Capítulo 9
Troy no estaba seguro de por qué se había prestado a aquello. Lo último que necesitaban unos niños hospitalizados era verse obligados a pasar ni cinco segundos con él.
Pero allí estaba, en un hospital infantil de Ottawa, vestido con un jersey y una gorra de los Centaurs y sujetando un taquito de tarjetas con su foto y un rotulador permanente en la mano.
Lo habían emparejado con Wyatt, lo que era una buena noticia, porque los chavales probablemente estarían tan emocionados por conocer al portero estrella que ni siquiera se fijarían en Troy.
—Seguro que ya están hartos de mí —dijo Wyatt contradiciendo todo lo que pensaba Troy—. Al menos los pacientes que llevan más tiempo ingresados. Vengo mucho por aquí porque es el hospital en el que trabaja Lisa.
Vale.
Troy siguió a Wyatt hasta la primera habitación que iban a visitar. Tenía dos camas, ambas ocupadas por niños muy pequeños que estaban conectados a unas máquinas, y Troy quiso largarse de allí al instante.
Se centró en las familias, que estaban de pie junto a las camas. Todos sonreían, claramente emocionados de ver a Wyatt y a Troy, así que quizá las cosas no fueran tan mal, ¿no?
—Jenny —saludó Wyatt dándole un abrazo a una de las mujeres que estaba allí plantada. Luego se centró en el pequeñín que descansaba en la cama—. Danny. ¿Qué pasa, tío?
Le ofreció el puño, y Danny se lo chocó con más fuerza de lo que Troy habría esperado.
Wyatt fue hasta la otra cama, deshaciéndose en sonrisas, y dijo:
—No nos conocemos. Soy Wyatt. ¿Te parece si me dices tu nombre?
—Nathan.
—Encantado de conocerte, Nathan. ¿Quieres que choquemos los puños?
—Vale.
El chaval extendió el puño (el del brazo que no tenía una vía conectada) y Wyatt se lo chocó con delicadeza. Se volvió hacia el padre, le estrechó la mano y charló un rato con él antes de centrarse de nuevo en los dos niños.
Troy prefirió quedarse junto a la puerta y limitarse a observar la clase magistral de Wyatt sobre cómo hablar con niños enfermos. Se dio cuenta de que Wyatt les pedía permiso directamente a los chavales antes de hacer nada.
—¿Queréis conocer a mi nuevo compañero? —preguntó Wyatt, y ambos niños asintieron.
El padre de Nathan exclamó:
—¡Sí!
Troy saludó de un modo extraño con la mano.
—Hola.
—Este es Troy Barrett —dijo Wyatt—. Solía jugar para Toronto, como yo.
—¡Buuuuuu! —abucheó Danny.
Wyatt señaló hacia él.
—¡Exacto! ¡Buuu, Toronto! ¿Verdad, Troy?
Troy consiguió esbozar algo parecido a una sonrisa.
—Sí. Buuu. —Se acercó al padre de Nathan, porque parecía entusiasmado con la idea de conocerlo, y le tendió la mano—. Troy. Mucho gusto.
—Greg. Soy un gran admirador tuyo. Estamos encantados de que hayas venido a Ottawa.
El placer que chisporroteó por el cuerpo de Troy ante un cumplido tan básico fue inesperado y ridículo.
—Yo estoy encantado de estar aquí —murmuró antes de volverse hacia su hijo—. Nathan, ¿te gusta el hockey?
—Sí —contestó enseguida el chaval.
—¿Quieres… mmm… un autógrafo? Tengo unas tarjetas.
Troy levantó el taco. Mierda. Había sonado como si quisiera acabar con todo aquello lo antes posible.
Pero Nathan parecía encantado con la propuesta.
—¡Vale!
Troy tenía una letra espantosa, pero se esforzó al máximo por escribir de forma legible cuando garabateó una dedicatoria en la tarjeta: «Para mi amigo Nathan».
Después añadió su desastrosa firma y, tras un momento de duda, una carita sonriente.
Porque a lo mejor podía ser de esos tíos que dibujaban caritas sonrientes junto a su autógrafo.
Le entregó la tarjeta a Nathan, que sonrió y enseguida se la enseñó a su padre, Greg.
—Guau, qué pasada, Nate —dijo su padre, como si no acabara de ver cómo Troy la firmaba.
Joder, no quería imaginarse por lo que estaba pasando ese hombre.
—¿Quieres una? —le preguntó Troy.
—Ah. —Greg parecía avergonzado, pero también era evidente que estaba deseando decir que sí—. Mejor guárdalas para los chavales. Ya sabes.
—Tengo un montón. Toma.
Troy firmó la siguiente tarjeta. No estaba seguro de si debía añadir algo más.
Quería escribirle a Greg un ensayo entero diciéndole que era un padre estupendo y lo mucho que lo admiraba.
