Modelo a seguir (Game Changers 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¡Harris! ¡Tengo algo para ti!

Harris levantó la mirada del móvil. Estaba en el pasillo junto al vestuario de Ottawa, subiendo unos tuits previos al partido en la cuenta del equipo. Wyatt Hayes iba corriendo hacia él con un libro grueso muy colorido en la mano.

—Es el cómic de Thor del que te hablé: todas sus historietas recopiladas en un solo libro. Creo que te gustará. Es divertido.

—¡Ay, qué bien! ¡Me encanta!

En una ocasión, Harris le había dicho de pasada a Wyatt que antes leía muchos cómics, y desde entonces Wyatt estaba encantado de dejarle novelas gráficas.

De momento le había gustado todo lo que le había prestado Wyatt, aunque siempre sentía la presión de leérselo a toda prisa porque a Wyatt le encantaba comentarlos con él.

—Gracias. Oye, ¡tendríamos que hacer otra edición de Los héroes de Hazy ! —propuso Harris—. Ya hace tiempo que no subimos nada.

—Claro. Tengo una lista interminable de libros por recomendar.

La temporada anterior a Harris se le había ocurrido la idea de grabar segmentos cortos en los que Wyatt hablaba de sus cómics favoritos.

Los vídeos se habían hecho tan populares que Harris había creado otros similares para algunos de los demás jugadores: A la carrera con Roz , donde Harris —con mucha valentía— se montaba en el asiento del copiloto de uno de los coches deportivos de lujo de Ilya Rozanov y salían a dar una vuelta, y De barbacoa con Bood , donde Zane Boodram demostraba que era un maestro de la parrilla, incluso en pleno invierno en Ottawa.

—Estaba pensando —dijo Wyatt— que quizá compre unos cuantos cómics para todas las edades para cuando volvamos al hospital infantil y se los regale a los críos. No tengo nada en contra de los pucks firmados, pero no sirven para leer, ¿sabes?

—Les encantaría —dijo Harris con toda seguridad.

Sabía muy bien cuánto significaban las visitas de los jugadores de la NHL para las criaturas que había allí, y también sabía lo emocionante que era que te regalaran cualquier cosa con la que pasar el rato cuando estabas confinado a una cama de hospital.

—No se lo cuentes a Roz, porque, si no, intentará superarme. Seguro que se le ocurriría regalarles Ferraris o algo así —bromeó Wyatt.

Harris se echó a reír. Se lo imaginaba perfectamente, por ridículo que pareciera.

La última vez que el equipo había visitado el hospital infantil, Ilya se había quedado por su cuenta después de que se marchara el autobús oficial.

Harris se había enterado luego de que había cogido un taxi para volver a casa después de un torneo de Mario Kart al que había retado a un puñado de chavales.

—Quizá, si se lo cuento, se presenta con un disfraz de Batman —dijo Harris—. Valdría la pena.

En ese momento entró Troy Barrett. Acababa de llegar al estadio; Harris se fijó en que lo había hecho antes que la mayoría de sus compañeros.

Llevaba un traje que parecía recién sacado de una maleta y un gorro de lana negro que le cubría la frente y le llegaba hasta las cejas igual de negras.

Además, tenía un enorme vaso de Starbucks.

Saludó con la cabeza a Harris y Wyatt, sin calidez alguna en la expresión. También sin frialdad. Estaba… nervioso, decidió Harris. Era tímido.

—Has encontrado el Starbucks —dijo Harris contento.

—¿Eh?

Troy hurgó debajo del gorro y se quitó un auricular de botón.

Harris señaló el vaso.

—Que has encontrado el Starbucks —repitió.

—Sí.

Troy no sonrió. Tenía los ojos muy abiertos y llenos de duda, como si no estuviera seguro de si habían acabado la conversación. Dejó suspendida cerca de la sien la mano en la que tenía el auricular.

Harris estuvo a punto de decir algo tipo «buena suerte esta noche», pero no quería poner aún más nervioso a Troy. Así pues, en lugar de eso preguntó:

—¿Qué escuchas?

