Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

Troy nunca había pisado el vestuario del equipo visitante en Toronto, y no le gustó nada.

Todo lo relacionado con volver a ese edificio, a esa ciudad, le resultaba desconcertante.

Se sentó junto a su taquilla, ataviado con el uniforme de los Ottawa Centaurs, e intentó que no se le notara el pánico que lo estaba despedazando por dentro.

No podía. Era incapaz de salir ahí fuera.

Quizá si no hubiera jugado de pena desde que lo traspasaron… Quizá si Dallas Kent no llevara en racha toda la temporada… Quizá si no volviera como miembro de los putos Ottawa Centaurs…

Dios, se encontraba fatal.

—Ven conmigo.

Troy levantó la vista y vio a Ilya plantado frente a él.

Obedeció a su capitán, se puso en pie y lo siguió hasta el pasillo.

—Estás nervioso —dijo Ilya en cuanto se quedaron solos.

—Un poco.

—No. Un poco no. ¿Qué necesitas?

Troy negó con la cabeza.

—No lo sé. No estoy preparado.

—No te enfrentas a ellos solo. Todos estamos contigo, cubriéndote las espaldas, Barrett.

Troy consiguió mantenerle la mirada unos segundos antes de apartarla. En realidad, no confiaba en que su nuevo equipo le cubriera las espaldas.

—Gracias.

—No me crees.

Troy subió un hombro.

—No os culparía si no me cubrís las espaldas.

Ilya lo miró con ojos penetrantes y luego soltó una risa exasperada.

—Joder, anímate, Barrett. No te odiamos, ¿vale?

—Ah, ¿no?

—No. Los que te odian son los del otro equipo. Dallas Kent. Todos y cada uno de los aficionados del público.

—Sí, ya lo pillo.

—Pero de nuestro equipo no te odia nadie. Y queremos ganar a Toronto tanto como tú.

Troy se quedó mirando sus patines, avergonzado y algo conmovido.

—¿Vale? —preguntó Ilya.

—Vale.

Ilya le dio un puñetazo a Troy sobre la protección del hombro y dijo:

—Ya tenía ganas de patearle el culo a Dallas Kent. La última vez fue hace mucho tiempo.

Troy esbozó una media sonrisa. La charla le había ayudado a asentar el estómago.

—Yo hace años que lo quiero hacer.

El público abucheaba a Troy cada vez que tocaba el puck .

Un puto abucheo, tal cual. Y al depredador sexual lo vitoreaban. ¿Qué mierda le pasaba al mundo?

Sus antiguos compañeros de equipo eran aún peores y lo insultaban a la mínima de cambio.

Dallas parecía empeñado en pasarse todo el partido atacándolo.

Sus ojos gris azulado refulgían de odio cada vez que miraba a Troy, que no podía estar más cabreado.

¿Cómo se atrevía ese desgraciado a sentir otra cosa que no fuera vergüenza?

A mitad del primer tiempo, Troy había conseguido canalizar toda su rabia hacia el partido. Su hockey era rápido y agresivo, como el que lo había hecho famoso. Se lanzaba como un loco hacia la portería, cargaba contra sus rivales en las esquinas y nunca dejaba de pelear.

No sirvió de nada. Toronto seguía dominando el partido. Dallas ya había marcado un gol y hecho una asistencia.

—Feliz Navidad, hijo de puta —le espetó a Troy con desprecio tras marcar.

Dallas prácticamente había escupido cada una de las palabras que le había dicho a Troy en la pista. Y después las remataba con un escupitajo de verdad.

—¿Qué se siente al perderlo todo, traidor? —le preguntó Kent cuando sonó el silbato durante el segundo tiempo.

—Algún día tú sí que vas a perderlo todo —advirtió Troy—. Joder, qué ganas tengo de verlo.

Dallas le dio un empujón.

—Tu padre debe de estar cabreado. Le caigo mucho mejor que tú.

Troy se lo devolvió.

—Porque los dos sois unos mierdas.

El árbitro los separó, pero Dallas le soltó una última puñalada.

—Esto te lo has buscado tú solito, Barrett. ¿Ha merecido la pena?

Troy se alejó patinando y no le respondió.

En el tercer tiempo, por fin consiguió marcar un puto gol.

Fue gracias a un pase perfecto de Ilya, y cuando vio que el puck pasaba volando más allá del portero se sintió eufórico.

La multitud lo abucheó más fuerte que nunca, pero a Troy no le importó.

Estaba demasiado ocupado abrazando a sus nuevos compañeros de equipo.

—Saluda a tu padre de mi parte —dijo Dallas cuando Troy pasó junto a él.

—¿Por qué, te lo quieres follar? —replicó Troy.

Dallas parecía horrorizado.

—Cómeme los huevos, gilipollas.

—Ah, ¿me quieres follar a mí?

—¡Ya te gustaría! —le gritó Dallas—. Seguro que por eso estás tan mosqueado, ¿verdad? Querías esta polla, pedazo de…

No llegó a acabar la frase porque Ilya lo había tirado al hielo. Dallas se quedó tumbado de espaldas, atónito. Entonces empezó a agitar los brazos, gesticulando frenéticamente hacia Ilya.

—¡Oye, árbitro! ¿Qué cojones es esto? ¿No ves a este puto psicópata?

—Cierra el pico, Kent —dijo Ilya con un tono grave y peligroso.

—¿Por qué? ¿Es que Barrett es tu novio? ¿Has dejado de follarte a Hollander para enchufársela a Barrett por el…?

Ilya agarró a Dallas por el jersey y tiró de él con violencia hasta ponerlo de pie. Después se quitó un guante y le dio un puñetazo en la cara.

—Hostia puta… —murmuró Troy.

