Libro VII #3
Los planetas eran para los egipcios dioses en movimiento: estrellas que no seguían el camino fijo de las constelaciones sino que se desplazaban por el cielo con voluntad propia, como los dioses se desplazan por el mundo.
Júpiter era Horus que ilumina las Dos Tierras.
Saturno era Horus el toro del cielo. Marte era Horus el rojo, de horizontes.
Venus era la estrella de la mañana que anuncia a Ra.
Los nombres que los egipcios daban a los planetas no eran poéticos: eran identificaciones precisas de qué dios estaba visible en el cielo en cada momento y qué tipo de influencia podía esperarse de su presencia.
La orientación de los templos y tumbas hacia puntos específicos del horizonte celeste es la prueba más tangible de que la astronomía y la arquitectura sagrada eran inseparables.
La Gran Pirámide está orientada al norte verdadero con una precisión que los instrumentos modernos apenas pueden superar.
Los templos de Abu Simbel están orientados para que el sol ilumine la estatua de Ramsés II en el sanctasanctórum exactamente dos veces al año.
El templo de Amón en Karnak está orientado hacia la salida del sol en el solsticio de invierno.
Cada uno de estos alineamientos es una afirmación teológica hecha en piedra: el cosmos tiene un orden, y ese orden puede ser leído, reproducido y habitado.
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Los faraones divinizados
En el panteón egipcio, la frontera entre los hombres y los dioses no era absolutamente impermeable.
El faraón cruzaba esa frontera por definición: era un dios encarnado desde el momento de su concepción.
Pero hubo también seres humanos ordinarios (arquitectos, médicos, sabios, funcionarios) que por la excepcional calidad de sus logros en vida o por el poder que sus contemporáneos les atribuyeron después de su muerte, fueron gradualmente elevados al rango de divinidades y recibieron culto real durante siglos.
El caso más extraordinario es el de Imhotep, el arquitecto del faraón Zoser de la III dinastía, el hombre que diseñó la pirámide escalonada de Saqqara en torno al 2650 antes de nuestra era y que fue también médico, escriba y filósofo.
Los textos de la época lo citan como el primero entre los primeros de su tiempo.
Pero su divinización fue un proceso lento: durante el Imperio Antiguo y Medio fue recordado como un sabio excepcional, sin culto formal.
En el Imperio Nuevo comenzó a ser venerado como un maestro de la sabiduría.
En el período tardío tenía templos propios, sacerdotes dedicados y un culto elaborado como dios de la medicina.
Los griegos identificaron a Imhotep con su Asclepio, el dios de la medicina, y la fusión fue tan completa que los enfermos que peregrinaban al templo de Imhotep en Saqqara durante el período ptolemaico buscaban exactamente lo mismo que los enfermos que dormían en el Asclepeion de Epidauro: un sueño de incubación en que el dios se apareciera y prescribiera el remedio.
La trayectoria de Imhotep, de arquitecto humano a médico divinizado a dios de alcance mediterráneo, es la historia más completa de la divinización de un mortal que la antigüedad produjo.
Amenhotep hijo de Hapu fue el Imhotep del Imperio Nuevo: arquitecto y consejero de Amenhotep III, responsable de algunos de los monumentos más grandes de Tebas, venerado ya en vida por el propio faraón que le construyó un templo funerario excepcional, privilegio reservado a los reyes, y divinizado después de su muerte como patrono de los escribas y los sabios.
Su culto fue especialmente vigoroso en Deir el-Bahari, donde comparecía junto a Imhotep como una pareja de dioses sanadores a los que los enfermos presentaban sus peticiones.
La divinización de los faraones muertos era un proceso más sistemático pero igualmente real.
Tutmosis III fue venerado como dios guerrero mucho después de su muerte.
Amenhotep I, el faraón que fundó la aldea de Deir el-Medina donde vivían los artesanos de las tumbas reales, se convirtió en el patrón divino de esa comunidad: su estatua salía en procesión para resolver disputas domésticas y laborales con la misma autoridad que el oráculo de Amón en Karnak.
Ramsés II fue divinizado en vida, una excepción que el propio Ramsés se encargó de hacer lo más visible posible y continuó siendo objeto de culto durante siglos después de su muerte.
Estos casos de divinización de mortales revelan algo importante sobre la teología egipcia que las discusiones sobre los grandes dioses tienden a oscurecer: para los egipcios, la distancia entre lo humano y lo divino no era fija.
Existía una escala continua que iba del mortal ordinario al mortal excepcional al mortal divinizado al dios plenamente constituido, y los individuos podían moverse a lo largo de esa escala por la calidad de sus actos, por la veneración de los que venían después de ellos, o por la voluntad de los dioses que elegían encarnarse en ciertos cuerpos humanos.
