Capítulo 15
Troy se despertó primero.
Durante unos maravillosos instantes, mientras su mente aún estaba nublada por el sueño, se sintió feliz. Tenía el cuerpo cálido y firme de Harris bajo su brazo y, al inhalar, percibió el aroma de las manzanas.
Entonces se dio cuenta de lo que ocurría.
No debería estar en la cama de Harris y, desde luego, no debería haberse corrido sobre él la noche anterior. No debería haberlo besado ni haber empujado con fuerza contra sus manos entrelazadas. No debería haber empapado la camiseta de Harris con su corrida.
Troy era un monstruo. Harris era tan bueno y dulce…, y Troy seguía alimentándose de él como un vampiro.
Joder, las cosas que Troy quería hacerle… Quería desmontarlo por completo, pero luego quería que Harris estuviera ahí para él cuando todo pasase. Cuidándolo.
Troy era un puto egoísta.
Hurgó con la nariz en el espeso pelo de Harris, inhalando su olor. Trató de memorizar cada detalle de ese momento perfecto antes de obligarse a irse.
Harris dejó escapar un largo suspiro de satisfacción y se contoneó un poco contra él. Su culo rozó la erección matutina de Troy, provocando que se le escapara un suave gemido.
—Buenos días —murmuró Harris con voz somnolienta.
Troy apartó de golpe las caderas de él.
—Hola…
Harris le puso una mano en el antebrazo y lo apretó con más fuerza contra su pecho.
—Podría quedarme aquí todo el día.
Troy también. Se sentía super a gusto y relajado, de un modo que ni siquiera creía posible para él.
Y justo por eso no podía quedarse.
Retiró el brazo y se levantó de la cama mientras aún le quedaban fuerzas para hacerlo.
Harris se dio la vuelta en el colchón y lo miró parpadeando, somnoliento y confundido.
Tenía el pelo revuelto y un lado de la cara enrojecido por haber estado apoyado en la almohada. Troy se lo quería comer enterito.
—¿Te vas?
—Sí. Eeeh, debería volver a mi habitación. Ya sabes.
Lo último que quería Troy era que alguien del equipo supiera que había pasado la noche con Harris. Más por el bien de Harris que por el suyo.
—Claro.
Harris sonaba abatido.
—Pues, bueno. Nos vemos luego, supongo.
Harris se incorporó.
—¿Estás seguro de que no deberíamos hablar primero?
Dios, parecía muy dolido. Pero lo más amable que Troy podía hacer por él era irse.
—No. Me voy…
Señaló la puerta y, tras echar un último vistazo al rostro desolado de Harris, se fue.
Ajá.
Desde luego, Harris no iba a dejar las cosas así.
Le daría un poco de espacio a Troy, le dejaría disfrutar de su día libre en Florida todo lo que pudiera y luego hablaría con él. Porque tenían que hablar.
Era posible que la noche anterior hubiera sido la primera experiencia sexual de Troy con un hombre.
Si había sido así, Harris sabía que su mente debía de ser ahora un caos de pensamientos confusos.
Todo lo relacionado con la noche anterior, desde el avión hasta quedarse dormidos abrazados, había sido abrumador y surrealista.
Harris no iba a dejar que Troy se enfrentara a todo eso solo, por muy autodestructivo que fuera.
Harris acabó levantándose de la cama para darse una ducha. Tendría que ponerse en contacto con su jefa y pensar en un plan para ese día tras el incidente del avión. Tenía que decirle que necesitaba un nuevo portátil. Seguía siendo un viaje de trabajo, aunque todo se hubiera ido a la mierda.
Dios, no quería mirar el móvil. Estaba seguro de que el equipo había emitido un comunicado oficial y lo habrían publicado en las redes. Seguramente tenía un millón de mensajes y de audios de preocupación de su familia.
Al menos podía decirles con toda sinceridad que su corazón estaba haciendo su trabajo.
La enhorabuena al cirujano que le había implantado la válvula aórtica mecánica hacía tres años.
La enhorabuena también a quienquiera que la inventara.
Aguantaba durante experiencias cercanas a la muerte en aviones y sesiones de besos apasionadas con buenorros de la NHL .
Cuando Harris se vistió —emocionado por llevar pantalones cortos y camiseta en enero—, sacó el móvil del fondo de la maleta y lo encendió.
Tal y como sospechaba, tenía un montón de mensajes.
Envió un mensaje de grupo a sus padres y a sus hermanas, asegurándoles que estaba bien y que los llamaría más tarde.
Envió un correo electrónico a su jefa, Theresa, para informarla de lo del portátil y para ver qué quería que hiciera hoy, ahora que nadie del equipo estaba de humor para grabar vídeos divertidos.
Había un mensaje de Gen.
Gen: ¡¡¿¿Qué cojones??!! ¿¿¿Estás bien???
Harris: Sí, estoy bien. Un poco conmocionado. Igual que todos, creo.
Gen: No me jodas. Este equipo no sabe ganar ni en los días de descanso.
Harris se rio a carcajadas al leer eso.
Harris: Me pregunto si estarán bien para jugar mañana por la noche.
Gen: Ya veremos. Y encima… ¡tienes que volver a subirte a un avión!
Harris: O podríamos quedarnos aquí para siempre.
Gen: Que te den. Hoy pasamos los menos treinta grados.
Harris: No empatizo.
Gen no respondió, cosa normal en ella. A menudo desaparecía de golpe durante una conversación. Harris decidió ir a buscar algo para desayunar. Era casi mediodía, pero estaba seguro de que habría algún IHOP , Denny’s o algo por ahí. Pensaba comerse unas tortitas en ese instante.
