CAPÍTULO 9
Riley estaba reponiendo el estante de mancuernas cuando la voz de Aaron atravesó la calma de la tarde en el gimnasio como un cuchillo oxidado cortando mantequilla.
—Veo que la del traje de ejecutiva ha vuelto.
Levantó la vista y lo vio apoyado en el mostrador de recepción, con los brazos cruzados, observando a alguien cerca de las máquinas de cardio con una expresión que a Riley le ponía la piel de gallina.
Siguió su mirada y se le cayó el alma a los pies al ver a Vanessa en una cinta de correr, con los auriculares puestos, completamente ajena a que la estaban comentando como si fuera un trozo de carne.
—Tu clienta reina del hielo —continuó Aaron, con un tono que rezumaba esa misoginia casual que Riley ya esperaba de él pero a la que nunca terminaba de acostumbrarse—.
Rubia, con pinta de cara, camina por ahí como si tuviera un palo metido por el culo.
Aunque apuesto a que sería una auténtica fiera en la cama, ¿sabes? Las de ese tipo siempre lo son.
Las manos de Riley se quedaron quietas sobre la mancuerna que sostenía. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que podía oír cómo le rechinaban los dientes.
—Eso no es apropiado, Aaron.
—¿Qué? Solo estoy haciendo una observación. No puedes culpar a un tío por mirar, ¿no? —sonrió con esa suficiencia que hacía que Riley quisiera estamparle la cara contra la barra más cercana—. Lástima que sea tan borde. Apenas reconoce que alguien existe cuando está aquí.
—Es una clienta —dijo Riley entre dientes, dejando la pesa con control deliberado—. Y paga un buen dinero para entrenar aquí sin que el personal se la coma con los ojos.
La sonrisa de Aaron se ensanchó, y Riley se arrepintió de inmediato de haber mordido el anzuelo.
—Vaya, qué protectora. Debe de dar buenas propinas.
Había algo en su tono que hizo que a Riley se le tensara la espalda, en alerta. Aaron siempre había sido un poco gilipollas, pero hoy había un filo en su voz que no le había oído antes. Algo calculador y desagradable.
—Soy protectora con todos mis clientes —dijo Riley, cogiendo su botella de agua y el portapapeles—. Se llama profesionalidad. Deberías probarla algún día.
Se alejó antes de que él pudiera responder, pero sentía su mirada clavada en la espalda mientras cruzaba el gimnasio. La sensación le provocaba un picor incómodo en la piel.
Riley llevaba semanas temiendo este momento: el inevitable choque entre su complicada situación con Vanessa y su vida profesional en el gimnasio.
Había hecho todo lo posible por mantenerlas separadas, programando la mayoría de las sesiones en casa de Vanessa, reduciendo sus interacciones al mínimo cuando coincidían allí.
Pero el comentario de Aaron dejaba claro que la gente empezaba a darse cuenta. A hablar.
Durante los días siguientes, Riley se descubrió pendiente de cada momento que Vanessa pasaba en el gimnasio. Empezó a calcular sus descansos de otra manera, asegurándose de estar con otros clientes o ocupada con tareas administrativas siempre que Vanessa anduviera por allí.
Era cobarde, pero también necesario. Lo último que Riley necesitaba era más especulaciones sobre su relación con una de sus clientas más destacadas.
La estrategia de evitación funcionó exactamente cuatro días.
Riley salía del vestuario de mujeres el jueves por la tarde cuando casi se dio de bruces con Aaron.
Estaba apoyado en la pared como si la hubiera estado esperando, con su habitual polo de gerente del gimnasio tirante sobre la barriga, los brazos cruzados en lo que probablemente él creía que era una pose autoritaria.
—Riley —dijo, enderezándose con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Justo a tiempo. Esperaba pillarte.
—¿Sí? —Riley se ajustó la bolsa del gimnasio en el hombro, calculando ya cómo escapar de aquella conversación lo antes posible—. ¿Qué pasa?
—Estaba pensando que deberíamos tomar algo algún día. Ya sabes, ponernos al día como es debido —su sonrisa se ensanchó, mostrando unos dientes demasiado blancos y demasiado afilados—. Hay una coctelería nueva en Shoreditch que dicen que es increíble. Muy moderna, muy tú.
Riley parpadeó, momentáneamente desconcertada por el giro repentino de la conversación. En los tres años que llevaba trabajando en aquel gimnasio, Aaron nunca había mostrado el menor interés en su vida social, salvo algún que otro comentario inapropiado sobre sus planes de fin de semana.
—Gracias, pero paso —dijo, dando un paso hacia la salida—. Ando un poco cansada últimamente, no me apetece mucho salir.
Aaron se movió para cortarle el paso, todavía sonriendo pero con algo más duro asomando en su expresión.
—Venga, no seas borde. Trabajamos bien juntos, ¿no? Creo que podríamos trabajar incluso mejor fuera de aquí.
La insinuación en su voz le revolvió el estómago a Riley.
—Aaron, no me interesa. Ni copas ni nada. ¿Podemos mantener esto en plan profesional?
