Mongrel (Los Picis 2) CAPÍTULO 9 — La madre bajo la piel
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CAPÍTULO 9 — La madre bajo la piel

La madre bajo la piel

Hambre.

La palabra no atravesó mis pensamientos.

Se plantó en medio de ellos.

Beto retrocedió un paso. La pata herida resbaló en la sangre que le corría por ella y Liu lo sujetó bajo los brazos antes de que golpeara el suelo.

El olor se hizo más intenso.

Tibio. Vivo. Cercano.

Mis dientes presionaron el labio inferior.

—¿Emma? —dijo Liu.

—No digas mi nombre.

Mi voz salió de un lugar más profundo de mi garganta de lo debido.

Olesya se interpuso entre Anton y Nas. Ninguno de los dos nos veía. La antigua cámara continuaba alrededor de ellos, obediente a un pasado que se creía completo, pero ella ya no miraba a ninguno.

Me miraba a mí.

No.

A la cosa detrás de mis ojos.

—Antonia —susurró.

Mi cuerpo respondió antes que yo.

Los huesos de mis manos se alargaron. Las uñas se partieron y se curvaron hasta formar garras negras. El calor me abrió dos líneas violentas en los hombros, como si las alas intentaran recordar cómo existir bajo la piel humana.

Liu sacó el cuchillo.

Beto se lo bajó.

—Ella sigue ahí.

—¿Cuál de las dos? —preguntó Liu.

Me lancé hacia ellos.

Liu apartó a Beto. Mis garras golpearon la piedra donde había estado su pata herida y le abrieron cuatro surcos. No sonó como uñas rascando roca. Sonó como hierro abriendo carne.

La cámara desapareció.

Volví a tener quince años. Estaba arrodillada junto a un arcón de hierro en la casa de un pescador de Nueva York.

La lluvia golpeaba el techo. La habitación olía a sal, aceite de lámpara y la lavanda que Samantha ponía entre la ropa de mi madre para que no se entregara por completo al moho. Me había apoyado contra el arcón. Una fina tabla de madera que había en su interior se quebró bajo mi mano.

Debajo esperaban unos libros.

Antes de tocarlos, supe que me los habían escondido.

Uno llevaba un nombre escrito con tinta desvaída.

CRÓNICAS DE NAS.

Leí hasta que se apagó la lámpara.

Leí después de que Tom me llamara a cenar. Leí mientras Samantha tocaba la puerta y preguntaba si estaba enferma. Leí a la luz de la luna, pasando páginas llenas de monstruos, pactos, traiciones y un hombre llamado Anton que había amado a una mujer llamada Olesya.

En las últimas páginas cambió la letra.

Los trazos eran más apretados. Impacientes. La tinta se había corrido donde la tocaron lágrimas o agua de mar.

Mi querida Antonia.

Fue la primera vez que mi madre me llamó por mi nombre.

La segunda fue ahora.

—Antonia.

La voz de Olesya cruzó casi dos siglos y entró en la pequeña habitación.

La luz de la luna cubrió el suelo.

El dolor me partió la columna.

Recordaba mi primera transformación como una sucesión de heridas: las rodillas doblándose al revés bajo mi cuerpo, las costillas abriéndose para dar cabida a otro corazón, los omóplatos desgarrándose hacia arriba, los dientes cayendo de mi boca antes de que otros más grandes se abrieran paso entre la sangre.

Había creído que el dolor creó a la criatura.

Me equivocaba.

Ya estaba despierta.

Lo había estado cuando Tom nos sacó del barco.

Había escuchado a Samantha cantarme para que me durmiera.

Había olido la sangre de mi madre en las bisagras de hierro y aguardado bajo mis latidos a que la luna le diera manos.

No manos.

Garras.

Mía, dijo.

La pared del dormitorio estalló hacia fuera.

