Capítulo 10 #3
—Buah, tío. Espera y verás. Está en Orleans y cada año lo dan todo. Es un auténtico paraíso navideño.
Troy estaba ansioso por ver a qué se refería. Así que se bebió el zumo de manzana y dejó que ese jovial hombre barbudo lo llevara al esperado paraíso navideño.
Taffy Lane era horroroso. Pero también bastante guay.
—¿Cuánto se gasta esta gente en electricidad?
—preguntó Troy mientras pasaban lentamente frente a una casa que debía de tener decenas de miles de luces por toda la fachada y el jardín delantero; además de varios generadores en marcha para mantener inflados a los personajes de dibujos que había sobre el césped.
—Un huevo —dijo Harris sonriendo.
—¿Por qué está ahí Darth Vader? ¿Qué tiene que ver con la Navidad?
—Su espada láser tiene rayas, como un caramelo, ¿entiendes?
—Sí, pero…
—No cuestiones la visión navideña de nadie. Disfrútala y ya está.
Troy frunció el ceño ante ese Darth Vader supuestamente festivo. Él no era ningún friki, ni mucho menos, pero sabía lo suficiente sobre La guerra de las galaxias como para afirmar, con autoridad, que ese personaje no era un adorno navideño adecuado.
—Hizo explotar un planeta —argumentó Troy.
—Sí, pero luego se arrepintió. Al final.
El debate era ridículo, pero Troy no podía dejarlo pasar.
—A buenas horas. Debería haber tirado al emperador a ese foso mucho antes.
Harris se rio.
—Vaya pedazo de friki. Guau, no tenía ni idea.
—No soy ningún friki. He visto las pelis como un par de veces. Lo normal, joder.
—Prefiero aplaudir la heroica decisión de Vader de plantarle cara a su malvado amigo, independientemente del tiempo que le llevara —dijo Harris.
Entonces miró a Troy a los ojos, como para asegurarse de que había pillado la idea.
Troy se revolvió en el asiento con aire incómodo. La había pillado.
—Sigue siendo una decoración navideña absurda —refunfuñó.
Condujeron hasta el final de Taffy Lane, lo que les llevó un rato, porque estaban en una fila de coches que avanzaba a paso de tortuga. Luego Harris recorrió algunas calles cercanas, que, aunque tenían decoraciones decentes, no llegaban al nivel de las de Taffy Lane.
—No me gustan las proyecciones de luz —declaró Troy cuando ya estaban a mitad de la cuarta o la quinta calle—. Son chapuceras.
—Te entiendo. Pero, combinadas con otras luces, quedan bastante bien.
—Es demasiado. Prefiero ese tipo de casas.
—Troy señaló una casita con la cubierta a dos aguas.
Las luces perfilaban los hastiales, las ventanas, la puerta, el porche delantero y los laterales de la fachada, desde el suelo hasta el tejado.
En la entrada colgaba una enorme corona con un lazo rojo—.
De estilo clásico, sin más. Ahí sí que me gustaría pasar las Navidades.
—Pues así es más o menos como mis padres decoran nuestra casa —dijo Harris.
Troy se imaginaba la granja de los Drover alzándose perfecta y preciosa en medio de un huerto de manzanos cubierto de nieve. Seguro que durante las fiestas esa casa rebosaba de amor y de risas muy pero que muy estruendosas.
—Suena bien.
—Deberías venir en Navidad. La cena siempre es increíble. A mis padres les encantaría.
Harris hizo la oferta con naturalidad, como si no fuera una de las invitaciones más amables que Troy hubiera recibido jamás. Pero de ningún modo alguien tan desdichado como Troy iba a estropearle las fiestas a nadie, y mucho menos a una familia tan perfecta como parecía la de Harris.
—No puedo. Me mudo al apartamento dos días antes de Navidad y, bueno, tengo que instalarme.
—Si cambias de opinión, la oferta seguirá en pie.
—Gracias.
Estaban en una señal de stop y cruzaron la mirada por un instante. Los ojos de Harris reflejaban las luces centelleantes que los rodeaban, y su sonrisa era tan cálida y encantadora que Troy sintió un intenso y repentino deseo de besarlo.
En lugar de hacerlo, apartó la mirada.
—Debería volver. Mañana me espera un día largo.
—Claro —dijo Harris—. Espero que esto te haya ayudado un poco con los nervios.
—Sí, me ha ayudado.
Troy sabía que, en cuanto volviera a quedarse solo, todos sus temores se abalanzarían de nuevo sobre él, pero eso no era motivo suficiente para seguir robándole tiempo a Harris.
Además, tenía que controlar el impulso de besarlo.
Mientras se incorporaban a la autopista, empezó a sonar «All I Want for Christmas Is You», de Mariah Carey, lo que no resultó de gran ayuda.
La situación empeoró cuando Harris se puso a cantarla.
No hacía ni un mes que Troy conocía a ese chico.
De hecho, apenas se podía decir que lo conociera.
¿Por qué le llamaba tanto la atención? No se parecía en nada a ninguno de los hombres por los que Troy se había sentido secretamente atraído hasta el momento.
No se parecía en nada a Adrian. Ni siquiera era el tipo de tío del que Troy solía hacerse amigo.
Pero, mientras observaba cómo el completo payaso que iba en el asiento del conductor cantaba un animado dúo con Mariah Carey, no podía negar lo mucho que lo deseaba. Para él solo. Más de lo que Harris pudiera llegar a imaginarse jamás.