Capítulo 5 #2
—Creo que ahora mismo dormir me irá mejor que un café —dijo Troy antes de levantarse.
—Supongo. —Curtis miró a su hijo con el ceño fruncido, y Troy supo que a su padre le habría gustado que él hubiera hecho algo más para impresionar a sus amigos que limitarse a murmurar cuatro palabras bajo el doloroso yugo de la resaca.
No parecía muy contento cuando se puso en pie a regañadientes y le dio a Troy otra palmada en el hombro—.
Vale, de acuerdo, pues suerte esta noche.
—Me alegro de volver a verte, papá. —A Troy se le daba de miedo mentir—. Disfrutad el partido —les dijo a Brad y a Darryl; luego se giró rápidamente y se fue.
Ya tenía los ojos llorosos cuando las puertas del ascensor se cerraron.
Esa noche Troy jugó fatal. Obviamente. Se había desconcentrado por completo intentando no echarse a llorar ni en el vestuario ni en el banquillo.
En ambos casos, por supuesto, habría sido algo impensable.
No era conocido precisamente por su buen carácter y sus compañeros de equipo apenas lo conocían de todas formas, así que ocultar su agonía le había resultado más fácil que en otras circunstancias.
Para el tercer tiempo, Troy ya había sido sustituido en primera línea por Luca Haas. El entrenador había reducido drásticamente sus minutos de juego, lo que le proporcionó más tiempo para hundirse en la miseria mientras chupaba banquillo. Su equipo perdió.
En el vestuario, los compañeros de Troy no le dirigieron la palabra.
Apenas lo miraron. Bueno, Ilya sí lo hizo, pero de una forma que parecía decir: «Puedes beber toda la noche y al día siguiente jugar de pena una sola vez antes de que se lo cuente al entrenador».
Era impresionante. El resto del equipo probablemente solo pensaba una cosa: «¿Por qué coño fichamos a este gilipollas? ».
Todo era una puta mierda, y ya ni el hockey le iba bien. ¿Qué le quedaba a Troy?
—Vale, chicos —anunció el entrenador Wiebe.
La sala quedó en silencio; el aire estaba cargado de vergüenza y frustración—.
Mañana entrenaremos en Edmonton nada más aterrizar.
Como os podéis imaginar, habrá algunos cambios.
—No miró a Troy directamente, pero no hizo falta—.
Edmonton tiene un equipo más fuerte que Vancouver y contra ellos no podemos jugar como hoy.
Así que descansad mucho esta noche; no quiero que nadie salga de fiesta, me da igual la ciudad en la que estemos, y mañana preparaos para trabajar duro, ¿vale?
Se coreó un «Sí, entrenador», y luego Wiebe asintió con la cabeza y abandonó la sala.
Troy pensó que ojalá ya estuvieran volando. Estaba deseando dejar Vancouver atrás.
Troy no estaba en primera línea cuando su equipo se enfrentó a Edmonton. Lo habían degradado a tercera y, aunque no podía culpar a los entrenadores, se sentía dolido.
Necesitaba marcar un gol. Nunca había estado tan desesperado por nada en su vida. Comparado con los demás jugadores, él no era particularmente supersticioso, pero pensó que tal vez, si metía un gol, las cosas irían a mejor.
Así que se entregó a tope en cada turno, valiéndose de su velocidad para llegar a la portería y aprovechar cualquier rebote o desvío. Jugó con dureza, descargando su agresividad contra todo el que se le acercara. Esa noche iba a marcar sí o sí.
En el tercer tiempo, el entrenador probó a Troy en la línea de ventaja numérica. Edmonton iba dos goles por delante, y un gol de Ottawa en ese momento supondría un impulso tremendo. El saque fue en la zona de Edmonton, y Rozanov lo ganó y le envió el puck de nuevo a Dykstra.
Troy se abalanzó hacia la portería justo cuando Dykstra lanzaba con fuerza desde la línea azul.
El portero de Edmonton detuvo el disparo, pero no fue capaz de controlar el rebote.
El puck aterrizó a pocos centímetros del stick de Troy mientras el portero caía de espaldas sobre el hielo.
Troy lo lanzó por encima del cuerpo despatarrado del portero, directo hacia la desprotegida red.
Troy lo celebró como si hubiera ganado la Copa Stanley.
Entonces advirtió que sus compañeros no lo estaban celebrando con él, y oyó a Dykstra gritar: «¡Ni de coña ha sido interferencia, árbitro!».
Pero el árbitro ya estaba abriendo los brazos para señalar que no había sido gol, y Troy no se lo podía puto creer.
—¡Pero si no lo he tocado! —gritó Troy—. ¡El muy torpe se ha caído solo!
—No ha sido gol —dijo el árbitro—. Le has enganchado la parte de atrás del patín, Barrett.
—Y una mierda.
Uno de los defensas de Edmonton, un zoquete grandullón llamado Nelson, le dio un empujón a Troy en el pecho, haciendo que su espalda se estrellara contra las vallas que había detrás de la portería.
—Todos lo hemos visto, tramposo de los cojones.
—¿Cómo ibais a verlo si estabais demasiado ocupados tocándoos los huevos como para detenerme? Entré hasta la cocina y marqué. Lo siento si no sabes hacer bien tu trabajo, gilipollas.
—Al menos no soy un puto traidor.
