Capítulo 2
Maldita sea. Desde luego, Troy Barrett era muy mono.
Harris estaba en su despacho, contemplando un retrato que Gen acababa de hacer del último fichaje de Ottawa.
Siempre había pensado que Troy era uno de los jugadores más atractivos de la NHL , y conocerlo en persona ese día no había hecho más que reforzar esa opinión.
Los intensos ojos azules de Troy, el brillante pelo oscuro y los labios marcados hacían que se pareciera más a una estrella del pop que a un jugador de hockey.
Su cara estrecha tenía una mandíbula afiladísima, ensombrecida por una barba de tres días, y sus pómulos eran impresionantes.
Pero lo que tenía cautivado a Harris eran sus ojos. Relucían como llamas azules bajo unas cejas oscuras y marcadas y una pestañas largas y muy pobladas.
Harris recordó el desprecio absoluto que habían expresado esos ojos al observar su colección de pines.
Conocía bien esa mirada. La recibía en el súper, en el bus y a veces, sí, también en el trabajo.
Nadie iba a impedir que mostrara con orgullo su pertenencia al colectivo LGBTIQ+ en el pecho, en la muñeca o en una de las distintas camisetas en defensa de la comunidad queer que tenía.
Lo que solía sentir al recibir miradas como la que había puesto Barrett al ver su despliegue arcoíris era decepción.
En este caso, la decepción había sido doble, porque Harris tenía la esperanza de que Troy Barrett fuera mejor persona de lo que indicaban los rumores sobre él.
Aun así. Era muy guapo.
Harris nunca se había enrollado con un jugador de la NHL porque no quería mezclar lo profesional y lo personal. Y también porque nunca se había presentado la oportunidad.
Los jugadores de la NHL eran como dioses, con cuerpos espectaculares y cuentas bancarias a rebosar.
Y Harris era… Harris. Bajo, algo regordete, poco atlético y, por supuesto, no era rico.
Ganaba menos en un año que algunos de esos deportistas en un día.
Así pues, su promesa personal de no acostarse nunca con un miembro del equipo en el que trabajaba tenía mucho también de promesa de no hacerse ilusiones en vano.
Pero…, si Harris se lanzara alguna vez con un jugador de la NHL , no le importaría que ese hombre se pareciese a Troy Barrett.
El correo de Gen mencionaba que había incluido una foto de Troy sonriendo, pero que recomendaba no usarla.
En cuanto Harris la abrió, soltó una carcajada.
Gen hablaba en serio, la sonrisa de Troy parecía emplastada encima.
No solo no se reflejaba en sus ojos, es que apenas se reflejaba en sus labios…
Harris pensó que si él fuera capaz de jugar para la NHL —en fin, si fuera capaz de jugar al hockey a secas— no dejaría de sonreír nunca. Joder, si ya se pasaba el día sonriendo.
Eligió una de las fotos de Troy con cara seria —todas se parecían mucho— y la metió en el marco que había creado para los posts en los que presentaba a los jugadores nuevos.
—Venga, chaval, ya lo tenemos —dijo mientras subía el post a la cuenta de Instagram del equipo—. Eres oficialmente un Ottawa Centaur.
A continuación, abrió el documento con la lista seguida de preguntas que había pensado para los vídeos con entrevistas a jugadores.
Empezó a cortar y pegar algunas en una lista nueva que tituló «Preguntas para Troy Barrett».
Al cabo de unos minutos, ya tenía una lista decente, pero que no contenía ninguna de las preguntas que quería formularle en realidad.
Preguntas sobre Dallas Kent que, sin duda, no serían apropiadas para un simpático vídeo promocional.
Pero, maldita sea, Harris tenía mil cosas que preguntarle.
Cuando había aparecido en Reddit el primer hilo sobre Kent, Harris se había quedado horrorizado, aunque no del todo sorprendido.
La mujer, que escribía de forma anónima, describía que Kent la había violado en una fiesta en casa de él.
Era un post largo y detallado, durísimo de leer, pero Harris había leído hasta la última coma.
También había leído de cabo a rabo las indignantes respuestas que se burlaban, menospreciaban o amenazaban a la mujer que lo había denunciado.
Había leído conversaciones igual de irrespetuosas entre fans del hockey en las redes.
Había visto y leído la respuesta general en los medios del mundo del hockey, que en gran medida había sido en defensa de Kent.
Y Harris se había fijado en que la liga y sus jugadores estaban decididos o bien a pasar por alto todo el altercado, o bien a quejarse a diestro y siniestro de lo fácil que era para la gente decir gilipolleces en internet.
Luego aparecieron más posts similares. Más mujeres con historias horripilantes sobre Kent.
Harris las leyó todas y deseó que hubiera acusaciones formales que llevaran a una detención.
Aunque comprendía por qué las mujeres elegían mantenerse en el anonimato.
