Mongrel (Los Picis 2) CAPÍTULO 6 — Olesya
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CAPÍTULO 6 — Olesya

Olesya

Mi madre me miró directamente.

Entonces una flecha le atravesó el hombro.

Olesya cayó sobre la nieve.

El bosque se movió con ella. Los árboles se estiraron hasta convertirse en columnas negras. El suelo pálido rodó bajo mis pies aunque yo no había dado un paso. El recuerdo no nos invitó a seguirlo. Nos arrastró, quisiéramos o no.

Corrí hacia ella.

Mis manos atravesaron las primeras ramas como si fueran humo.

—Emma —me llamó Liu desde atrás.

El nombre entró en el recuerdo y el bosque se estremeció.

Olesya levantó la cabeza.

Durante un instante imposible, volvió a verme.

—No hables —le advertí a Liu.

Los cazadores irrumpieron entre los árboles.

Eran siete hombres, aunque su terror los hacía sonar como un ejército.

Las antorchas crepitaban al viento. Todos llevaban plata: cuchillos, puntas de flecha, monedas aplanadas a martillazos y clavadas en garrotes.

Se habían preparado para matar a un monstruo.

Encontrar a una mujer herida en el suelo no redujo su valentía.

La aumentó.

Olesya se arrancó la flecha.

La sangre le corrió por el brazo. La herida comenzó a cerrarse antes de que el primer cazador llegara hasta ella.

Él lo vio.

—Bruja —susurró.

—Te equivocaste de monstruo —dijo Olesya.

Le hundió la flecha rota en el muslo.

El hombre gritó. Olesya rodó bajo el golpe de un garrote con cabeza de plata, sujetó el mango y aprovechó el peso del cazador para lanzarlo contra un árbol. Se movía deprisa, pero no con una velocidad imposible. Cada giro le costaba. Cada respiración parecía arrastrar algo afilado por su pecho.

La maldición ya se estaba alimentando de ella.

Lo sabía con la misma certeza con que Antonia conocía la sangre. El cuerpo de mi madre se curaba, pero la curación se había convertido en otra forma de herida. La carne se cerraba sobre fragmentos de plata. Los huesos se reparaban en una posición equivocada y volvían a quebrarse para corregirla.

Olesya había soportado cinco días sin ser dueña de su cuerpo.

No recordaba ninguno de ellos en orden.

Una cinta amarilla de niña entre dientes negros.

Luz de luna sobre cadenas de hierro.

Su madre gritando desde muy lejos.

Sangre bajo la lengua que no le pertenecía.

Había despertado desnuda a la orilla del río helado, con cortes en la espalda, un ciervo muerto a su lado y la pequeña cinta anudada a una muñeca.

Los cazadores la encontraron antes de que encontrara ropa.

Le quitó el abrigo al primer hombre que intentó matarla.

Ahora él yacía en la nieve a cincuenta pasos de allí, vivo solo porque ella había decidido dejarlo así.

Otra flecha golpeó el árbol junto a su rostro.

Olesya corrió.

—Los está alejando —dijo Beto.

Estaba junto a mí en el bosque espectral; le temblaba la pata herida. La hebra dorada flotaba encima de él e iluminaba un pasado que no podía sentirla ni rechazarla.

—¿Alejándolos de qué? —preguntó Liu.

El recuerdo respondió.

Más allá de la colina, oculto bajo ramas de pino y telas del color de la nieve, había un campamento.

Los padres, hermanos, primos y tío de Olesya seguían allí después de la quinta noche, atados a postes de hierro hasta tener la certeza de que la luna ya no los dominaba.

Algunos habían sobrevivido a la transformación con los dedos rotos.

Uno se había mordido la lengua hasta atravesarla.

Ninguno podría escapar de hombres armados.

Olesya habría podido huir sola.

En vez de eso, dejó que los cazadores vieran su sangre.

Dejó que creyeran que estaba debilitándose.

Los atrajo hacia el este.

El bosque se abrió ante el río helado.

Olesya llegó al centro antes de que el hielo gimiera bajo sus pies.

Se detuvo. En la orilla opuesta aparecieron más antorchas.

Los hombres habían dividido el grupo.

Estaba rodeada.

El cazador del arco pisó el río detrás de ella. Era mayor que los otros, tenía las sienes grises y una tira de tela amarilla atada a la muñeca.

El mismo color que la cinta del recuerdo de Olesya.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó.

Olesya miró la tela.

—No lo sé.

El hombre levantó el arco.

—Llevabas su cinta.

—Desperté con ella.

—Después de comértela.

El dolor cruzó el rostro de Olesya. No era culpa. Era el horror de saber que no podía refutar aquella acusación con recuerdos que no poseía.

—Mi familia estuvo encadenada —dijo—. Las cinco noches.

—Tu familia miente.

—Entonces mátame. Déjalos en paz.

El hombre tensó la cuerda hasta la mejilla.

El río crujió.

Algo se movió bajo el hielo.

Todos los lobos del bosque lejano empezaron a aullar.

Olesya no bajó la mirada. Los cazadores sí.

El hielo estalló.

De allí surgió un animal negro de seis patas.

Su cuerpo se parecía al de un sabueso solo hasta que uno advertía la segunda mandíbula que se abría bajo la primera.

El agua escurría de una piel sin pelo. Las costillas de la criatura se movían por fuera de su carne, abriéndose y cerrándose como dedos alrededor de un corazón invisible.

La cinta amarilla colgaba entre sus dientes.

