Capítulo 10 #2
—Te he traído un poco de zumo de manzana caliente con especias. —Señaló los dos vasos de viaje colocados en el portavasos que había entre los asientos.
—¿De manzanas de la familia Drover? —preguntó Troy.
¿Cuándo había sido la última vez que se había tomado un zumo de manzana caliente? Quizá la última vez que había salido a dar una vuelta en coche solo para ver las luces de Navidad.
—Sabes que sí.
La sonrisa de Harris era amplia y radiante, y, aunque Troy sabía que se lo había quedado mirando fijamente, no podía apartar la vista de él.
Estaba adorable envuelto en esa festiva bufanda de color verde oscuro con un estampado de copos de nieve blancos.
En la radio sonaba una suave música navideña.
—Te gusta mucho la Navidad, ¿eh? —dijo Troy.
—Amigo, no te haces a la idea de cuánto. —Harris arrancó del aparcamiento del hotel—. ¿A ti no?
—No, la verdad. Creo que nunca he escuchado música navideña por voluntad propia.
—Apágala si quieres. No me importa.
Troy ya se estaba comportando como un auténtico capullo. Genial.
—No, es agradable. Festiva, ¿sabes? —Sí que lo era. Para contrarrestar lo imbécil que había sido, le dio un sorbo al zumo de manzana—. Hostia. Está muy bueno.
—¡Lo he especiado yo mismo!
—¿Te refieres a…? ¿Qué es eso de «especiar»?
—Consiste básicamente en calentar algo con especias y cosas así.
Troy le dio otro sorbo. Era dulce, pero también muy aromático, reconfortante y delicioso, y le calmaba como si fuera medicina.
—Lo hago en la olla de cocción lenta —explicó Harris—. Cuando llego a casa, el apartamento huele que alimenta. ¿Tienes olla de cocción lenta?
—No. Vivo en una habitación de hotel.
—Sí, lo sé, pero ¿tendrás una cuando te traslades a un apartamento? ¿La usabas antes?
—Apenas sé lo que es.
—Buah, tío, son una pasada. Cocinan las cosas muy despacio.
Troy estaba muy contento de haber ido. Con solo escuchar las encantadoras tonterías que decía Harris, ya se sentía mejor.
—¿Y qué tiene eso de bueno? ¿No quieres que las cosas se cocinen rápido?
—Que, cuando llegas a casa, ¡te espera una comida que lleva cocinándose todo el día! Es como un maridito.
Eso sí que hizo reír a Troy.
—Qué triste.
—Lo dice alguien que nunca ha conocido el amor de una olla de cocción lenta.
—No quiero saber cómo le agradeces la cena a la olla.
Harris se rio tanto que Troy pensó que iban a salirse de la carretera.
—Es la mejor relación que he tenido. Sin duda.
Se incorporaron a la autopista, y a Troy le pareció un poco raro, pero no dijo nada. Sinceramente, le daba igual si no veían ni una sola luz navideña. Lo importante era que estaba disfrutando del paseo.
Harris tarareaba «Winter Wonderland» mientras Troy sorbía su zumo e intentaba no encontrar todo lo relacionado con Harris dolorosamente cautivador.
—¿Esto es lo que haces para divertirte? —preguntó Troy—. ¿Ir a ver las luces de Navidad?
—Bueno, en verano no —respondió Harris muy serio.
Troy se reprendió a sí mismo. Otra vez se estaba comportando como un capullo.
—¿Qué sueles hacer para pasar el rato?
—Muchas cosas. Salgo bastante. O últimamente todo lo que puedo, al menos. El trabajo me tiene muy ocupado. Wyatt organiza una noche de juegos de mesa cada mes en su casa, así que suelo ir.
Troy casi se rio. ¿En serio quedaban sus nuevos compañeros de equipo para jugar a juegos de mesa?
—¿Como el Monopoly , por ejemplo?
—Solemos jugar a Los colonos de Catán o al ¡Aventureros al tren!
Troy no había oído hablar de ellos, pero sonaban muy friki.
—¿Adónde vas cuando sales?
—A muchos sitios. Me gusta la música en directo, así que voy a muchos conciertos. También a bares gais. A discotecas, no tanto. Soy más de pubs. ¿Y tú?
—A pubs, supongo. No salgo mucho.
—A menos que un bicho raro te invite a ver las luces de Navidad, ¿no? —bromeó Harris.
Troy apretó los labios.
—Eso parece.
—¿Irás a ver a tu familia estas Navidades?
—Nop. —A Troy no le gustaba hablar de su familia, pero por algún motivo dijo—: Mis padres están divorciados. Fue un poco lío. Mi madre está de viaje y mi padre es básicamente un gilipollas de mucho cuidado.
