Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

A última hora del domingo, Harris pasó con la camioneta por debajo del letrero colgante que decía: «Huertos de la familia Drover». La casa de su familia estaba a unos cuarenta y cinco minutos de la ciudad, pero él intentaba ir a la cena de los domingos tan a menudo como le era posible.

El largo camino sin asfaltar que conducía a la casa estaba flanqueado por ordenadas hileras de manzanos desnudos, cuyas ramas se retorcían hacia el blanquecino cielo de finales de noviembre.

La tierra helada y compacta crujía bajo los neumáticos con un ruido fuerte y familiar. Le encantaba volver a casa.

Dejó atrás el camino más nuevo que iba desde la entrada principal hasta la sidrería que sus hermanas habían construido en la finca hacía dos años.

A lo lejos vio el elegante edificio tipo granero, con unas luces de Navidad blancas adornando la cubierta holandesa.

Se preguntó si Anna y Margot seguirían trabajando o si lo estaban esperando en casa.

Los perros ya corrían a recibirlo cuando la vivienda familiar entró en su campo de visión. Mac, el más joven de los tres, fue el primero. Shannon y Bowser llegaron después, ladrando alegremente.

Harris salió de la camioneta y se rio mientras los tres perros le saltaban encima, golpeando las colas contra sus piernas y chocándolas entre ellos.

—Hola, colegas, ¿qué tal?

Se agachó para rascarlos y acariciarlos como se merecían. Mac, una bestia enorme de color parduzco, le puso las patas sobre los hombros. Todos los perros eran rescatados, así que Harris no sabía con certeza de qué raza eran, pero Mac debía de tener algo de terranova.

—Baja, señorito acaparador.

—¡Mac! ¡Ven aquí! —Mamá había aparecido en el porche delantero, vestida con unos vaqueros y una camisa de franela a cuadros.

Se dio unas palmadas en los muslos y volvió a llamar al perro. De mala gana, Mac soltó a Harris y salió corriendo hacia ella.

Tras coger una fuente de horno cubierta con papel de aluminio que llevaba en el suelo del asiento del copiloto, se dirigió hacia la casa. Shannon y Bowser fueron tras él, ya más calmados ahora que se habían convencido de que Harris aún los quería y se acordaba de ellos.

—¿Qué has traído esta vez? —preguntó mamá cuando por fin llegó al porche.

Le dio un beso a su hijo en la mejilla y él hizo lo mismo.

—Son mis coles de Bruselas con beicon y vinagre balsámico. Solo hay que calentarlas unos minutos.

Desde que Harris y sus hermanas se habían ido, las cenas de los domingos tenían más bien un formato «de traje». La familia al completo siempre había echado una mano a la hora de cocinar cuando todos vivían juntos, así que tenía sentido continuar ayudando, aunque fuera en cocinas separadas.

—Tenía la esperanza de que fuera eso. Tu padre se ha puesto a experimentar con los espárragos y creo que nos irá bien tener alguna verdura de reserva.

Los siguió a ella y a los perros hacia el interior de la casa, que olía a cerdo asado y posiblemente a espárragos quemados.

Aún no había rastro de Anna, Margot ni sus maridos.

La casa de los Drover no era grande, pero Harris no podía imaginarse ningún lugar mejor en el que crecer.

O al que volver. Era una vieja granja, blanca por fuera y construida en su mayor parte con madera oscura por dentro.

Pequeña, acogedora y repleta de fotografías familiares y muebles antiguos que llevaban allí generaciones.

Harris fue a dejar sus coles de Bruselas en el horno. Papá estaba en la cocina, torciendo el morro ante una bandeja de espárragos requemados.

—Los has hecho a la parrilla, ¿verdad? —bromeó Harris.

—No puedes apartar la vista de esa cosa ni un segundo —gruñó su padre.

—No pasa nada, papá. Ya me he encargado yo de las verduras saludables. —Abrió la puerta del horno y metió su cazuela—. Lleva beicon, pero sigue siendo completamente sano.

Pareció que papá quería decir algo sobre el beicon y el colesterol, pero prefirió preguntar:

—¿Te has encontrado bien estos días, Harris?

—Estoy genial. —Harris se dio unas palmaditas en el pecho—. En perfecto estado.

Papá frunció el ceño al mirar el pecho de Harris, donde ambos sabían que estaban las feas cicatrices quirúrgicas que le marcaban la piel; luego suspiró y envolvió a su hijo en un fuerte abrazo.

—Me alegra oírlo.

—Te preocupas demasiado. Sabes que iré a ver al doctor Melvin si me encuentro aunque sea solo un poquito mal.

—Lo sé.

—Trae —dijo Harris haciéndose con la bandeja—. Los llevaré al compost.