No le gustaba nada comer solo, así que le mandó un mensaje a Wyatt. Le contestó casi de inmediato.
Wyatt: Joder, sí.
Harris: A ver si alguien más quiere apuntarse. Nos vemos en el vestíbulo.
Wyatt: Voy a ver si convenzo a Rozanov para que venga. Creo que lo necesita. Y a Haas también.
Media hora más tarde, Harris compartía una mesa en IHOP con Ilya Rozanov, Wyatt Hayes y Luca Haas.
Luca, el rookie , tenía los ojos enrojecidos detrás de las gafas.
Demasiado alcohol la noche anterior o falta de sueño.
Wyatt estaba más o menos como siempre, alegre.
Ilya apenas hablaba y llevaba varios minutos mirando fijamente a un punto por encima del hombro de Harris.
—He escrito a Barrett, pero no me ha contestado —dijo Wyatt—. No me sorprende, supongo.
—Quizá está cansado —dijo Ilya con suavidad.
Miró rápido a Harris con las cejas arqueadas.
Harris se sonrojó y bajó la mirada hacia su taza de café. ¿Cómo es que Ilya siempre lo sabía todo?
El camarero les trajo unas raciones inmensas. Todos habían pedido menús de desayuno gigantes, excepto Ilya, que había pedido café solo y una tostada.
—¿Qué vais a hacer los chavales hoy? —le preguntó Wyatt a Luca.
—Íbamos a alquilar patinetes, pero después de lo de anoche no lo sé. Todo el mundo está…
—¿De bajón…? —sugirió Harris.
—Sí. Justo.
—Qué pena que Quirón no esté aquí —bromeó Harris—. Eso animaría a todo el mundo.
Ilya levantó la cabeza de golpe, con los ojos de sorpresa e indignación.
—Eso significa que Quirón habría estado en el avión. ¿Qué cojones, Harris? ¡Se habría asustado muchísimo!
Harris levantó las manos.
—Solo era un decir. Me refería a que nos iría bien un cachorro.
Ilya le dio un mordisco agresivo a su tostada, con los ojos aún llenos de amenaza. Harris cambió de tema.
—Bueno, al menos el equipo ha conseguido un autocar para el viaje a Fort Lauderdale el viernes.
—Menos mal, joder —asintió Wyatt.
—Aun así, tenemos que coger un avión el domingo. Para volver a Ottawa —señaló Ilya.
El silencio se cernió sobre la mesa, cargado con la ansiedad de hombres que no estaban acostumbrados a estar aterrorizados. O al menos no estaban acostumbrados a hablar de ello.
Harris tomó una decisión.
—Hoy deberíamos divertirnos.
Ilya resopló.
—¿Haciendo el qué?
—No lo sé. Vayamos a la playa. Vayamos a… jugar al minigolf.
Ilya parecía tener algo que decir al respecto, pero Wyatt le interrumpió.
—Vale. Me apunto. Mejor eso que quedarnos aquí sentados preocupándonos por el vuelo de vuelta a casa.
Luca miró a Ilya, como si esperara una indicación. Ilya suspiró.
—Vale. Sí. Tumbémonos en la playa.
Luca sonrió, y eso le hizo parecer aún más joven de lo que eran sus veinte años. Adoraba a Ilya, y todo el mundo lo sabía.
—Yo también me apunto.
Esta vez fue Harris quien levantó las cejas ante Ilya.
El capitán de los Ottawa Centaurs acalló su silenciosa burla con una mirada fulminante y una sola frase:
—¿Crees que Barrett se habrá traído el bañador?
Las zapatillas de Troy resonaban sobre la arena mientras se obligaba a recorrer un kilómetro y medio más. El sol quemaba y el aire era húmedo, pero no quería dejar de correr. Todavía no.
Era una sensación maravillosa poder correr al aire libre así. En una playa interminable, con el sol dándole de lleno en el pecho y la espalda. Su camiseta empapada de sudor colgaba de la cintura de los pantalones cortos, rozándole el muslo con cada zancada.
Al final, cuando sus pulmones ya no pudieron más, redujo el ritmo a un trote y luego a un paseo. Podía ver el hotel delante, no muy lejos. Se sacó la camiseta de la cintura y se secó la cara.
No podía dejar de pensar en Harris. En el avión.
En el partido que tenían que jugar la noche siguiente de algún modo.
En el inminente vuelo de vuelta a casa. En Dallas Kent.
En Ryan Price. En cuántos años se había pasado Troy siendo cruel, tan lleno de ira y miedo que había sido incapaz de tomar una buena decisión.
También pensó en cómo Harris había gritado su nombre al correrse, tan fuerte que Troy había intentado silenciarlo de golpe.
Y en lo maravilloso que se había sentido al despertarse con Harris en sus brazos.
No debería haberlo dejado como lo había hecho aquella mañana.
Debería haber hablado con él. Quizá Harris no quisiera volver a hablar con él después de aquello, y Troy no podía culparlo.
Se dejó caer con fuerza sobre la arena y llamó a su madre.
—¿Troy? Dios mío, acabo de enterarme de que…
—Estoy bien. No te preocupes. Dio miedo, pero estamos todos bien.
—¿Seguro que estás bien? No lo parece…
—Es que he salido a correr.
—Ah.
Troy se acurrucó y fijó la mirada en el mar.
—Lo siento. ¿Dónde estás? ¿Te he despertado?