CAPÍTULO 2 — Después de Ur #2
Emma dejó a Beto sobre un abrigo doblado junto a la pared del fondo.
Liu se arrodilló enfrente.
—Voy a limpiarte las heridas —dijo Emma.
Beto observó el recipiente que llevaba en la mano. Cuando ella sumergió un paño en el agua, todo su cuerpo se tensó.
Emma se detuvo.
La reacción duró menos de un segundo. Bastó.
Escurrió el paño y dejó el recipiente a su espalda, donde él no pudiera verlo.
—Sin agua —dijo.
—No le tengo miedo al agua.
—Por supuesto que no.
—No se lo tengo.
—Entonces no te importará que no la usemos.
Con el paño húmedo, Emma limpió la sangre de su costado. La mayoría de las heridas eran superficiales. Una cortada bajo el hombro tenía los bordes manchados por la misma oscuridad imposible de la cicatriz. Emma tocó la piel a su lado.
Antonia empujó hacia delante.
Durante un instante, Emma vio —no con los ojos, sino con aquel sentido antiguo y violento que pertenecía a la criatura en su interior— una corriente negra recorriendo el cuerpo de Beto.
No seguía ninguna dirección. Se movía alrededor de los huecos donde antes había recuerdos, buscando formas con que llenarlos.
Emma retiró la mano.
Las pupilas de Beto se dilataron.
—Viste algo.
—Sentí algo.
—¿Qué?
—Es posible que lo que se llevó tus recuerdos aún no haya terminado con ellos.
Liu palideció.
—La grieta se cerró.
—Fuera de él.
—¿Puedes sacarlo?
Emma miró sus manos. Antonia quería arrancar la oscuridad. Antonia resolvía todos los problemas encontrando la carne que los rodeaba.
—No sin saber qué es.
Beto se apartó de ella.
—¿Y si nunca lo averiguas?
—Seguiré buscando.
—¿Por qué?
Liu se inclinó hacia él.
—Porque te amamos.
La línea oscura bajo el hombro de Beto palpitó.
Él gritó y rodó sobre un costado. Emma sujetó la mano de Liu antes de que lo tocara.
—Nada de nombres. Nada de reclamarlo como nuestro —dijo Emma—. Hasta que entendamos qué está haciendo ese vacío.
—El amor no es una forma de reclamar a nadie.
—Para algo que se alimenta de lo que lo une a nosotros, tal vez sí.
Liu liberó la mano.
—Entonces, ¿qué se supone que haga? ¿Sentarme aquí y actuar como si no significara nada para mí?
—Siéntate aquí y deja que él decida qué significas para él ahora.
Se abrió un silencio entre las dos.
La respiración de Beto se calmó.
Miró a Liu.
—Corriste hacia mí.
—Sí.
—Aunque te dije que no lo hicieras.
A ella le tembló la boca.
—Antes solías quejarte de eso.
—¿Tenía razón?
—Nunca.
Algo cambió en el rostro de Beto. No era un recuerdo. Emma estaba segura. Era algo más pequeño y quizá más importante: el comienzo de una nueva expectativa.
Liu acudiría cuando él estuviera herido.
Su cuerpo ya no tendría que cargar a solas con esa verdad.
Emma le vendó el hombro e inmovilizó la pata delantera lastimada. Beto protestó por la tablilla, el nudo, la presión del vendaje y la indignidad de todo el proceso. Cuando ella terminó, su voz había recobrado el calor de la irritación.
Emma se alegró.
—Descansa —dijo.
—He estado descansando.
—Perdiste el conocimiento dos veces.
—No es lo mismo.
—Desde fuera, sí lo parece.
Él intentó levantarse, descubrió la tablilla y la fulminó con la mirada.
—¿Me caías bien?
—Me tolerabas con una devoción poco común.
—Eso suena a que no.
—Duerme.
Beto apoyó la cabeza sobre las patas, pero siguió observándola.
—Antes dime una cosa.
Emma esperó.
—¿Volví?
La cámara pareció alejarse a su alrededor.
Emma comprendió lo que preguntaba. No si había cruzado la ruta. No si había sobrevivido. Quería saber si la criatura tendida sobre el abrigo podía considerarse la misma que había elegido entrar en la oscuridad.
Emma miró a Liu, las garras maltrechas, el mechón dorado, aquellos ojos obstinados que desconfiaban de ellas y aun así buscaban la verdad en sus rostros.
—Sí, volviste —dijo.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque lo preguntaste.
Beto la contempló un momento más.
Luego cerró los ojos.
Antes de que se durmiera por completo, Liu alargó la mano hacia su hombro y se detuvo.
No lo tocó.
En cambio, dobló hacia dentro el borde del vendaje, como quien acomoda un cuello antes de despedir a alguien que sale al frío.
La oreja de Beto se movió.
Su cabeza siguió aquella mano.
Apenas.
Un par de centímetros, quizá.
Lo suficiente para que apoyara la mejilla contra dos de sus dedos.
Liu dejó de respirar.
Beto no despertó.
La había olvidado.
Algo en él no.
Liu dejó la mano donde estaba hasta que el cansancio le venció la cabeza.
Emma cubrió a los dos con otro abrigo y se trasladó al extremo opuesto de la cámara.
Dentro de ella, Antonia iba y venía.
Había historias que Emma llevaba años negándose a abrir.
Diarios encuadernados en cuero agrietado.
Nombres escritos por hombres que habían confundido la obsesión con el deber.
Un medallón de plata que conservaba porque tirarlo nunca le había parecido distinto de rendirse.
Hasta aquella noche, el pasado había sido una habitación cerrada con llave y Emma se había conformado con saber que el monstruo estaba dentro sin preguntar quién había construido las paredes.
Ahora, a pocos pasos, dormía un gato negro que conservaba la vida pero había perdido su historia.
El pasado ya no era una habitación.
Era un depredador.
Emma encontró una página en blanco al final del libro menos dañado.
Probó la pluma. La primera línea salió desigual porque la mano le había empezado a temblar.
Escribió todo lo que Beto había dicho.
Cada pregunta.
Cada respuesta.
La forma en que se había movido la oscuridad cuando Liu habló de amor.
No escribió su nombre hasta el final.
Cuando por fin lo hizo, presionó tanto que marcó el papel de debajo.
Beto había regresado sin Beto.
Emma se quedó mirando la frase.
Entonces el medallón de plata se calentó dentro de su abrigo.