Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

Troy: ¿Podemos empezar la cita el martes por la mañana y acabarla el miércoles por la tarde?

El mensaje quedó sin responder durante veinte minutos y Troy ya estaba lanzándose a llamar a Harris cuando por fin vio los tres puntitos.

Harris: Vaya pedazo de cita.

Troy sonrió y escribió:

Troy: Va a ser increíble. Y es una sorpresa, así que no preguntes.

Harris: ¿Tengo que hacer alguna maleta?

Troy: ¿Eso es un sí?

Harris: ¡Ahora me pica la curiosidad! ¡Claro que es un sí!

Solo en su apartamento, Troy apretó el puño con gesto triunfal.

Desde que Harris se había marchado el sábado por la mañana, Troy no había dejado de devanarse los sesos intentando planear la cita perfecta para él.

No solo quería que fuera algo que Harris disfrutara, sino también algo que le permitiera desconectar de verdad del trabajo.

Algo que le permitiera a Troy cuidar de él.

Nunca habían hablado del hecho de que Troy era millonario, pero no parecía que a Harris le interesaran los restaurantes de lujo ni los regalos ostentosos. Aun así, a Troy le apetecía consentirlo un poco.

Entonces se le ocurrió una idea. Tuvo que hacer algunas búsquedas en internet, pero Troy dio con el lugar perfecto: un retiro de spa en Quebec, a menos de dos horas, que tenía cabañas privadas.

Cuando llamó sabía que era una apuesta arriesgada, porque estaba avisando con muy poca antelación, pero tuvo suerte: se había producido una cancelación de última hora.

La mujer con la que había hablado le dijo, en tono de disculpa, que tendría que reservar exactamente el mismo paquete que había sido cancelado, y Troy no pudo más que echarse a reír cuando le especificó lo que era.

La «Escapada de los tortolitos».

No pareció sorprendida ni ofendida en absoluto cuando le dio el nombre de Harris como segundo invitado.

Era la primera vez que Troy le revelaba su orientación sexual a un desconocido y, una vez que se calmaron las mariposas del estómago, se sintió invadido por una oleada de alivio.

Acababa de reservar una escapada romántica para él y su novio, y no pasaba nada. Incluso había usado su nombre real.

Troy: Mete un traje de baño y ropa cómoda en la maleta.

Harris: Y, ahora, ¿cómo se supone que voy a tuitear sobre el partido All-Star?

Por extraño que pareciera, Troy se había olvidado del partido All-Star. Decidió dejar a Harris en paz por el momento y escribió:

Troy: Te recojo el martes a las diez de la mañana.

Harris contestó con una cadena de emoticonos de caritas emocionadas.

—¡Ay, dios! —chilló Harris.

—Vale, la cosa es que…

—¡Dios, dios! He soñado un montón de veces con venir a este sitio.

Troy tuvo que apretar los labios para no reírse con el entusiasmo de Harris mientras este contemplaba el impresionante interior del edificio principal.

—He podido reservar con tan poca antelación solo porque alguien hizo una cancelación, así que he tenido que coger el mismo paquete que tenían ellos.

—A menos que sea el paquete «Tienes que irte a casa de inmediato», me la pela.

—Es la «Escapada de los tortolitos». Así que tal vez sea… demasiado.

Harris abrió aún más los ojos.

—¿Es nuestra luna de miel?

Troy le dio un ligero codazo.

—Cálmate.

Se dirigió al mostrador e hizo el check-in . La mujer que estaba ahí trabajando resultó ser la misma con la que había hablado por teléfono, Cora.

—Nuestros tortolitos de última hora —dijo cálidamente con su marcado acento quebequés—. Pueden dejar las maletas aquí y nosotros nos encargaremos de llevarlas a su cabaña. Si quieren sacar primero los bañadores, podrán empezar el día con un remojón en el jacuzzi.

Harris daba saltitos de alegría, sonriendo como un crío la mañana de Navidad. Como deportista profesional, los jacuzzis, las saunas y los baños turcos eran una actividad casi diaria para Troy, pero tenía la impresión de que esa experiencia de bienestar iba a ser más placentera que la mayoría.

Los guiaron hasta un vestuario con taquillas y los dejaron solos para que se pusieran los bañadores.

—Hasta ahora esto se parece mucho a un día de trabajo —dijo Troy—. Jacuzzi, vestuario con taquillas.

—Hasta ahora este es el mejor día de mi vida, así que a callar.

Una de las diferencias entre ese vestuario y los que Troy solía frecuentar era que en ese miraba sin reparos al hombre que estaba desnudándose a su lado.

—¿Ya? —bromeó Harris cuando advirtió que Troy estaba medio empalmado.

—Te he echado de menos.

Harris se subió el bañador tipo bermuda y le pasó los brazos a Troy alrededor del cuello.

—Yo también te he echado de menos.

Lo besó y Troy se preguntó hasta qué punto era importante que hicieran alguno de los tratamientos del spa. La cabaña tenía una cama que probablemente le proporcionara toda la relajación y el rejuvenecimiento que Troy necesitaba.

Pero, joder, Harris parecía tan feliz… Y estaba monísimo envuelto en el mullido albornoz blanco que el spa les había facilitado.

Había unos formularios que ambos tenían que rellenar. Troy acabó enseguida y se le ocurrió que quizá Harris tuviera más casillas que marcar.

—Aquí no hay nada peligroso para ti, ¿verdad? —preguntó Troy.

—No, a menos que hagamos paracaidismo.

Troy dio un bufido.

