Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Uy, no, me encantaba. La familia, quiero decir.

Del tío Elroy podría haber prescindido de vez en cuando, pero supongo que también forma parte de la familia.

Aún me encanta ir a casa. Ayudo mucho cuando no estoy aquí trabajando.

Ay, leche, que ni siquiera te lo he contado.

Mi familia tiene un huerto de manzanos. Cuarta generación.

—Señaló con orgullo una chapa de su chaqueta que decía: «Huerto de autorrecolección de la familia Drover»—.

Así que, ya sabes, avísame si necesitas manzanas.

Las mejillas de Harris se parecían un poco a las manzanas: rosadas y regordetas sobre la línea de su cuidada barba.

Su sonrisa casi permanente las moldeaba en forma de unas bolitas redondeadas que Troy sintió el fugaz y confuso deseo de morder.

No le sorprendería que Harris supiera a manzanas, dulces y saludables.

—Lo haré.

Harris seguía sonriéndole, como si no hubiera nada que pudiera hacerlo tan feliz como el hecho de que Troy le pidiera que le regalase unas manzanas.

Ese hombre era, pensó Troy, casi lo opuesto a Adrian.

Mientras que Adrian era alto, de piel dorada, cabello y ojos oscuros, y tenía un físico más musculoso y definido que el cuerpo de deportista profesional del propio Troy, Harris era compacto, pálido y blando.

Adrian sonreía sin esfuerzo, pero como parte de una actuación.

Si lo creía necesario, era capaz de poner una cara amable fuera cual fuera su estado de ánimo verdadero.

El buen humor de Harris parecía completamente natural y genuino.

Adrian también era un poco esnob, así que nunca se pondría un gorro con borla ni una cazadora vaquera llena de pines.

Tampoco una camiseta de Wonder Woman, que era justo lo que Harris llevaba en ese momento.

De hecho, Adrian probablemente habría hecho algún comentario malicioso sobre la imagen que daba Harris, algo que a Troy le horrorizaba pensar.

Troy se preguntaba si Harris tenía novio. Parecía buen tío. Seguro que era muy cariñoso. Uno de esos novios que compra regalos considerados. O que los hace él mismo.

—Supongamos —dijo Troy— que hago el vídeo de preguntas y respuestas. ¿Cuánto tardaríamos?

—No mucho. Unos quince minutos. Se edita hasta dejarlo en unos noventa segundos.

—¿Y podrías hacerlo… ahora?

A Harris se le iluminó la cara.

—Podría hacerlo ahora mismo sin ningún problema.

—Solo preguntas fáciles, ¿vale? La mantequilla de cacahuete, ¿suave o crujiente? Cosas así.

Harris abrió los ojos como platos, fingiendo estar horrorizado.

—Ni hablar. ¿Qué quieres, que el fandom de la mantequilla de cacahuete crujiente se te eche encima en internet? Es mejor evitar controversias.

—A lo mejor me gusta crujiente…

—Los fans de la suave son aún peor.

Troy no se rio, pero hacía días que no se sentía tan ligero.

—Venga, manos a la obra.

—Siéntate. Solo tengo que preparar un par de cosas.

Harris observó cómo Troy daba un paso hacia la silla y luego se detenía. Frunció el ceño mirando al suelo y se mordió el labio, como si intentara tomar una decisión.

—¿Pasa algo? —preguntó Harris.

Troy clavó su intensa mirada azul cobalto en Harris.

—No. —Volvió a avanzar hacia la silla, pero se detuvo de nuevo—. No soy homófobo.

Durante un extraño segundo, Harris se quedó sin palabras. Luego dijo:

—Me alegra oírlo.

—Eres… gay, ¿verdad?

Harris quería bromear con el hecho de que igual su pin con la inscripción «Libra supergay» era una pista demasiado sutil, pero se mordió la lengua.

—Así es.

—Es genial. Sé que, cuando nos conocimos, seguramente pareció que te juzgaba por tus… —Troy señaló su propio pecho—. Pines y esas cosas.

—Se me pasó por la cabeza, sí —admitió Harris.

—Pues no es así. Te lo juro. Es solo que me sorprendió. De verdad que no tengo ningún problema con…, ya sabes.

—¿Con los pines? —Harris se mordió el interior de la mejilla; estaba disfrutando más de la cuenta vacilándole a ese tío.

Troy se sonrojó, pero solo un poco.

—Eso.

Por un momento, Harris se quedó hipnotizado por la forma en que los labios de Troy habían conformado algo parecido a una tímida sonrisa. Después se le suavizó la mirada, y Harris recordó que Troy solo tenía veinticinco años. Igual que él.

—Entonces, vamos a empezar de nuevo. —Le tendió la mano—. Soy Harris.

La sonrisa de Troy creció otro milímetro.

—Troy.

Su mano era tan firme y cálida como Harris la recordaba de la primera vez que ambos se la habían estrechado. Fuerte y con un punto de sequedad en la piel.

—Encantado de conocerte, Troy. Ponte cómodo por ahí y yo me aseguraré de que esto sea rápido e indoloro.

Troy se sentó en la silla, con las piernas abiertas y las manos cruzadas sobre el regazo.

Lucía unos pantalones cortos holgados que le caían sobre sus definidos muslos.

Harris había visto muslos y traseros perfectamente esculpidos más que de sobra durante el tiempo que llevaba trabajando para los Ottawa Centaurs, pero aun así se tomó unos segundos para admirar las piernas de Troy antes de comprobar los niveles de iluminación de su rostro.