La bestia atrapó al cazador más cercano y lo arrastró bajo el agua.

Los demás huyeron presa del pánico.

El arquero resbaló. El arco desapareció por el hielo roto. Cayó con tanta fuerza que se quedó sin aliento, y la criatura se volvió hacia él.

Olesya habría podido escapar.

Se interpuso entre ambos.

El sabueso la golpeó con sus seis patas. La mandíbula inferior se cerró alrededor de su costado. Los dientes penetraron en una carne ya dañada por la plata y esta vez su cuerpo no sanó.

El arquero retrocedió a rastras.

—Vete —le dijo Olesya.

Él miró a la criatura que había matado a su hija y luego a la mujer a quien pretendía asesinar.

—¿Por qué?

—Porque si muero salvándote, tal vez te avergüences el tiempo suficiente para dejar vivir a mi familia.

El sabueso la arrancó del hielo.

Su peso los hundió a ambos en el río.

Intenté alcanzarla.

Mis brazos desaparecieron en agua negra que se había helado mucho antes de que yo naciera.

Antonia golpeó mis costillas.

No quería matar.

Quería a su madre.

La fuerza de aquel anhelo me hizo caer de rodillas.

A mi lado, el mechón dorado de Beto brilló con más intensidad.

—No lo hagas —dije.

—Va a morir.

—No murió aquí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo existo.

La respuesta era menos segura de lo que la hice sonar.

Había pasado la vida creyendo que Olesya era mi madre porque una mujer moribunda había yacido a mi lado en un barco y porque sus palabras se dirigían a una hija llamada Antonia.

El recuerdo ahora la ponía ante mí, pero un recuerdo no era una prueba. Nas nos había enseñado al menos eso.

Beto se acercó al hielo roto.

La hebra se inclinó hacia el agua.

—No podemos cambiar esto —le dije.

—Entonces, ¿por qué puede verte?

No tenía respuesta.

El río volvió a estallar.

Olesya emergió con una mano alrededor de la mandíbula superior del sabueso y la otra dentro de la inferior.

Sus ojos ardían dorados. Los músculos se tensaban bajo la piel humana, pero no se transformó.

No podía invocar a la bestia que llevaba dentro, negociar con ella ni tomar su fuerza por elección.

La fuerza que le quedaba era suya.

Separó las mandíbulas.

El sabueso chilló.

Sus costillas exteriores se cerraron alrededor del brazo de Olesya. La sangre oscureció el agua. Sus rodillas golpearon el borde del hielo roto.

La hebra dorada abandonó a Beto.

Cruzó el recuerdo y entró en el río.

La luz reveló lo que la oscuridad había ocultado.

Una cadena fina rodeaba la garganta del sabueso. De ella pendía un pequeño aro de hierro con tres arañazos.

La misma marca impresa en la cera de Nas.

La misma marca tallada en el pasaje a nuestras espaldas.

No era una señal de posesión, comprendí.

Era un permiso.

Alguien había abierto un camino para la criatura y la había enviado adonde la gente asustada culparía a los monstruos que ya conocía.

La hebra no alteró el pasado.

Nos mostró la parte que alguien había borrado.

Olesya vio el aro.

El arquero también.

Antes de que cualquiera pudiera alcanzarlo, la cadena se tensó.

Algo del otro extremo arrastró al sabueso bajo el agua.

Olesya se fue con él.

Una figura negra cruzó el río más deprisa que una sombra que cae.

Una mano atrapó la muñeca de Olesya. La otra atravesó el hielo y se cerró alrededor de la cadena bajo el agua. Durante un momento, la superficie helada sostuvo a un hombre vestido enteramente de negro, con Olesya colgando de un brazo y el sabueso de seis patas forcejeando bajo el otro.

Entonces el hombre tiró.

La criatura salió del río.

La arrojó contra el hielo con fuerza suficiente para romperle dos patas.

El sabueso intentó levantarse.

El desconocido ya estaba encima.

Cuatro colmillos penetraron en su garganta.

El cuerpo negro se convulsionó. La piel se hundió alrededor de los huesos. En segundos, bajo el desconocido solo quedaban una forma semejante a papel quemado y la cadena de hierro.

El aro había desaparecido.

Anton levantó la cabeza.

La sangre le ennegrecía la boca.

Los cazadores supervivientes huyeron.

Olesya no.

De pie a duras penas, con un brazo apretado contra el costado desgarrado, lo observó con más ira que miedo.

—Dejaste escapar la prueba —dijo.

Anton se limpió la boca con el dorso de la mano.

—De nada.

—El aro.

—Lo vi.

—Entonces encuéntralo.

Él miró el agujero en el hielo.

—Cuando dejes de sangrar.

—Pararé cuando mi cuerpo lo decida.

—Parece indeciso.

Olesya dio un paso hacia él y estuvo a punto de caer.

Anton la sostuvo.

Ella puso un cuchillo de plata contra su corazón.

Él sonrió.

—Sería más eficaz si no lo hubieras dejado caer al río.

Olesya bajó la mirada.

Tenía la mano vacía.

Anton abrió los dedos. El cuchillo descansaba sobre su palma.

—¿Cuándo? —preguntó ella.

—Antes de que decidieras amenazarme.

—Devuélvemelo.

—Promete que no lo usarás mal.

—Prometo decidir yo qué significa usarlo bien.

La sonrisa de Anton se ensanchó.

Le devolvió el cuchillo.

Así comenzó todo.

No con un rescate. Olesya habría detestado esa palabra.