Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

—¿Qué opinas de Barrett? —preguntó Harris.

Era la mañana siguiente al primer partido de Troy con Ottawa y, tanto por motivos profesionales como personales, Harris no dejaba de pensar en él.

Gen levantó la vista del ordenador. Sus escritorios estaban frente a frente en el pequeño despacho que compartían.

—Si le preguntas a gente del hockey, casi todos te dirán que es un capullo. Y aún no ha demostrado lo contrario.

—Todos decían que Rozanov era un capullo —señaló Harris—. Y resultó que se equivocaban.

Gen se rio.

—Es que Rozanov es un capullo. Solo que de los divertidos. Troy de divertido no tiene un pelo.

Harris frunció el ceño mientras se desplazaba por los comentarios de su último post de Instagram, sin llegar a leerlos.

—Estaba pensando que quizá…

Mirando la pantalla, Gen entrecerró los ojos e hizo clic varias veces con el ratón.

—¿Qué?

—No sé. Que quizá ahora mismo no le iría mal un amigo. Parece… triste.

Eso captó de pleno la atención de Gen, que se reclinó en la silla, con las cejas levantadas.

—¿Quieres ser amigo de Barrett? Espera, no he dicho nada. Tú quieres ser amigo de todo el mundo.

—¡Es mi trabajo!

—Más o menos. —Volvió a sus clics con los ojos entrecerrados—. Es guapo… —dijo como quien no quiere la cosa.

Harris se cruzó de brazos en actitud protectora.

—No es feo… —coincidió.

Los labios de Gen dibujaron una sonrisa, pero ella no apartó la vista de la pantalla del ordenador.

—¿No me dijiste la temporada pasada que te parecía el jugador más buenorro de la liga?

Por supuesto que Harris lo había dicho.

—Pues no me acuerdo.

—Estábamos jugando a «¿Con quién te casarías, a quién te follarías y a quién matarías?» y respondiste «Follarme a Troy Barrett» tres veces.

Ah. Vale.

—Me habría tomado algunas cervezas.

—Mmm.

—Pero qué más da su aspecto. No sé si simplemente es un cabronazo o se comporta así como algún tipo de mecanismo de defensa. A lo mejor solo necesita que la gente sea maja con él.

Gen resopló.

—Las estrellas de la NHL lo tienen tan difícil… Si alguien las adorara...

—¿Has visto alguno de los comentarios de nuestros posts? Los fans son crueles con él.

—No. Revisar los comentarios es trabajo tuyo. A mí lo único que me importa es que uses mis mejores fotos y no las mierdas esas que haces con el iPhone.

—Su foto en la pista mientras sonaba el himno antes de su primer partido en casa —prosiguió Harris ignorándola—. Tanto en Twitter como en Instagram tiene como un millón de comentarios desagradables.

—¿A favor o en contra de Dallas Kent?

—De los dos, pero lo importante es que todos eran en contra de Troy Barrett. Este dice: «Barrett está celoso porque Kent no se lo va a follar». Y luego sueltan unos insultos que no pienso repetir.

—Los fans del hockey son idiotas. ¿Algo nuevo que añadir?

Harris no se molestó en defenderlos, y optó por plantear:

—No sé por qué a estas alturas Barrett no es un héroe.

—Claro que lo sabes.

—Pero hizo lo correc…

—Los hombres nunca creen a las mujeres. Las propias mujeres no creen a las mujeres. Venga, Harris. Lo sabes. ¿Qué esperabas que sucediera? ¿Que toda la liga siguiera el ejemplo de Barrett y a Kent lo echaran del hockey?

—Es lo que debería haber pasado.

—Joder, no me digas. Pero, en lugar de eso, lo más probable es que Barrett se arrepienta de haber abierto la boca. ¡Seguro que ni siquiera quería decirlo! No tenía mucho que añadir cuando le saqué el tema.

A Harris casi se le cayó el móvil.

—¿Le sacaste el tema? ¿Cuándo?

—Cuando le estaba haciendo la foto oficial. Le dije que qué bien que se hubiera encarado con Kent.

—¿Y qué te respondió?

—Que era complicado, lo que en realidad no significa nada. —Suspiró—. Odio esa palabra. No es «complicado», Kent es un violador y Barrett se lo ha dicho a la cara.

Un pesado silencio inundó el despacho. Gen siempre era muy directa, pero además también solía tener razón.

—¿Crees… —comenzó a preguntar Harris— que Troy estaba seguro?

Llevaba varios días con esa pregunta en la cabeza.

—¿Te refieres a si creo que fue testigo de cómo su mejor amigo agredía a mujeres y no había dicho nada hasta ahora? —Gen se encogió de hombros—. No lo sé. Quizá. Espero que no.

—Y yo.

Volvió a centrarse en el ordenador.

—Mi trabajo no es que me gusten, sino hacer que parezcan guapos. Y la cara bonita de Barrett me facilita mucho las cosas. Ojalá no sea cómplice de agresión sexual, pero si lo es…, bueno, no sería el único de la liga, estoy segura.

Harris se mordió el labio. Lo más probable era que hubiera más.

Aunque, por alguna razón, él no creía que Troy fuera cómplice.

Apenas conocía a ese chico, pero quería pensar que era buena persona, aunque solo fuera por motivos profesionales.

A Harris le gustaban todos los miembros del equipo de Ottawa y no quería que eso cambiara.

