Capítulo 22 #2
Los dos masajistas se reían. Harris apenas había cerrado la boca durante todo el masaje.
Troy había estado casi todo el rato en silencio, porque estaba concentrándose para no tener una erección, pero no dejaba de sonreír bajo el reposacabezas.
Nunca habría imaginado que podría sentirse tan atraído por un payaso tan incorregible.
Les sirvieron el almuerzo en una habitación privada donde comieron unos deliciosos y saludables cuencos de cereales y bebieron zumo recién exprimido en albornoz. Resultó excesivo, incluso a pesar de su alto valor nutricional.
Después de comer, se hicieron unos tratamientos que fueron tan emocionantes para Troy como para Harris: cuidados faciales, seguidos de manicuras y pedicuras.
A Troy siempre le había gustado cuidarse la piel; Dallas Kent siempre se burlaba de sus rutinas diarias cuando ambos compartían habitación.
Pero Dallas siempre tenía la frente cubierta de acné mecánico, así que podía irse a la mierda.
De nuevo, Harris tenía a todos los auxiliares muertos de la risa y Troy estaba allí sentado en silencio, sonriendo mientras continuaba enamorándose perdidamente de ese rayo de sol con patas que había conseguido agenciarse.
El día acabó con otro remojón en el jacuzzi y una ducha antes de volver a vestirse.
—Odio llevar ropa —se quejó Harris—. Ahora que sé lo bien que se está todo el día en albornoz, la ropa me parece una cárcel.
—Es solo hasta que lleguemos a la cabaña —le aseguró Troy—. Podemos llamar al servicio de habitaciones para que nos lleven la cena.
Harris le dio un beso, luego le cogió la mano y lo sacó del vestuario.
—Esta cita va cada vez mejor.
La nueva recepcionista les indicó cómo llegar a su cabaña. Fue un paseo corto y pintoresco entre árboles de hoja perenne cubiertos de nieve. A Harris le encantó la pequeña cabaña de madera nada más verla.
—¡Es una cucada! —Apretó la mano de Troy—. Qué pena que vayamos a destrozarla.
Troy se rio entre dientes.
—A lo mejor yo tengo otros planes.
—Ni lo sueñes. Me has prometido sexo y comer desnudos.
El interior de la cabaña era aún más encantador que el exterior.
Había una estufa de leña en una esquina, con un montoncito de leña al lado.
El sofá y el sillón de cuero estaban orientados hacia ella, ya que no había televisión.
A Harris le parecía bien; llevaba todo el día con el móvil guardado en una taquilla y estaba encantado de seguir desconectado de las pantallas.
Había unas mantas acogedoras exquisitamente dobladas encima de los muebles y una alfombra suave y gruesa delante de la estufa. El ambiente no podía ser más romántico.
Hasta que llegaron al dormitorio. Sobre la cama descansaba una cesta de bienvenida con bombones, fruta fresca, una selección de tés y dos albornoces de spa enrollados. Había un ramo de rosas sobre la cómoda y una cubitera con una botella de champán en la mesilla de noche.
—¡Dios mío, me siento como una princesa! —Harris comenzó a rebuscar en la cesta de inmediato—. ¡Fresas cubiertas de chocolate!
—Es un poco excesivo.
—No, me encanta. Luego te las doy de comer.
Troy se acercó a él por detrás y le dio un beso en el cuello.
—Tengo hambre ahora.
Harris se volvió y le dio un beso. Ese lo alargaron más, y Troy le echó un poco la cabeza hacia atrás para poder besarlo despacio y en profundidad, tal y como llevaba deseando hacer todo el día.
—¿Albornoces? —dijo Harris con voz ronca cuando se separaron.
—Albornoces —confirmó Troy.
A los veinte minutos, habían encendido la estufa y estaban relajados en la alfombra con unas copas de champán frío y una mesita llena de dulces.
—Solo nos falta un perro —musitó Harris.
—¿Cómo iba a mejorar esto un perro?
—Los perros hacen que todo sea mejor.
Troy se inclinó hacia él y lo besó mientras le subía una mano por el muslo, por debajo del albornoz.
—No todo —dijo con una voz grave y seductora.
Y no. No todo.
Harris cogió una de las fresas de la mesita y la acercó a los labios de Troy. Este sonrió y abrió la boca, cogiendo la fresa y cerrando los labios alrededor de los dedos de Harris.
La verdad es que no fue tan sexy como Harris esperaba. Tenía que sacar los dedos para que Troy pudiera masticar la fresa, quizá demasiado grande, que le hacía bulto en las mejillas. Después de tragar, Troy tosió y dijo:
—Esa fresa estaba amarga.
—¿El chocolate estaba bueno?
—Podría haber llevado más. —Troy dio un sorbo al champán.
Harris se rio.
—Perdona. Creí que sería, ya sabes, sensual.
—Tengo una idea. —Troy dejó la copa sobre la mesa—. ¿Qué te parece si te tumbo en la alfombra y beso cada centímetro de tu cuerpo?
Al instante, Harris estaba tendido bocarriba en la alfombra con los brazos y las piernas bien abiertos.
—Me apunto.
Pensó que Troy iba a abalanzarse sobre él, pero, en lugar de eso, vio que se tumbaba a su lado y lo miraba con sus penetrantes ojos azules. Harris casi se sintió intimidado, pero entonces Troy le puso una mano en el lateral de la cara y lo besó.