Papá le echó un último vistazo a los espárragos, como si esperara encontrar algún modo de revivirlos, y luego asintió.

Shannon, la mayor y más pequeña de los tres perros, siguió a Harris por la puerta de atrás. El aire era fresco y vigorizante, y el sol se ponía rápidamente. A Harris le encantaba esa época del año, cuando la temporada de hockey estaba en pleno apogeo y se acercaban las fechas navideñas.

Tiró los espárragos al contenedor de compostaje mientras Shannon inspeccionaba una roca que había en el suelo.

No le gustaba hablar de su salud. No le gustaba pensar en eso.

Se lo tomaba en serio, no le había mentido a su padre al respecto, pero odiaba cómo lo miraba a veces su familia.

Como si fuera frágil. Como si pudiera morir en cualquier momento.

Cualquiera podía morir en cualquier momento.

Harris había decidido hacía mucho tiempo no preocuparse demasiado y no compadecerse de sí mismo. En Ottawa había buenos hospitales y él había recibido la mejor atención desde que nació. No había motivos para suponer que no viviría una vida larga y feliz.

Tras unos minutos rascándole las orejas a Shannon y disfrutando de la tranquilidad que reinaba detrás de la casa, Harris regresó al interior. Había mucho más ruido que antes, lo que significaba que sus hermanas mayores, Anna y Margot, habían llegado con sus maridos.

—¡Harris! —gritó Anna—. Madre mía, esa guerra de Twitter en la que te enzarzaste con Edmonton fue desternillante.

Harris le dio un abrazo.

—Ay, sí. La persona que les lleva las redes sociales es genial. Danielle es muy divertida.

«Pelearse» con otras cuentas de las diferentes redes sociales de la NHL era una de las cosas que más le gustaban a Harris de su trabajo.

No era la clase de persona que insultara o dijera cosas desagradables en la vida real, pero, cuando interpretaba el papel de la marca de los Ottawa Centaurs, podía llegar a desmelenarse bastante.

—Fue increíble —concluyó ella—. Por Dios, Mac. Cálmate. Toma, ¿puedes llevar esto a la cocina? —Le entregó a Harris una fuente envuelta en papel de aluminio.

—¿Es crujiente de manzana?

—Por supuesto. Si me encargas el postre, siempre te haré crujiente de manzana.

A Harris no le importaba en absoluto. Llevó el postre a la cocina y le gritó a Mac para que lo siguiera.

Ahora que todos habían llegado, la casa permanecería en un estado de estrepitoso caos hasta que fuera hora de marcharse.

Siete adultos parlanchines y tres perros amistosos apiñados en una vieja granja garantizaban que el ambiente iba a ser animado. A Harris le encantaba.

También había un gato. En algún sitio. Ursula no era muy fan de las cenas de los domingos y probablemente se había quedado arriba, en alguna de las camas.

Y, por supuesto, el tío Elroy. Pero no era una presencia fiable.

La cena fue tan animada como siempre, con muchas bromas y carcajadas. Harris no era el único Drover con una voz sonora y una risa innecesariamente estruendosa.

—¿Cómo se está adaptando el chico nuevo? —preguntó Margot mientras tomaban el postre—. Troy Barrett.

La verdad era que Harris no estaba seguro. A pesar de su aspecto huraño, Troy tenía su atractivo. Y no solo por su belleza divina. Harris se lo había pasado bien entrevistándolo. Le había gustado hacerlo sonreír, aunque la mayoría de las veces no hubiera funcionado.

Pero Margot no le había preguntado nada de eso.

—No estoy seguro —dijo con cautela—. Es callado. Creo que se guarda mucho las cosas.

—La otra noche lo expulsaron del partido en Edmonton — señaló papá—. ¡Por empujar a un árbitro!

—Ya —contestó Harris. Desde luego no era algo que hubiera pasado por alto. Los medios especializados en hockey no paraban de mostrar ese vídeo y de comentar que Troy había perdido el control las últimas dos semanas—. Eso no estuvo bien.

—Nunca me cayó bien cuando jugaba en Toronto —dijo Mike, el marido de Anna—. Pero tenía talento. Espero que se recomponga, porque nos vendría muy bien.

Harris solía hablar así de hockey. Igual que todos los aficionados, como si formara parte del equipo, pero solo evaluaba a los jugadores como activos o recursos.

Ahora que trabajaba para un equipo de la NHL y se había hecho amigo de los jugadores y del personal, le molestaba que no se les reconociera como seres humanos.

Él también quería que Troy jugara al máximo rendimiento, pero sobre todo quería que dejara de cargar con lo que fuera que lo estuviera haciendo sentir tan desgraciado.

