Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Troy acarició con cautela la cabeza de Ursula. Ella se recostó contra la palma de su mano, al parecer tan fascinada por el tacto de Troy como Harris. En cuestión de segundos, ronroneaba fuerte con las patas delanteras sobre su muslo.

—Joder. Te adora.

—Porque tiene buen gusto —bromeó Troy mientras la acariciaba debajo de la barbilla.

Harris observó asombrado durante varios minutos cómo Ursula acaparaba con total descaro toda la atención de Troy que podía.

—¿Queréis que me vaya? —preguntó Harris.

—¿Sigues aquí?

Harris se rio y le dio un beso a Troy en la mejilla.

—Deberíamos volver abajo.

—Vale. —Troy se puso de pie y Ursula maulló enfadada—. Bueno, pues baja tú también —le dijo Troy—. Joder, es un problema bastante fácil de solucionar.

—Casi nunca baja. Sus dominios están aquí arriba.

Pero, cuando cogieron las botellas de sidra de la mesilla y salieron de la habitación, Ursula los siguió.

—No se cansa de mí —dijo Troy.

A Harris se le dibujó una sonrisa.

—Pues ya somos dos, Ursula.

—Me gusta —le susurró a Harris su madre en el oído cuando los dos se quedaron solos en la cocina.

Él sonrió mientras cortaba el pastel holandés de manzana que había hecho.

—¿Quién? ¿Troy?

Ella le dio una palmadita en el brazo.

—Troy, claro. Es callado pero muy atento. Y no te quita los ojos de encima.

Le invadió una sensación de calidez.

—Venga ya.

Troy no había hablado mucho durante la cena, pero apenas se había notado, porque todos los demás, excepto Josh, no se habían callado. Sin embargo, había comido con ganas y había elogiado la comida, así que todo el mundo estaba encantado con él.

—Está loco por ti. Es muy bonito.

—Bueno —contestó Harris despacio—. Yo también estoy bastante loco por él. Sé que es reciente, pero creo que…

Lo interrumpió la voz grave de Troy.

—¿Puedo ayudar en algo?

Los dos se volvieron hacia la entrada de la cocina, donde estaba Troy. Se mostraba inexpresivo, así que Harris no tenía ni idea de si había oído algo de la conversación.

—Buena idea —dijo mamá con alegría—. Tú ayuda a Harris con el pastel y yo…

Ni siquiera se molestó en inventarse una tarea que tuviera que hacer antes de salir disparada de la cocina.

—Aún no me puedo creer que hayas hecho esto —reconoció Troy acercándose a Harris.

—Es una vieja receta familiar.

—Yo apenas sé cocinar.

Harris sonrió.

—Lo sé.

Troy rozó a Harris con la cadera, y este apretó la suya contra él, deleitándose en el contacto, por casto que fuera.

—¿Cómo puedo ayudarte?

Los labios de Troy estaban tan cerca que Harris sintió su aliento acariciando su oreja.

—Puedes… Mmm…

Harris ni siquiera recordaba lo que se suponía que debían hacer, y ahora a su polla se le habían ocurrido otras ideas.

Vale. El pastel.

—Sujeta los platos y yo iré echando el pastel.

—Venga.

Trabajaron rápido y en silencio mientras Harris intentaba hacer desaparecer su erección. No podía sentarse así a la mesa.

Ostras. Ni siquiera podía emplatar el postre con Troy sin alterarse y ponerse cachondo. Esta fase tipo luna de miel iba a ser un despiporre.

—¡Joder, sí! —exclamó Anna cuando Harris regresó al salón—. ¡Pastel!

Tardaron unos minutos, pero al final repartieron el pastel entre las ocho personas que había sentadas a la mesa. Las hermanas de Harris y sus respectivos maridos llevaban toda la noche mirando a Troy con gesto de curiosidad.

Sabía que Margot estaba evaluando en silencio al nuevo novio de su hermano.

—Entonces ¿tú eres el tío de la historia de la mofeta? —le preguntó Troy a Mike, el marido de Anna.

Mike se echó a reír.

—Sip, el mismo que viste y calza.

Anna miró a Harris con el ceño fruncido.

—Joder, Harris, ¿puedes dejar de contarle esa historia a todas las personas del planeta?

—¿Acaso tú lo harías?

—¿Admites al menos que fuiste tú quien puso ahí la mofeta cuando cuentas la historia?

Harris fingió que se quedaba sin aliento.

—No puedo creer que tengas en tan baja consideración a tu adorable hermanito.

—Que levante la mano quien piense que fue cosa de Harris —dijo Anna.

Anna, Mike, Margot, papá, mamá y, a regañadientes, Josh, el callado marido de Margot, levantaron la mano.

Harris volvió la cabeza hacia Troy para compartir con él una mirada de «¿Te puedes crees a esta gente?

», y vio que Troy también tenía la mano en alto.

Harris le dio un empujón, lo que hizo reír a Troy y a todos los demás.

—¿Os parece bonito conchabaros contra un joven enfermo del corazón? —dijo Harris haciéndose el ofendido—. Increíble.

—Esta vez no puedes jugar la carta de lo de tu corazón, amigo —argumentó Anna—. Te funcionaba perfectamente cuando metiste a ese bicho en la camioneta.

Harris se rio. Siempre le había gustado cómo Anna, ella en especial, bromeaba con el tema de su enfermedad. Cuando echó un vistazo alrededor de la mesa, se alegró al ver que sus padres también se estaban partiendo de risa.

—Chicos, ¿mañana volvéis al trabajo? —preguntó papá.

—Sip —respondió Troy—. Este mes el calendario es brutal.

