Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

Durante la semana siguiente, Harris recibió tres visitas de Troy. Se sentía como Ebenezer Scrooge, salvo que, en lugar de espíritus, él recibía a un huraño jugador de hockey que era algo así como el Fantasma de las Navidades con Mensajes Contradictorios.

Aparecía y desaparecía tan de repente como un fantasma, eso estaba claro. Pero siempre traía café y a Harris no le importaba que anduviera cerca. Aunque seguía siendo un elemento cautivadoramente distractor.

A veces Troy le hacía preguntas. Preguntas rarísimas e inesperadas que no tenían nada que ver con el trabajo de Harris.

—¿Alguna vez has llevado a una pareja a algún evento de hockey? ¿A fiestas del equipo o cosas así?

Esa había sido la sorprendente pregunta de hoy. Harris se detuvo en mitad de un correo electrónico.

—En general suelo estar bastante ocupado con el trabajo en los eventos oficiales del equipo, pero hubo un par de fiestas en casa a las que sí que llevé a alguien.

Troy no contestó, así que Harris continuó redactando el correo.

—¿Te refieres a un novio? ¿Llevaste a un novio?

Harris dio la vuelta a la silla.

—Más bien a tíos que esperaba que fueran mi novio. ¿Por qué?

—¿A todos les pareció bien?

Troy formulaba muchas variaciones de esa misma pregunta.

—Hasta donde yo sé, sí. Tampoco es que nos pusiéramos a liarnos a lo bestia. Puede que con alguno me diera algún pico o lo rodeara con el brazo.

Troy estaba destrozando por completo la tapa de su vaso de café. De algún modo había conseguido doblarla dos veces por la mitad, y Harris tenía miedo de que se cortara con las irregularidades del plástico. Troy siguió preguntando:

—¿Eso te preocupa? Me refiero a que la gente te juzgue. Cuando estás con un grupo de heteros, por ejemplo.

A Harris le hubiera encantado decir que no le preocupaba en absoluto, pero no era del todo cierto.

—A veces, supongo. He tenido suerte con el apoyo que he recibido de mi familia y amigos, así que no es un tema que me preocupe tanto como a otras personas, pero, sí, claro. Siempre noto como un runrún en la cabeza que me pone un poco de los nervios. Sobre todo si no conozco a todos los presentes.

Troy volvió a hacer saltar la tapa del café, que ya formaba un círculo irregular, y luego empezó a doblarla de nuevo.

—¿Cómo…? —Suspiró—. ¿Qué haces con ese runrún, le dices que se calle o algo así?

—Básicamente. —Harris alargó el brazo con cuidado y le quitó la tapa a Troy. La tiró al cubo de la basura que tenía junto al escritorio—. Intento hacer lo que me parece correcto. Ser honesto, ¿sabes? Y si a alguien le molesta… Bueno, seguro que de todas formas no íbamos a ser amigos.

Troy miraba fijamente sus manos vacías, con el ceño fruncido.

—Eso está bien —dijo con tono triste—. ¿Por qué no querían ser tu novio?

Harris no podía estar más confundido.

—¿Quiénes?

—Los chicos a los que llevaste a esas fiestas. Has dicho que esperabas que fueran tu novio.

—Ah. —Harris se ruborizó—. No sé. Supongo que cada uno tendría sus motivos.

—Deberías tener novio. —Ahora era Troy el que se había puesto rojo, y a Harris le pareció tan adorable que casi se derritió—. O sea, no hay ninguna razón que lo impida. Mmm. —Cuando se mordió el labio con gesto nervioso, Harris se quería morir—. No sé, eres majo. No eres…, ya sabes…, feo.

Harris se echó a reír.

—Joder. Gracias.

—No, quiero decir… —Troy tenía los ojos abiertos como platos, como si no se creyera lo que él mismo acababa de decir.

Harris siguió riéndose hasta que, de pronto, como si fuera un milagro, Troy se unió a él.

Empezó como una exhalación temblorosa que acabó convirtiéndose en una carcajada en toda regla.

Se le arrugaron los ojos y dibujó su maravillosa e insólita sonrisa—.

Olvídalo —añadió aún sonriendo—. No sé lo que intentaba decir.

Harris tampoco, porque en ese momento estaba completamente deslumbrado por la sonrisa de Troy y no recordaba ni una sola palabra. Hasta que Troy volvió a su inexpresión habitual, Harris no fue capaz de decir:

—He tenido un par de novios. De los de verdad. Pero hace tiempo que no estoy con nadie. Suelo usar una aplicación de citas, pero últimamente pocos de esos encuentros dan lugar a más.

—Ah. —Troy de veras parecía necesitar que le devolvieran la tapa de su vaso de café—. ¿Son más bien para… mmm?

—¿Follar? —sugirió Harris—. Sí, a veces. Aunque a mí me gusta hablar con la gente, como ya habrás notado. Me gusta conocer a la persona. Por eso normalmente espero algo más, pero, si al final solo es un rollo de una noche, también me vale. A decir verdad, a veces es lo único que necesito.

Parecía que a Troy se le había quedado algo en la garganta. Harris le observó la nuez mientras tragaba saliva con fuerza. No tenía ni idea de por qué Troy le hacía todas esas preguntas sobre su vida amorosa gay si lo hacía sentir incómodo.