—Dios, espero que no.

Harris le dio un beso rápido en la mejilla.

—Entonces creo que estoy a salvo. Tengo que tener cuidado con el jacuzzi, pero no habrá problema si no me quedo dentro demasiado tiempo. ¡Vamos a dejarnos mimar!

La sala del jacuzzi era de lo más sofisticada. Solo la bañera, empotrada en el oscuro suelo de granito, ya medía lo mismo que una piscina pequeña. La iluminación era tenue y cuidada, y una suave música resonaba contra las paredes de piedra.

—Guau —susurró Harris—. Me siento como en la antigua Roma.

—Ya. Mi jacuzzi habitual tampoco es así.

Se quitaron los albornoces y se metieron en el agua caliente. Harris soltó un gemido en cuanto se sentó, y su eco retumbó por todas las paredes.

—Buah, tío. Esto es lo más.

Troy sonrió y se sentó junto a él, en el mismo rincón.

—Remojarse en agua caliente mola.

—Mmm… —Harris cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás—. Mi cuerpo lo va a flipar. Nunca lo trato tan bien.

—Trabajas demasiado.

Harris se burló.

—¿Comparado contigo? Para nada.

—Bueno, ¿qué tal si nos olvidamos del hockey mientras estemos aquí?

Harris sonrió sin abrir los ojos.

—Me parece perfecto.

Ya tenía la piel sonrosada del agua caliente, lo que hacía destacar aún más la blancuzca línea de su cicatriz. Troy intentó no mirarla fijamente, pero no pudo evitar preocuparse por el corazón que había detrás.

—Sigue latiendo —dijo Harris con voz suave.

Troy se dio cuenta de que había abierto los ojos, y lo invadió la vergüenza.

—Perdona. No me he quedado mirándola.

Harris rozó un pie contra el de Troy.

—Sí, lo has hecho. No pasa nada. Lo entiendo. Por eso no suelo ir por ahí en bañador.

—Perdona —repitió Troy.

Quería decirle que no hacía falta que ocultara sus cicatrices, pero él era el menos indicado para aconsejarle a nadie lo que debía o no debía ocultar. Optó por alargar el brazo bajo el agua y coger el pie de Harris en su regazo. Acarició con suavidad las colinas y los valles de su tobillo.

Harris suspiró con gesto feliz.

—¿Me vas a dar un masaje antes de mi masaje?

—Solo quiero tocarte.

A Harris se le llenaron los ojos de ternura.

—¿Estás nervioso por estar aquí conmigo?

—No —dijo Troy, para luego corregirse—: Bueno, no tanto como pensaba que estaría.

—Eso es bueno.

—O sea, a estas alturas ya no hay nada que ocultar. Somos dos chicos disfrutando de un retiro de pareja en un romántico spa. Nadie podría malinterpretarlo. Hay algo muy liberador en quitarte esa preocupación de encima.

Harris se acercó un poco a él.

—Es verdad.

—¿A ti te dio miedo salir del armario?

—Por supuesto que sí. Aunque estés seguro de que tus amigos y tu familia lo van a aceptar y van a apoyarte, aun así sigue siendo aterrador.

Pero la mayor parte de mi miedo tenía que ver, como has dicho, con la posibilidad de que alguien descubriera mi secreto.

Cuando dejó de ser un secreto, ya no tuve que preocuparme por eso.

—Me gustaría saber qué se siente. Me he pasado toda la puta vida aterrorizado por si alguien se enteraba. No toqué a ningún hombre hasta Adrian, y tenía veintitrés años. Así que, si hago algo mal en la cama, esa es mi excusa.

—Te aseguro que no haces nada mal en la cama, semental.

Troy sonrió y subió la mano por la espinilla de Harris. Cuando la llevó de nuevo a la rodilla de Harris, este le dijo:

—No subas más o me va a resultar muy incómodo salir del jacuzzi.

A Troy se le puso dura. Pensó que ojalá pudiera sacar a Harris del agua y follárselo allí mismo, encima de las lujosas baldosas de piedra. Le encantaría oír el eco de sus gemidos rebotando por la tranquila y cavernosa sala.

—¿Hasta aquí está bien? —preguntó caminando con los dedos sobre el muslo de Harris.

Harris lo apartó de un manotazo.

—Vete a la mierda. Hablo en serio. No hagas que esto sea raro para quienes trabajan aquí.

—Les está bien empleado por hacer que este sitio sea tan sexy.

Harris sonrió y se sumergió un poco más en el agua, retirando la pierna del regazo de Troy.

—Es muy sexy. Pero puedo esperar hasta que estemos en la cabaña. La espera lo hace aún más sexy, ¿no?

—Bueno, no tenemos por qué darnos los masajes…

—Ni de coña, superestrella. A algunos de nosotros no nos hacen masajes a diario. A mí no me dan uno desde hace mil años.

—Vale.

—Oye, Troy.

—¿Mmm?

—Ya puedo decir que esta es la mejor cita que he tenido jamás.

A Troy le dio un vuelco el corazón.

—Yo también.

El masaje con piedras calientes resultó ser mucho más agradable que los dolorosos masajes de tejido profundo que recibía Troy del fisio del equipo.

Además, los gemidos eran más fuertes y obscenos que los que Troy acostumbraba a oír.

Todos procedían de la camilla de al lado, y hacían que a Troy le fuera muy difícil relajarse.

—Aaah… ¿Por qué no tengo siempre piedras calientes en la espalda? —mascullaba Harris con voz soñolienta.