Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

Troy no sabía qué provocaba ese golpeteo tan atronador, pero necesitaba a toda costa que parara.

Poco a poco se dio cuenta de que estaba en una habitación de hotel en Vancouver y que el golpeteo venía de su puerta.

Soltó un gruñido y se colocó una almohada sobre la martilleante cabeza, con la esperanza de que la persona que estuviera haciendo ruido se marchara.

La persona en cuestión no se marchó.

—Barrett. Despierta. —Sin duda la voz pertenecía a Rozanov.

—¿Qué pasa? —La de Troy sonaba como si la hubieran lijado hasta hacerla desaparecer. Trató de aclararse la sequedad de la garganta y repitió—: ¿Qué?

—Abre la puerta.

Derrotado, Troy salió a rastras de la cama y, tras asegurarse de que al menos llevaba puesta la ropa interior, hizo lo que le decían. Rozanov entró de golpe en la habitación, sin que nadie lo invitara, y puso cara de asco.

—Huele que apesta. Anoche te emborrachaste.

—Un poco.

—Muy mal, Barrett. —Le lanzó una botella de Gatorade a Troy—. Bébete esto. Siéntate.

Troy estaba encantado de hacer ambas cosas. Se derrumbó sobre la cama y abrió el Gatorade, preguntándose cómo sabía Ilya que la noche anterior había estado bebiendo solo.

—Te vi en el vestíbulo con una bolsa de la licorería —dijo Ilya, como si le hubiera leído la mente—. Ibas a los ascensores. Parecía que con prisa.

«Con prisa por no sentir nada», pensó Troy.

—¿Es algo que haces habitualmente? —Ilya cogió la botella casi vacía de vodka barato que había sobre la cómoda de Troy y frunció el ceño al ver la etiqueta.

—No.

—Esta noche jugamos.

—Lo sé. Fue una estupidez.

—Sí. —Ilya se lo quedó mirando hasta que Troy se vio obligado a apartar la vista.

—No volverá a pasar —dijo, aunque no estaba seguro de que eso fuera cierto, porque ahora los motivos por los que bebía volvían a estar muy presentes.

Tras un largo y solitario viaje en avión oyendo a sus compañeros reírse y bromear como los íntimos amigos que eran, lo único que Troy quería era refugiarse en los brazos de su novio.

Echaba mucho de menos a Adrian y, joder, ni siquiera podía decírselo.

Encima, llevaba ignorando las llamadas y los mensajes de su padre desde el día anterior porque ni de coña podía lidiar con él en esos momentos.

Era la primera vez en su carrera que Troy no se alegraba de volver a su ciudad natal. Nunca le había gustado ver a su padre, pero, hasta ese viaje, podía ver a su novio, a su madre o a ambos.

Ahora solo quedaba el gilipollas de su padre.

El marrón con Dallas se había producido tan poco tiempo después de que Adrian lo dejara, sin olvidar el consiguiente traspaso, que el desamor había sido una especie de vacío cerniéndose sobre Troy como una nube.

Ahora que estaba en Vancouver, la nube había descendido y lo había llenado de rabia y desesperación.

La ruptura no le había parecido real hasta ese momento, porque de todos modos él y Adrian apenas se veían.

Estar en la misma ciudad y no poder abrazarlo, besarlo, llevarlo a la cama y ser quien realmente era durante unas horas lo estaba matando.

Y nadie podía saberlo.

—Lo siento. Ha sido…

Si Ilya se había dado cuenta de que a Troy se le había quebrado la voz, no lo reflejó en su rostro.

—Esta es tu ciudad, ¿no? De donde eres.

—Sí.

—Tu vida privada es privada. Si no afecta a tu juego, a mí no me importa. El entrenador te dirá lo mismo.

Troy cerró los ojos.

—¿Se lo vas a contar?

—Esta vez no.

Era una advertencia, y Troy se aseguró de tomar nota. El hockey era todo lo que le quedaba. Necesitaba aprovechar al máximo su estancia en ese equipo o acabaría derrumbándose por completo.

—Tienes un aspecto de mierda —dijo Ilya—. El entrenamiento de esta mañana es opcional. No vengas.

Troy estuvo a punto de protestar porque tenía pensado patinar por la mañana, pero sería ridículo ponerse a discutir. No estaba en condiciones de hacer nada que fuera más cansado que darse una ducha.

—Vale.

—Ah, y tu padre está en el vestíbulo.

—¿¡Qué!?

—Sí. Se ha acercado a mí para presentarse. —Ilya puso mala cara y Troy lo entendió perfectamente—. Sigue ahí, pero puedo decirle que…

«Mierda».

—No. Tengo que hablar con él. Si no, seguro que… —Troy se interrumpió. Las mierdas de su familia no eran asunto de Rozanov—. Me ducho y ahora bajo. Voy a escribirle un mensaje para decírselo.

—Sí, vale.

Troy se acabó el Gatorade.

—Gracias. Por esto. —Sostuvo en alto la botella vacía.

—Descansa. Juega bien esta noche. No vuelvas a hacerlo.

—No lo haré.

Ilya fue hasta la puerta y se detuvo antes de abrirla.

—La familia puede ser complicada. Los padres.

Fue un comentario raro, y Troy no supo qué responder. Optó por:

—Sí. A veces.

Ilya asintió con la cabeza y luego se fue. Troy dejó ir un suspiro y puso rumbo a la ducha.