Bueno, se le pasaba una posibilidad por la cabeza, pero procuraba no darle demasiadas vueltas. Si Troy estaba explorando su propia sexualidad, Harris no quería presionarlo. Tampoco quería hacerse ilusiones.

—¿Y tú? —preguntó Harris con cautela—. ¿Sales mucho con gente?

Troy se levantó.

—Debería dejarte trabajar.

—No, no pasa nada. Ya casi he…

—Tengo que…

Troy ni siquiera terminó la frase. Salió disparado por la puerta, como hacía siempre, mientras Harris se quedaba allí plantado dándole vueltas a la conversación y preguntándose qué era exactamente lo que Troy quería de él.

Troy abrió el navegador del móvil y escribió: «Cosas divertidas que hacer en Ottawa».

Entre los resultados, se incluían sobre todo museos, visitas al Parlamento y otros edificios históricos, e ir a un partido de los Ottawa Centaurs. No era lo que buscaba.

El equipo salía de viaje la mañana siguiente y jugaba el primer partido en Toronto.

Toronto.

Aunque aún era por la tarde, Troy ya sabía que le iba a costar dormir. Necesitaba distraerse.

Probó con «ocio nocturno en Ottawa». Había discotecas, locales de música en directo, bares deportivos y otros muchos sitios a los que Troy no quería ir.

En realidad no sabía lo que quería. Tal vez encontrar un pub tranquilo donde pudiera sentarse solo y tomarse una cerveza.

Un lugar donde pudiera observar a la gente sin tener que interactuar con nadie.

Se mordió el labio y luego escribió: «Bar gay en Ottawa». No sabía por qué lo había hecho; no iba a ir ni de coña. Si acudía solo a un bar gay en una ciudad en la que sin duda lo reconocerían, bien podría comenzar a ponerse pines del Orgullo en la cazadora, como hacía Harris.

Era probable que en ese momento Harris estuviera en uno de esos bares, rodeado de amigos y riéndose con esas carcajadas ensordecedoras y escandalosas que Troy debería odiar mucho más de lo que lo hacía.

Quizá Harris tuviera una cita. A través de la aplicación esa.

Troy nunca había probado las citas por internet, las aplicaciones para ligar ni nada por el estilo.

Seguro que estaban muy bien, si alguna vez se atrevía a abrirse con el tema de su sexualidad.

Lo cierto era que iba a tener que inventarse algo, porque llevaba meses sin acostarse con nadie y, aunque estaba acostumbrado a los periodos de sequía, al menos con Adrian tenía relaciones sexuales por FaceTime de forma regular.

Troy dejó el móvil sobre la mesilla y empezó a caminar de un lado a otro por la habitación. Tenía que salir de esas cuatro paredes. Sabía que esa noche no iba a echar un polvo, pero seguro que podía hacer algo para distraerse del vértigo que sentía en el estómago.

No estaba preparado para enfrentarse a su antiguo equipo.

Al día siguiente viajaría a Toronto, accedería a su anterior estadio e iría al vestuario del equipo visitante.

Se pondría el equipamiento de Ottawa y saldría a patinar sobre su antigua pista, frente a su antiguo público local, y a competir contra sus antiguos compañeros. Contra Dallas Kent.

Troy recibiría el abucheo de los fans que antes lo adoraban.

Era de esperar. Sería objeto de burlas y agresiones por parte de hombres que, hasta hacía bien poco, habían sido su familia.

Tendría que confiar en que sus nuevos compañeros le cubrieran las espaldas, y no estaba seguro de haberse ganado aún ese derecho. Ni de si llegaría a ganárselo jamás.

No debería escribir a Harris. Ya había molestado bastante a ese chico durante la semana, y era consciente de lo raro que resultaba.

Pero el cerebro de Troy estaba inmerso en una vorágine desenfrenada y solo se calmaba cuando se sentaba en el despacho de Harris y lo escuchaba teclear.

Cuando se empapaba de sus sonrisas y disfrutaba de ese improbable aroma a manzanas que, obviamente, solo existía en la imaginación de Troy.

¿Qué hora sería en Singapur? Ahí era donde estaba su madre. El día anterior le había enviado una foto de su figurita delante de ese edificio gigantesco que tiene un parque en la azotea. Cuando cogió el móvil para buscar en Google la diferencia horaria, se encontró un mensaje de texto.

Harris: ¿Estás nervioso por lo de mañana por la noche?

Troy se sentó en la cama mirando fijamente el mensaje. Por un lado, le parecía una pregunta un poco absurda; por supuesto que estaba nervioso. Por otro, el hecho de que Harris hubiera pensado tanto en él como para acabar escribiéndole le hacía sentir un nudo en la garganta.

Decidió ser sincero.

Troy: Ahora mismo estoy hecho un flan.

Harris: ¿Quieres dar una vuelta en coche y ver las luces de Navidad?

—¿Qué coño…? —dijo Troy en la habitación vacía.

No tenía siete años. ¿Por qué iba a querer ver las luces de Navidad?

Solo que le encantaba la idea de ir en la camioneta de Harris, escuchando la música que a él le apeteciera poner y viendo qué aspecto tenían sus ojos con las luces navideñas reflejadas en ellos.

Troy: Vale.

Cuando Troy se metió en la camioneta media hora después, no había duda de que olía a manzanas. Pero Harris tenía preparada una explicación.