—Vale —dijo Gen apartándose del escritorio con un fuerte chirrido de las ruedas de su silla contra el duro suelo—. Tengo que ir a hacerle unas fotos a Haas posando con las nuevas prendas para los fans.

—Eso está chupado —contestó Harris—. Haas es una monada.

Luca Haas era un rookie de veintiún años nacido en Suiza con el pelo rubio y un rostro aniñado que se sonrojaba con facilidad. Había sido el número dos global en la selección hacía un par de años, y los seguidores de los Ottawa Centaurs estaban emocionados de tenerlo en el equipo esa temporada.

—Seguro que puedo conseguir que haga alguna pose superridícula. ¿Crees que me dejaría tirarle un cubo de agua si le digo que necesitamos un look mojado?

Harris se rio al imaginárselo. Luca era sumamente educado y siempre estaba dispuesto a complacer a los demás.

—Pórtate bien con él. Bastante caña le dan ya sus compañeros.

—Es culpa suya por ponerlo tan fácil a la hora de tomarle el pelo.

Harris llevaba unos cinco minutos solo en el despacho cuando oyó llamar a la puerta.

—Adelante.

Como ya estaba entornada, comenzó a abrirse poco a poco, y Harris no pudo sorprenderse más al ver a Troy Barrett entrar en el despacho.

Troy observó cómo la sonrisa de Harris mutaba en un gesto de confusión cuando entró a su despacho.

—Ah —dijo Harris—. Hola.

—Hola.

Detrás del ordenador, Harris se levantó de la silla.

—Qué sorpresa.

—Ya, mmm… —Troy se frotó el cuello. Más vale que acabara con aquello de una vez—. Perdona. Anoche fui un maleducado. Tú estabas siendo majo y yo me porté como un gilipollas, para variar.

Harris alzó las cejas.

—¿Has venido hasta aquí para disculparte conmigo?

Eso era justo lo que Troy estaba haciendo, pero ahora que se lo preguntaban así, a bocajarro, se sentía un poco imbécil.

—Estoy aquí al lado, en el hotel que hay calle abajo.

Mierda. Debería haber dicho que tenía que venir también por otra cosa. Eso habría quedado mejor.

Harris recuperó su sonrisa.

—Disculpa aceptada.

—Genial. Gracias.

Troy no sabía qué hacer. Irse, quizá.

—En realidad —dijo Harris antes de que Troy pudiera escaparse—, esta mañana he estado pensando en ti y en las redes sociales. No te culpo por odiarlas. He visto cómo han estado hablando de ti en internet. Es… desagradable.

—Intento no prestar atención a esas cosas.

—Buena idea. Pero, si en algún momento quieres proyectar una nueva imagen de ti mismo, que sepas que se me da muy bien mi trabajo.

Troy no estaba seguro de qué significaba que a alguien se le diera bien publicar mierdas en Twitter, pero había decidido ser más abierto de mente.

—Me lo pensaré.

Ahí ya iba a marcharse de verdad, pero Harris volvió a impedírselo con otra pregunta.

—¿Qué te ha parecido Ottawa hasta ahora?

La reacción instintiva de Troy era decir algo despreciable sobre la aburrida ciudad a la que se veía obligado a llamar hogar, o tal vez recordarle a Harris que vivía en una habitación de hotel que prácticamente estaba pegada a la pista de hielo, pero se las arregló para mostrarse civilizado.

—No está mal. No he visto gran cosa.

—Yo he vivido aquí toda la vida, así que, si te surgen dudas, puedes preguntarme lo que sea.

Troy no tenía la menor duda, aunque apenas conocía a ese tío, de que, si le pedía que le recomendara un restaurante, Harris le recitaría unas cien opciones del tirón, además de los motivos detallados de por qué cada una de ellas era estupenda.

—¿Ya has buscado algún sitio en el que vivir? —quiso saber Harris.

—No. Lo haré cuando volvamos del viaje.

—¿Prefieres estar en el centro o más cerca de la pista?

—No estoy seguro. —En realidad a Troy le daba igual. Su plan era alquilar algo sencillo y amueblado, porque no tenía ninguna intención de quedarse en Ottawa una vez terminara la temporada. Dedicaría el año a demostrar que seguía siendo un activo valioso y luego se iría a un equipo mejor.

—¿Tú dónde vives?

—En The Glebe. En un apartamentito bastante agradable. Nada del otro mundo.

Troy no tenía ni idea de qué cojones era The Glebe.

—Guay.

Harris pareció tomarse la respuesta monosilábica de Troy como una invitación a seguir hablando.

—Llevo un año allí y todavía se me hace raro vivir solo. Crecí en una casa llena de gente. Más de quince hectáreas de terreno y aun así teníamos que compartir el baño.

Sonaba fatal.

—¿Sois una familia grande?

—Dos hermanas mayores; mi madre; mi padre; la abuela, cuando aún vivía; tres perros; un gato y un fantasma.

Troy decidió ignorar eso último.

—Madre mía. Cuánta gente. —Maldita sea. No, no podía ignorar eso último—. ¿Un fantasma?

—Sip. La abuela solía decir que era mi tío tatarabuelo Elroy. Era un tipo tranquilo, y de fantasma es más o menos igual. Aunque a veces tira cosas al suelo.

A Troy le pareció que aquello era del todo imposible. Por muchas razones.

—Estarás contento de haberte ido de allí.