—Ah.
—Además, él ha vuelto a casarse, y su mujer apenas tiene unos años más que yo. Así que…
—Unas Navidades incómodas.
—Sí. Me da igual perdérmelas. Hace años que no me importan las fiestas.
Eso no era del todo cierto. El año anterior, Adrian había sorprendido a Troy en Toronto por Nochebuena y los dos habían pasado un par de días fantásticos juntos. Aunque su forma de celebrar las fiestas no había sido lo que se dice tradicional.
Se produjo un silencio de varios segundos y luego Harris preguntó:
—¿Viste a tu padre cuando estuviste en Vancouver?
—Sí. Sigue siendo un mierda.
—Lo siento.
Troy se imaginaba lo que diría Curtis Barrett si viera a su hijo dando vueltas en coche por Ottawa con un hombre gay para ver las luces de Navidad.
—Da igual. Que le jodan.
—Esa es la actitud —dijo Harris—. La gente tóxica no merece tu energía.
—Estoy empezando a darme cuenta —dijo Troy hacia la ventanilla.
La autopista estaba oscura, y la verdad era que en ese momento no le habría importado ver algunas luces festivas.
—¿Y tu madre? ¿Es guay?
—Genial. Ella… —Troy suspiró—. Se quedó destrozada cuando mi padre la dejó. Y yo estaba demasiado ocupado con el hockey para hacer poco más que darle dinero y comprarle un nuevo sitio en el que vivir en Vancouver. Esas cosas.
—No suena precisamente inútil.
Troy sabía que su madre había agradecido la ayuda, pero a él le hubiera gustado poder hacer algo más por ella.
—En fin, ahora está bien. Ha conocido a un hombre agradable y tranquilo llamado Charlie que la trata bien y la hace sonreír. Así que se han ido juntos a recorrer mundo. Llevan fuera casi tres meses.
—Eso suena estupendo. Aunque seguro que ahora la echas de menos.
—Sí. Mucho.
Los dos se quedaron en silencio unos instantes, y luego Harris dijo:
—¿Te puedo preguntar una cosa? Es sobre el imbécil ese con el que compartías equipo.
Troy casi se echó a reír.
—Claro.
—Es que no consigo… A ver, ese tío no oculta que es un…
—¿Imbécil? —sugirió Troy.
—Exacto. ¿Por qué eras amigo suyo?
Troy suspiró. No quería hablar del tema, pero, en cierto modo, sí. Había algo en Harris que lo hacía querer contárselo.
—Fuimos rookies el mismo año. Y además compartíamos piso. Sabía que era un capullo, pero también que su manera de ser encajaría muy bien con mi padre. Así que, en parte, supongo que eso fue lo que me hizo verlo como alguien de quien debía hacerme amigo.
—Pero también te caería bien, ¿no? Aunque fuera un poco.
—Así es —admitió Troy—. Era divertido. Le gustaba la fiesta, gastar dinero…
Adoraba el hockey y ser una estrella de la NHL .
Hablábamos de todas las copas que íbamos a ganar juntos.
De todos los récords que íbamos a batir.
De los coches que nos íbamos a comprar. —Dallas también hablaba mucho de sexo y de mujeres, y Troy siempre intentaba torpemente contribuir a la conversación, pero eso no se lo contó a Harris—.
Éramos íntimos. Hasta hace pocas semanas, lo consideraba mi mejor amigo. Sé que es absurdo, pero así era.
—¿Has hablado con él desde entonces?
Troy resopló.
—No.
—Uuuf. Nunca me ha gustado ese tío, y creo que hiciste bien y te irá mejor sin él, pero siento que perdieras a un amigo. Es duro.
—Gracias —dijo Troy con voz queda. Era agradable tener a alguien que entendiera el sentimiento de pérdida que le provocaba esa antigua amistad y que lo hiciera sentir menos avergonzado—.
Nunca fui testigo de nada. Ni lo vi agredir a nadie.
Me siento idiota, pero ni siquiera se me pasó por la cabeza que podría hacer algo así. Hasta que leí esos posts.
—¿Te los creíste de inmediato?
—Sí. Fue como recibir un puñetazo en el estómago, pero sí, me los creí.
—Lo siento —repitió Harris.
Troy dejó ir una exhalación y liberó parte de la tensión que le causaba dolor en la mandíbula.
—Oye, ¿adónde estamos yendo? —preguntó para cambiar de tema.
—A Taffy Lane.
—¿Y eso dónde está? ¿De verdad existe una calle con nombre de caramelo en inglés?