Y no es que estuviera celoso de un niño hospitalizado, pero era incapaz de imaginarse a su propio padre cuidándolo a él con tanto cariño.
Su padre, de hecho, había ido al hospital a detallarle todas las maneras en las que podría haber evitado romperse la pierna cuando Troy había estado ingresado, a los once años.
También tuvo que soltar algunos comentarios racistas sobre el crío que, sin querer, había hecho que Troy se torciera la pierna y se cayera.
Luego recibió una llamada de trabajo y se marchó de repente.
Troy decidió añadir «Greg» con un entusiasta signo de exclamación antes de su firma; luego le dio la tarjeta.
—Muchas gracias —dijo Greg sonriéndole al trozo de cartulina como si este fuera a resolverle todos los problemas.
Troy pensó que ojalá pudiera.
Wyatt cruzó la habitación hasta la cama de Nathan y rebuscó en la enorme bolsa de tela que había traído.
—Nathan, ¿te gustan los cómics?
El chico asintió.
—¿Quién es tu superhéroe favorito?
—Las Tortugas Ninja.
Wyatt sonrió y revolvió en la bolsa hasta sacar dos coloridos cómics de Las Tortugas Ninja .
—Lo compartirás con Danny, ¿verdad? —le preguntó mientras se los entregaba—. A él le he dado unos cómics de los Teen Titans Go!
—Me encantan los Teen Titans Go! —dijo Nathan sonriendo a Danny desde la otra punta de la habitación—. ¿Cuál te gusta más?
—Chico Bestia —respondió Danny.
—¡A mí también!
—Si viene por aquí Luca Haas, deberías pedirle que te dibuje a Chico Bestia. Es un artista.
—¿En serio? —preguntó Danny.
—¿Luca Haas también está aquí? —exclamó Nathan con voz emocionada.
—Uy, sí —dijo Wyatt—. Nosotros solo somos los teloneros. Han venido Ilya Rozanov, Zane Boodram, Evan Dykstra… Todos los importantes.
Troy soltó una risita al oír cómo Wyatt se quitaba mérito. Ambos habían estado en el partido All-Star del año anterior, y lo más probable era que Wyatt volviera a ir ese año.
—Y… —añadió Wyatt con un melodramático susurro— Chuck también ha venido.
Las sonrisas de los niños se ampliaron aún más. Chuck era la mascota oficial del equipo de los Ottawa Centaurs y, por algún motivo, era un castor. Pero, como todas las mascotas deportivas, entre los niños tenía más fama que los propios jugadores.
—¿Alguien ha dicho Chuck? —preguntó una voz alegre y estruendosa.
Troy se volvió y vio a Harris en la puerta, con un castor gigante vestido con un jersey de hockey detrás.
Troy se hizo a un lado para dejarle paso a Chuck.
Harris le sonrió, y Troy no pudo evitar devolverle la sonrisa.
Ahora había demasiada gente apelotonada en la habitación, pero a nadie parecía importarle.
Chuck entretuvo a los niños, ofreciéndoles chocar los cinco sin mediar palabra y haciendo gestos exagerados que parecían ridículos con esa enorme cara estática de ojos saltones.
—¿Cómo va? —le preguntó Harris a Troy en voz baja.
—Nada mal. A Wyatt se le da de miedo.
—Es un maestro.
—A Chuck también se le da muy bien —dijo Troy.
Puede que se sintiera incómodo, pero al menos él no llevaba puesto un pesado e incómodo disfraz de castor.
—Ay, sí. Ya te presentaré a Theo. Es genial.
—¿Theo?
—El tío del traje. —Harris entrecerró los ojos con aire juguetón—. Sabes que dentro del traje hay alguien, ¿verdad?
—Déjame en paz.
—Intentamos contratar a un castor de dos metros para el trabajo, pero confieso que la cosa no salió del todo bien.
Troy se rio por la nariz y luego intentó disimularlo.
—No tiene gracia.
Harris le dio un ligero codazo.
—Vamos a hacer algunas fotos.
Troy sonrió, y con ganas, en todas las fotos que Harris hizo ese día en el hospital. Harris dudaba a la hora de devolverles los móviles a los padres, con la esperanza de que valoraran el excepcional regalo que era ver a Troy Barrett sonriendo de oreja a oreja con tanta naturalidad.
Fueron un par de horas frenéticas; Harris iba de habitación en habitación para ayudar con las fotografías y captar algún vídeo o instantánea para las redes sociales del equipo. Quería asegurarse de tener al menos una imagen de cada jugador.
Pero no dejaba de gravitar hacia las habitaciones en las que estaban Troy y Wyatt. A veces se quedaba mirando en silencio desde la puerta durante un minuto, observando discretamente a Troy con los niños. Lo estaba haciendo genial, pese a su falta de práctica con esas cosas.
Harris se acordó del día en que los Ottawa Centaurs visitaron el hospital cuando él tenía doce años.
