Capítulo 25 #2
Troy perdió la mirada en una media distancia mientras movía la mandíbula.
—O —añadió Harris— puedes no subirlo si prefieres. No es obligatorio.
Troy miró a la cara a Harris.
—Pero si le has echado mil horas. Te has pasado la noche en vela.
—Bueno, toda la noche no.
—Esta noche me he despertado un millón de veces y ninguna de ellas estabas en la cama.
—Bueno, vale. No me iría mal una siesta… Pero aun así no tienes por qué subirlo. De verdad. Si no te ves preparado…
—Estoy preparado. —Troy sonaba seguro y Harris sintió un intenso escalofrío de afecto que lo recorrió de arriba abajo.
—De acuerdo. Pues quizá podrías subirlo justo antes de…
Alguien llamó a la puerta y los dos se volvieron para ver quién era. Remy, uno de los guardias de seguridad, asomó la cabeza.
—Hola, chicos. Troy, me han dicho que estabas aquí, y tengo a un tipo llamado Curtis que dice que es tu padre. Dice que no lo esperabas.
Harris miró a Troy, que se había quedado blanco como el papel.
—Vaya —dijo Troy—. ¿Está… aquí?
—Sí. ¿Quieres verlo o…?
Troy tardó un momento en contestar. Luego parpadeó y dijo al fin:
—Vale.
—Voy contigo —dijo Harris.
—No. —La voz de Troy sonó brusca y un punto asustada—. No vengas.
Harris quería discutir, pero la expresión de Troy le indicó que era mejor no hacerlo.
—Bueno. Te espero aquí.
Troy asintió, con los ojos muy abiertos y terror en la mirada, y se marchó.
—¿Qué haces aquí, papá?
Curtis lo miró con los ojos entrecerrados y Troy bajó la mirada hacia su propia camiseta. En ella salía el logo oficial del Orgullo de los Ottawa Centaurs. Todos los miembros del equipo llevaban la misma camiseta ese día, pero Troy se sentía como si hubiera salido del armario sin querer.
—¿Por qué crees que he venido, eh? Pensaba que sería divertido verte jugar contra Toronto.
Sonrió, pero sin pizca de cariño.
—Son unos buenos contrincantes —dijo Troy en voz baja. Dios, se le notaba en la voz lo aterrado que estaba.
—Creía que vería jugar a Kent, pero entonces lo salpicaron todas esas mentiras de mierda. Pobre chaval.
Troy notó que le recorría la rabia. Qué puto asco de tío era su padre.
—No son mentiras de mierda.
—Y —continuó su padre, haciendo oídos sordos— no sabía que esta noche pasaba esto…
Sacudió la mano para señalar la camiseta de Troy.
Troy tragó saliva. ¿Qué podía decir? Unos minutos antes, estaba dispuesto a salir del armario ante todo el mundo.
Incluso estaba a punto de subir a su cuenta el increíble vídeo que Harris —su novio— había preparado.
Le emocionaba mucho saber qué ocurriría esa noche.
Estaba nervioso, sí, pero se sentía preparado.
Ahora se sentía como si hubiera retrocedido en el tiempo a un pasado no tan lejano en el que habría preferido morirse a enfrentarse a que alguien se enterase de su sexualidad. ¿Y si todo el mundo lo miraba igual que miraba su padre la camiseta en ese momento?
—¿Troy?
La voz sonó a sus espaldas, y se volvió para ver a Harris a pocos metros de distancia. Troy le había pedido que no lo acompañara, pero agradecía que no le hubiera hecho caso. Ahora mismo necesitaba que le recordaran qué era lo importante.
Le gustaba quién era con sus nuevos compañeros de equipo. Casi le encantaba quién era con Harris. Le daba mucha rabia que su padre se hubiera presentado allí para estropearlo todo.
—Harris. Este es, eh. Es…
Como era de esperar, Harris caminó con aplomo hasta Curtis y le tendió la mano.
—Encantado de conocerle, señor. Soy Harris Drover, el encargado de las redes sociales de los Centaurs.
Dio la impresión de que a Curtis le costaba decidir qué mirar con más desprecio: la camiseta del Orgullo de los Centaurs que llevaba Harris, el despliegue de pines con temática queer de la cazadora vaquera o la mano tendida. Troy sabía que era imposible que su padre se la estrechara.
—Redes sociales, ¿eh? —repitió su padre—. Entonces ¿pasas mucho tiempo con el equipo?
—Todos los días —respondió Harris.
Lo dijo con voz alegre, pero Troy notó la irritación subyacente.
Curtis clavó la mirada en Troy.
—¿En el vestuario?
Un arrebato de ira subió propulsado con tal fuerza por el cuerpo de Troy que estuvo a punto de abalanzarse sobre su padre. En lugar de eso, apretó los puños a los lados del cuerpo y dijo:
—Creo que deberías irte.
Curtis parecía aturdido.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que estés aquí. Eres un intolerante y un padre de mierda.
—Troy, ¿qué coño di…?
—Vete antes de que llame a seguridad —masculló entre dientes.
Curtis miró a Harris como si él fuera a ayudarle, y luego volvió a mirar a Troy.
—¿Lo dices en serio? No estarías en la NHL si no fuera por mí. Te pagué todas las clases de hockey de crío, todos esos equipos y campamentos de élite. Te enseñé todo lo que sabía. No serías nada sin mí.
—Soy feliz sin ti —dijo Troy con voz firme—. Nunca te has preocupado de mamá ni de mí. Solo piensas en ti.
Curtis se mofó.
—Tu madre. Ya me imaginaba que esto tendría algo que ver con ella… ¿Qué ideas te ha metido en la cabeza?
Troy levantó la barbilla.
—Que puedo ser yo mismo y me querrá igual.
—¿Qué cojones se supone que significa eso?