—Mañana os vais a San Luis, ¿no? —preguntó Mike.

—Sí.

—¿Es difícil volver a subirse a un avión? —preguntó Margot—. Después de… lo que pasó.

—Cada vez menos. Supongo que solo tenemos que seguir haciéndolo hasta que todo vuelva a la normalidad.

Sin duda, Harris estaba contento de no tener que volver a subirse a un avión durante algún tiempo, pero iba a echar de menos a Troy cuando se fuera. Ese mes los Centaurs tenían tres viajes.

—Bueno —dijo mamá reclinándose en la silla—, el pastel estaba delicioso, Harris.

Se oyeron murmullos de aprobación por toda la mesa. Troy dijo:

—Aún no me creo que lo hicieras.

—Tío, me viste prepararlo.

—Lo sé. Y aun así me parece magia.

—Oooh… —dijo Anna—. Cree que cualquier cosita que haces es magia, Harris.

Troy se puso más rojo que cualquier manzana que Harris hubiera visto jamás.

Se quedaron lo suficiente para ayudar a recoger y luego Troy cargó las cajas de sidra y la gigantesca bolsa de manzanas que les habían regalado en la camioneta de Harris. Cuando Harris salió de casa, se encontró a Troy mirando hacia la parte de atrás de la cabina.

—¿Qué pasa? —preguntó Harris.

—Compruebo si hay alguna mofeta.

Harris se echó a reír.

—Yo lo hago siempre.

Troy sabía que había estado muy callado durante el trayecto de vuelta a la ciudad, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza.

Estar en la granja, con la cálida y amorosa familia de Harris, casi que había sido demasiado.

Especialmente porque todos sabían que Troy salía con su hijo.

Se habían mostrado muy hospitalarios y lo habían tratado como si fuera parte de la familia.

Troy nunca había experimentado nada igual.

—Bueno —introdujo Harris—, ¿te lo has pasado bien?

Parecía nervioso, así que Troy se sacudió esos pensamientos de la cabeza.

—Tienes una familia estupenda. Me lo he pasado genial. Gracias por invitarme.

Harris sonrió aliviado.

—Siempre eres bienvenido. Cenamos juntos casi todos los domingos. Les has encantado.

—¿Tú crees?

—Seguro.

Otra de las cosas que Troy se estaba planteando era qué tendría que hacer para seguir con Harris.

A qué se vería obligado a renunciar a cambio de un número ilimitado de cenas de domingo y plácidas mañanas.

De un número ilimitado de besos y sexo tan ardiente como divertido. Tenía que dejar de esconderse.

—Quiero salir del armario —soltó Troy—. O sea, del todo. Quizá en Instagram o algo así.

Harris apartó la vista de la carretera un segundo.

—¿Sí?

—¿Cuándo es el partido de la Noche del Orgullo?

—A finales de febrero, pero…

—Quiero hacerlo antes. Tal vez ese mismo día. —Troy estaba emocionado—. En todos los partidos del Orgullo que he jugado me he sentido muy raro. Como si me escondiera a la vista de todos, ¿sabes? Lo odiaba. Pero esta vez solo tengo que… estar orgulloso. Orgulloso de verdad.

Por algún motivo, Harris no sonreía.

—Eso es genial y me encantaría que lo hicieras. Pero no sé si sabes que el partido del Orgullo es contra Toronto.

Un silencio sepulcral inundó el ambiente mientras la alegría abandonaba el cuerpo de Troy. Por fin, logró decir:

—Me parece una estupidez.

Harris sonrió con aire tristón.

—Lo sé. Ojalá fuera contra cualquier otro equipo.

Troy no podía creerse que el partido del Orgullo fuera contra Toronto.

—Me da igual —decidió—. Aun así quiero hacerlo. Pero primero tengo que decírselo a mi madre. Pronto. Quería hablar con ella en persona, pero tendré que conformarme con hacerlo por teléfono.

—¿Y tu padre? —preguntó Harris con delicadeza.

Troy llevaba meses diciéndose a sí mismo que no le importaba si no volvía a hablar con su padre, pero ¿era verdad? Porque salir del armario implicaba acabar la relación con él. Eso lo tenía claro.

—Supongo que eso depende de él. Pero no espero que vuelva a hablarme una vez que se entere.

—Suspiró—. Es lo mejor. Sé que no todo el mundo me va a aceptar, pero no puedo seguir viviendo así.

—Soltó una risita de sorpresa—. La verdad es que casi estoy deseando hacerlo.

Es raro, porque nunca pensé que querría hacer esto, pero, si no fuera porque primero quiero contárselo a mi madre, lo más probable es que subiera un post a Instagram ahora mismo.

—Ya, no hagas eso. Pero me alegro de que estés listo. Y… —Harris alargó el brazo y le apretó la mano a Troy—. Voy a asegurarme de que esta sea la mejor Noche del Orgullo de la historia.

Troy le devolvió el apretón.

—Me alegro de que quieras formar parte de esto. —Se quedó mirando sus manos unidas en la tenue luz de la camioneta—. Me alegro de haberte conocido. De que estés aquí. Conmigo.

—Yo también. —Harris retiró la mano—. Vamos a follar cuando lleguemos, ¿verdad?

Troy se echó a reír.

—Joder, eso espero.

Fueron al apartamento de Harris porque Troy quería seguir inmerso en ese rollo hogareño. Quería hacerle el amor a Harris bajo una colcha hecha a mano y rodeados de cojines de colores. Y de una extraña jirafa de peluche.

Ya estaban los dos desnudos en la cama de Harris y se habían tomado su tiempo besándose y poniéndose a tono.