Capítulo 16
Troy estaba seguro de que tenía tan mal aspecto como el que solía tener Ryan Price en los aviones. Todo su cuerpo estaba invadido por una intensa sensación de pánico que apenas lograba contener.
Por lo menos, a juzgar por los rostros pálidos y los nudillos blancos de los compañeros de equipo que lo rodeaban, todos estaban librando sus propias batallas internas, por lo que Troy podía no sentirse tan avergonzado.
El avión ni siquiera había despegado todavía. Acababan de cerrar la puerta y todos estaban ya al límite.
Pero ahora no estaba ayudando. No cuando estaban encerrados en una trampa mortal exactamente igual a la que se había incendiado hacía apenas unos días.
El silencio en el avión era inquietante; la ausencia de conversaciones y risas no hacía más que aumentar la tensión. Cuando el avión empezó a acelerar por la pista, a punto de despegar, Troy notó un nudo en la garganta.
Estaba sentado solo. Le hubiera gustado ponerse con Harris, pero eso solo habría servido para caer en viejas costumbres. Sabía que estaría agarrando la mano de Harris en ese momento si estuviera cerca de él.
Ilya estaba sentado al otro lado del pasillo, también solo.
Tenía la cabeza gacha y los ojos cerrados, y a Troy le pareció que se había puesto en la postura de seguridad por prevención por si había un impacto.
Entonces se fijó en que movía los labios, articulando palabras en silencio, y se dio cuenta de que debía de estar rezando.
Qué raro… Sabía que Ilya llevaba una cruz colgada al cuello, pero nunca lo había considerado un tipo creyente. Sin embargo, Troy supuso que, si se tenía que rezar, ese era el momento.
«Solo déjanos llegar a casa sanos y salvos», pensó sin dirigirse a nadie en concreto. Era su versión difusa de un rezo.
Por estadística, se dijo a sí mismo, era muy poco probable que se encontrara en dos aviones seguidos con fallos mecánicos.
Pero, tras media hora de vuelo, a Troy le dolían los músculos por la tensión de su postura.
Echó un vistazo a Ilya y lo vio mirando fijamente por la ventanilla, como si vigilara el motor para asegurarse de que no se desmoronara.
Había algo inquietante en Ilya Rozanov cuando estaba nervioso.
Troy cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y deseó haberse tomado algún tipo de somnífero. Eso habría sido inteligente. Como no lo había hecho, intentó pensar en algo agradable.
Se había esforzado mucho por no fantasear con Harris, pero a grandes males, grandes remedios, y las imágenes sensuales en su cabeza resultaban muy efectivas como distracción.
Así que se dejó llevar por una deliciosa fantasía en la que Harris le frotaba esa suave barba por las pelotas mientras se la chupaba. En ese escenario podía ver a Harris de verdad, y ambos estaban desnudos. Joder…, ojalá al menos se hubieran quitado la ropa para ese único polvo.
A Troy le gustaba demasiado. Se lo había reconocido. Quizá al revés de como debería ser, ya que primero se habían acostado y luego le había dicho que era gay, pero así es como se lo había dicho también a Adrian.
—Venga, chicos. Hora del cotilleo.
Troy abrió los ojos de par en par al oír la voz de Harris, que resonaba con gran claridad. Estaba de pie en el pasillo, justo en medio del avión, sonriendo a todo el mundo como si fuera algo supernormal.
—¿Os he contado ya la primera cita de mi hermana Anna con su marido?
—¡No! —gritó alguien.
—¡Sí!
—¡Cuéntanosla igualmente!
—Vale, pues Anna llevaba meses pilladísima de un chico, Mike. Ahora os puedo asegurar que es un chico muy majo y que todos lo queremos, pero en aquel momento lo único que sabía era que él era la razón por la que yo no había podido coger la camioneta de nuestros padres aquella noche.
Ya se oían algunas risitas dispersas. Troy habría apostado a que Harris tenía la atención de todos los pasajeros. Incluso se volvió mientras hablaba, asegurándose de que todos los que estaban en la parte delantera del avión también pudieran oírlo.
—Anna y yo no solíamos discutir fuerte, pero aquella noche la cosa se puso fea. Me habían invitado a una fiesta y me había ofrecido a llevar en coche a un chico monísimo de mi clase de Geografía, así que necesitaba esa camioneta.
A Troy se le aceleró el corazón al ver la naturalidad con la que Harris había dicho «chico monísimo» delante de un público de jugadores de la NHL .
La historia continuó y todos estaban pendientes de cada palabra de Harris.
Troy se dio cuenta de que estaba al borde de su asiento por alguna razón que no tenía nada que ver con temer por su vida.
Incluso Ilya sonreía y se reía, y gruñó junto con Troy cuando Harris les contó que Anna se había llevado la camioneta aquella noche y que él no había podido ligar con su chico monísimo de la clase de Geografía.
—Así que Anna tenía a su chico en el asiento del copiloto, e iban de camino al cine, hablando y tonteando, y él le preguntó si había oído algo raro. Como si le pasara algo a la camioneta. Los dos se quedaron en silencio unos segundos y no oyeron nada, así que él supuso que se lo estaba imaginando.
