Mongrel (Los Picis 2) CAPÍTULO 13 — La traición #2
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CAPÍTULO 13 — La traición #2

Ella encontró el corazón.

No era suficiente.

Ahora lo sabía.

Nas supo que ella lo sabía.

El miedo llegó por fin.

—Olesya.

Ella se inclinó hacia él.

—Esto es por Anton.

Sus garras se cerraron alrededor del corazón.

—Y esto porque creíste que yo pertenecería a quien lo sobreviviera.

Se lo arrancó.

Nas se convulsionó.

Seguía vivo.

Era un vampiro.

Seguía regenerándose.

Olesya recogió una espada caída junto al muro del patio.

Nas intentó arrastrarse.

Ella apoyó la hoja contra su cuello.

Él alzó la vista.

Por un instante fue el joven que había contemplado lobos bajo la luna y que deseaba desesperadamente llegar a ser algo más que humano.

Emma casi sintió lástima.

Casi.

Olesya blandió la espada.

La cabeza de Nas se separó del cuerpo.

La oscuridad que llevaba dentro ya no tenía dónde regenerarse.

Murió mirando la luna.

Olesya quedó de pie sobre él.

Sin triunfo.

Sin alivio.

La venganza había hecho exactamente lo que siempre hace.

Cambiar el número de muertos.

Nada más.

Volvió a las cenizas de Anton.

La transformación la abandonó despacio.

Se arrodilló.

Puso el diario de Nas junto a las cenizas.

Luego lo apartó.

—No.

Emma comprendió.

Olesya no enterraría a Anton junto al hombre que lo había asesinado.

Encontró un paño limpio.

Recogió con cuidado lo que quedaba de Anton.

Cada puñado.

Cada fragmento ennegrecido.

Cuando terminó, lo apretó contra su pecho.

Entonces se llevó la otra mano al vientre.

Todavía no se le notaba.

Solo era una posibilidad.

Antonia se agitó dentro de Emma.

La habitación cambió.

Durante un latido imposible, Emma vio tres hilos plateados.

Anton.

Olesya.

Algo entre los dos, demasiado tenue para darle nombre.

Átropos estaba muy lejos.

Tenía las tijeras abiertas.

Las hojas comenzaron a cerrarse.

Entonces se detuvieron.

No hubo un acto de clemencia anunciado por un trueno.

Ni un destino reescrito.

Una vacilación.

Un aliento demasiado pequeño para la historia.

Átropos miró el tercer hilo, casi invisible.

Por primera vez, la certeza de su rostro flaqueó.

Las tijeras permanecieron abiertas.

Un latido.

Luego otro.

La visión desapareció.

Emma jadeó.

Beto la miró.

—¿Qué?

—No lo sé.

Y era verdad.

No había visto una concepción.

No había visto biología.

Solo había visto una posibilidad donde debería haber habido certeza.

El Destino había vacilado.

No sabía lo que significaba aquella vacilación.

Olesya no había visto nada de eso.

Estaba en la habitación destrozada con las cenizas de Anton en brazos.

Miró una vez el cuerpo de Nas.

Luego el cofre de hierro.

Al amanecer, ya se había ido.

Embarazada.

Sola.

Llevando consigo a Anton.

Llevando los diarios.

Llevando a una niña cuya existencia se había deslizado por una abertura que incluso el Destino casi había cerrado.

Emma vio desaparecer a su madre en la mañana.

Antonia susurró bajo sus costillas.

Madre.

Emma tocó el medallón plateado de Olesya.

—Sí.

El recuerdo se plegó entre sal y viento.

La mañana no volvía el camino más seguro.

Solo lo hacía todo visible.

Olesya viajaba hacia el este con el cofre de hierro sujeto detrás de la silla y las cenizas de Anton envueltas dentro de su abrigo.

No lo había enterrado.

Todavía no.

Cada parcela de tierra parecía provisional.

Cada aldea parecía poblada por gente que podría hacer preguntas.

Todas las iglesias tenían campanas.

Todas las campanas sonaban como si alguien estuviera anunciando su paradero.

La criatura que llevaba dentro no se había movido desde el amanecer.

Olesya se dijo que eso no significaba nada.

Volvió a decírselo.

Al mediodía se detuvo junto a un arroyo helado.

El caballo bebió.

Olesya, no.

Se sentó bajo un árbol sin hojas y abrió el cofre de hierro.

Anton estaba allí, en fragmentos que no eran fragmentos.

Cenizas.

Un anillo.

Una tira de tela quemada.

La empuñadura rota de una espada que había llevado a un lugar del que las espadas no deberían regresar.

Su diario.

El diario de Nas.

Estuvo a punto de arrojar el de Nas al arroyo.

Mantuvo la mano sobre el agua.

Entonces se detuvo.

Conocimiento.

Ahora odiaba esa palabra.

Pero el odio no volvía menos útil la información.

Abrió el diario.

Las últimas páginas eran caóticas.

Dibujos.

Nombres.

Preguntas.

Acmerion.

Las Moiras.

El dibujo de una pluma repetido tres veces desde distintos ángulos.

Al lado, Nas había escrito:

Reacciona a los umbrales.

Debajo:

Puede que no sea un objeto.

Y aún más abajo, con tinta más oscura:

Quiere que la lleven.

Olesya cerró el libro.

Demasiado tarde.

La frase permanecía.

Quiere que la lleven.

Miró el camino a sus espaldas.

Vacío.

El caballo levantó la cabeza.

Volvió las orejas hacia el oeste.

Olesya se puso de pie.

Nada.

Entonces la niña se movió.

Una vez.

Una pequeña presión en la parte baja de su vientre.

Olesya dejó de respirar.

Otra vez.

No era dolor.

Era vida.

Se llevó la mano al vientre.

—Hola.

La palabra le salió rota.

Se rio.

Después lloró.

Después se enfadó consigo misma por cualquiera de las dos cosas.

El caballo resopló.

—Métete en tus asuntos.

El animal volvió al arroyo.

Olesya apretó ambas manos contra su vientre.

Por primera vez desde que Anton ardió, el dolor hizo sitio a otra cosa.

No a la esperanza.

La esperanza era demasiado peligrosa.

A la responsabilidad.

—Todavía no sabes lo que es llegar en un momento terrible.

La niña volvió a moverse.

Olesya sonrió.

Una rama crujió al otro lado del arroyo.

Ella se volvió.

Bastian estaba entre los árboles.

No muy cerca.

Nunca cerca.

Las alas grises plegadas a su espalda.

Miró el cofre.

Luego las manos de Olesya sobre el vientre.

Le cambió la expresión.

—Lo sabías —dijo ella.

—No.

—Mientes fatal.

—Soy un mentiroso excelente.

—Entonces lo sabías.

Bastian se acercó al agua, pero no cruzó.