Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

Troy se despertó tarde a la mañana siguiente sintiendo que había descansado bien y super a gusto.

O casi.

—¿Sobre qué cojones estoy tumbado?

Metió la mano debajo de la espalda y sacó lo que parecía ser un peluche bastante maltrecho y gastado… ¿de una jirafa?

—Ay —dijo Harris mientras se lo cogía—. Es el Señor Cuellilargo.

Troy lo alejó de él y examinó el juguete tan querido.

—Madre mía. El Señor Cuellilargo ha vivido muchas cosas.

—Sí —dijo Harris y luego bajó la mano—. Lo tengo desde que era un bebé. Solíamos ser inseparables.

—Qué mono…

—Me reconfortaba, ya sabes, cuando… Bueno, de niño pasé mucho tiempo en el hospital. Y de adulto también, supongo, pero sobre todo de niño.

Troy se volvió para que pudieran mirarse a los ojos.

—¿Quieres hablar de eso?

—Claro. ¿Por qué no?

Harris frunció el ceño y Troy contuvo la respiración. Le aterrorizaba que Harris estuviera a punto de decirle que le quedaba un mes de vida o algo así.

—Nací con un defecto cardiaco. Se llama tronco arterioso, pero básicamente es que mis arterias estaban todas hechas una mierda y me han operado varias veces a lo largo de los años para solucionarlo. La última fue hace tres años.

—Ay, dios.

Era tan injusto que alguien tan cálido y cariñoso como Harris tuviera algún problema en el corazón…

—Lo siento. ¿Y ahora cómo estás?

—Bien. —Lo dijo rápido, de forma automática, como lo haría alguien a quien le han preguntado por su salud varias veces—.

De verdad, estoy bien. Me hago revisiones médicas con regularidad.

Pero por eso nunca jugué al hockey de pequeño.

Quizá podría haberlo hecho, pero a mis padres les preocupaba. No los culpo.

Troy tampoco podía culparlos porque incluso ahora quería envolver a Harris en una mantita y mantenerlo a salvo. Pero a Harris eso no le habría gustado un pelo, así que, en su lugar, le entregó su jirafa de peluche.

—Me alegro de que tengas buenos médicos. Y buenos padres. Y al Señor Cuellilargo.

Harris se echó a reír.

—El Señor Cuellilargo me ha acompañado en las buenas y en las malas. Es un amigo de verdad.

—Siento que tuviera que presenciar lo que hicimos anoche. Eeeh…, encima de él. —Troy se incorporó apoyándose en un codo y esbozó una sonrisa—. Técnicamente es un trío, ¿no?

Harris le dio un golpe con la jirafa.

—¡No! ¿Qué te pasa? Y no es la primera vez que el Señor Cuellilargo ve ese tipo de cosas.

Troy sintió una punzada de celos injustificada al pensar que había habido otros hombres en esa cama, pero la reprimió en lo más profundo.

—Es un pervertido.

—Ni de broma, chaval. Es tranquilo y, además, está super de acuerdo con que folle.

Los dos se echaron a reír. A Troy le resultaba muy fácil reírse con Harris.

—Podríamos darnos una ducha —dijo Harris.

—¿Cabemos los dos?

—Estoy dispuesto a intentarlo. —Harris le dio un beso rápido y luego se bajó de la cama—. Joder, qué frío hace. Vamos.

Consiguieron caber en la ducha, pero justito. Daba igual, porque de todos modos a Troy no le apetecía estar a más de dos centímetros de Harris. Se besaron durante un buen rato, desperdiciando agua mientras sus erecciones se rozaban.

Al final se pusieron manos a la obra y se asearon. Harris le pasó un bote de champú y Troy se rio al leer la etiqueta.

—¿Qué? —preguntó Harris.

—Huele a manzana.

—¿En serio?

—¡Sí! Dios mío… Pensaba que me estaba volviendo loco. No paraba de oler a manzana cada vez que estabas cerca y me decía que era mi imaginación. Jolín.

Harris sonrió.

—Creo que mi detergente para la ropa también huele a manzana verde.

Troy se echó un poco de champú en la palma de la mano y empezó a frotárselo en el pelo a Harris.

—Increíble.

Harris soltó un suspiro de felicidad y pareció disfrutar en silencio de que Troy le masajeara el cuero cabelludo durante unos segundos, y luego dijo:

—¿Pensabas que olía a manzana de forma natural? Porque eso es adorable…

—¡No! Pensaba que era, tipo, psicosomático. O algo así.