Los árbitros, que se habían tomado su tiempo antes de separar a Ilya y a Dallas teniendo en cuenta que el enfrentamiento se había producido durante una interrupción del juego y era de lo más ilegal, llegaron a toda velocidad.

Expulsaron a Ilya de inmediato por conducta antideportiva, pero a él no pareció importarle.

Le guiñó un ojo a Troy antes de abandonar la pista.

Durante el último minuto de juego, Troy se disputaba el puck con Dallas en una de las esquinas. Ya veía cómo se formaba el moratón en la mejilla de Dallas, donde Ilya le había dado el puñetazo.

Troy cargó contra él, con fuerza, para intentar quitarle el puck . Dallas le devolvió el empujón y dijo:

—Tú sí que eres un mierda, Barrett.

—Guay. Por fin se te ha ocurrido una réplica.

Dallas embistió a Troy clavándole el hombro en el pecho.

—Eres un puto gilipollas.

—¿Sí? ¿Cuántas acusaciones ha habido hasta ahora? Ayer salió una nueva, ¿no?

Dallas cargó contra Troy con el stick , luego lo soltó y lo empujó con las manos.

—Son unas mentirosas.

Troy resopló y le devolvió el empujón.

—¿Todas?

—¡Sí! —Y entonces Dallas placó a Troy y lo tumbó sobre la pista, pasando por completo del puck .

Troy forcejeó con Dallas para quitárselo de encima, pero este le golpeaba salvajemente con la mano enguantada mientras lo sujetaba con la otra.

—¡Eras mi amigo! —gritó Dallas con los ojos desorbitados por la furia y el dolor mientras seguía pegándole a Troy.

—No debería haberlo sido —le soltó Troy.

Por fin llegaron los árbitros para quitarle a Dallas de encima. Troy se puso de rodillas y chilló:

—¡Me das asco, Dallas!

Dallas le echó una última mirada, por encima del hombro, y a Troy le sorprendió ver que tenía lágrimas en los ojos.

Genial. Que se joda.

El partido acabó con la derrota de Ottawa por 4-2. Ilya ya se había duchado y puesto el traje cuando el resto del equipo regresó al vestuario. Troy se fue directo hacia él.

—No tenías por qué hacerlo —dijo—. Pero gracias.

—Me ha encantado. Por qué jugar al hockey si no lo puedes disfrutar, ¿no?

Troy curvó los labios hacia arriba.

—Cierto.

Ilya le hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Bonito gol. ¿Te sientes mejor?

—Sí. Gracias por el pase.

Troy fue a quitarse el equipamiento. Lo único que no le había sentado bien era que Ilya se hubiera enfadado cuando Kent lo había acusado de hacer cosas de gais.

Al insinuar que Dallas quería tirarse a su padre, Troy sabía que eso iba a cabrearlo, porque era un homófobo de mierda.

Le había decepcionado ver que Ilya se ofendía tanto al ser objeto del mismo tipo de burlas.

Pero ese era justo el motivo por el que Troy había ocultado su sexualidad durante tantos años. Tachar a un rival de gay todavía era el «insulto» más bajo que se podía lanzar.

Trató de centrarse en las cosas positivas. Su primer partido contra Toronto había terminado, por fin había marcado un gol y sus compañeros lo habían apoyado, sobre todo Ilya.

Le habría gustado ganar, eso sí. Para restregárselo a Dallas por la cara. A todo el equipo, en realidad, especialmente al entrenador Cooper. Y a todos los fans que lo habían abucheado. Podían irse a la mierda.

Todo había acabado. Los dos equipos no volverían a enfrentarse hasta febrero y, para entonces, ya se aseguraría de estar menos abatido. De momento, dejaría ese partido atrás y se centraría en el siguiente, que jugaban en Nueva York.

Antes de abrir, Troy ya sabía que era Ilya Rozanov quien llamaba a la puerta de su habitación de hotel. Su golpeteo desprendía una confianza en sí mismo que se correspondía con la confianza que mostraba al hacer todo lo demás.

—Coge el abrigo —dijo Ilya.

—¿Por qué?

—Estamos en Nueva York y vamos a salir. He quedado con unos amigos y deberías venir con nosotros.

—¿Adónde? ¿Por qué?

—A un bar. Y porque necesitas divertirte.

Bueno, a Troy se le ocurrían cosas peores que ir a un bar de Nueva York con Ilya Rozanov.

—Vale. Un momento.

El taxi cubrió un breve trayecto hasta un barrio rebosante de banderas arcoíris.

—¿Es esto…? —comenzó a preguntar Troy; pero luego se detuvo—. ¿Adónde vamos?

—Al bar de Scott Hunter y Eric Bennett. Está bien, más o menos.

Vale. A ver. Troy sabía que Hunter y Bennett habían comprado un bar juntos, pero…

—¿No es un bar gay?

Ilya lo miró con el ceño fruncido.

—¿Eso es un problema?

—¡No! No, no era mi intención… Es solo que…

—Troy sacudió la cabeza. No estaba en contra de los bares de ambiente, claro.

Lo que pasaba era que nunca había estado en uno.

Y, al parecer, iba a ser Ilya Rozanov quien lo llevara a un local de ese tipo por primera vez—.

Me sorprende. Ni siquiera sabía que Hunter te cayera bien.

Ilya puso cara de fastidio.

—No está mal. Pero tú estás enamorado de él, así que pensé que esto te gustaría.

—No estoy enamorado de él —gruñó Troy mientras el taxi se detenía frente a un pub llamado Kingfisher. Un minuto después, mientras Ilya sostenía la puerta del bar, Troy tuvo que obligarse a mover los pies y a no dejar que el pánico se reflejara en su cara.