Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Troy estaba seguro de que jamás en su vida se habían referido a él como «encantador». Acarició distraídamente la barriga de Quirón y se preguntó si Harris pensaba que lo era. O que era sexy.

Durante unos minutos, Harris trabajó mientras Troy le daba atenciones al cachorro que tenía en el regazo. Entonces Harris hizo girar su silla de escritorio y dijo, con suma cautela:

—¿Cómo va todo?

Troy lanzó una exhalación con más fuerza de lo que pretendía. Quirón se sobresaltó.

—Ya has visto los partidos. Estoy jugando de pena.

Parecía que Harris se lo quería discutir, pero era evidente que no podía.

—¿Hay algún motivo? O sea, perdona. Sé que es una pregunta muy personal. Pero se me da bien escuchar si quieres hablar.

Troy no sabía qué decir. No había ido ahí a hablar. O solo a hablar. Le gustaba estar con Harris, nada más. Era una presencia tranquilizadora. Algo agradable que lo ayudaba a distraerse de todas las mierdas de su vida. Y en ese momento no quería pensar en esas mierdas.

—O, si no —dijo Harris con una tímida sonrisa—, puedes quedarte aquí y acariciar a Quirón mientras yo trabajo sin hacer ruido.

Era asombroso que Harris, de una forma tan natural, acabara de ofrecerle a Troy justo lo que este necesitaba. Troy consiguió dibujar una leve sonrisa.

—¿Puedes hacer algo sin hacer ruido?

Harris se rio. Muy alto, por supuesto.

—Lo intentaré.

A Harris le distraía bastante tener a Troy Barrett en su despacho. Era difícil trabajar cuando a poco más de un metro tenías a uno de los hombres más guapos de la NHL haciéndole mimos a un cachorrito.

¿Por qué estaba Troy Barrett en su despacho?

Algo le rondaba la cabeza, obviamente. Y estaba claro que no tenía ningún interés en hablar de ello.

Tal vez fuera solo el estrés de haber sido traspasado, de no poder jugar a su nivel habitual.

Tal vez fuera lo de Dallas Kent. ¿Había hablado Troy con alguien sobre aquello? ¿En plan, hablarlo de verdad?

Independientemente de lo que le preocupara, eso no explicaba por qué le había traído otro café a Harris. Por qué estaba allí, en definitiva.

Tras una media hora fingiendo que trabajaba, Harris se apartó de su escritorio y se estiró.

—Voy a sacar a Quirón de paseo antes de que Hannah venga a recogerlo.

El cachorro se había quedado medio dormido en el regazo de Troy, pero en cuanto oyó la palabra «paseo» se espabiló de golpe. Harris cogió el abrigo y la correa de Quirón de un gancho que había en la puerta y se giró hacia Troy.

—Ven, si quieres.

La cara de Troy se iluminó como, según sospechaba Harris, jamás lo había hecho.

—Voy a por mi abrigo.

Las opciones para pasear en las inmediaciones del estadio no eran muy buenas, pero el aparcamiento era enorme y estaba vacío, así que dieron una vuelta alrededor del perímetro.

Troy sujetaba la correa del cachorro y esperaba pacientemente a que olisqueara cada piedra, charco y vaso arrugado de Tim Hortons con los que se cruzaban.

—Nunca había paseado a un perro —dijo.

Harris se detuvo en seco.

—¿En serio?

—Sí. Nunca he tenido uno ni he cuidado del de nadie.

—Bueno, ¿y qué te parece?

—Está bien. —La forma en que Troy miraba a Quirón (sin sonreírle, por supuesto, pero sin duda con alegría en los ojos), evidenciaba que estaba disfrutando de la experiencia más de lo que dejaba ver.

El día era bastante agradable, teniendo en cuenta que estaban en Ottawa, a principios de diciembre. Hacía frío, pero lucía el sol y todo estaba tranquilo tras una noche de llovizna y viento. Últimamente Harris pasaba demasiado tiempo en casa. Sobre todo delante del ordenador o mirando el móvil.

—¿Alguien te ha dicho algo alguna vez? ¿Por ser gay? —preguntó Troy de repente.

Harris no tenía ni idea de por qué se lo preguntaba; de hecho, ni siquiera sabía qué le estaba preguntando, pero dijo:

—¿Te refieres a si me han tocado las narices con eso?

—Sí.

—Claro. Pero nadie que me importara. ¿Por qué?

Troy no respondió; al parecer estaba tan interesado en un envoltorio de pajita de McDonald’s empapado como Quirón. Entonces le dijo al envoltorio:

—¿Alguien del equipo o de la organización?

—No —contestó Harris—. Como he dicho, es un buen grupo. Nunca he ocultado que soy gay y aquí nadie me ha hecho sentir jamás que tuviera que hacerlo.

—Eso está bien.

Fueron hasta el extremo de uno de los laterales del aparcamiento y después doblaron la esquina y comenzaron por el siguiente.

—Supongo que en Toronto las cosas no eran así —observó Harris.

Troy apretó la mandíbula y asintió con la cabeza.

—Muchos insultos y mierdas así. No puedo fingir que yo no contribuyera a ello.

A Harris le decepcionó oírlo, pero no le sorprendió.

—¿Vas a seguir contribuyendo a ello?

—No. —Troy dejó de caminar. Quirón parecía confundido y se acercó para rozarle la zapatilla con el hocico—. En Toronto era un capullo de mierda. No hay más. Pero en este equipo todo el mundo parece, no sé, tan bueno… Yo no debería estar aquí.

Harris estuvo tentado de ponerle una mano en el brazo, así que se las metió en los bolsillos del abrigo.

—¿Odias estar aquí?

—No tanto como pensaba.

Harris se rio entre dientes.

—Me alegro de oírlo. —Reemprendió la marcha y Troy lo acompañó—. Por si sirve de algo, creo que vas a encajar perfectamente.

—¿Tú no crees que soy un capullo?

Harris se mordió el interior de la mejilla y dijo:

—No tanto como pensaba.

Troy soltó un resoplido que no llegó a ser una carcajada, y Harris le dio un codazo de broma. Troy no se lo devolvió, pero su boca luchaba por contener una sonrisa.

Entonces le entregó la correa a Harris.

—Me tengo que ir. Tengo que echarme una siesta antes del partido, ya sabes.

—Ah. Vale, claro. Nos vemos…

Pero Troy ya había echado a trotar en dirección al hotel. Y Harris se quedó mirando cómo se alejaba, preguntándose qué sería lo que le preocupaba tanto.