Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 23
85%

Capítulo 23

La granja de la familia Drover era aún más disparatadamente pintoresca y encantadora de lo que Troy había imaginado. Avanzaron por el largo camino flanqueado por manzanos cubiertos de nieve hasta llegar a una granja blanca perfecta.

—¿Estás nervioso? —preguntó Harris mientras aparcaban la camioneta.

—No —mintió Troy.

—Bien, porque les vas a encantar. Ya verás.

Los dos se bajaron de la camioneta y Troy oyó unos ladridos al instante.

—Ups… —dijo Harris con regocijo—. Ahí vienen.

Varios perros de distintos tamaños se dirigían corriendo hacia ellos, ladrando con entusiasmo. Troy dio un paso atrás, pero su espalda se chocó con la camioneta y se vio atrapado entre el duro metal y un tornado de perros. Porque, por supuesto, todos habían ido directos a Troy.

—Venga, chicos. Me estáis avergonzando —bromeó Harris.

Dio un silbido y dos de los perros se fueron hacia él, dejando a Troy con un bicharraco enorme que lo tenía inmovilizado contra la camioneta, apoyándole las patas en el abdomen.

—Uy, hola —dijo Troy.

Se dio cuenta de que tenía las manos levantadas, como si estuviera rindiéndose. Las bajó un poco.

—Mac, tú también. Baja de ahí, perro del demonio.

Harris se golpeó el muslo, lo que captó la atención de Mac. Tras valorarlo un momento, Mac decidió que prefería asustar a Troy a pasar el rato con Harris.

—Vale —dijo Troy lentamente—, eh…, ¿bajas?

—Tú empieza a caminar —propuso Harris—. Ya se moverá.

Troy dio un paso al frente y Mac se puso a cuatro patas y se escurrió entre las piernas de Troy.

—Mac es el niño problemático —explicó Harris; luego se arrodilló para rascarle la cabeza—. La pequeñita es Shannon y aquel blanco, Bowser. Son un verdadero encanto. No como este pifias. —Eso último lo dijo dirigiéndose a Mac con voz cariñosa.

—¡Harris, no tengas a tu amigo toda la tarde pasando frío!

La voz procedía de la casa, y, cuando Troy se dio la vuelta, vio a una mujer, probablemente la madre de Harris, plantada en la puerta.

—Ya vamos —dijo Harris. Comenzó a andar hacia la casa, pero se detuvo y exclamó—: ¡Mierda! El pastel.

Mientras Harris volvía trotando a la camioneta para coger el pastel que él mismo había preparado, su madre le hizo señas a Troy para que entrara.

—Soy Marlene —dijo tendiéndole la mano cuando llegó a lo alto de los escalones que llevaban al porche delantero.

—Troy —contestó él estrechándosela.

Tenía el pelo plateado a la altura de los hombros, gafas de montura oscura y la misma figura compacta que su hijo. Hasta llevaba una camisa de franela a cuadros. La verdad era que su aspecto era bastante moderno. Como si fuera una célebre restauradora del movimiento «de la granja a la mesa».

—Me alegro de conocerte por fin —dijo mientras entraban a la casa—. Harris nos ha contado maravillas de ti.

—Mamá… —gruñó Harris, que iba detrás de ellos con el pastel y los tres perros.

A Troy le dio un vuelco el estómago al pensar que Harris les había hablado de él a sus padres. Era terrorífico y conmovedor al mismo tiempo.

—Es muy hablador —contestó Troy; luego se dio cuenta de que aquello había sonado más como una queja que como una broma sin maldad—.

O sea, muy simpático. —Entonces se dio cuenta de que estaba hablando de Harris como si él no estuviera allí—.

Eres simpático. Y parlanchín. Así que no me sorprende que hablaras de mí.

—Notó cómo se le calentaba la nuca mientras Harris y Marlene lo miraban fijamente—.

¿Quieres… que lleve el pastel a algún sitio?

Harris se partió de risa.

—Me alegro de que no estés nervioso.

El calor le trepó desde la nuca hasta la cara.

—Perdón.

Genial. Apenas llevaba ahí unos minutos y, básicamente, ya se había asustado de uno de sus perros y había soltado una estupidez sobre lo hablador que era Harris. Menuda primera impresión.

Troy le echó un vistazo a la vieja casa, que sin duda rebosaba de orgullo e historia familiar. Era tan acogedora, agradable y desconocida para él que sintió el impulso de desterrarse al frío como si fuera un monstruo.

—¿Ese es Harris? —preguntó una nueva voz.

En la entrada principal apareció un hombre venido de una de las habitaciones adyacentes que parecía una versión más mayor de Harris.

Los mismos ojos, la misma barba tupida y cabello espeso (estos dos últimos casi blancos) y la misma sonrisa cálida y voz estridente.

La principal diferencia era que ese hombre medía unos centímetros más que Troy.

—Tú debes de ser Troy. Soy Sam.

Se dieron la mano.

—Gracias por invitarme. Hace mucho que no como comida casera.

—Hacía mucho que Harris no traía a casa a alguien que le gustara —dijo Marlene, haciendo que el estómago de Troy diera un vuelco.

—Por dios, mamá. Troy va a creer que vivimos en los años treinta o algo así.

Marlene se echó a reír.

—Estás en tu casa. En el salón hay una chimenea encendida. Por eso los perros ya están allí.

Y con eso se puso fin a la conversación de «Troy es gay y está saliendo con Harris». Apenas se había dicho nada y Troy casi se sentía emocionado.