Su sonrisa vaciló ligeramente, sustituida por algo que se parecía peligrosamente al orgullo herido.
—¿Profesional? Vale. Porque tú eres tan jodidamente profesional con todo el mundo, ¿verdad?
El veneno repentino en su voz hizo que Riley retrocediera un paso, con el corazón acelerado por una alarma genuina.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada —dijo Aaron, pero su tono sugería todo lo contrario—. Solo me parece interesante lo selectiva que eres con tus límites profesionales.
Riley lo miró fijamente, intentando averiguar a qué estaba jugando y cuánto peligro corría.
—No sé a qué te refieres, pero me voy a casa. Podemos hablar de lo que sea esto mañana, cuando te hayas calmado.
Intentó pasar de largo, pero la mano de Aaron le agarró la muñeca de golpe. No con fuerza suficiente para hacerle daño, pero sí para detenerla.
—No tienes que ser bollera para rechazarme, ¿sabes? —dijo en voz baja, destilando esa homofobia casual que hacía hervir la sangre de Riley—. Hay formas más amables de decirle que no a alguien.
Riley se soltó de un tirón, dejando caer por fin su máscara profesional.
—No vuelvas a tocarme —dijo, con la voz baja y peligrosa—. Y si no sabes encajar un rechazo sin soltar insultos, ese es tu problema, no el mío.
Lo apartó de un empujón y se dirigió a la salida, con las manos temblándole por una mezcla de ira y adrenalina. A su espalda, oía a Aaron mascullar algo entre dientes, pero no se detuvo a escuchar.
El encuentro dejó a Riley alterada y expuesta. Aaron siempre había sido un poco capullo, pero esto era diferente. Esto era personal. Vengativo.
Y la forma en que la había mirado al mencionar los límites profesionales... era como si supiera algo. O creyera saberlo.
Riley intentó quitarse de encima esa sensación mientras volvía a casa, diciéndose que Aaron solo estaba siendo el engreído de siempre, que su ego herido se recuperaría y volvería a ignorar su existencia.
Pero el nudo en el estómago le decía lo contrario.
La tarde del viernes trajo sus propias complicaciones: Vanessa apareció en el gimnasio en plena hora punta de Riley.
Estaba a mitad de una sesión con David, un abogado que acudía religiosamente dos veces por semana para trabajar sus niveles de estrés y su técnica de peso muerto, cuando vio aquella familiar coleta rubia cerca del mostrador de recepción.
Vanessa no iba vestida para entrenar; llevaba su armadura corporativa completa, blazer de hombros marcados y tacones que repiqueteaban contra el suelo pulido del gimnasio como una cuenta atrás hacia algo desagradable.
Recorría el área de entrenamiento con la mirada, con esa intensidad concentrada de quien busca a alguien en concreto.
Buscaba a Riley.
A Riley se le encogió el estómago con una mezcla de deseo y pánico.
No habían hablado desde la sesión del martes por la noche en casa de Vanessa, no habían intercambiado ni un solo mensaje, y ahora aparecía aquí, en plena jornada laboral, como una granada preciosa y carísima con la anilla ya quitada.
—Tierra llamando a Riley —dijo David, que se había incorporado de la posición de peso muerto con expresión preocupada—. ¿Estás bien? Te has quedado completamente en blanco.
—Perdona —dijo Riley, obligándose a centrarse en su cliente en lugar de en la complicación andante de recepción—. Me pareció ver... da igual. Vamos a repetir esa serie, ¿vale?
Pero incluso mientras guiaba a David en las correcciones de postura, Riley era hiperconsciente de la presencia de Vanessa. Sentía aquellos ojos grises pálidos recorriendo el espacio, casi podía percibir el momento exacto en que se posaron sobre ella.
Riley siguió de espaldas, concentrada intensamente en la técnica de David, pero sentía a Vanessa observando. Esperando.
—Eso está mucho mejor —le dijo Riley a David mientras completaba otra repetición—. Se nota que los glúteos se activan. Una serie más y lo dejamos por hoy.
David asintió y se preparó para su última serie, pero la atención de Riley seguía dividida. Con el rabillo del ojo veía a Vanessa acercarse, moviéndose entre las máquinas con la misma precisión controlada que aplicaba a todo lo demás.
A Riley se le aceleró el pulso. Aquello era territorio peligroso: Vanessa en su espacio profesional, en horario de trabajo, cuando cualquiera podía verlas juntas. Cuando Aaron podía verlas juntas.
Como si lo hubiera invocado con el pensamiento, Riley vio a Aaron salir de su despacho, portapapeles en mano. Su mirada encontró inmediatamente a Vanessa y luego giró hacia Riley con un interés calculador que le heló la sangre.
Estaba observando. Catalogando. Archivando detalles para usarlos en el futuro.
—Bien, hemos terminado —le dijo Riley a David, quizás con más brusquedad de la necesaria—. ¿El lunes a la misma hora?
David pareció ligeramente sorprendido por el final repentino, pero asintió y empezó a recoger sus cosas. Riley se puso a guardar el equipo, muy consciente de que Vanessa se acercaba pero decidida a no darse por enterada.
—Riley.