Capítulo 24
Troy iba de un lado a otro del salón mientras esperaba que sonara el móvil. Le había escrito a su madre la noche anterior y le había pedido que lo llamara esa mañana antes del entrenamiento. Hoy era el día en el que iba a salir del armario ante ella.
Estaba preparado. Durante las dos últimas semanas, Troy había pasado todo el tiempo que había podido con Harris.
A pesar de los viajes y las numerosas obligaciones que ambos habían tenido en Ottawa, siempre que ninguno de los dos había estado ocupado, se habían juntado.
Quería contarle a su madre lo de su novio.
Quería que ella supiera lo feliz que era.
Aunque estaba tan nervioso que casi dio un bote cuando por fin sonó el móvil.
—Hola —dijo.
—¿Va todo bien? —Su madre parecía preocupada, y Troy se sintió fatal; tendría que haberle asegurado en el mensaje que no pasaba nada.
—Sí. Perdona, tendría que haber… Estoy bien. Genial, de hecho. Es solo que, mmm, quería contarte una cosa.
—Vale… —dijo muy despacio, y él percibió su tono de curiosidad.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—¡Troy! ¿A quién le importa? ¡No me hagas esperar!
Él soltó una risita.
—De acuerdo. A ver, la cosa es que… —Suspiró y otra vez se puso a dar vueltas por la habitación.
Había ensayado la conversación en su cabeza un millón de veces, pero ahora no le salían las palabras—.
Necesito decirte una cosa sobre mí. No es importante.
Bueno, en realidad sí. Espero que no sea algo que…
—Troy —dijo con dulzura—. Me puedes decir cualquier cosa.
Cerró los ojos.
—Soy gay.
Hubo un silencio, y luego se oyó un ligero zumbido en el lado de la línea de su madre, como un suspiro o un bufido de decepción.
—Ay, corazón. Gracias por decírmelo.
Troy se sentó en el sofá.
—Llevo tiempo queriendo hacerlo, pero tenía miedo.
—Por tu padre —dijo, y la voz se le quebró—. Lo siento mucho.
—No pasa nada.
—Claro que sí. Ya me sentía muy culpable por cómo te había tratado, y ahora… —Se sorbió la nariz—. Debe de haber sido una pesadilla ocultarnos esto.
Troy no podía negarlo, pero afirmó:
—Ya no lo voy a ocultar más.
—Pensaba… —Hizo una pausa, como si se avergonzara de lo que estaba a punto de admitir.
—¿Qué pensabas? —preguntó Troy con cariño.
—Pensaba que ibas a ser como Curtis. Cada año te parecías más a él. Y eras amigo de Dallas Kent, que me recordaba mucho a Curtis cuando era joven.
Troy puso cara de asco. No había conocido a su padre en esa época, claro, pero no le sorprendió saber que era como Dallas.
—Cuando me dejó —prosiguió su madre—, me preocupaba perderos a los dos. Que te pusieras de su parte, porque…
Dejó la frase a medias y empezó a sollozar. A Troy se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Nunca me pondría de su parte, mamá. Siento haberme comportado como él. Es que parecía… seguro. Tenía miedo de que la gente se enterara de que yo era gay, así que intenté ser otra persona. Una que él respetara.
—Lo sé. Ahora lo entiendo. Y hace años que sé que no eres como él en absoluto. Desde que él y yo nos separamos, tú has estado ahí para mí. Te has portado como un verdadero amigo, algo que nunca podría decir de Curtis.
—Me alegro de que ahora seas feliz. Me alegro de que consiguieras escapar.
—Yo también. Dios, te quiero tanto… Ojalá pudiera abrazarte ahora mismo.
—Lo mismo digo. Te quiero.
Volvió a sorberse la nariz y preguntó:
—¿A él se lo vas a contar?
—No tenía pensado hacerlo. Aunque puede que se entere. Creo que voy a hacerlo público.
—Ah, guau. ¿Como Scott Hunter?
—Bueno —resopló Troy—. No voy a besar a mi novio en directo en la tele, si te refieres a eso.
—Ah, pero… ¿tienes novio? —preguntó con tono emocionado.
Troy sonrió.
—Pues… sí.
—¿¡Qué!? ¡Cuéntamelo todo sobre él! ¿Puedes enviarme una foto?
Así que Troy le contó a su madre todo lo que se le vino a la cabeza sobre Harris. No dejó de sonreír en ningún momento mientras le relataba cómo se habían conocido, lo alto que se reía Harris y la maravillosa familia que tenía.
—Estoy deseando conocerlo —dijo mamá—. Parece adorable.
—Lo es. Me gusta mucho. Y a ti también te gustará. Espera, que te mando una foto.
Le envió una de sus fotos preferidas de Harris. Se la había hecho hacía un par de semanas mientras Harris hacía el pastel de manzana en la cocina de Troy. Tenía harina en la camisa y el pelo un poco revuelto, pero sonreía como si Troy fuera lo mejor que había visto en la vida.
—¡Me encanta! —exclamó mamá—. ¡Es una monada! Me alegro mucho por ti.
—Yo también me alegro por ti. Los dos hemos encontrado unos hombres estupendos.
—Pues sí. Y es un alivio que tú hayas encontrado al tuyo siendo más joven de lo que era yo.
—He tenido suerte. Entonces ¿al final dónde estáis?
—En Hawái. Estamos en la isla de Kauai.
—Mierda. Allí debe de ser plena noche.
Mamá se rio.
—Para mí el tiempo ya no tiene sentido. Casi cada semana estamos en una zona horaria diferente.