La niña que había sido desapareció bajo un pelaje negro. Las alas golpearon el techo y rompieron las vigas. Oí a Samantha gritar mi nombre desde el pasillo. Oí a Tom tomar el gancho de hierro que guardaba junto a las escaleras.

Intenté advertirles.

Mi boca pertenecía a otra persona.

Antonia se volvió hacia la puerta.

Proteger, dijo.

¿De qué?

De todo.

Olió su miedo y lo confundió con peligro. O quizá comprendía perfectamente el miedo y creía que cualquier persona que nos temiera acabaría atacándonos.

Tom abrió la puerta.

El recuerdo se detuvo antes de que pudiera saber si lo había matado.

La cámara subterránea regresó. Mis garras rodeaban la garganta de Liu.

Liu no había soltado el cuchillo. El filo de plata descansaba bajo mis costillas, justo donde tendría que hundirlo si yo cerraba la mano.

Su rostro había palidecido, pero conservaba la calma en los ojos.

—Emma —dijo.

Apreté más.

—Nombre equivocado —respondió mi boca.

La voz era mía sin pertenecerme.

Beto estaba detrás de Liu.

La sangre empapaba el pelaje de su pata. Habría podido avanzar hacia las escaleras. Habría podido dejar que Liu me contuviera mientras él escapaba.

En vez de eso, se acercó.

—Entonces dinos el nombre correcto.

Volví la cabeza hacia él.

—La oíste.

—Oí a Olesya.

Al escuchar el nombre de mi madre, algo dentro de mí golpeó mis costillas con tanta fuerza que mi cuerpo se dobló. Liu se liberó. El aire entró a sus pulmones en una bocanada irregular.

Beto no retrocedió.

—Antonia —dijo.

El mechón dorado sobre sus ojos se encendió.

La luz atravesó mi piel.

Mi sombra cayó sobre la pared.

Entonces otra sombra se alzó dentro de ella.

Una era una mujer de pie sobre dos piernas, con las manos abiertas y el rostro levantado hacia la luz.

La otra se agazapaba sobre cuatro extremidades enormes y tenía las alas plegadas a lo largo de la columna.

Ocupaban la misma oscuridad, pero no se movían juntas.

Cuando yo levantaba un brazo, la bestia bajaba la cabeza.

Cuando ella abría las mandíbulas, mi boca permanecía cerrada.

Liu lo vio.

Olesya también.

Anton y Nas continuaban discutiendo a pocos pasos, atrapados en la corriente de su propia historia. Solo Olesya estaba fuera de ella. Alzó una mano hacia las dos sombras.

—Mi hija —dijo.

Antonia dejó escapar a través de mí un sonido demasiado herido para ser un gruñido.

El recuerdo volvió a cambiar.

Una cubierta se balanceaba bajo una luna blanca. Había cuerpos enredados entre cuerdas rotas. Un mástil ardía cerca de la proa y lanzaba chispas a la noche. Más allá de la borda, el mar era negro.

Olesya se arrastró hacia un camarote con un arpón atravesándole el pecho.

Estaba desnuda. Había vuelto a su forma humana. La sangre la seguía entre los muertos.

Dentro del camarote, un bebé gritaba junto al arcón de hierro.

Olesya llegó hasta la criatura y se desplomó.

Sus dedos tocaron la mejilla de la niña.

—Antonia —exhaló.

El bebé dejó de llorar.

Algo miró a Olesya desde detrás de los ojos de la niña.

No era hambre.

Era reconocimiento.

Olesya lo vio y sonrió, aunque tenía la boca llena de sangre.

—La mantuviste con vida.

Sí, dijo Antonia dentro de mí.

La palabra no llevaba orgullo. Solo constataba un hecho.

La escena se desgarró.

Estábamos otra vez en la cámara y Beto se encontraba lo bastante cerca para que yo oyera su pulso.

Antonia deseaba la sangre.

También quería apartarlo de mí.

Eso me asustó más.

