Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Troy no sabía qué le confería «alma» a una cuenta de Twitter, pero prefirió darle un sorbo al café en lugar de preguntar. Aún quemaba, pero como ya tenía la boca entumecida…

Harris le dio un sorbo a su latte e hizo un ruidito que Troy solo había hecho durante el sexo.

—Dios, lo necesitaba. Gracias por traerlo.

Se lamió el labio superior y Troy lo observó con más interés del que merecía. Seguro que Harris sabía fatal ahora mismo, con la boca llena de azúcar y ese café tan raro.

—Me voy, supongo —dijo Troy poniéndose en pie. Preguntarse a qué sabía Harris sin duda era una clara señal de que tenía que marcharse—. Si quieres…, escríbeme… luego.

—Guay.

—Vale.

Troy dudó un momento. No tenía prisa por volver a su solitaria habitación de hotel, y se dio cuenta de que no le importaba pasar el rato con ese peculiar horticultor de manzanas. Tampoco le importaba mirarlo, y eso no era bueno.

Se marchó.

Harris vio a Troy esperando fuera del hotel, con unos vaqueros y un abrigo negro de lana. Le hubiera gustado haber podido ir a casa a cambiarse antes de la fiesta, pero de todas formas nunca llegaba a ir más elegante de lo que iba ahora.

—Hola —dijo Harris cuando Troy se deslizó hacia el asiento del copiloto de su camioneta Toyota.

—Conduces una camioneta.

—Soy un chico de campo, ¿recuerdas?

—Claro. —Troy tenía las mejillas sonrosadas por el frío y estaba recién afeitado. Sin la oscura sombra de barba incipiente en la mandíbula, parecía más joven. Se sopló en las manos y se las frotó—. Hace frío. ¿En serio está Bood haciendo una barbacoa?

—Uy, sí. A ese tío no hay temporal que le impida encender la parrilla. Tiene una terraza estupenda con estufas y cosas de esas por todas partes. Ya verás.

—No creo que me quede mucho.

—Luego puedo llevarte al hotel. No me importa.

Harris tenía los ojos fijos en la carretera, pero notaba la tensión de Troy a su lado.

—No voy a pedirte que hagas eso.

—No lo has hecho —dijo Harris con sencillez—. Pero ahí queda la oferta.

Troy no respondió, y, cuando llegaron a un semáforo en rojo, Harris le echó un vistazo y vio que se estaba mordiendo la uña del pulgar, con la cabeza girada hacia la ventanilla del copiloto.

Harris se había acostumbrado a alternar con jugadores de la NHL a lo largo de los últimos años, así que no se sentía intimidado por llevar a Troy en su camioneta.

Las fiestas como esa a la que iban se habían convertido en algo habitual en la vida social de Harris, y se le ocurrió que en realidad era Troy el que se sentía incómodo.

Probablemente estaba nervioso por ir a pasar el rato con sus nuevos compañeros de equipo e intentaba ocultarlo tras un muro de indiferencia.

—Son unos tíos geniales —dijo Harris—. Llevo un par de años trabajando y saliendo con casi todos ellos y no creo que haya mejor equipo en la liga en lo que a personalidades se refiere.

—Las personalidades no ganan copas —respondió Troy en tono cortante.

Sonó como si estuviera repitiendo lo que algún entrenador de mierda le había metido en la cabeza.

—No estoy tan seguro. La camaradería es importante. Creo que sería complicado ganar partidos si odiaras a tus compañeros de equipo.

—¿Has jugado alguna vez al hockey?

Harris se vio atravesado por una oleada de vergüenza.

—No.

Troy resopló con desdén y volvió a mordisquearse la uña del pulgar.

A Harris le hubiera encantado poder decir que sí.

El hecho de no haber jugado nunca al hockey en un equipo era algo que intentaba que no le afectara, y esperaba que sus compañeros de trabajo pasaran por alto.

O directamente que no lo supieran. A Harris siempre le había encantado el hockey, y seguramente podría haber jugado, pero sus padres se habrían puesto nerviosos.

No podía culparlos; cuando el cuerpo de tu hijo ya tenía dificultades en el día a día, el hockey parecía un riesgo innecesario.

Así que, de niño, se había volcado en su faceta de fan, del hockey en general y de los Ottawa Centaurs en particular.

Y ahora sentía que formaba parte del equipo.

Y esa sensación podría atribuirse sobre todo a la calidez con que lo habían acogido los jugadores como amigo.

Había hablado con otros responsables de redes sociales que trabajaban para equipos de la NHL y sabía que la amistad que él tenía con los jugadores de Ottawa no era la norma.

—Lo siento —dijo Troy tan bajito que Harris apenas lo oyó.

—¿Por qué?

—Estoy siendo un capullo de mierda. Me estás llevando en coche y yo siendo… yo. Lo siento.

—Tú me has traído café —señaló Harris—. En lo que a favores se refiere, estamos empatados. De hecho, como también me has traído cake pops , diría que yo aún te debo un favor.

Troy no dijo nada durante un buen rato. Luego soltó:

—¿Paramos en algún sitio a comprar cerveza?

—Ya me he encargado de eso —dijo Harris—. Llevo unas cajas de sidra en la parte de atrás.

—¿Sidra?

—La hacen mis hermanas. Cien por cien manzanas de la familia Drover. Es la mejor sidra de Ontario.

—¿Es una opinión imparcial? —preguntó Troy con aspereza.

