Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 7 #3
24%

Capítulo 7 #3

—Caitlin, mi mujer, no ha venido esta noche, pero le encanta lo que le gritaste a Kent. Es voluntaria en una organización benéfica que ayuda a mujeres que…, ya sabes. Son víctimas. De ese tipo de cosas.

Muchos jugadores de hockey se sentían incómodos al hablar de agresiones sexuales. A Troy tampoco es que le hiciera demasiada gracia, pero agradecía que Dykstra hiciera este inesperado esfuerzo por acercarse a él.

—Qué guay que haga eso —dijo Troy, y Dykstra arrastró los pies con gesto incómodo unos segundos, antes de asentir.

—Sé que muchos jugadores de la liga no se creen, o no quieren creerse, lo que esas mujeres dicen de Kent.

No hace tanto, probablemente yo también hubiera pensado que mentían, la verdad.

Pero he aprendido mucho de Caitlin y, ya sabes, de leer cosas.

Además, supongo que conoces bien a Kent, así que, si tú crees a esas mujeres, joder, pues está claro que yo también.

Una sensación de calidez invadió el vacío que había definido a Troy durante la última semana.

—Las creo —dijo con firmeza.

—Pues no hay más que decir. —Dykstra le dio un trago a la botella que tenía en la mano y cambió de tema—. ¿Ya has probado esta sidra?

Troy no lo había hecho, así que le dio un trago a su botella. La sidra tenía cuerpo y no estaba tan dulce como esperaba. Era refrescante.

—Está buena.

—Las hermanas de Harris saben lo que hacen, no hay duda. Pero te puedes pillar una buena con esto, ten cuidado.

Esa noche Troy solo tenía pensado tomarse una copa más. Con su estado de ánimo, sabía que dos copas podían acabar siendo demasiadas.

—Me lo tomaré con calma.

Otro defensa, Nick Chouinard, llamó a Dykstra para que se acercara a la hoguera. Troy no lo siguió y se encaminó hacia la mesa de comida. Llegó justo cuando Bood dejaba caer encima una descomunal fuente de pollo a la parrilla.

—Vale —dijo Bood frotándose las manos con entusiasmo—.

Voy a hacerte un tour. Aquí tenemos el pollo adobado, el auténtico, así que aléjate de él si no te gusta el picante.

Por aquí tenemos pollo con mi salsa barbacoa secreta.

—Señaló la fuente que acababa de añadir a la mesa—.

Es más dulce y ahumado que picante. Se acabará enseguida, así que coge un poco ya.

Allí están las costillas, obviamente. Guisantes con arroz, ensalada de col, calalú …

Tengo salsa de pimientos casera. Pica de la hostia, pero, si te gusta, puedo darte una botella. La hago a toneladas.

—Dios mío. Todo esto tiene una pinta increíble. —Troy cogió un plato y un muslo de pollo adobado, lo que hizo sonreír a Bood.

—A por el picante. Así me gusta. —Le dio una palmada a Troy en el hombro—. Oye, yo jugué con Kent en las categorías inferiores, en el mismo equipo, y odiaba a ese cabroncete. Para ser sincero, siempre pensé que tú también eras gilipollas, por asociación.

¿Qué se supone que debía decir? Era gilipollas por asociación. Y quizá también por méritos propios.

—Tiene sentido. —Fue lo único que se le ocurrió.

—Lo que quiero decir es que espero que me demuestres que estaba equivocado. Somos un grupo muy unido. No nos lo jodas.

—No lo haré —dijo Troy con un hilo de voz.

—Genial. Tengo que limpiar la parrilla. —Bood sonrió y asintió mirando el plato de pollo de Troy—. Que lo disfrutes.

En un rincón, Troy encontró un banco tranquilo en el que sentarse.

El patio estaba envuelto en los alegres murmullos de un grupo de gente que, desde luego, se conocía muy bien.

Antes de llegar, Troy había dado por sentado que los jugadores de Ottawa debían de ser las personas más desgraciadas del mundo.

¿Cómo iban a divertirse juntos, incluso caerse bien entre ellos, si no eran capaces de ganar en la pista?

¿Si en la mayoría de los partidos su estadio solo se llenaba a medias?

¿Cómo no se sentían continuamente avergonzados?

Sin embargo, la gente de ese grupo se quería. Troy no llevaba ni dos semanas en el equipo y ya le parecía evidente. Es solo que no se veía formando parte de él, a pesar de que sus compañeros lo habían tratado bastante bien hasta la fecha.

La comida estaba deliciosa. Troy no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que le hincó el diente al pollo adobado, que, sí, efectivamente picaba, pero también era de lo más sabroso. Se refrescó la boca con algo de sidra.

Como invocado por esa bebida, de pronto tenía a Harris plantado delante.

—Hey. —Sujetaba un plato de comida y una botella—. ¿Te importa si me siento?

—Adelante.

Harris se sentó a su lado.

—¿Te lo estás pasando bien?

—Supongo. El patio es bonito.

—Porno inmobiliario, eso es lo que es. Me alegro de que a Bood le guste tanto recibir invitados. —Cogió una costilla y le hincó los dientes.

Troy se centró en su propia comida, disfrutándola en silencio hasta que Harris preguntó:

—¿Has hablado con alguien?

—Mmm. Un rato con Dykstra. Y con Bood.

—¿Has conocido a Cassie? Es la mujer de Bood.

—No.

Harris señaló a una mujer alta y rubia que estaba de pie junto a la hoguera.

—Es esa. Es supermaja.

Cuando se dio la vuelta, Troy vio que estaba embarazada.

—¿Será su primer hijo?

