmortal.

—Él también lo era.

Olesya volvió a abrir el diario.

Había encontrado otra anotación.

Cómo matar a un vampiro.

Nas lo vio.

Nas corrió.

No para alejarse de Olesya.

Corrió hacia el único territorio que aún creía suyo.

Cruzó la galería como un borrón. El hombro rozó una armadura con fuerza suficiente para hacerla girar contra la pared. El metal se estrelló a sus espaldas.

Olesya no siguió su cuerpo.

Siguió los destrozos.

Más adelante se abrió una puerta de golpe.

Ella atravesó la habitación contigua.

Nas llegó a la escalera y la encontró saltando desde la barandilla sobre su cabeza.

El talón de Olesya le golpeó el pecho.

Nas cayó seis escalones hacia atrás, se agarró a la barandilla, la arrancó de la piedra y la blandió contra ella como una maza.

Olesya se agachó.

La barra de hierro quedó hundida en la pared.

Ella le rasgó la espalda con las garras.

Nas giró, agarró un tapiz colgado y lo arrancó para interponerlo entre los dos.

Durante un segundo, la tela envolvió a Olesya.

Eso fue todo lo que él necesitó.

Volvió a correr.

El castillo se convirtió en un coto de caza.

Nas conocía sus habitaciones.

Sus pasadizos ocultos.

Las escaleras estrechas del servicio.

Las puertas que se abrían hacia dentro y las ventanas cuyos pestillos se habían podrido años atrás.

Olesya conocía el dolor.

Resultó ser un mapa mejor.

Nas irrumpió en la capilla.

Olesya atravesó la vidriera a su lado.

Fragmentos de colores la siguieron hasta el pasillo central.

Nas se encogió.

Ella, no.

Él llegó primero al patio.

La luz de la luna cubría las piedras.

Estaba casi llena.

Nas se volvió.

—Me necesitas.

Olesya entró en la luz.

Su sombra ya no era humana.

—No.

—Por la criatura.

Todo se detuvo.

Emma también.

El rostro de Olesya cambió.

Nas sonrió.

Lo había adivinado.

O descubierto.

O había leído algo que no debía.

—Anton nunca lo supo, ¿verdad?

Olesya guardó silencio.

Nas se acercó.

—No sabes qué es.

Las garras de Olesya se alargaron.

—Ella.

Nas sonrió.

—No sabes qué es ella.

Olesya atacó.

Esta vez no hubo conversación.

Nas saltó hacia arriba.

Olesya lo siguió.

Vampiro contra loba bajo la luna.

Él era más rápido en el aire.

Ella esperó a que se volviera arrogante.

Nas se lanzó en picado.

Olesya saltó.

Sus garras le abrieron el abdomen.

Nas cayó con fuerza sobre el patio.

Antes de que pudiera levantarse, ella estaba encima.

Él se rio con sangre en la boca.

—No puedes.

Olesya hundió la mano en su pecho.

Nas dejó de reír.