Moldeándola (Serie Pasiones profesionales) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El teléfono de Riley vibró a las once y media de un martes por la mañana, justo en medio de una sesión con Marcus, un chef que venía dos veces por semana a trabajar el core y a quejarse de la mala actitud de su segundo de cocina.

Lo ignoró y siguió pendiente de la postura de Marcus en la plancha mientras él refunfuñaba sobre la falta de inventario y los tejemanejes de la cocina.

Pero el teléfono volvió a vibrar treinta segundos después, y luego otra vez, con ese ritmo insistente que normalmente significaba que alguien intentaba localizarla con urgencia.

—Tómate un respiro —le dijo a Marcus, que se desplomó de inmediato sobre la colchoneta con alivio teatral.

Riley echó un vistazo al teléfono y se le encogió el estómago. Tres mensajes de Vanessa, enviados uno tras otro.

Necesito verte hoy.

Sesión en el gimnasio. Esta tarde si es posible.

Sé que es de última hora.

Riley se quedó mirando la pantalla mientras el pulso se le aceleraba a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma.

Habían pasado cinco días desde su último encuentro, cinco días sin noticias que la habían dejado preguntándose si Vanessa se había aburrido por fin y había pasado a otra distracción más conveniente.

Por lo visto, no.

¿Pero una sesión en el gimnasio? Eso era nuevo. Y arriesgadísimo, sobre todo después de las amenazas apenas veladas de Aaron el viernes.

Riley tecleó rápidamente: Mejor una sesión en tu casa. Más privacidad.

La respuesta llegó casi de inmediato: No. Gimnasio. Ando corta de tiempo hoy.

Riley frunció el ceño ante la pantalla. Había algo diferente en el tono, algo más exigente de lo habitual. Incluso tratándose de Vanessa.

No es buena idea. Hay demasiada gente alrededor.

Dijiste que querías que te vieran. Aquí estoy.

Las palabras le sentaron a Riley como una bofetada.

Recordaba haber dicho algo parecido semanas atrás, durante una de sus discusiones más acaloradas sobre por qué Vanessa insistía en mantenerlo todo en secreto.

Pero se refería a que la vieran como persona, no a convertirse en un maldito espectáculo en su lugar de trabajo.

—¿Todo bien? —preguntó Marcus, incorporándose en la colchoneta con gesto preocupado y el rostro sudoroso.

—Sí, perdona —dijo Riley, y se guardó el teléfono en el bolsillo—. Venga, vamos con esa última serie.

Pero tenía la cabeza en otra parte, dándole vueltas a las implicaciones de la petición de Vanessa.

Quedar en el gimnasio era como jugar con fuego, sobre todo con Aaron ya husmeando en busca de excusas para causar problemas.

Pero decirle que no a Vanessa nunca había sido el fuerte de Riley, y el tono de esos mensajes sugería que aquello no era realmente una petición.

Para cuando terminó la sesión de Marcus, Riley ya se había convencido. Podían usar el estudio del fondo, correr las cortinas, asegurarse de que nadie las viera juntas. Todo iría bien. Profesional. Una sesión de entrenamiento más.

Le contestó: Estudio del fondo. 15:00. Que sea rápido.

Gracias.

Dos palabras que conseguían sonar agradecidas e imperiosas a la vez. Típico de Vanessa.

Riley pasó la tarde en un estado de nerviosismo constante: se sobresaltaba cada vez que alguien pasaba junto al estudio del fondo, comprobaba una y otra vez que la puerta estuviera bien cerrada, que las cortinas taparan cualquier vista desde la sala principal del gimnasio.

Había preparado el espacio como para cualquier otra sesión: colchoneta en el suelo, algunas pesas ligeras, botellas de agua a mano.

Pero todo parecía cargado de peligro. Le temblaban ligeramente las manos mientras colocaba el equipo, y no dejaba de mirar hacia la puerta como si esperara que Aaron irrumpiera en cualquier momento.

A las tres menos diez, Riley oyó el sonido familiar de la puerta principal del gimnasio al abrirse, seguido del taconeo sobre el suelo pulido que solo podía pertenecer a una persona.

Respiró hondo e intentó aparentar calma profesional mientras los pasos se acercaban al estudio del fondo. La puerta se abrió sin que llamaran, y Vanessa entró como si fuera la dueña del lugar.

Hoy iba de ejecutiva de pies a cabeza: blazer a medida, pantalones perfectamente planchados, el pelo recogido en esa coleta tirante que le afilaba los pómulos hasta parecer capaces de cortar cristal. Pero había algo diferente en su energía, algo más intenso de lo habitual.

—Gracias por hacerme un hueco —dijo Vanessa, y cerró la puerta tras de sí con un clic suave que pareció resonar en el pequeño espacio.

—No hay de qué —respondió Riley, aunque la voz le salió más ronca de lo que pretendía—. ¿En qué querías trabajar hoy?