Había sido emocionante conocer a auténticos jugadores de la NHL .
Había sido emocionante hacer algo que no fuera dormir, leer o mirar al techo.
En todo momento había tenido al menos a un miembro de la familia junto a su cama, normalmente a más.
También habían ido a verlo amigos, pero conocer a sus héroes (sobre todo al capitán del equipo, del que estaba un poco pillado) le había dado un subidón que le duró varios días.
Ahora sabía que los jugadores de la NHL eran gente normal y corriente, pero por aquel entonces a él le parecían dioses.
No podía creer que de verdad estuvieran en su habitación del hospital, hablando con él.
En la sala de espera, Harris observó cómo Troy e Ilya se enfrentaban entre ellos y a dos niños al Mario Kart . Ilya se puso en plan fanfarrón (sin decir ni una palabrota) e hizo reír a todo el mundo. Troy estuvo a punto de soltar un taco en más de una ocasión.
—Barrett, tengo un regalo para ti —dijo Ilya.
—Jod… —Troy se mordió la lengua—. No lo quiero, Rozanov.
—Es rojo.
—¡Lánzaselo a uno de los jugadores de la consola!
—Nop. Es para ti.
Todos se rieron cuando un caparazón rojo de Koopa se estrelló contra el coche de Troy. Mario dio una vuelta de campana y Troy, una vez más, se esforzó por no soltar una palabrota.
—Eres lo peor —farfulló Troy.
—¿No te di un golpe igual el año pasado? —bromeó Ilya—. En Toronto. Hiciste lo mismo que acaba de hacer Mario. —Hizo rodar una mano como si diera una voltereta y luego volvió a colocarla en el mando.
—No —aseguró Troy.
En cuestión de segundos, una niña encontró el golpe en YouTube y, pletórica, enseñó el iPad para que todo el mundo pudiera verlo.
—Gracias, Grayson —dijo Ilya—. ¿Lo ves, Barrett? Igual que Mario.
Ilya ganó la carrera y levantó los brazos por encima de la cabeza en señal de victoria.
—¡Soy el mejor!
Alardear por ganar a los videojuegos a unos niños hospitalizados solía considerarse de mal gusto, pero de algún modo Ilya consiguió que resultara encantador.
Troy se puso de pie y le dio el mando a Wyatt. Se hizo a un lado con torpeza y echó un vistazo a su alrededor como si no supiera muy bien qué hacer. Cuando vio a Harris, le sonrió de esa forma genuina que tanto lo había hecho disfrutar durante todo el día.
Pero, en esa ocasión, la sonrisa de Troy era solo para él, y Harris no pudo evitar sentir un vuelco en el estómago. Pillarse de Troy Barrett era una idea terrible, pero ya hacía tiempo que no podía hacer nada por evitarlo.
A última hora de la tarde, los jugadores se subieron al autobús del equipo que iba a llevarlos de vuelta al estadio. Habían salido directos del entrenamiento matutino.
Harris alcanzó a Troy antes de que este se subiera al autobús.
—Supongo que nos vemos mañana.
—Seguro. Antes del partido.
Harris quería preguntarle qué planes tenía para esa noche, pero así no iba a conseguir mitigar su ridículo cuelgue. Al final optó por ofrecerle algo de consuelo:
—Por cierto, lo has hecho genial. Con los niños.
Troy curvó los labios en una suave sonrisa.
—¿Sí?
—Créeme. Soy un experto.
Los ojos color zafiro de Troy brillaron con calidez.
—¿Has venido en tu camioneta?
—Me han traído en la furgo Theo y Rebecca. —La cara de póquer de Troy indicaba que no sabía de qué le estaba hablando—. Me refiero a Chuck. Es Theo, como te he comentado antes. Y Rebecca le hace de asistente. Es una becaria de marketing.
—Ah. —Troy echó un vistazo a su alrededor—. ¿Y Chuck…, digo, Theo… tiene que ir a cambiarse a algún sitio o… cómo funciona eso exactamente?
Harris soltó una carcajada.
—Con mucho cuidado. No podemos dejar que lo vean medio en bolas, ¿sabes? Echaría a perder la magia. Llevará el disfraz puesto en la furgoneta al menos hasta que salgamos del aparcamiento.
—Suena complicado.
—Theo ha perfeccionado la técnica.
Troy miró hacia el autobús y vio que parecían haberse subido todos menos él.
—Bueno. Debería…
—Sí. Nos vemos mañana.
Durante un instante, los dos se quedaron mirando, Harris con una radiante sonrisa y Troy curvando ligeramente los labios hacia arriba. Bajó la vista hasta la boca de Harris y luego volvió a alzarla hasta sus ojos.
Entonces pestañeó y dijo:
—Nos vemos, Harris.
Se subió en el autobús sin mirar atrás, y Harris se dirigió a paso tranquilo hacia la furgoneta, donde lo más probable era que hubiera un castor gigante esperándolo.