—¿Querías que oliera a manzanas?

—Podemos dejar el tema, ¿sabes?

—¿Te pone el olor a manzanas, Troy?

—Antes no. —Dio un paso atrás alejándose de Harris—. Aclárate.

—¿En serio?

Harris echó la cabeza hacia atrás bajo el chorro.

—¿Te he contagiado mi fetiche por las manzanas?

—Quizá.

Troy se arrodilló y besó la punta de la polla de Harris, que se balanceaba.

—Joder —dijo Harris mientras abría los ojos con sorpresa—. Estaba de broma.

—Sí, bueno, quiero que te calles con lo de las manzanas.

Troy se la metió en la boca y le agarró ambas nalgas con las manos, apretándolas mientras se la mamaba. Harris dejó de hablar de manzanas o de cualquier otra cosa durante unos minutos.

—Se te —soltó Harris— da muy bien…

Le acarició el pelo mojado a Troy, observando cada cosa que hacía. Troy se apartó un poco para poder prestarle más atención a la punta.

—Ay, joder —jadeó Harris—. Voy a…

Troy no paró. Quería todo lo que pudiera conseguir de él.

Harris se corrió en cuestión de segundos; sus gemidos resonaban aún más fuertes de lo habitual en el reducido espacio de la ducha. Troy se tragó su semen, gimiendo ante la excitación de hacer que un hombre se corriera en su boca.

—Ven aquí —dijo Harris con voz ronca—. Bésame. Quiero tocarte.

Troy se tomó su tiempo, deslizó poco a poco los labios por la polla de Harris y lo besó mientras recorría el abdomen y el pecho, pasando por las cicatrices que protegían su resistente corazón.

Sus bocas se fundieron y Harris rodeó con la mano la erección de Troy. Harris no tardó nada en llevarlo al borde del orgasmo, y a la corrida, placer que explotó por todo el cuerpo de Troy mientras su eyaculación salpicaba en el abdomen de Harris.

Incluso mientras recuperaba el aliento, Troy siguió besándolo. No se cansaba de él. Eso no era bueno.

—Bueno —dijo Harris mientras apoyaba la frente contra la de Troy—, ¿sabía a manzana?

Troy resopló.

—Cállate…

Harris se rio y Troy no pudo evitar hacerlo también. Ser capaz de reírse sin esfuerzo de esa manera era un tipo diferente de liberación, una que lo más probable era más estimulante que el orgasmo que acababa de disfrutar en ese momento.

Al final se limpiaron, salieron de la ducha y se vistieron. Troy estaba muerto de hambre cuando entraron en la cocina.

—¿Te gusta la avena? —preguntó Harris—. Es lo que suelo desayunar. También preparo café, ¿eh?

Empezó a cundir el pánico en la mente de Troy, que estaba más positiva de lo habitual.

Quizá el comentario de Harris sobre lo que solía desayunar le recordara a Troy que se había colado en su rutina matutina.

Quizá fuera por darse cuenta de golpe de que estaba en la cocina de Harris, en su casa.

Quizá fuera por la idea aún más aterradora de que no quería irse.

Fuera lo que fuese, Troy volvió a comportarse como el de antes, el reservado.

—Quizá debería irme. No tienes por qué darme de comer.

—Pero si no has comido nada —protestó Harris. Luego sonrió—. Bueno, casi nada.

—Qué tío…

—Es igual de fácil preparar dos raciones de avena que una. Siéntate. Quédate al menos a desayunar. O, si prefieres, hay una cafetería no muy lejos de aquí que…

—Venga, me quedo. La avena está bien.

En ese momento, lo único que sería peor que quedarse ahí con Harris sería pasar tiempo en público con él. Cualquiera que los viera juntos sabría que Troy estaba pilladísimo de él, y no estaba preparado para eso.

Troy no se sentó. Deambuló por la pequeña cocina, seguro que estorbando a Harris. Estaba lleno de energía nerviosa y lo más probable era que tuviera que salir a correr o ir al gimnasio en cuanto saliera de ahí.

—Si vas a estar dando vueltas así, quizá podrías hacer el café tú —sugirió Harris.

—Vale.

Harris señaló un armario y luego la cafetera que había sobre la encimera.