—Sabes que fuera hace frío, ¿verdad? —bromeó Harris.

Troy llevó la vista hacia sus propias piernas desnudas.

—He venido medio corriendo.

Para disculparse con Harris. Lo que resultaba desconcertantemente tierno y no se ajustaba en absoluto a lo que la gente decía de Troy.

—Ya no estás en la sureña Toronto. Aquí los inviernos son brutales.

—¿Sureña? —Se rio Troy—. Toronto tiene los mismos inviernos.

—Puede que para enero hayas cambiado de idea. Si aún no has muerto congelado…

—En enero prometo llevar pantalones.

Harris se rio y les echó otra mirada a los poderosos muslos de Troy antes de alejar la conversación de su impresionante mitad inferior.

—Si decides hacerte una cuenta de Instagram, puedo ayudarte con el contenido de los primeros posts.

—Vale.

A pesar de su fama de bocazas durante los partidos, estaba claro que Troy no era muy hablador fuera de la pista. Por suerte, a Harris no le costaba nada llenar los silencios.

—Puedes centrarte en lo profesional y publicar solo cosas oficiales del equipo.

Hay jugadores que apenas usan su cuenta y otros que están superimplicados.

Wyatt sube un montón de posts sobre cómics.

Bood básicamente hace todo el trabajo por mí, de tantos vídeos que publica.

Ilya no solía usarla, pero ahora le encanta hacerle fotos a cualquier cosa en las ciudades que visita.

—Harris se rio—. Ojalá a veces girara la cámara.

Seguro que los fans prefieren ver a su héroe que una extraña boca de incendios, ¿no?

—Supongo.

—Perdona. Soy muy parlanchín.

Troy se lo quedó mirando un momento; sus ojos azules eran penetrantes, pero no fríos. Casi parecía divertirse.

—Me he dado cuenta.

—Te diría que me mandaras callar, pero lo más probable es que no sirviera de nada.

—No pasa nada.

Troy volvió a mirar al suelo, con los hombros caídos. Parecía cansado. Harris decidió agilizar las cosas.

—Deja que te ponga este micro y ya estaremos listos.

Sacó un pequeño micrófono de clip de la bolsa en la que llevaba el equipo y se dirigió hacia Troy. Se agachó entre sus piernas abiertas y le sujetó el micro cuidadosamente al cuello de su camiseta de los Ottawa Centaurs.

Cuando levantó la vista hacia el rostro de Troy, se encontró con esos profundos ojos oceánicos observándolo. Una inoportuna oleada de calor recorrió el cuerpo de Harris cuando su polla se dio cuenta de que estaba encajado entre los esculpidos muslos de un hombre muy atractivo.

Se levantó rápidamente y caminó hacia atrás hasta la cámara para contemplar a Troy en la pantallita y salir de entre sus piernas.

—Cuando quieras.

—Vale.

Troy echó los hombros hacia atrás y se sentó erguido. Mantuvo las manos cruzadas sobre el regazo, con actitud profesional y seguramente en absoluto distraído por ningún pensamiento sexual.

Harris empezó haciéndole preguntas de hockey, porque había descubierto que los jugadores se sentían más cómodos hablando de su deporte. Le preguntó a Troy por sus jugadores preferidos cuando era niño y por el recuerdo más preciado de su carrera.

—¿Quién es tu jugador actual favorito? —inquirió Harris.

Troy no vaciló ni un segundo.

—Scott Hunter.

Vaya. Qué… inesperado. Sin duda Scott Hunter era uno de los mejores jugadores de la liga, pero también era un hombre abiertamente gay y activista. En resumidas cuentas, a Harris le había impresionado la elección de Troy.

—Es increíble de verdad.

—También soy un gran admirador de Ilya Rozanov —añadió Troy—. Es muy emocionante tener la oportunidad de jugar con él.

—Madre mía, ni se te ocurra decírselo —bromeó Harris—. Ese tío no necesita un ego más grande del que ya tiene.

Troy apretó casi imperceptiblemente los labios.

—No lo haré.

Harris pensó que era un buen momento para pasar a las preguntas sobre gustos personales.

—¿Te gustan más los perros o los gatos?

—Eh…, los perros, creo. Nunca he tenido mascota.

—Anda. ¿Nunca?

—Nop.

—Ostras, qué pena. A mí me encantan los perros. Ahora no tengo ninguno, pero algún día quiero vivir en una casa en el campo con, no sé, cinco. De los grandes.

—Son muchos.

—Es el número perfecto de perros.

Troy sacudió la cabeza e hizo un ruido similar a una risita.

—¿Tienes alguna afición?

Curiosamente, pareció que a Troy se le atragantaba la pregunta. Tras devanarse los sesos un momento para revelar cualquier cosa que le gustara hacer además de jugar al hockey, por fin dijo:

—A veces juego al tenis.

Bueno, al menos no era ni golf ni videojuegos, las respuestas que Harris obtenía el 90 por ciento de las veces.

—Yo nunca he jugado al tenis —admitió—. Aunque me gusta verlo. —No especificó que solía hacerlo porque los jugadores de tenis estaban buenísimos. Seguro que Troy parecía un adonis cuando practicaba ese deporte—. ¿Cuál es tu helado favorito?

—Mmm. Mierda. Llevo tiempo sin tomar helado. Chocolate, supongo.