Una pregunta estúpida, en realidad. Ambas sabían que aquello no iba de entrenamiento, que no iba de eso desde hacía semanas. Pero mantener las apariencias parecía necesario, una fina capa de profesionalismo para disimular lo que realmente estaba pasando entre ellas.

Vanessa empezó a quitarse el blazer y a cambiarse con la ropa de deporte que había traído en una bolsa de cuero que parecía carísima.

Riley intentó no mirar, intentó concentrarse en ajustar el equipo, pero era plenamente consciente de cada movimiento, de cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.

—Lo mismo de siempre —dijo Vanessa mientras se ponía una camiseta negra ceñida que parecía sacada de la portada de una revista de fitness de lujo—. Necesito que me exijas.

Las palabras pesaban más de lo que deberían, cargadas de implicaciones que no tenían nada que ver con el ejercicio físico.

Empezaron con ejercicios básicos de movilidad, pero el ambiente en la sala estaba denso y cargado de electricidad desde el primer momento.

Riley mantuvo las instrucciones profesionales, los toques mínimos y apropiados, pero notaba la tensión acumulándose entre ellas como la presión en una olla a punto de estallar.

Vanessa atacó cada ejercicio con esa intensidad concentrada que Riley reconocía de sus primeras sesiones: la Vanessa que usaba el esfuerzo físico para quemar las emociones complicadas que bullían bajo esa fachada perfecta de ejecutiva.

—¿Todo bien? —preguntó Riley durante una pausa para beber agua, al notar la tensión en la mandíbula de Vanessa, cómo llevaba los hombros rígidos como si fueran una armadura.

—Bien —respondió Vanessa, pero su tono sugería todo lo contrario.

Hicieron la sesión en relativo silencio, ambas cumpliendo con los ejercicios de forma mecánica pero con la cabeza claramente en otra parte.

Riley se descubrió estudiando el rostro de Vanessa, buscando pistas sobre qué había provocado esa repentina necesidad de una sesión de entrenamiento en público.

Para cuando llegaron a los estiramientos finales, Riley tenía los nervios a flor de piel. La sesión estaba a punto de terminar y no había pasado nada inapropiado. Habían mantenido el profesionalismo, respetado los límites. Quizá se había preocupado por nada.

Pero cuando Riley empezó a guardar el equipo, dando por terminado su tiempo juntas, Vanessa no se movió hacia su bolsa. Se quedó en la colchoneta, observando a Riley con una expresión indescifrable.

—Hemos terminado —dijo Riley mientras enrollaba una banda elástica con más atención de la necesaria—. A la misma hora la próxima—

—Estás enfadada conmigo.

Las palabras detuvieron a Riley en seco. Alzó la mirada y se encontró con Vanessa observándola con esos ojos grises pálidos que parecían ver demasiado.

—No estoy enfadada —dijo Riley automáticamente.

—Te estás alejando. Llevas días haciéndolo.

Riley se enderezó lentamente, con la banda de resistencia olvidada entre las manos.

—Quizá porque tú nunca te acercas a mí.

Las palabras quedaron flotando en el aire entre ellas, más sinceras de lo que Riley había querido. Pero estaba cansada de fingir, cansada de actuar como si el constante tira y afloja entre ellas no la estuviera volviendo loca poco a poco.

Vanessa se levantó de la colchoneta con movimientos fluidos y se acercó hasta que apenas quedaban sesenta centímetros entre ellas.

—¿Qué quieres de mí, Riley?

La pregunta debería haber sido simple, pero estaba cargada de trampas. ¿Qué quería? ¿Que reconociera que lo que había entre ellas importaba? ¿Alguna señal de que era algo más que una válvula de escape para el estrés de Vanessa?

—No lo sé —dijo Riley en voz baja—. Algo real, quizá.

Vanessa dio otro paso, lo bastante cerca para que Riley pudiera oler su perfume caro mezclado con el olor limpio del sudor.

—A mí esto me parece real.

Antes de que Riley pudiera responder, Vanessa le llevó la mano a la cara, los dedos recorriendo la línea de su mandíbula con una ternura que nunca le había mostrado.

Era un contraste tan marcado con la pasión controlada de sus encuentros habituales, tan inesperadamente delicado, que a Riley se le cortó la respiración.

—Vanessa —susurró, pero la palabra se perdió cuando Vanessa se inclinó y la besó.

Esto no era como sus encuentros habituales: desesperados, acalorados y ligeramente impersonales.

Esto era suave, exploratorio, como si Vanessa estuviera intentando comunicar algo para lo que no tenía palabras.

Riley se derritió en el beso a pesar de todas las alarmas que le sonaban en la cabeza sobre dónde estaban, lo que estaban arriesgando.

La otra mano de Vanessa se coló bajo la camiseta de Riley, los dedos tiraron de la parte superior del sujetador deportivo para acariciarle el pezón con el pulgar y sentir cómo se endurecía bajo su tacto.

El beso se profundizó, se volvió más urgente, y Riley respondió, excitándose, a pesar de la voz en su cabeza que le gritaba sobre límites profesionales y espacios públicos y todas las razones por las que aquello era una idea monumentalmente mala.