Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Epílogo
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Epílogo

Ese gesto, grabar el propio nombre en la piedra, dejar que el nombre sobreviva al cuerpo que lo llevó, es el más egipcio de todos los gestos posibles.

Y es también, pensándolo bien, uno de los más humanos.

Cada escritor que firma un libro está haciendo lo que Esmet-Akhom hizo en Filé: apostando a que las palabras durarán más que el cuerpo, a que el nombre pronunciado por un lector desconocido en un tiempo futuro es una forma de existencia real.

Los egipcios no inventaron esa apuesta. Pero la llevaron más lejos, con más consecuencia y con más belleza, que casi ninguna otra civilización.

Hemos recorrido en este libro más de tres mil años de pensamiento religioso: desde las cosmogonías de Heliópolis y Hermópolis, donde el cosmos nace del deseo de un dios o de la tensión de ocho fuerzas impersonales, hasta las últimas inscripciones de Filé, donde un sacerdote solo mantiene viva una tradición que el mundo que lo rodea ha abandonado.

Hemos conocido a los dioses en su grandeza y en su vulnerabilidad, Ra engañado por Isis, Horus herido por Set, Osiris desmembrado en el Nilo, hemos seguido el viaje del sol por las doce cavernas del inframundo, hemos estado en el tribunal de Osiris cuando la balanza de Anubis decidía el destino de una vida.

Lo que ese recorrido deja, si se ha hecho con la atención que merece, no es solo conocimiento sobre una civilización antigua.

Es algo más difícil de nombrar: la sensación de que ciertas preguntas son tan viejas como el pensamiento humano, y que las respuestas que los egipcios encontraron para ellas no son simplemente curiosidades históricas sino contribuciones reales a la conversación que la humanidad lleva consigo desde que aprendió a usar el lenguaje.

¿Qué somos? ¿Qué queda de nosotros cuando morimos?

¿Qué hace que una vida haya valido la pena?

¿Qué sostiene el orden del mundo y qué lo amenaza?

Los egipcios respondieron con Maat y con Osiris y con la balanza y con la pluma.

Otras civilizaciones respondieron con otros nombres y otros símbolos. La pregunta sigue siendo la misma.

La magia de la tradición egipcia es que no resolvió esas preguntas sino que las habitó.

No eligió entre el tiempo que fluye y el tiempo que es: mantuvo los dos, Neheh y Djet, como dimensiones complementarias de una realidad que ninguno de ellos agota.

No eligió entre el cosmos creado por un dios y el cosmos que emerge de la tensión de fuerzas impersonales: preservó las cuatro tradiciones como cuatro verdades sobre un origen que ninguna puede capturar sola.

No eligió entre la justicia rigurosa y la compasión: construyó un tribunal donde la justicia es tan precisa que la compasión no puede interferir, y dejó que la vida entera del difunto, no un momento de arrepentimiento final, fuera el argumento ante el tribunal.

Hay una frase en los Textos de las Pirámides, uno de los textos más antiguos que el mundo conoce, que ha acompañado la escritura de este libro desde el principio: el rey no muere, el rey parte.

En su contexto original, es una fórmula de protección para el faraón muerto, una declaración de que la muerte no es el fin de quien ha vivido con la dignidad del dios en el que se encarna.

Pero leída fuera de su contexto, tiene una resonancia más amplia.

Nada que haya sido completamente real desaparece del todo.

Lo que parte deja una huella en lo que permanece.

Los dioses del Nilo partieron. Las huellas que dejaron están en este libro, y en todos los libros que intentaron escucharlos, y en la manera en que el pensamiento humano sigue haciéndose las mismas preguntas que ellos respondieron con nombres que todavía sabemos pronunciar.

Ra. Osiris. Isis. Maat. Horus. Thoth. Anubis. Los nombres activan el Ren. El Ren es la existencia continuada. Los dioses no han muerto.

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