Troy le devolvió el empujón a Nelson, a pesar de que este le sacaba casi un palmo de altura. Rozanov se interpuso entre los dos, con rostro sereno, y dijo:
—Para ser un traidor hay que tener amigos, Nelson. Así que no, tú nunca serás un traidor.
Nelson lo fulminó con la mirada.
—Más te vale que ninguna de las tías a las que te follas se invente cosas sobre ti en internet, Rozanov. Porque este se volverá contra ti a la mínima de cambio.
—Vale, entonces ¿puedes decirle a tu esposa que no suba nada sobre mí?
—¡Que te jodan, Rozanov!
—Todos de vuelta al banquillo ahora mismo —rugió el árbitro.
Troy dirigió su ira contra el árbitro.
—Ha sido gol.
—No es verdad.
—¡Ha sido gol, joder! ¿Tú has visto un partido de hockey alguna vez? ¡Se ha caído, me cago en la puta!
El árbitro se le encaró.
—Vete al banquillo. Último aviso.
Troy estaba desbordado por una rabia que llevaba acumulando más de una semana y necesitaba descargarla. Seguramente el árbitro era la peor diana posible, pero resultó ser la que le quedaba delante.
—Que te jodan. —Y luego empujó al árbitro, y, claro, no fue buena idea.
Troy fue expulsado del partido al instante.
Continuó insultando a los árbitros, a los jugadores de Edmonton, a los aficionados y probablemente a Dios mientras abandonaba el hielo.
En el túnel, destrozó su stick contra la pared, gritando improperios hasta que solo se quedó con un trozo de fibra de carbono en el guante. Entonces lo lanzó contra la pared.
Cuando terminó el partido, aún no se había duchado ni quitado la equipación. Simplemente se había quedado sentado en su cubículo, echando humo por las orejas.
Ottawa no había vuelto a marcar, y acabó perdiendo por tres goles.
El ambiente que se respiraba en el vestuario era solemne una vez que llegó el resto del equipo.
Entonces entró el entrenador y dio otro discurso sobre lo mucho que necesitaban mejorar.
Troy empezaba a preguntarse si era el único que tenía.
Aunque, tal y como jugaba ese equipo, bien sabía dios que era el único que necesitaba.
Cuando el entrenador se marchó y la mayoría de los chicos se dirigía a las duchas, Rozanov se sentó junto a Troy.
—¿Estás bien? —preguntó Rozanov.
—De puta madre.
—Sí, se nota.
Troy no respondió. Tenía la cabeza gacha, pero ahora miraba de reojo a su nuevo capitán.
Ilya se había quedado en calzoncillos y tenía sus largas piernas estiradas delante de él.
La mirada de Troy se fijó en el famoso tatuaje del oso pardo enseñando los dientes sobre el pectoral izquierdo de Ilya.
De cerca era absolutamente ridículo. Advirtió un segundo tatuaje, menos conocido y seguro que más reciente, en el brazo de Ilya, cerca del hombro.
Era una especie de pájaro. Un colimbo, quizá. Extraña elección.
—Juegas bien al hockey —dijo Ilya.
Fue tan abrupto e inesperado que Troy titubeó al responder.
—Ah, vale. Gracias.
Ilya suspiró y apoyó la cabeza contra la pared que tenía detrás.
—Estoy harto de perder, Barrett.
—Pues has venido al puto equipo equivocado.
—Troy, como toda la NHL , no tenía ni idea de por qué Ilya Rozanov había elegido fichar por Ottawa al convertirse en agente libre.
Podría haber ido a casi cualquier sitio.
Pero, en lugar de eso, había elegido uno de los peores equipos de la liga, en una ciudad tranquila en la que cada invierno caían como unos mil millones de toneladas de nieve.
Para un tío amante de los coches deportivos, las discotecas y las mujeres, parecía una extraña elección.
—Creo que podemos ganar —dijo Ilya—. Tenemos un buen portero, jóvenes promesas y una defensa sólida. Y a mí. Deberíamos ser un buen equipo.
Todo lo que decía Ilya era cierto. Deberían ser un equipo mejor.
—¿Y por qué no lo somos?
Ilya le clavó la mirada.
—Porque no nos lo creemos. Ninguno de los que viene aquí espera ganar.
Bueno, Troy no se lo podía discutir. Desde luego, él no había ido con la idea de formar parte de un equipo ganador.
—Esta noche —continuó Ilya—. ¿Qué querías hacer?
—Quería marcar un gol.
Ilya asintió.
—Por ti, no por el equipo.
—Bueno… —Vale. Troy tampoco podía discutirle eso—. Necesitaba marcar. Aún lo necesito, aunque ese gol debería haber…
—Sí, lo sé.
Ilya se puso en pie, se giró y bajó la vista hacia Troy. Pese a estar en ropa interior, Ilya consiguió que Troy se sintiera avergonzado y ridículo. Había tenido una rabieta por un gol anulado. Un gol que probablemente ni siquiera habría importado.
Además, Ilya estaba increíble en ropa interior. Pero esa línea de pensamiento no le llevaba a ningún sitio.
—Marca un gol si lo necesitas —dijo Ilya—, pero piensa lo que puedes hacer por el equipo. Creo que eres lo que necesitábamos.
Sin esperar a que le respondiera, dio media vuelta y se dirigió hacia su propio cubículo, quitándose los calzoncillos en medio de la sala. Troy se rio entre dientes. Rozanov era un puto personaje.