Troy hizo lo posible por ponerse presentable, pero se caló una gorra de los Ottawa Centaurs para que le tapara un poco la cara por si aún tenía los ojos enrojecidos. Además de la resaca, se sentía peligrosamente al borde del llanto.

No podía creer que su padre estuviera ahí. Salvo porque en realidad tenía todo el sentido del mundo: era la guinda podrida sobre el helado de basura en que se había convertido su vida últimamente.

Enseguida vio a Curtis Barrett, recostado en una de las butacas que había en medio del vestíbulo. Se puso de pie cuando divisó a Troy, y los dos hombres que estaban sentados en las butacas de enfrente hicieron lo propio.

Por supuesto, papá se había traído a unos amigos. Le encantaba presumir de su hijo, una estrella de la NHL .

—¡Troy! Joder, parece que has estado despierto toda la noche. —Su padre le dio una fuerte palmada a Troy en el hombro—. Espero que la chica mereciera la pena.

La risa de Curtis era tan agresiva como todo lo demás en él, y Troy tuvo que hacer un esfuerzo por no estremecerse.

Cuando los amigos de Curtis se unieron a su padre, rebuznando como burros ignorantes, Troy sintió la breve pero imperiosa necesidad de decir: «En realidad mi novio me ha dejado por otro tío», pero por supuesto no lo hizo.

Prefirió acomodarse en una de las butacas, ya harto de estar de pie.

—Hola, papá.

—Este es Brad, el propietario de Construcciones Condor. Y Darryl, de Demoliciones Harper. Te acuerdas de él, ¿verdad?

—Claro —mintió Troy—. Por supuesto.

Todos los amigos de su padre eran más o menos iguales: hombres de mediana edad con un físico que indicaba que en su día habían sido deportistas, pero que con los años se habían puesto fofos. Probablemente, Troy acabaría teniendo ese mismo aspecto.

—Bueno. —Curtis le echó un vistazo a la sudadera y la gorra de los Ottawa Centaurs de su hijo—. Te han relegado a Ottawa.

—Me han traspasado.

—Te han castigado, diría yo. No sé qué hizo Kent para tocarte las narices, pero tienes que medir tus palabras, chaval.

Qué puta mala suerte que lo grabaran en vídeo.

—Puso cara de asco—. Los entrenamientos deberían ser privados.

Lo que se dice entre compañeros de equipo no debería salir de ahí.

Aún me acuerdo de cuando yo jugaba en Kamloops…

Y ya no hubo quien lo parara; acaparó todo el oxígeno de la sala con historias de sus gloriosos días como jugador de hockey júnior.

Troy desconectó. Que él fuera una verdadera estrella de la NHL nunca había sido un obstáculo para que su padre intentara superar todas y cada una de sus hazañas deportivas.

Al final, Troy había dejado de contarle sobre su vida.

—Hoy en día no se puede decir nada, claro —estaba diciendo papá cuando Troy fue consciente de que seguía hablando—. Hay justicieros sociales acechando por todas partes.

—Y que lo digas —mostró su acuerdo Brad o Darryl.

—Mira al pobre Dallas Kent —prosiguió papá, como si Troy no estuviera sentado allí mismo—. La gente puede decir lo que quiera por internet e intentar cargarse la carrera de un hombre. Su reputación.

Troy quería decir algo, pero no sabía qué. Le dolía la cabeza y todavía tenía mucha tirantez en la garganta. Ahora papá lo estaba mirando directamente.

—Por suerte, nadie se tomó en serio lo que dijiste —añadió—. Es obvio que los Toronto Guardians tenían que deshacerse de ti, pero, aunque es una puta vergüenza, cualquiera que entienda de hockey sabe que en el calor del momento uno a veces suelta cosas.

¿Era eso lo que la gente se decía a sí misma? ¿Que Troy había perdido los papeles por algo que había pasado en un entrenamiento y le había dado un golpe bajo a Kent? ¿Que en realidad Troy no creía que Kent fuera un depredador sexual?

Papá se rio entre dientes.

—Si hubierais sido oponentes en lugar de compañeros de equipo, creo que usar las chorradas de las que lo acusan esas mujeres hubiera sido una buena estrategia sobre la pista de hielo.

Meterte en su cabeza, ¿sabes? Pero no con tu compañero.

Erais como hermanos. Espero que al menos hayas tratado de disculparte con él.

No lo culpo si te manda a tomar por culo, pero tienes que ser un hombre e intentarlo.

Brad y… el otro hacían ruiditos de aprobación.

Troy respiró hondo para tranquilizarse.

—¿Vendrás al partido de esta noche?

—Por supuesto. Y estos tíos se vienen conmigo. Aunque no estoy seguro de que animen a los putos Ottawa Centaurs.

Los tres hombres se rieron. Troy no. Casi le preguntó a su padre por qué no había traído a su nueva esposa, pero decidió que se la soplaba.

Se la soplaba todo aquello y ya se había hartado de aparentar que estaba bien.

Era el momento de ir a refugiarse a su habitación del hotel para poder llorar hasta quedarse dormido.

—Bueno, como has dicho antes, anoche no dormí mucho, así que debería descansar antes del partido.

—No te irás ya, ¿verdad? Venga, que te pago un café. —Papá se rio—. Deberías ser tú el que nos pagara los cafés a nosotros, con la de millones que ganas.

Curtis Barrett también tenía millones de dólares. Tal vez no tantos como Troy, pero la empresa de grúas que había fundado más de veinte años atrás lo había convertido en un hombre rico.