—¡Sip! Van a ser los mejores padres. —Harris le dio un codazo a Troy—. No le digas a los otros que he dicho eso.

—Ni siquiera sé quiénes son padres.

—Dykstra tiene una hija, Susie. Acaba de cumplir un año. Chouinard tiene tres, Boyle tiene gemelos…

Siguió nombrando a todos los padres del equipo, así como el nombre y la edad de cada uno de sus hijos. Después comenzó a enumerar y describir las mascotas de cada uno. Troy intentó retener al menos parte de la información.

—Vaya. ¿También te sabes sus alergias?

Harris se echó a reír.

—Me gusta la gente. Y me gusta mi trabajo.

—¿Y si el jugador es un capullo de mierda y aun así tú tienes que promocionarlo para hacer que parezca guay?

—Nunca me ha pasado. En este equipo solo hay buena gente.

Lo dijo con mucha seguridad en sí mismo, teniendo en cuenta que estaba sentado justo al lado de Troy y esa era una prueba irrefutable de que Ottawa no solo fichaba a buena gente.

—¿Te ha gustado ir a casa un par de días? —preguntó Harris—. Solo he estado una vez en Vancouver. Está a la altura de lo que dicen por ahí.

—No está mal.

—A Wyatt le encanta ir a Vancouver. Su hermana vive allí con su mujer y su hijo.

—¿Su hermana está casada con una mujer?

—Sí, ¿no lo sabías? No para de hablar de ellos. Pensaba que en Toronto habría hecho lo mismo.

Aunque Wyatt hubiera hablado de su familia cuando jugaba en Toronto, seguro que a Troy no le habría hablado de su hermana queer .

Por aquel entonces irradiaba homofobia. Y, con la cultura que se respiraba en el equipo de Toronto, lo más probable era que Wyatt no le hubiera hablado de su hermana a nadie.

Tal vez a Ryan Price. Wyatt había sido amigo de Ryan. Seguramente porque nadie más lo era.

—No lo sabía. Pero es genial.

—No conozco a su hermana, pero debe de ser increíble —observó Harris.

Cuando los dos terminaron de comer, Harris se levantó y dijo:

—Veo que hay sitio en la hoguera. Vamos a echar un vistazo.

Troy miró al alegre grupo de gente que charlaba y se reía al calor del fuego. No hacía falta que él se entrometiera.

—Ah, eh… Mejor no.

Harris cogió el plato de papel casi vacío de Troy y lo apiló encima del suyo.

—Venga.

Los platos acabaron en un cubo de basura gigante que estaba estratégicamente colocado cerca de la puerta. Entonces Harris se dirigió hacia la hoguera y Troy, sin saber qué hacer, lo siguió.

—¡Harris! Ven a sentarte —dijo Wyatt con jovialidad—. Hey, Barrett.

—Hey.

Harris se sentó en la silla vacía que había junto al sofá de dos plazas que Wyatt compartía con su mujer. Troy se sentó en la silla de enfrente.

Bood se había apoyado en el brazo de la silla en la que estaba sentada Cassie, su esposa. Nick Chouinard estaba al lado, y junto a él había una mujer a la que Troy no conocía, pero que supuso que era la esposa de Nick.

—Wyatt nos estaba dando la tabarra con su sobrino —le dijo Bood a Troy.

—Sí. Porque es lo más —contestó Wyatt.

—¿Qué edad tiene ahora Isaac? —preguntó Harris.

—Tres. Y es una monada. Estoy deseando volver a verlo, pero para eso aún queda tiempo. A Kristy y a Eve también. Pero sobre todo a Isaac.

Y ahí estaba. Wyatt hablando con toda naturalidad de su hermana y la esposa de esta. Sin miedo a que sus compañeros juzgaran a su familia, porque en ese equipo nadie era un intolerante. De nuevo, Troy se sintió como un intruso.

—Barrett, tú eres de Vancouver, ¿verdad? —preguntó Nick.

—Eh… Sí.

—¿Tu familia fue al partido?

—Sí.

Todos se lo quedaron mirando, probablemente a la espera de que brindara algún detalle más, pero Troy no levantó la vista del fuego.

Después del partido no había hablado con su padre, que se aseguró de enviarle un mensaje en el que básicamente se burlaba de lo malos que eran los Centaurs y de lo fatal que había jugado Troy.

Pero mamá también le había escrito. Le había enviado una foto de la figurita con la cara de su hijo sobre la mesa de un restaurante de Tokio, y le había puesto: «La próxima vez que vayas a Vancouver, me aseguraré de estar allí».

Dios, cuánto la echaba de menos…

Una risotada sacó a Troy de sus pensamientos. Estaba claro que la conversación había avanzado sin él.

—Ay, mierda, Barrett —dijo Bood—. No conoces a mi esposa, Cassie.

Cassie saludó a Troy desde el otro lado de la hoguera. Era increíblemente bella, con un cabello y una piel que sugerían muchos cuidados profesionales.

—Hola, Troy. Bienvenido a Ottawa.

—Y esta es Selena —añadió Nick.

—Hola —dijo Troy.

La esposa de Nick era minúscula en comparación con su marido; casi no se la veía bajo el gigantesco brazo que la rodeaba.

Era rubia y preciosa, como Cassie, y Troy no podía creer que esa mujer fuera madre de tres hijos.

Nick tenía unos veinticinco años, como Troy, y ella parecía más o menos de la misma edad.

—Encantada de conocerte —saludó. Tenía acento de Quebec, igual que su marido—. Sabemos lo duro que puede ser que te traspasen. —Compartió una mirada con su esposo.