Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Ahora que Troy sabía lo que era estar con Harris, el cuerpo le ardía de frustración sexual.

Se decía a sí mismo que se estaba distanciando de él por un buen motivo y que no sería justo que siguieran acostándose si Troy no era lo bastante valiente como para cogerle la mano a plena luz del día.

Troy debía ganarse a Harris. Quizá nunca llegara a merecerlo, pero tenía que intentarlo.

A decir verdad, no se estaba distanciando de Harris en absoluto.

Las dos últimas semanas había visto tanto a ese chico como sus apretadas agendas lo habían permitido.

Harris incluso había ayudado a Troy con sus posts de Instagram pasándole una lista de activistas, centros de acogida y organizaciones a los que seguir, y enseñándole a compartir sus publicaciones en las stories de Troy.

Harris estaba entusiasmado con el número de seguidores que había conseguido Troy, pero este seguía evitando mirar su cuenta para otra cosa que no fuera crear nuevos posts.

Aun así, se sentía bien. Había hecho algunas donaciones considerables a las organizaciones cuyas cuentas había compartido en redes, y, aunque quería aportar más, era un comienzo.

Por una vez en su vida, usaba su privilegio para algo que valía la pena y, pese a que aún estaba un poco aterrado, también se sentía eufórico.

Además, Ottawa había ganado todos los partidos desde su gran victoria contra Nueva York. Eso no venía mal.

Y Harris parecía orgulloso de Troy. Eso tampoco venía mal.

Sin embargo, ni las sonrisas de orgullo ni los entusiastas cumplidos de Harris servían para acallar los impulsos físicos de Troy. Siempre que lo tenía cerca, se moría por besarlo, empujarlo contra una pared y arrancarle la ropa, ponerse de rodillas y chupársela en su despacho.

Su cuerpo tenía un montón de ideas terribles, así que Troy se había ido a castigarse al gimnasio del equipo.

Se obligó a hacer una serie más de sentadillas con barra, decidido a continuar hasta que casi lograra olvidar la fogosa mirada que Harris le había echado hacía tres días en su despacho.

Con ella le dejaba bastante claro que no le importaría que Troy lo destrozara.

—Espera —dijo Bood cogiendo la barra para que Troy no tuviera que sujetarla él solo, con los brazos temblorosos. Juntos, volvieron a encajarla en el soporte.

—Gracias —contestó Troy.

Se agachó hasta el suelo, sentado en cuclillas con la barbilla apoyada sobre el pecho.

Bood se sentó a su lado.

—¿Te has propuesto levantar una pulidora de hielo o algo así? —bromeó.

—No. Es que hoy me apetecía apretar un poco.

—¿Te ha sentado bien?

—Más o menos.

Sonó un móvil cerca, y los dos volvieron la cabeza hacia la melodía.

—¿Es el tuyo? —preguntó Bood.

—Creo que sí. ¿Me lo pasas? Está ahí. —Troy hizo un perezoso gesto hacia la estantería en la que había dejado el teléfono—. No siento las piernas.

Bood se rio mientras se levantaba y cogía el móvil.

—Número desconocido —dijo.

Troy se lo quitó de las manos. Lo más probable era que fuera un teleoperador o algo por el estilo, pero contestó de todas formas.

—¿Hola?

—¿Troy Barrett? —La voz era brusca, masculina y le resultaba vagamente familiar.

—¿Sí?

—Soy Roger Crowell. ¿Tienes unos minutos para hablar?

De repente, Troy recuperó la capacidad de caminar y se puso en pie.

Roger Crowell, el comisionado de la NHL , lo estaba llamando directamente a él.

Troy nunca había hablado con él, más allá del apretón de manos que se habían dado el día de la selección.

Pero era imposible que esa llamada fuera por algo bueno.

Troy salió de la sala a toda prisa, ignorando la mirada inquisitiva de Bood.

—Sí, señor. Por supuesto.

—Bien. ¿Cómo estás, Troy? ¿Cómo te va en Ottawa?

Las preguntas eran insulsas y amistosas, pero Crowell hacía que parecieran una trampa, y a Troy se le encogió el pecho mientras caminaba.

—Genial. Ottawa me gusta.

—Es una ciudad preciosa —mostró su acuerdo Crowell—. Fría, supongo.

—Sí.

Troy encontró un sitio tranquilo al final de un pasillo y se apoyó contra la pared, a la espera de que Crowell revelara el motivo de la llamada.

—Seguro que no tiene tanta marcha como Toronto. Nada que te ayude a entretenerte en tu tiempo libre.

Troy no sabía qué contestar, así que tan solo tragó saliva.

—Oye, estás causando mucho revuelo con tu cuenta de Instagram.

Ay, dios.

—¿Sí?

—Es una idea muy noble. La liga quiere que los jugadores se impliquen en la comunidad y, por supuesto, la causa sobre la que estás alzando la voz es importante.

Troy sabía que no debía relajarse ante ese aparente elogio. Llevaba demasiados años hablando con hombres intimidantes como Crowell para dejarse engañar.

—Sí, yo también lo creo.

—Si esos posts sobre agresiones sexuales los hubiera subido cualquier otro jugador, yo estaría más que encantado, pero en tu caso, Troy… Bueno, no puedo evitar preguntarme qué motivaciones te mueven.

—¿Motivaciones?

Crowell suspiró con cierto dramatismo.