El hambre podía contenerse. Terminaba cuando uno se alimentaba.

La protección no tenía un límite natural. Podía justificar cualquier cadáver si la criatura que lo causaba creía que matarlo me permitiría sobrevivir.

Intenté mover la mano.

Antonia la mantuvo quieta.

Intenté hablar.

Me cerró la garganta.

Beto observaba las dos sombras.

—La protegiste en el barco —dijo.

Las alas de Antonia se abrieron por la pared.

—Tú también eras un bebé.

Las garras de mi mano se acortaron apenas un poco.

Liu lo miró como si la valentía y la estupidez por fin se hubieran vuelto indistinguibles.

—Beto, está decidiendo si te come.

—Lo sé.

—Muévete.

—Si me muevo, me persigue.

Tenía razón.

La herida de su pata palpitaba. Podía oír cómo la sangre se abría paso por vasos desgarrados. Antonia medía la distancia entre nosotros con músculos que yo ignoraba que poseía.

Beto bajó al suelo.

Despacio.

Deliberadamente.

Dejó expuesta la pata herida.

—¿Qué estás haciendo? —logré preguntar.

Las palabras rasparon la presa de Antonia en mi garganta.

Las orejas de Beto se alzaron.

—Ahí estás.

Antonia mostró nuestros dientes.

—Ella también está aquí —dije.

—Bien.

—No hay nada bueno en esto.

—No dije que fuera seguro.

Me miró directamente a los ojos y después un poco más allá.

—No tienes que desaparecer para que Emma viva.

Antonia se lanzó hacia delante.

Nos detuve a unos centímetros de su garganta.

El esfuerzo hizo que una rodilla se me hundiera contra la piedra. Las alas brotaron a medias de mi espalda —ni del todo carne ni del todo sombra— y llenaron la cámara de un olor a lluvia quemada. Abrí la mandíbula. Sentía el pulso de Beto contra los labios sin llegar a tocarlo.

Cada parte de Antonia exigía que la liberara.

Cada parte de mí exigía que desapareciera.

Ambas exigencias eran la misma clase de violencia.

Lo comprendí antes que ella.

Quizá porque Anton me había enseñado lo que ocurría cuando la salvación exigía que otro se rindiera.

Devuélveme mis manos, le dije.

No.

Entonces toma su sangre y Liu nos matará.

Liu levantó el cuchillo de plata para demostrarlo.

Antonia no le tenía miedo.

Yo sí.

Eso la hizo vacilar.

No porque le importara si Liu vivía, sino porque mi miedo pertenecía al cuerpo que ella protegía.

Le abrí mis pensamientos como habría abierto una habitación cerrada con llave.

Le mostré a Samantha poniendo lavanda entre la ropa de Olesya. A Tom enseñándome a remendar una red. A Beto a mi lado mientras el Infierno se derrumbaba a nuestro alrededor. A Liu buscando mi mano en una oscuridad donde nadie sabía si habría suelo al dar el siguiente paso.

Ellos no son el peligro, le dije.

Todo es peligro.

Entonces ayúdame a elegir qué peligro importa.

Silencio.

No era un acuerdo.

Pero recuperé la mano derecha.

La apoyé en el suelo.

Luego la izquierda.

Las alas seguían abiertas. Los colmillos seguían en mi boca.

Antonia conservó todas sus armas salvo las que yo necesitaba para alejarme de Beto.

Retrocedí a gatas.

Un paso.

Dos.

El olor de su sangre se debilitó.

Beto arrancó una tira de su abrigo y vendó la herida. Liu mantuvo el cuchillo en alto hasta que mis colmillos retrocedieron.

La segunda sombra no desapareció.

Se plegó dentro de la mía.

Esperando.

Olesya bajó la mano.

Tenía lágrimas en el rostro, pero la mujer del recuerdo aún no había empezado a llorar. Esas lágrimas pertenecían a la parte imposible de ella que podía vernos.