No le hacía falta ver nada más que esas crueles respuestas para saber por qué las víctimas de Kent no habían presentado cargos.
Aunque había muchos tíos en el vestuario de Ottawa asqueados con Kent y que querían verlo en la cárcel, ninguno había dicho nada públicamente.
En conjunto, el mundo del hockey había guardado silencio sobre la situación de Dallas Kent.
Las acusaciones habían hecho sentir incómodos a los jugadores de hockey, pero la mayoría se había contentado con hacer oídos sordos.
Troy Barrett no lo había hecho. Él había sido el único que había plantado cara a Kent.
En sentido literal, porque se había confrontado a él durante un entrenamiento del equipo y lo había llamado violador.
Más claro que el agua, joder. ¿Habría sido testigo Troy o sabía sin más de lo que era capaz Kent tras años de ser compañero y amigo suyo? ¿Qué había provocado que saltase así?
Era habitual que hubiese discusiones e incluso peleas entre compañeros de equipo, y muchas habían quedado grabadas a lo largo de los años.
Pero los jugadores de hockey tendían a defender a sus compañeros cuando había acusaciones de abuso o acoso sexual.
Que Troy creyera a las víctimas de Kent era algo gordo.
Por mucho que el hockey le gustara a Harris, ese deporte tenía un historial nefasto en lo referente a castigar a los jugadores por, bueno, por cualquier cosa, la verdad. Troy no podía ser tan mala persona.
De todos modos, pensó Harris, alguien podía horrorizarse por los actos de un abusador sexual y aun así sentir repugnancia por los gais. Así que tal vez siguiera siendo un capullo.
Por motivos que no podía acabar de explicar, Harris abrió de nuevo la foto en la que Troy trataba de sonreír.
Pero esta vez, en lugar de reírse, contempló los ojos de Troy.
Eran tan llamativos que al principio no se había fijado en la ansiedad que desprendían.
Cuando se dio cuenta, no pudo evitar preguntarse qué aspecto tendría Troy si sonriera de forma genuina.
¿Se le arrugarían los ojos? ¿Le saldrían hoyuelos? Quizá Harris lograra hacerlo reír…
Salvo que, claro. Seguro que era homófobo.
Sacudió la cabeza y quitó la imagen. Ya bastaba de Troy Barrett. Tenía que subir las fotos del cachorro.
Cuando Troy regresó a la habitación de hotel, entró en su cuenta secreta de Instagram. Casi nunca subía cosas allí; la utilizaba sobre todo para seguir a Adrian. Y quizá ya no fuera adecuado hacerlo, pero todavía no podía creerse que las cosas hubieran acabado entre ellos.
La noche que los habían presentado en una fiesta en Vancouver dos años antes, Troy no había sido capaz de despegar la mirada de él.
Y eso que a Troy se le daba bien no mirar a hombres atractivos.
Adrian de la Cruz, la estrella de una famosa serie de televisión de superhéroes, estaba bien metido en el armario y se había quedado igual de pillado de Troy.
A través de una milagrosa combinación de feromonas, comunicación silenciosa y suerte, ambos habían adivinado que deseaban lo mismo.
Esa misma noche, se lo habían dado el uno al otro.
Un post reciente de Adrian mostró la razón por la que había cortado con Troy. La verdadera razón, no como los argumentos de mierda que le había contado de que ya no estaban enamorados o que solo habían estado juntos porque era fácil.
Troy no había comprendido ese argumento porque en su relación no había habido nada fácil…
Vivir con el miedo constante a que alguien se enterase no era fácil.
Vivir con tres zonas horarias de diferencia no era fácil.
Ser incapaz de hablar de su persona favorita del mundo con sus amigos, familiares y compañeros de equipo no era fácil.
Pasarse varios putos meses sin follar no era fácil.
No. La verdadera razón era el puto Justin Green, el director de una peli de Netflix que Adrian había rodado ¡hacía diez meses!
Que era, según había admitido Adrian, cuando había empezado a enamorarse de Justin.
Y ahora resultaba que, apenas cuatro días antes, Adrian había salido del armario y con orgullo había anunciado que iba a casarse.
Y Troy no tenía ni idea de cómo seguir con su existencia. No tenía a nadie con quien hablar de eso. Nadie sabía lo de Adrian. Nadie sabía siquiera que Troy era gay.
Y, por supuesto, el primer partido fuera de casa de Troy con el nuevo equipo tenía que ser en Vancouver. Como si las cosas no fueran ya una mierda, pronto estaría en la ciudad que siempre había sido su refugio. Esta vez estaría completamente solo.
Observó la foto de Adrian con su prometido, con la esperanza de que si la miraba suficiente rato acabaría borrándose la sensación surrealista y equivocada de ver a Adrian en brazos de otra persona.