Por un largo segundo, Harris habría jurado que Troy iba a decir «a ti». Entrecerró los ojos y luego parpadeó, como si tratara de obligarse a poner de nuevo una mueca de desdén.

—Eh, bah, ya sabes. EDM .

—Guay.

A partir de su experiencia, Harris habría asegurado que, si le preguntabas a un jugador de la NHL qué música escuchaba, la respuesta siempre era EDM , country, hip-hop o Mumford había subido la alineación oficial a Twitter e Instagram.

También había preparado un post para promocionar el debut de Troy Barrett en Ottawa.

Revisó los comentarios de ese post en Twitter y uf…

A Barrett no le estaban dando una cálida bienvenida precisamente.

Los comentarios provenían de una mezcla de fans del equipo de Toronto y de Dallas Kent que querían verlo muerto, junto con algunos fans de Ottawa que estaban asqueados de que su equipo lo hubiera fichado. Cuando Harris comprobó el mismo post en Instagram, vio que los comentarios eran similares.

La cosa era que, aunque Ottawa había conseguido a Barrett por mucho menos de lo que valía, también había tenido que ceder a unos cuantos jugadores interesantes a Toronto.

Por no mencionar que habían tenido que aceptar la carga del cuantioso sueldo de Barrett.

La única forma que tenía Barrett de ganarse el corazón de los fans de Ottawa era jugar el mejor hockey de su vida.

Había muchos asientos libres. Eso fue lo primero que llamó la atención de Troy. También había muchos asientos ocupados, sí, pero… había muchos libres.

Estaba plantado sobre la línea azul, esperando a que anunciaran su nombre como primer jugador del ala derecha del partido.

En Toronto, era difícil conseguir entradas, pues se agotaban mucho antes de cada encuentro.

Aquí en Ottawa daba la impresión de que uno podía ir a la taquilla el mismo día del partido y comprar una entrada.

Troy sabía que durante años el equipo de Ottawa había sido nefasto y que muchos fans habían perdido interés.

Habría sido de esperar que la incorporación de Ilya Rozanov e incluso el ascenso inesperado de Wyatt Hayes como uno de los mejores porteros de la liga hicieran que algunos fans volvieran a las gradas.

Y, en realidad, era posible que hubiera más aficionados que de costumbre, pero madre mía.

La energía a la que estaba acostumbrado Troy en Toronto no se veía por ninguna parte en aquel estadio.

—¡Número diecisiete, Troy Barrett!

Cuando el presentador anunció su nombre la multitud se quedó… indiferente. Hubo algunos aplausos. Varios vítores. Pero también el zumbido bajo que era, con toda probabilidad, el sonido de unas once mil personas murmurando con incomodidad.

No esperaba que lo recibieran con los brazos abiertos en Ottawa.

Algunos fans del hockey no le perdonarían nunca que no hubiera defendido a ciegas al capullo de su compañero de equipo.

E, incluso sin tener eso en cuenta, hasta la semana anterior Troy había sido un Toronto Guardian, un feroz rival de Ottawa.

Bueno, feroz rival en el sentido en que un gran tiburón blanco y una estrella de mar pueden considerarse rivales.

Troy no debería pensar así de su nuevo equipo.

Anunciaron el nombre de Rozanov y el incómodo murmullo se convirtió en un ensordecedor rugido de aprobación. Ottawa amaba a su capitán. Zane Boodram, el capitán asistente que había jugado en Ottawa desde su primerísimo partido en la NHL , también recibió grandes aplausos.

¿Aplaudirían alguna vez a Troy de esa manera? ¿Acaso le importaba? Él lo daría todo en la pista y la afición podía hacer lo que le viniera en gana.

El partido no fue bien. Por lo menos, para Troy. No había sido capaz de conectar con sus compañeros de línea, había perdido varios pases y había estado fuera de juego un bochornoso número de veces, lo que había obligado a parar el partido cuando podía haber tenido una buena oportunidad de marcar.

Había tenido cero oportunidades de marcar.

Su único tiro a portería había pasado de largo.