Además, quería dejar de pensar en él durante cinco minutos.

—Harris, hemos metido algunas cajas más en la parte de atrás de tu camioneta —dijo Margot sacando a su hermano de lo que estaba a punto de convertirse en una nueva ensoñación centrada en Troy Barrett.

—Gracias por hacernos de representante sin cobrar.

—Lo que necesitéis. ¿Cómo va el negocio?

—Genial. La nueva sidra especiada de invierno se vende sola. Y el bar del centro tiene el mes cubierto de reservas para celebrar fiestas de Navidad.

—Claro que sí. Me alegro.

—Tráete a algunos de tus amigos jugadores de la NHL cuando vuelvan por aquí. Nos da buena imagen.

—Conflicto de intereses —bromeó Harris.

En realidad, no lo era, a menos que usara el espacio para fines promocionales.

—O puedes traerte a una cita —dijo Anna con aire informal.

—Nunca llevaría allí a una cita. Madre de dios, me haríais pasar una vergüenza terrible.

—¡No es verdad!

—Ten por seguro que sí —dijo Margot.

—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó mamá.

—No.

—Vaya, qué pena.

—A ver, quedo con gente, pero… ¿Sabéis qué? No pienso hablar de esto.

—Qué rabia que Scott Hunter no juegue para los Ottawa Centaurs. Os podríais haber enamorado.

—¡Mamá!

—Y Ottawa podría tener una Copa Stanley —dijo Mike—. Si tuviéramos a Scott Hunter, quiero decir.

—Y Harris sería rico —añadió papá—. Si lo tuviera él.

Todos se rieron mientras Harris intentaba fulminarlos uno a uno con la mirada.

—Os dais cuenta de lo absurdo que es suponer que dos hombres acabarían juntos solo porque son gais y están cerca el uno del otro, ¿verdad?

—Pero ¿quién podría resistirse a ti? —argumentó mamá—. Eres un encanto.

—Y tienes pelazo —dijo Mike—. Y buena barba.

—Y sabes mucho de manzanas. A los hombres eso les encanta —dijo Margot. Se volvió hacia su marido, el hombre más callado que Harris había conocido jamás—. ¿Verdad, Josh?

—Es supersexy… —coincidió Josh.

—En fin… —concluyó Harris—. Scott Hunter no juega en Ottawa y está felizmente casado, así que seguiré buscando.

A decir verdad, ya estaba un poco cansado de buscar.

Quería tener a alguien a quien llevar a las cenas familiares y con quien acurrucarse después en casa.

Atribuía esos anhelos a la costumbre de pasar demasiado tiempo con jugadores de la NHL de veintipico ya casados y con hijos.

Probablemente debería esforzarse por salir con sus otros amigos.

Con los normales, de los que no tenían millones en el banco.

Con sus amigos queer , desde luego. ¿Cuándo fue la última vez que había salido a bailar?

¿O había quedado con un grupo de amigos para tomar algo en un bar gay o ir al karaoke sin más?

Solía formar parte de un equipo de trivia.

Ahora estaba obsesionado con su trabajo y su trabajo no tenía horarios fijos.

La cena se mantuvo animada hasta el último bocado del crujiente de manzana, con todos hablando a la vez, como de costumbre.

Harris había estado más callado de lo habitual durante la mayor parte de la velada, no podía dejar de darle vueltas a la posibilidad de que el trabajo consumiera toda su vida.

La verdad era que no le pagaban tanto como para eso.

Cuando se disponía a marcharse, sus padres lo abrazaron como si no fueran a verlo en meses, en lugar de días. Los perros se le tiraron encima, como si trataran de impedir que se fuera.

—Cuídate —dijo mamá—. Y saluda a Ilya Rozanov de mi parte.

Harris se rio. Mamá había conocido a Ilya en una colecta de fondos y él no había dejado de coquetear descaradamente con ella.

—Lo haré.

—Y llama al médico si ves que… algo anda mal, ¿vale? —dijo papá.

Harris tragó saliva para reprimir la frustración que se había apoderado de él. Llevaba toda la vida lidiando con su dañado corazón y siempre había tenido cuidado.

—Claro que sí. Ya sabes que lo haré. —Forzó una sonrisa para disimular el mosqueo—. No te preocupes tanto.

Papá sonrió con tristeza.

—Lo siento, no puedo evitarlo.

Eso hizo que a Harris se le pasara el enfado de golpe.

—Os quiero, familia. Nos vemos la próxima semana. No dejéis que Mac se meta en líos, ¿vale?

—No dejes que Troy Barrett se meta en líos —bromeó papá.

Harris dio media vuelta antes de que su padre lo viera sonrojarse.

—Haré lo que pueda.