—¿Aún os divertís?
—Lo estamos pasando en grande. No puedo estarte más agradecida por ayudarnos a hacer este viaje. Está siendo increíble. Tú también deberías hacerlo algún día. Quizá cuando te jubiles, con tu chico.
Troy se puso un poco rojo, pero sonrió. La idea de pasar toda la vida con Harris era tan abrumadora como emocionante. Y quizá demasiado prematura como para estar pensando en ella con tan poco tiempo de relación.
—Quizá. Algún día. Pero ahora mismo yo tengo que ir a entrenar, y tú deberías irte a la cama.
—Te quiero, Troy. Y estoy muy orgullosa de ti.
—Yo también te quiero. Te echo de menos.
—Yo también. Os veo pronto a ti y a Harris, ¿vale?
Troy quería muchísimo a su madre. Debería haber salido del armario ante ella hacía tiempo.
—Vale.
Cuando colgó, estaba tan emocionado por llegar al estadio que casi se le olvidó el abrigo. Se moría por contárselo a Harris.
Antes de que pudiera buscar a Harris por el estadio, a Troy lo llamaron al despacho del entrenador Wiebe.
—Solo necesito hablar contigo un momento, Barrett —le dijo Wiebe.
Parecía inquieto, pero no enfadado. Troy no tenía ni idea de sobre qué podía ser.
—¿Qué pasa? —preguntó todo lo calmado que pudo.
Wiebe señaló con la cabeza una de las sillas de cuero que había frente a su escritorio.
—Siéntate.
Mierda. La cosa no pintaba bien.
—Acabo de reunirme con la dirección. Al parecer, has mosqueado al comisionado Crowell.
A Troy se le hizo un nudo en el estómago. Madre de dios, iban a expulsarlo. O a degradarlo a la AHL . O algo peor.
—No era mi intención —aseguró.
El entrenador sonrió hastiado.
—Tampoco es que sea muy difícil.
Troy se relajó un poco. Parecía que el entrenador estaba de su parte.
—Se supone que debo sancionarte. Para ser sincero, este asunto nos incomoda mucho a todos: al director general, a los propietarios… A todo el mundo.
Troy tragó saliva. No tenía ni idea de qué decir.
¿Se suponía que debía disculparse? ¿Defenderse?
Cuando decidió volver a subir posts sobre agresiones sexuales, sabía que estaba desobedeciendo las instrucciones del comisionado.
Había estado esperando algún tipo de contrataque, así que, ahora que este se había producido, debería ser capaz de afrontarlo.
—Siento haberte complicado el trabajo —dijo Troy con cautela—, pero no me arrepiento de haber alzado la voz para abordar un tema importante.
El entrenador arqueó las cejas.
—Troy, no eres tú quien nos está incomodando.
Todos estamos de acuerdo contigo. Hasta los propietarios han dicho que están impresionados con lo que estás haciendo.
Queremos que nuestros jugadores sean un buen modelo a seguir y que contribuyan a la comunidad.
Es Crowell el que está causando problemas.
Vaya. Troy no se esperaba nada de aquello. Sentía un nudo en la garganta. Entre que había salido del armario ante su madre hacía menos de una hora y ahora sus jefes le mostraban su firme apoyo, estaba un poco abrumado.
—Ah —respondió.
—Para ser sinceros, parece que Crowell la tiene tomada con este equipo. Odia que no arrastremos grandes multitudes y no es ningún secreto que quiere trasladarnos a un mercado más grande de Estados Unidos.
—Últimamente atraemos a más público —dijo Troy, como si ese fuera motivo suficiente para que Crowell cambiara de opinión.
El entrenador esbozó una sonrisa.
—Es lo que pasa cuando estás en racha. —La sonrisa se desvaneció—. Pero Crowell está en pie de guerra. No le gustas ni un pelo.
Troy se revolvió en la silla.
—Eso me había parecido.
—Tampoco le cae bien Rozanov. Ni yo.
—¿En serio? ¿Por qué? Rozanov es una de las mayores estrellas de la liga. Verlo jugar es de lo más entretenido.
—Sip. Y entonces se fue por voluntad propia al equipo con menos mercado de la NHL .
Ah. Claro.
—Vale. ¿Y por qué no le caes bien tú?
—Cuando jugaba, presenté unas cuantas quejas contra uno de mis entrenadores por insultar y, en general, por ser un capullo maltratador. Acosaba sobre todo a algunos de los rookies . No me gustaba.
Troy se quedó boquiabierto.
—No tenía ni idea.
—Porque las quejas nunca salieron a la luz. Pero la liga no olvida, y, cuando conseguí este trabajo como entrenador, oí que Crowell se pilló un buen rebote. Yo creo que me contrataron solo para fastidiarle.
Troy negó con la cabeza.
—Ni de coña. Eres un gran entrenador.
Wiebe se reclinó en la silla, sonriendo.
—Bueno, si nos guiamos por la racha de victorias récord de la franquicia…
—¿Le pasó algo a ese entrenador?
Wiebe tensó la sonrisa.
—Claro. Ahora está en el Salón de la Fama.
A Troy se le encogió el corazón.
—Ah.
El entrenador se encogió de hombros.
—No me arrepiento de haberlo intentado. Aunque es difícil cambiar nada en esta liga. Los que se marcan ese objetivo suelen acabar aplastados. —Se inclinó hacia delante—. Así que haremos lo siguiente, Troy.
Se preparó para lo peor. Soportaría cualquier castigo que le impusieran, se dijo a sí mismo. Sobre todo porque sabía que la organización de los Centaurs estaba de su lado.