Había perdido los dos saques que había disputado.

Sin querer, había mandado el puck por encima del cristal y había provocado una desventaja en su nuevo equipo por falta.

Había sido una mierda de partido de principio a fin.

Aun así, Ottawa había logrado de algún modo vencer al equipo de Pittsburgh, que era superior.

Había sido sobre todo gracias a la magnífica capacidad para parar goles de Wyatt y también a los dos goles de Rozanov.

Troy no solo no había contribuido a la victoria, sino que su penoso juego no había interferido en absoluto. Era un cero a la izquierda.

Después del encuentro, el vestuario se llenó de periodistas. Como era natural, todos querían hablar con Troy tras su primer partido con los Ottawa Centaurs.

Les respondió dando la menor información posible. Sí, Ottawa tenía un estilo de juego diferente del de Toronto y tendría que amoldarse. No, no estaba distraído.

Sus respuestas eran variaciones de lo mismo: estaba concentrado en el hockey y emocionado de poder llevar a su nuevo equipo a la victoria. Ambas afirmaciones eran mentira, pero le habría encantado que fueran verdad.

Entonces, algún capullo le preguntó si se arrepentía de lo que le había dicho a Dallas Kent.

Como si fuera una pregunta sencilla y no una que despertaría toda clase de pensamientos en Troy.

Como si no le estuviera preguntando si Troy lamentaba haber perdido todo lo que le importaba en cuestión de una semana.

¿Alguien le había preguntado a Dallas si se arrepentía de lo que había hecho? Desde luego que no.

Troy se tragó la rabia e intentó formar palabras. Levantó la mirada y descubrió a Harris, que debía de estar subido a una silla o algo así, y hacía fotos desde detrás del mar de periodistas. Se miraron a los ojos y a Troy le pareció advertir empatía en la mirada de Harris.

—No quiero hablar más del tema —dijo Troy por fin.

Estaba orgulloso de lo neutro que había sonado su tono, sin transmitir la tormenta de emociones que se acumulaba como un tornado dentro de él.

Pero también lo recorrió un latigazo nuevo de vergüenza y sentimiento de culpa.

Porque en el fondo de su corazón sabía que sí debería hablar más del tema. Todo el mundo debería hacerlo.

Los periodistas pillaron la indirecta y la masa se dispersó para dirigirse a hablar con Wyatt en lugar de con Troy. Harris se quedó rezagado. Se bajó de la silla en la que estaba en equilibrio y sonrió a Troy con afecto.

—No sé muy bien qué esperaba ese tío que dijeras.

Troy solo logró gruñir a modo de respuesta, pero Harris no dejó de sonreír y Troy no dejó de mirarlo. Tenía una sonrisa bonita, natural y genuina.

—Bueno, debería…

Harris hizo un gesto hacia los periodistas que se habían reunido alrededor de Wyatt.

—Sí.

—Nos vemos mañana. Para la entrevista. Si todavía estás libre, ¿eh?

Claro. Aquella cosa. Troy se había olvidado y en realidad no le apetecía hacerla.

—Mira, eh… Sé que tu trabajo es, tipo, hacer que parezcamos tipos divertidos o héroes o lo que sea, pero preferiría concentrarme en el hockey. Los otros rollos no son para mí.

La luz de la mirada de Harris se apagó.

—Entendido.

Troy asintió, listo para dar por zanjada la conversación.

—Bueno. Voy a…

—Claro. —Harris le dedicó una sonrisa forzada que no pegaba nada con su cara—. De todas formas, tengo otros jugadores a los que molestar.

Troy estuvo a punto de responder. A punto de asegurarle a Harris que no le molestaba, aunque no fuera del todo cierto.

Pero no lo hizo, porque era la forma más sutil que tenía de indicarle a Harris que no se hiciera ilusiones con él. En el pasado lo más probable era que se hubiera limitado a mirar con desdén a Harris o hubiera dejado que Dallas Kent lo hiciera por él. Era un avance.

Aun así, se sintió como un capullo de mierda mientras observaba cómo se alejaba Harris.