La divinidad no era un club cerrado: era una condición que podía alcanzarse, aunque con una dificultad que solo los más extraordinarios superaban.
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Los dioses del sur
Al sur de la primera catarata del Nilo, donde las rocas de granito rosa estrechan el río hasta convertirlo en una sucesión de rápidos que los barcos de carga no pueden cruzar, comenzaba el mundo que los egipcios llamaban Kush, que los griegos llamarían Etiopía y que hoy llamamos Nubia y Sudán.
Esta región no fue simplemente un territorio conquistado y explotado por Egipto durante los siglos de su mayor expansión: fue también una fuente de intercambio religioso que enriqueció el panteón egipcio con divinidades, conceptos y prácticas que la tradición del Nilo absorbió con la misma fluidez con que absorbió las influencias asiáticas del norte.
El dios más importante de origen nubio que el panteón egipcio incorporó es Dedwen, un dios del incienso asociado con los recursos preciosos del sur: el oro, el ébano, las resinas aromáticas, el marfil.
Su nombre aparece ya en los Textos de las Pirámides, lo que prueba que la integración religiosa entre Egipto y Nubia es tan antigua como los textos escritos más antiguos que conservamos.
Dedwen no reemplazó a ningún dios egipcio: se añadió al panteón como el señor de lo que venía del sur, de las riquezas que el comercio nubio traía al Nilo y que los faraones convertían en monumentos y ofrendas.
Mandullis, el dios solar del sur nubio era venerado en el templo de Kalabsha, uno de los monumentos más grandes de la Nubia romana, como una manifestación del sol con atributos que ningún dios solar puramente egipcio tenía: una corona de cuernos de carnero rodeada por cobras, cobras sobre cobras, una complejidad iconográfica que reflejaba la síntesis de varias tradiciones en un solo dios.
Los textos del templo de Kalabsha lo presentan como Horus del sur, identificando al dios nubio con la divinidad egipcia más universal, y al mismo tiempo afirmando su identidad específica y local.
El reino de Meroe, que floreció en el Sudán actual desde el siglo VIII antes de nuestra era hasta el siglo IV de nuestra era, desarrolló una tradición religiosa que era profundamente egipcia en su forma y genuinamente nubia en su contenido.
Los faraones de Meroe construyeron pirámides (más pequeñas y con ángulos más pronunciados que las egipcias, pero inequívocamente pirámides) adoraron a Amón como dios nacional, usaron la escritura jeroglífica para sus textos más sagrados, y al mismo tiempo veneraron a divinidades propias como Apedemak, el dios leonino de la guerra, que no tiene equivalente en el panteón egipcio y cuya iconografía mezcla elementos egipcios con elementos del arte del África subsahariana.
La relación entre Egipto y Nubia en el terreno religioso fue de influencia mutua durante casi tres mil años.
Cuando los reyes nubios de la XXV dinastía conquistaron Egipto en el siglo VIII antes de nuestra era y gobernaron el país como faraones durante casi un siglo, no llegaron como conquistadores culturales sino como restauradores de una tradición que, en su propia lectura, Egipto había abandonado y que ellos venían a recuperar.
Sus monumentos, sus textos religiosos y su iconografía son en muchos aspectos más egipcios que los de los faraones que los precedieron en los siglos de decadencia del período tardío.
La religión fue el terreno en que la conquista se legitimó.
El templo de Isis en Filé, el último activo de los templos egipcios tradicionales estaba en la frontera entre Egipto y Nubia, y sus últimos devotos eran tanto egipcios como nubios.
El hecho de que fuera ese templo fronterizo el que sobreviviera más tiempo al fin del mundo antiguo no es accidental: en el límite entre dos mundos, la tradición podía mantenerse más tiempo que en el centro, donde el peso de la historia nueva era más aplastante.
Los últimos sacerdotes de Isis en Filé eran guardianes de una tradición que era simultáneamente egipcia y nubia, del Nilo entero desde las cataratas hasta el mar.
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Los misterios de Osiris, el ritual de Abidos
Una vez al año, durante el mes de Khoiak del calendario egipcio, el cuarto mes de la inundación, cuando las aguas del Nilo comenzaban a retirarse y la tierra húmeda quedaba lista para la siembra, Abidos se convertía en el escenario del espectáculo religioso más importante de Egipto: los misterios de Osiris, la representación dramática del ciclo completo del mito, desde la muerte del dios hasta su resurrección y el triunfo de Horus.
Lo que ocurría en Abidos durante esos días era simultáneamente ritual, teatro y acto cósmico.