—Harris —le advirtió Ilya—, si esta historia va a ser sobre una puta camioneta que se estropea…
—¡Que no es eso! Te lo prometo. Total, que siguieron conduciendo un rato más, y entonces fue Anna la que lo oyó.
Como un ruido extraño, un chirrido. Pero luego paró.
La camioneta iba bien, no parecía que tuviera ningún problema.
No se encendía ninguna luz de aviso ni nada.
Así que se detuvo en un aparcamiento porque quería echar un vistazo a la parte trasera de la cabina y, cuando se asomó detrás del asiento de Mike, vio una mofeta.
—¡No! —gritó alguien.
—Os lo juro por dios.
—¿Metiste tú la mofeta? ¿Para vengarte por haberse llevado la camioneta?
—¡No! —Se rio Harris—. Aunque mi hermana sigue sin creerme.
La cuestión es que ella estaba en una cita con el chico que le gustaba desde hacía un montón, y había una puta mofeta en la parte de atrás, lo cual era obviamente una situación bastante complicada porque tenían que sacarla sin, ya sabéis, que echase el tufo.
—¿Y qué coño hicieron?
—Ser listos. Salieron, dejaron las puertas abiertas y se sentaron en el bordillo a unos metros de distancia.
Al final, la mofeta se fue por su cuenta, sin causar daños.
Pero lo bonito fue que Anna y Mike se dieron su primer beso sentados en ese bordillo, esperando a que la mofeta se fuera.
Así que la mofeta fue, tipo, su casamentera.
Pero, tío, cuando llegó a casa estaba enfadada de cojones conmigo.
—Seguro que fuiste tú —dijo una voz que sin duda era la de Bood.
Harris levantó las manos.
—De verdad que no. ¿Cómo habría podido hacerlo sin que me rociara a mí? También te voy a decir una cosa, me alegro de que no fuera yo el que andaba por ahí intentando impresionar a un chico esa noche.
—¿Y os acabasteis liando? —preguntó Ilya, que era justo la pregunta que se estaba haciendo Troy, pero que no se atrevía a formular.
—Sí. Unos días después, fuimos a por unos McFlurry. Y, luego, a su habitación.
Se oyeron algunos gritos y silbidos, de los que Harris hizo caso omiso.
—No fue para tanto.
Las risas inundaron el avión. El ambiente había cambiado de forma tan radical desde que Harris había empezado a contar su historia que resultaba asombroso. Y muy impresionante. Troy sintió una oleada de orgullo inmerecido.
—¿Quién más tiene algún cotilleo? —preguntó Harris. Señaló a Evan Dykstra—. D, sé que tienes un montón.
—Bueno… —dijo Dykstra poco a poco mientras se ponía de pie—, ya que estamos hablando de citas desastrosas…
Todos aplaudieron. Harris cruzó la mirada con Troy y le guiñó un ojo. Troy le devolvió la sonrisa, con naturalidad y sin esfuerzo. Hubiera apostado a que podría sonreír siempre si Harris estuviera más en su vida.
Al final, aterrizaron sanos y salvos en Ottawa, y todos a bordo dieron un suspiro colectivo de alivio. Troy alcanzó a Harris en cuanto llegó a la pista.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó.
—¿Cómo he hecho el qué?
—Conseguir que todo el mundo se relajara. Levantarte y contar esa historia como si tú no te murieras de miedo.
Harris exhaló una nube de vapor en el gélido aire invernal del aeropuerto.
—Iba a ser un vuelo muy largo si nos quedábamos todos ahí sentados agarrándonos con fuerza a los reposabrazos. Y no sé… Supongo que, si íbamos a morir en un accidente aéreo, no había nada que pudiéramos hacer al respecto de todos modos. Más vale disfrutar de la vida mientras podamos, ¿no?
—Supongo.
Harris le dio un golpe suave con el hombro.
—Sé que este viaje ha sido un desastre, pero me lo he pasado muy bien contigo.
Algo brotó dentro de Troy. Supuso que felicidad.
—Y yo contigo.
—Hostia puta.
Gen no levantó la vista del ordenador.
—¿Qué?
—Troy Barrett ahora tiene una cuenta en Instagram y es… eeeh. Deberías echarle un vistazo.
—Vale —dijo ella despacio y extendió la mano para que Harris le pasara el móvil. Harris cruzó la oficina y se lo dio.
—Joder —exclamó ella tras ver los primeros posts de Troy.
La biografía de TroyBarret17 dejaba un mensaje claro: «Jugador de la NHL en los Ottawa Centaurs.
Creo a las víctimas de agresiones sexuales».
Hasta el momento había publicado tres post. El más reciente era una infografía con algunas estadísticas sobre agresiones sexuales que había obtenido de la cuenta de una organización nacional (y, para satisfacción de Harris, había citado la fuente de forma correcta y animado a la gente a seguirla).
El segundo post era un selfi que se había hecho en el gimnasio del equipo.
Troy tenía las mejillas sonrojadas y el pelo empapado de sudor.
También se veía cómo el sudor oscurecía la parte superior de su camiseta gris. Casi sonreía. Casi.
El pie de foto decía: «Trabajando duro. Siempre hay margen de mejora».
Podría tratarse solo de la forma física de Troy y de su rendimiento sobre el hielo, pero Harris no creía que eso fuera lo que Troy quería decir. Al menos, no del todo.