Troy se puso manos a la obra. Cuando la cafetera empezó a burbujear y el café comenzó a gotear en la jarra, se recostó contra la encimera y observó cómo Harris removía las gachas de avena.

Llevaba vaqueros y una camisa azul a cuadros, y aún tenía el pelo húmedo.

Troy quería abrazarlo, llevarlo de vuelta a la cama y no separarse nunca de él.

Hacía dos meses, no podía imaginar volver a sentirse feliz, y mucho menos encontrar a un hombre con el que pudiera ser él mismo.

Había pensado que Adrian había sido su única oportunidad de ser feliz, pero ahora, en la cocina de Harris, Troy se dio cuenta de que nunca se había sentido tan a gusto con Adrian.

Su relación había sido apasionada y emocionante, pero se había mantenido unida por el miedo y la ansiedad.

Ambos habían tenido mucho miedo de que los descubrieran, y sus momentos a solas robados habían estado llenos de desesperación y alivio.

Troy estaba tan emocionado de tener a alguien de quien enamorarse que se había aferrado a Adrian con ambas manos, sin atreverse a buscar otras opciones.

Adrian, por su parte, había estado extendiendo sus manos en dos direcciones diferentes.

Hasta que había dejado ir a Troy por completo.

No todo había sido sexo. Habían compartido partes de sí mismos, pero a Troy nunca le había dado la impresión de que Adrian estuviera especialmente interesado en su vida.

A Adrian nunca le había importado demasiado nadie que no fuera él mismo.

Dudaba incluso de que estuviera muy interesado en su nuevo prometido.

En resumen, Troy estaba experimentando todo tipo de sentimientos nuevos con Harris, y eso le estaba volviendo loco.

Harris sirvió avena en dos cuencos.

—¿Quieres que le eche sirope de arce al tuyo?

—Vale. —Troy señaló un rincón de la encimera de la cocina de Harris—. ¿Esa es la olla de cocción lenta de la que me dijiste que no me preocupara?

Harris se rio.

—Te prometo que no hay nada entre la olla de cocción lenta y yo.

—Mmm…

—Pero —dijo Harris con cuidado—, si la olla pregunta por ti, ¿qué le digo?

A Troy se le aceleró el corazón.

—No lo sé. ¿Qué quieres decirle?

Harris le echó un vistazo rápido y luego volvió a centrar su atención en los cuencos de avena.

—Me gustaría decirle que he conocido a alguien y que me gusta mucho. Y que creo que yo también le gusto. Y me gustaría ver cómo van las cosas con él, si él también quiere eso.

Troy no respondió. No podía. Lo que Harris estaba diciendo no era ninguna sorpresa. Era obvio que ambos se gustaban, pero Troy aún no podía creer lo que se le estaba ofreciendo. Y no estaba seguro de si podía permitirse aceptarlo.

—Eeeh —dijo Harris mientras se ponía rojo—, quizá estoy dando demasiado por sentado. Con el chico este. El que me gusta.

—No… —respondió Troy en voz baja.

—¿No? —Harris se volvió hacia él, con cara de tener esperanza.

—Pero —añadió Troy porque tenía que dejarlo claro— no estoy seguro de lo que puedo ofrecerte. Sabes que no he salido del armario, y no te voy a pedir que te escondas conmigo.

—No creo que pudiera hacerlo —añadió Harris—. Soy como un libro abierto. No se me da bien andar a escondidas.

No, Harris era la persona más sincera y alegre que Troy había conocido jamás. No estaba hecho para las sombras.

—Lo sé. Y no deberías. —Troy suspiró—. Me gustas mucho, Harris, pero necesito algo de tiempo para aclararme las ideas. Quizá hasta entonces deberíamos, ya sabes, ser amigos…

La sonrisa de Harris parecía forzada. No era real.

—Claro. Tiene sentido.

Troy asintió y notó de golpe la cabeza embotada.

—Sí, en realidad sí… Gracias.

Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada. Entonces Harris le pasó a Troy uno de los cuencos.

—La avena se está enfriando. Comamos.

Troy quería tirar la avena por el fregadero y besar a Harris estampándolo contra la nevera. Quería llevarlo a desayunar y cogerle de la mano mientras esperaban la comida. Quería prepararle café todas las mañanas…

En lugar de eso, llevó en silencio su cuenco a la mesa y se sentó con torpeza frente a su nuevo amigo.