—¿Estás diciendo que no te gusto? —le susurró Troy a Harris al oído mientras entraban en la cocina.

—Eres la monda, cariño.

La cocina era sorprendentemente grande y olía de maravilla. Harris dejó el pastel en la encimera y dijo:

—¿Quieres algo de beber?

—Lo que tú tomes.

Harris abrió la nevera y cogió dos botellas de la sidra de sus hermanas, luego le dio una a Troy.

—A ver si con esto te relajas.

—Estoy bien —respondió Troy mintiendo de nuevo.

Intentaba con todas sus fuerzas ignorar lo surrealista que le parecía todo aquello.

Su relación con Adrian se había basado en el miedo mutuo a que los descubrieran.

Por supuesto, nunca habían conocido a la familia del otro.

Ni siquiera había salido el tema. No estaba seguro de qué estaba haciendo con Harris, pero sabía que no quería el mismo tipo de arreglo que había tenido con Adrian.

Quería conocer a la familia de Harris y quería gustarles.

Que no era poco.

—¿Quieres ver mi antiguo cuarto? —preguntó Harris moviendo las cejas.

Troy esbozó una media sonrisa.

—¿Te dejan subir a chicos allí?

Harris dio un paso hacia él.

—Serías el primero.

Ah.

—¿En serio?

—Sí. ¿Quieres verlo?

Joder, claro que quería.

Troy Barrett estaba en el dormitorio infantil de Harris, sentado en su vieja y chirriante cama individual, y Harris de verdad se esforzaba por no perder la compostura.

—Cuántas cosas de los Ottawa Centaurs… —observó Troy.

Así era. Había pósteres, banderines y adornos por todas partes. Harris tenía cromos de hockey encajados en el marco del espejo. Hasta la lámpara de la mesilla tenía una pantalla con el emblema de los Centaurs.

—Era bastante fan.

—Eso me preocupa un poco. Parece que me hayas engañado para atraerme hasta aquí y añadirme a tu colección.

Harris sonrió satisfecho.

—Estaba pensando en encadenarte a mi cama.

A Troy se le curvaron los labios.

—¿Te refieres a esta? —Dio un par de botecitos sobre ella, haciéndola chirriar muy alto—. Creo que los agentes me encontrarían.

—¡Deja de dar botes! —susurró Harris—. ¡Mamá y papá van a pensar que lo estamos haciendo!

—¿Así?

Troy dio unos botecitos más.

—Ay, dios. —Harris se abalanzó sobre él y, segundos después, tenía a Troy inmovilizado bocarriba y estaba tumbado sobre él.

—Sería raro si entraran ahora mismo —dijo Troy.

Sus labios estaban tan cerca que a Harris le hizo cosquillas su aliento.

—Creo que deberíamos levantarnos —murmuró Harris.

—Mmm…

Entonces se besaron. Probablemente lo había empezado Harris, pero desde luego Troy no se estaba quedando atrás: besaba a Harris de esa forma tan lenta y exploratoria que siempre lo derretía por completo.

Detrás de ellos se oyó un fuerte estruendo, lo que hizo que se separaran.

—¿¡Qué cojones!? —exclamó Troy.

—Es el tío Elroy —dijo Harris agachando la cabeza para darle otro beso.

Troy se incorporó, y a punto estuvo de tirar a Harris al suelo.

—Vete a la mierda. No es un puto fantasma. ¿Qué ha sido eso?

Harris echó un vistazo por encima de su hombro y vio a la culpable encima de la cómoda.

—Ursula.

—¿Quién es Ursula? ¿El fantasma de tu bisabuela?

Harris se rio.

—La gata. Seguro que estaba debajo de la cama.

Ursula meneó su enorme y peluda cola y tiró un cepillo al suelo.

—Ah —respondió Troy—. ¿Y cuántos gatos tenéis? ¿Ocho?

—No. Solo una. Si te trata como si fueras basura, no te ofendas. Es que no le gusta la gente.

—Pues ya somos dos, Ursula.

Harris se apartó de Troy y se sentó en el borde de la cama. Troy se sentó junto a él.

—Debió de ser estupendo crecer en esta casa —dijo Troy.

—No pudo ser mejor.

—Y qué bien vivir aquí, en el campo, ¿no? Yo crecí a las afueras de Vancouver.

—Me gusta estar en el centro, pero a veces echo de menos la tranquilidad —confesó Harris—.

Lo más seguro es que algún día me mude aquí.

No a esta casa, justamente. O sea, no creo.

Anna y Margot construyeron la sidrería en la zona oeste del huerto y ahora son ellas las que se encargan prácticamente de todo en la granja.

Supongo que al final una de las dos se quedará con la casa.

Ya lleva cuatro generaciones en la familia.

Me alegro de que mis hermanas adoren la granja.

—¿Tú no?

—A mí me encanta, pero no sé si quiero encargarme de ella. —Harris se encogió de hombros y miró por la ventana. El sol casi se había puesto sobre el huerto nevado—. Me gusta mucho mi trabajo. Creo que quiero ver hasta dónde puedo llegar en el sector del marketing y la comunicación.

—Y además trabajas para el equipo con el que estás obsesionado.

—Cierto.

—Y puedes tirarte al jugador más buenorro.

Harris le dio un codazo.

—Haces que me sienta poco profesional.

En ese instante, de forma inesperada, Ursula saltó de la cómoda y se dirigió hacia Troy. Se detuvo un momento a mirarlo y luego dio un brinco hasta la cama para acomodarse a su lado.

—Madre mía —dijo Harris—. Nunca hace eso.