—Totalmente.

—¿Me dejas que te pague una parte?

—Nop.

—Pues ahí tienes otro favor. Estamos empatados.

Harris sonrió.

—Me parece justo.

Después de otro minuto de silencio, Troy dijo:

—Entonces ¿va a estar todo el mundo por allí?

—No creo. Ilya no estará.

—Ah, ¿no?

—Nah. Casi nunca lo vemos cuando hay día libre.

—¿Adónde va?

Harris se encogió de hombros.

—Ni idea. Si hay visita de equipo a un hospital o alguna actividad para implicarse en la comunidad, Ilya siempre está disponible. Si no, en sus días libres ni siquiera está localizable. Supongo que es su tiempo personal, así que no es asunto de nadie. Pero a los chicos les gusta inventarse teorías.

—Tienes razón —replicó Troy pasados unos segundos—. No es asunto de nadie.

A lo largo de los años, Troy había asistido a innumerables fiestas y quedadas del equipo. La mayoría habían tenido lugar en la mansión de Dallas Kent, y por lo general Troy las disfrutaba. Aunque siempre había pensado que Kent tenía un gusto cuestionable. Su mansión era hortera de cojones.

Ahora era incapaz de pensar en esas fiestas sin sentir náuseas. ¿A cuántas mujeres había forzado, o intentado forzar, Kent en esos encuentros? ¿Estaba Troy en la habitación de al lado o una planta más abajo? ¿Había estado sucediendo justo delante de sus narices y no se había dado cuenta?

Se recordó a sí mismo que Dallas Kent no estaría allí esa noche. Este era otro equipo, con otra gente y un ambiente muy distinto al que había en los Toronto Guardians.

En cuanto Troy entró detrás de Harris por la puerta principal de Bood, Evan Dykstra los saludó efusivamente.

—¡Harris! ¿Qué pasa, tío? —Dykstra rodeó la cabeza de Harris con un brazo y lo atrajo contra su pecho.

Era mucho más alto que Harris y Troy, probablemente medía más de un metro noventa, y parecía un auténtico paleto.

Cuando no llevaba la equipación de hockey o un traje, siempre iba con su enmarañado pelo castaño chafado bajo una gorra ajustable de camuflaje.

Troy solo lo conocía desde hacía unos días, pero ya lo había oído hablar de pesca, caza, motos de nieve y de por qué su provincia natal, Manitoba, era el mejor lugar del mundo.

—Has traído mierda de la buena —dijo Dykstra, cogiéndole a Harris la caja de botellas de sidra. Frunció el ceño y asintió con la cabeza hacia Troy—. Y también has traído a Barrett.

Vale. Nadie quería que Troy estuviera ahí. No debería haber ido.

Dykstra le dio un codazo a Troy y añadió:

—Es broma, tío. Me alegro de verte. Regla número uno de los Centaurs: si Bood te invita a una barbacoa, tú vas. Espera a probar lo que hace. Una puta maravilla.

—Guay —dijo Troy. Levantó la caja que llevaba—. ¿Dónde pongo esto?

—Llévala al patio. Bood tiene una nevera para cervezas en la que igual aún hay espacio. Te acompaño.

Harris ya se había alejado para hablar con una mujer que Troy estaba convencido de que era la esposa de Wyatt, de modo que siguió a Dykstra hacia la parte posterior de la casa.

Pasaron por el salón, donde algunos de los jugadores más jóvenes estaban enfrascados en una animada partida al Super Smash Bros .

La terraza trasera de Bood era gigantesca, con un techo de lamas de madera bordeado de ojos de buey.

Daba la sensación de estar en un interior, salvo por los copos de nieve que brillaban bajo la luz.

A pesar del tiempo, el espacio era cálido gracias a las estufas eléctricas, a la gente y al apetitoso aroma de la carne a la parrilla.

Los invitados descansaban sobre muebles acolchados, algunos formando un círculo alrededor de una hoguera, otros en los bancos empotrados al perímetro de la terraza.

La mayoría eran compañeros de equipo de Troy, pero también había algunas mujeres que seguramente eran sus parejas.

La fiesta parecía muy relajada e íntima; no tenía nada que ver con las juergas de Kent, llenas de chicas jóvenes, disc-jockeys y drogas recreativas. Aquí todos eran amigos.

—¡Bood! —gritó Dykstra—. Harris ha traído sidra.

Bood estaba delante de una parrilla inmensa, dándole la vuelta a un montón de piezas de pollo con unas pinzas.

—Fantástico. Me encanta esa mierda. Hey, Barrett, ¿qué pasa?

—Poca cosa.

Zane Boodram era un poco más alto que Troy y un poco más bajo que Dykstra. Tenía la piel morena y el pelo oscuro y rizado. Llevaba los musculosos brazos cubiertos por dos mangas de tatuajes que incorporaban motivos náuticos, flores tropicales y la bandera de Trinidad y Tobago.

—Ponte cómodo. Coge lo que quieras de la nevera. En aquella mesa hay un montón de comida. —La señaló con las pinzas—. Y este pollo estará hecho enseguida. ¿Te gusta el picante?

—Di que no —advirtió Dykstra—. Bood se lo toma como un reto.

Bood se rio.

—Qué va, D, lo que pasa es que tú eres un peso ligero.

Troy y Dykstra fueron a la nevera de las cervezas y descargaron las botellas de sidra. Luego cogieron una cada uno y Dykstra dijo: