Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

—¡Deja ya de trabajar, joder!

Harris sonrió a Bood desde su asiento del avión.

—¡No puedo! Una victoria tan importante implica un montón de trabajo para mí.

Bood le dio una fuerte palmada en el hombro y siguió avanzando por el pasillo, ya centrado en gritarle algo a Luca Haas.

Era la primera semana de enero y los Centaurs habían arrancado el viaje con una amplia victoria por 4-1 esa tarde en Raleigh y ahora se dirigían a Tampa Bay.

Al día siguiente libraban, y todos estaban deseosos de pasar un buen rato lejos del gélido clima invernal de Ottawa.

A pesar de que los que habían jugado el partido debían de estar agotados, en ese momento el avión era una fiesta.

Harris hacía lo posible por participar, pero no se separaba del portátil y trabajaba sin descanso actualizando las distintas cuentas del equipo, respondiendo a los fans y grabando vídeos con el móvil de las celebraciones que se producían en el avión.

Tendría que editarlos para asegurarse de no publicar nada demasiado personal en internet.

Se había sentado solo porque en ese momento no era la compañía más divertida, pero disfrutaba oyendo los gritos y los vítores que se lanzaban a su alrededor.

A algunas personas les gustaba escuchar la lluvia o el canto de los pájaros, pero Harris se sentía más a gusto que nunca cuando estaba rodeado de gente feliz.

—¡La gran estrella de la noche: Troy B-B-B-Barrett! —gritó Bood.

Harris giró la cabeza para mirar atrás y vio que Troy caminaba hacia él por el pasillo. Lo vio sacudir la mano como si rehuyera la euforia de Bood y se puso en el asiento libre que quedaba junto a Harris.

—Hola.

—Hey —dijo Harris—. Debes de sentirte muy bien ahora mismo. Dos goles.

Troy asintió con solemnidad, como si estuviera pensando si marcar dos goles era algo bueno o no.

—Sí —decidió al fin—. Ha sido un buen partido.

Así que todo el mundo tenía ganas de fiesta, excepto, cómo no, Troy Barrett.

Que ahora estaba sentado con Harris. Viéndolo trabajar.

—¿Mucho curro? —preguntó Troy.

—Me temo que sí. Nadie piensa nunca en el pobre chico de las redes sociales.

—Eso no es verdad —dijo Troy, que pareció arrepentirse de inmediato—. Quiero decir…, lo siento. Siento darte más trabajo.

—No, no lo sientes.

Troy esbozó la más leve de las sonrisas.

—La verdad es que no.

El avión dio entonces una sacudida repentina, lo que hizo que muchos de los chicos que iban a bordo gritaran asustados y luego se echaran a reír.

También hizo que Bood se cayera al pasillo, provocando aún más risas generalizadas en el avión.

Harris estiró el cuello para ver si Bood se encontraba bien y, cuando se volvió, vio que Troy había puesto una mano sobre su portátil para evitar que se cayese.

—Gracias —dijo Harris.

Troy retiró la mano de inmediato, como si hasta entonces no se hubiera dado cuenta de que, sin querer, había hecho algo considerado. Harris cerró el portátil.

—De todas formas, esto lo puedo terminar luego en el hotel. Debemos de estar a punto de aterrizar.

Troy, que aún llevaba puesta la mayor parte del traje con el que había salido del estadio, jugueteaba con el extremo de su corbata.

—Tenías razón —dijo en voz baja.

—Me pasa mucho. Pero ¿a qué te refieres?

—A este equipo. Es un buen grupo.

Harris le dio un codazo.

—¡Te lo dije!

Troy curvó las comisuras de los labios hacia arriba.

—No se me da muy bien juzgar el carácter de la gente.

Siempre me hago amigo de quien no debo. O confío en quien no debo.

Quiero…, mmm. —Enrolló la punta de la corbata hasta formar un cilindro compacto y luego lo soltó—.

Quiero encajar aquí. Con este equipo. Me caen bien y, por una vez, creo que no me equivoco al querer caerles bien yo a ellos.

—Ya les caes bien —respondió Harris—. Y a mí también.

Los ojos azules de Troy lo miraban llenos de angustia; una extraña forma de reaccionar a esa afirmación. Harris decidió no tomárselo como algo personal.

—Tú a mí también me caes bien —dijo Troy por fin. Echó un vistazo a su alrededor, con gesto nervioso, y luego bajó aún más la voz—. Harris, yo…

Se oyó una fuerte explosión y el avión volvió a sacudirse, esa vez con más violencia.

—¡Joder! ¿¡Qué coño pasa!? —gritó Troy mientras el resto de los pasajeros gritaba alguna variación de lo mismo.

Y entonces el avión comenzó a caer.

Fue una sensación horrible y nauseabunda, agravada por los chillidos que llenaban la cabina. Harris no gritó porque apenas podía respirar. Iban a morir. Todos, tras precipitarse hacia la oscuridad en algún lugar por encima de Florida.

Harris cerró los ojos y deseó que se estrellaran lejos de cualquier otro ser humano.

El avión tembló y, tras un nuevo descenso en picado, pareció estabilizarse. En la cabina reinaba el silencio mientras todos esperaban lo que fuera que estuviera a punto de ocurrir.

Se oyó una voz por los altavoces.

—Hemos perdido un motor, pero seguimos teniendo el control de la aeronave. Hemos recibido autorización para efectuar un aterrizaje de emergencia en Tampa, aunque cabe esperar que el descenso sea brusco. Por favor, permanezcan atentos a las instrucciones del personal de cabina.

Harris notó que Troy contenía el aliento a su lado y le apretaba la mano con fuerza. Le devolvió el apretón y, con toda la calma que logró reunir, dijo:

—Todo saldrá bien.

A su alrededor se oían gritos de pánico, y Harris odiaba reconocer quién profería cada uno de ellos. Conocía muy bien a esos chicos y los quería como si fueran de su familia, así que no quería que estuvieran asustados.

El corazón le martilleaba en el pecho, y eso debería preocuparle, pero cada cosa a su tiempo.

—¡Ahí fuera hay fuego! —Era Nick Chouinard—. ¡El avión está en llamas!

—Mierda —murmuró Troy—. ¡Mierda!

Al otro lado del pasillo, Ilya escribía frenéticamente algo en el móvil. Harris debería intentar enviarles un mensaje a sus padres, pero ¿qué iba a decirles?

Dios mío, sus padres. Se quedarían destrozados.

En algún momento, su portátil se había estrellado contra el suelo. Le había puesto un pie encima para evitar que fuera de un lado para otro. La auxiliar de vuelo (una joven de semblante valiente, pero que apenas lograba mantener la compostura) avanzaba por el pasillo dando instrucciones.

—Levanten las bandejas. Quítense las corbatas, las gafas, las cadenas, ese tipo de cosas. Pónganse en posición de preparación para el impacto. Agachen la cabeza y apóyenla contra el respaldo del asiento de delante. Los pies firmes en el suelo.

Harris le soltó la mano a Troy y levantó la bandeja mientras Troy se quitaba la corbata.

Después, los dos se prepararon para el impacto, tal como les habían indicado.

Harris volvió a cerrar los ojos y se concentró en la pesada respiración de Troy.

Pensó en el resto de los que iban a bordo.

En Bood, que estaba a punto de ser padre.

En la esposa de Wyatt, Lisa. En la esposa del entrenador Wiebe y en sus tres hijas.

En Luca Haas, que acababa de cumplir veinte años.

En Dale, el encargado del material, que acababa de celebrar que llevaba ocho años sin cáncer.

Giró levemente la cabeza contra el duro plástico del asiento delantero y se encontró con el rostro de Troy, que, a escasos centímetros, lo miraba con los ojos muy abiertos y asustados.

Harris puso una mano sobre la que Troy tenía apoyada en la rodilla, con la palma hacia abajo.

Este la volteó hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de Harris, apretando con fuerza.

Harris dibujó una suave sonrisa. Sobrevivieran o no, poco podían hacer al respecto. Por su parte, solo se le ocurría esperar y ofrecer todo el consuelo que pudiera. A cambio, disfrutaría del hermoso rostro de Troy, y, si eso iba a ser lo último que viera en su vida…, bueno, había opciones peores.

El avión estaba en silencio. Tal vez fuera por la fuerza con la que el corazón le palpitaba en los oídos, ahogando todo lo demás, pero a Harris le parecía que nadie hacía ruido.

Apostaría a que algunos estaban rezando.

Como Chouinard, por ejemplo, que era católico.

O tal vez todos se estuvieran concentrando juntos, como si la combinación de su energía mental pudiera guiar el avión de forma segura hasta el suelo.

Harris creía que estaban descendiendo más rápido de lo habitual, pero no podía estar seguro.

Había más sacudidas, muchas más turbulencias.

Intentó no pensar en el fuego. Había oído que los motores de los aviones podían extinguir los incendios automáticamente.

Quizá ya se hubiera apagado. Quizá se hubiera extendido al ala.

Quizá el avión estuviera a punto de explotar.

Tragó saliva con fuerza. Tenía que mantener una actitud positiva, por su bien y por el de Troy, que seguía mirándolo fijamente a pocos centímetros de distancia, con los ojos desorbitados por el miedo.

—Cuando aterricemos —dijo Harris con un tono lo bastante alto para que Troy lo oyera—, me voy a comprar un helado.

Troy tenía los ojos llenos de lágrimas, pero esbozó una pequeña sonrisa y preguntó:

—¿De qué sabor?

El avión tembló y dio una sacudida, y Troy cerró los ojos con fuerza, apretando los labios en una mueca.

—De cookie dough . Sin dudarlo —respondió Harris al momento.

Troy abrió los ojos. Seguían húmedos.

—Suena asqueroso.

Harris se rio, pero sonó más bien como un sollozo, y de pronto la cara de Troy se puso borrosa.

Se oyó un zumbido y, ah, gracias a dios, ¿era el tren de aterrizaje? Quizá aún sobrevivieran. Quizá todo quedara en una aventura de la que hablarían durante años. Harris iba a tener mucho trabajo después de aquello. Los Ottawa Centaurs recibirían mucha atención por parte de los medios.

Cuando las ruedas tocaron el suelo, Harris tuvo la sensación más maravillosa de su vida. Ni siquiera fue un aterrizaje especialmente brusco. El avión redujo la velocidad y todos soltaron unos ensordecedores gritos de júbilo. Incluso Troy.