—No sé por qué Kent y tú dejasteis de ser amigos, y la verdad es que no me importa. Cosas que pasan, ¿no? Quizá se acostó con tu chica. Quizá envidiabas su talento. Pero esta venganza personal que tienes contra él no le hace bien a nadie, Troy. Ni a la liga ni a tu equipo, ni desde luego a ti.

—Pero… No lo he hecho por… —balbuceó Troy.

—Esas mujeres, las que han estado diciendo cosas sobre Kent…

Entiendo que hayas querido subirte al carro si estabas enfadado con tu amigo.

Ahora mismo no tienes las ideas claras porque estás cabreado.

Pero… —Crowell se rio, y su risa sonó tan fría y cruel como la del padre de Troy—.

Sabes que esas chicas solo buscan sus cinco minutos de fama.

La gente puede decir lo que quiera por internet y ni siquiera tienen que poner su nombre.

Me parece repugnante, porque demuestra falta de integridad.

En el mundo del hockey, igual que en el mundo empresarial, en el que llevo décadas, la integridad es muy importante.

No sé tú, pero yo no soy muy respetuoso con la gente que no se hace responsable de lo que dice.

Lanzar acusaciones desde el anonimato es de cobardes, e inventarse mentiras para arruinar a un joven con tanto talento que está en la cima de su carrera es monstruoso.

—Crowell hizo una pausa y Troy se imaginó que una lenta y asquerosa sonrisa se le dibujaba en el rostro—. Esa es mi opinión, al menos.

El corazón de Troy iba a mil por hora. Le sudaban tanto las palmas de las manos que tenía miedo de que se le cayera el móvil.

Sabía que todo lo que decía Crowell era falso, una tergiversación de los hechos, pero no fue capaz de defenderse.

De defender a las mujeres en las que no había podido dejar de pensar.

—No creo que mientan —consiguió decir.

Odiaba lo débil que sonaba su voz.

—¿Has visto a Kent hacer alguna de las cosas de las que se lo acusa? —preguntó Crowell.

Su voz sonaba calmada, pero Troy sospechaba que esa pregunta era justo el motivo por el que lo llamaba. Crowell necesitaba saber si Troy suponía un verdadero peligro.

—No —admitió con un hilo de voz.

—Así que no sabes si esas chicas dicen la verdad.

—Creo que él…

—Entonces —dijo Crowell despacio y con claridad—, no lo sabes.

Troy no pudo discutírselo. No lo sabía. No sabía nada. Él solo… Ay, dios. ¿Y si Crowell tenía razón?

Salvo que no la tenía. Claro que lo sabía. Conocía a Dallas y sabía lo suficiente sobre cómo el mundo trataba a las víctimas de agresión sexual para saber que las mujeres que acusaban a Kent no tenían nada que ganar al hablar.

—El problema es —continuó Crowell— que tus posts, aunque admirables, parecen ataques personales hacia Kent. Pullitas. Está claro que lo mejor para la liga es que este asunto tan ridículo se desvanezca, pero tus posts no hacen más que avivar las llamas. Necesito que pares.

Parte del miedo de Troy se cristalizó en ira. Estaba hasta las narices de que lo mangonearan hombres como Crowell.

—No estoy haciendo nada malo. Intento ayudar a gente que lo necesita.

—Troy, hay muchas otras causas que puedes apoyar. Las personas sin hogar, el acceso al deporte de niños sin recursos… Puedo pedirle a mi asistente que te envíe una lista de las organizaciones benéficas y las iniciativas que apoya la liga.

—Vale —dijo Troy porque le parecía más seguro que rechazarlo—. Gracias.

—Bien —interrumpió Crowell—. No me gustaría tener que llevar este asunto más lejos.

«¿Más lejos?». Joder, Troy no quería saber qué significaba eso.

—No, señor.

—Te dejo, Troy. Ha sido un placer hablar contigo. Suerte mañana por la noche contra Montreal.

—Gracias.

Troy parecía un niño al que estuvieran forzando a hablar con un extraño.

Crowell colgó y Troy se deslizó por la pared hasta acabar sentado en el suelo. ¿Qué cojones iba a hacer?

—¿Ya estás sorprendida o qué? —le preguntó Harris a Gen a la mañana siguiente de una nueva victoria de Ottawa, esa vez como equipo visitante contra Detroit.

—Deberían estar a punto de morir en un accidente aéreo más a menudo —dijo esta con aspereza. Luego hizo una mueca de arrepentimiento—. Perdona. Siempre me olvido de que tú ibas en ese avión.

Harris gesticuló con una mano como quitándole importancia.

—Estoy vivo.

—Vivo y de mala leche —murmuró Gen.

Harris se limitó a gruñir como respuesta.

Ottawa disfrutaba de la racha de victorias más larga del equipo en más de diez años, lo que debería poner a Harris de buen humor.

Pero no dejaba de pensar en Troy. Sabía que el equipo había vuelto en avión la noche anterior después del partido y, por ridículo que pareciera, le habría encantado que Troy fuera directo al apartamento de Harris.

Quería ser el hombre por el que Troy volvía a casa, y le frustraba lo cerca que parecía haber estado de serlo.

O tal vez se estaba engañando a sí mismo.

—Para ser justos —dijo Gen—, tu mala leche es como mi mejor estado de ánimo.

—A lo mejor es que no estoy de mala leche.

Gen resopló.

—Hay algo que te preocupa. El equipo está en racha y tú te sientes fatal.