Sin parar. Le besó la comisura de los labios, la mejilla, la ceja. Rozó con sus suaves labios la oreja de Harris y los bajó hasta su garganta. Cada beso era sutil y pausado; parecía que saboreaba a Harris como si fuera un buen whisky.
Ni siquiera se dio cuenta de que Troy le estaba desatando el cinturón del albornoz hasta que este se abrió por completo.
Troy se colocó entre las piernas abiertas de Harris, arrodillándose mientras le recorría el pecho y el abdomen con las yemas de los dedos.
La suavidad con que le rozaba la piel casi le hacía cosquillas, pero también le provocaba unos deliciosos escalofríos.
Durante una eternidad, Troy no hizo más que acariciarle la piel a Harris.
Exploró todos sus rincones con los dedos: el torso, las piernas, los brazos, el cuello, la cara.
Todos menos la polla, que ya estaba erecta.
Harris permaneció allí tumbado como un charco de papilla, perfectamente relajado y feliz tras pasar un día en el spa con el chico al que…
Con el chico por el que sin duda sentía algo muy especial.
—No sé si te has dado cuenta —dijo Harris como en un sueño—, pero estoy un poco excitado.
—Me he dado cuenta.
—Vale. Quería asegurarme.
Troy dibujó media sonrisa y luego se llevó una de las manos de Harris a los labios y le dio un beso en la palma.
—Un poco más abajo —bromeó Harris.
Troy le dio un beso en la parte interior de la muñeca.
—Eres malo —gruñó Harris.
Una grave risotada sacudió los hombros de Troy, que después agachó la cabeza y atrapó el pezón derecho de Harris entre los dientes.
—Caliente, caliente… —suspiró Harris.
Observó cómo Troy le trazaba un camino de besos a lo largo del pecho, sobre la cicatriz, hasta el pezón izquierdo.
Dios, qué guapo era. Siempre lo había sido, pero ahora, a la luz del fuego y con los efectos que el champán y la lujuria habían causado en el cerebro de Harris, Troy estaba impresionante.
Y, si Troy quería pasarse el resto de la noche atormentando a Harris con sus suaves besos, pues bueno, él tampoco iba a quejarse.
—Me vas a matar —aseguró con voz entrecortada.
—Shhh… Deja que cuide de ti a mi manera.
—Tu manera es una tortura.
Troy se rio contra la parte interna del muslo de Harris, lo que envió una oleada de placer hacia sus pelotas.
—Si no me vas a tocar la polla, al menos deja que yo te la toque a ti.
Con un suspiro exagerado, Troy se movió hasta colocarse de rodillas junto al hombro de Harris. Su erección asomaba por la parte delantera del albornoz, que llevaba poco apretado. Harris tiró de un extremo del cinturón y el nudo se deshizo.
—¿Te la puedo chupar? —preguntó Harris.
No tenía ni idea de por qué estaba pidiendo permiso; quizá porque parecía que Troy era quien estaba al mando y Harris quería seguirle el juego.
—Estaba a punto de chupártela yo a ti —dijo Troy dejando que su albornoz cayera al suelo.
—¿Ah, en serio? —preguntó Harris con tono sarcástico—. ¿Después de qué? ¿De dos horas de olvidar dónde tengo la polla?
—Eres un mimado.
Troy se colocó mirando hacia los pies de Harris y se puso a horcajadas sobre su cara.
Harris ya se había fijado en lo meticuloso que era Troy con su aseo personal.
Tenía las pelotas lisas y sin vello, y el pelo que rodeaba la base de su polla formaba un parche oscuro recortado con pulcritud.
Harris llevaba al día sus depilaciones, pero Troy estaba al nivel de las estrellas del porno.
Y ahora esos huevos lisos y pesados colgaban sobre la cara de Harris, rozándole los labios.
—¿Y bien? —preguntó Troy.
Harris resopló.
—Oye, tío. No te puedes poner impaciente después de lo que has hecho.
Pero no hizo esperar a Troy; le lamió uno de los huevos y después se lo metió en la boca, disfrutando del suave jadeo que Troy dejó escapar.
Troy no se movió, así que Harris siguió centrándose en sus pelotas, haciendo rodar una con cuidado sobre la lengua, y después la otra. Las lamía por detrás, apretando la lengua firmemente contra el perineo de Troy.
—Ah… —dijo Troy en voz baja—. Dios, es…
Harris siguió adelante, desplazando poco a poco la lengua hacia el ano de Troy. Alargó las manos y las extendió sobre sus nalgas, separándolas con suavidad para darle a Troy una pista de lo que pensaba hacer.
Durante unos segundos, Troy se quedó paralizado, y Harris también se quedó inmóvil.
Entonces, Troy se echó hacia delante, solo un poco.
Lo suficiente para acercar su ano a la boca de Harris.
Harris sonrió ante la ofrenda y se preguntó si alguien le habría hecho eso antes a Troy.
No era algo que todo el mundo estuviera dispuesto a hacer, pero a Harris le encantaba.
Presionó la lengua plana sobre la entrada de Troy, sin moverla, para que sintiera su cálida humedad contra las sensibles terminaciones nerviosas de esa zona.
—Hostia… —jadeó Troy.