Libro VII
Bestias, sueños y Nombres
Los animales sagrados, dioses con cuerpo de bestia
El pensamiento religioso egipcio nunca separó el mundo animal del mundo divino con la nitidez que otras tradiciones han establecido.
Los dioses podían tener formas humanas, formas animales o formas mixtas, y ninguna de esas formas era menos real ni menos sagrada que las otras.
El halcón que vuela sobre el Nilo no simboliza a Horus: en ciertas condiciones, en ciertos momentos, bajo cierta luz, es Horus.
El cocodrilo que descansa en la orilla no representa a Sobek: es Sobek haciéndose visible en el mundo de los vivos.
La distinción entre el animal y el dios no era ontológica sino circunstancial.
Esta concepción tenía consecuencias prácticas que los viajeros griegos y romanos encontraban desconcertantes y que documentaron con una mezcla de asombro y escepticismo.
En el templo de Ptah en Menfis vivía el toro Apis: un animal seleccionado según criterios específicos (piel negra con marcas blancas particulares, un triángulo en la frente, una luna creciente en el costado) que era identificado como la manifestación viva del dios.
El toro Apis no era el símbolo de Ptah ni su animal sagrado en el sentido de un animal protegido: era Ptah encarnado en un cuerpo bovino.
Cuando el toro moría, los sacerdotes buscaban inmediatamente su sucesor, y el período de búsqueda era un período de luto nacional.
El Apis muerto era momificado con el mismo cuidado que un faraón y enterrado en el Serapeum de Menfis, una catacumba de galerías excavadas en la roca donde los sarcófagos de granito de los sucesivos Apis reposaban en nichos tallados en las paredes.
Cuando Auguste Mariette descubrió el Serapeum en 1851, encontró los sarcófagos intactos, algunos todavía con los sellos originales del período ramesida.
Dentro de los sarcófagos: los huesos del toro, las momias parcialmente conservadas, los amuletos.
La solemnidad de esos enterramientos no se distingue en nada de la solemnidad de los enterramientos reales.
El ibis sagrado de Thoth, el cocodrilo sagrado de Sobek, el gato sagrado de Bastet, el carnero sagrado de Jnum en Elefantina, el escarabajo sagrado de Jepri: cada gran dios tenía su animal, y en los grandes templos vivía al menos un ejemplar de ese animal que era considerado la manifestación viva de la divinidad.
Los peregrinos presentaban sus peticiones ante esos animales, que los sacerdotes interpretaban como oráculos divinos.
El movimiento de la cabeza de un ibis, la dirección en que se orientaba un cocodrilo, la manera en que un gato miraba a quien le hablaba: todo ello era comunicación divina, leída por los sacerdotes entrenados para ese fin.
La ciudad de Jemenu, Hermópolis, albergaba una de las colonias de ibis sagrados más grandes de Egipto.
Las excavaciones arqueológicas en el cementerio de animales sagrados de la ciudad revelaron millones ,literalmente millones, de ibis momificados enterrados en galerías subterráneas.
Los devotos compraban ibis momificados como ofrendas a Thoth, igual que hoy se compran velas en las iglesias.
La industria de la momificación de animales sagrados fue una de las más activas de la economía religiosa del período tardío, con criadores especializados, momificadores profesionales y comerciantes que vendían los animales a los peregrinos.
La relación entre los egipcios y los animales sagrados tenía también una dimensión más íntima y cotidiana.
El gato doméstico que vivía en una casa egipcia era, en cierta medida, una extensión de lo sagrado en el espacio privado: un animal cuya naturaleza participaba de la naturaleza divina de Bastet, cuya capacidad para cazar serpientes lo hacía un protector real del hogar.
Cuando un gato moría en una casa egipcia, la familia lo lloraba afeitándose las cejas en señal de duelo.
Cuando moría un perro, animal de Anubis, señor de los muertos, el duelo era aún más elaborado.
Los animales domésticos no eran mascotas en el sentido moderno: eran presencias sagradas en el espacio del hogar.
El pensamiento subyacente a toda esta práctica es una de las contribuciones más originales del Egipto antiguo a la filosofía de la naturaleza: la idea de que lo divino no está separado del mundo natural sino presente en él, accesible a través de él, manifestándose en sus formas más específicas y concretas.
Un dios que solo puede ser pensado y nunca visto ni tocado está, en la teología egipcia, incompleto.
La divinidad necesita cuerpo para ser real, y el cuerpo de los dioses puede ser el de un toro, el de un ibis, el de un cocodrilo, el de un hombre con cabeza de chacal.
Lo que varía es la forma. Lo que no varía es la presencia.
* * *
El toro Apis y el carnero de Amón
Los dos animales más venerados del panteón egipcio, el toro Apis de Menfis y el carnero de Amón de Tebas, compartían un atributo que ningún otro animal sagrado tenía en el mismo grado: los cuernos.
Para los egipcios, los cuernos eran el símbolo más visible del poder concentrado, de la fuerza que puede acumular energía y liberarla en un punto.
La corona con cuernos que llevaban Hathor, Isis, Amón y varios otros dioses no era una decoración: era la materialización de esa fuerza en el cuerpo del portador.
El toro Apis era seleccionado por los sacerdotes de Menfis entre todos los terneros nacidos en Egipto.
Los criterios de selección, que Heródoto describió con detalle y que la arqueología ha confirmado en términos generales, eran tan específicos que el animal correcto podía tardar meses o años en aparecer.
Una vez identificado, el ternero era llevado a Menfis con una procesión solemne e instalado en su recinto sagrado dentro del templo de Ptah.
Allí vivía rodeado de cuidados excepcionales: vacas seleccionadas como compañeras, alimentos de calidad, sacerdotes dedicados exclusivamente a su servicio.
Lo que los peregrinos venían a ver al visitar el recinto de Apis no era simplemente un toro hermoso.
Venían a ver a Ptah en su forma visible, accesible, que podía ser contemplada con los ojos mortales sin que la experiencia resultara insoportable.
La estatua del dios en el sanctasanctórum era también Ptah, pero era una presencia mediada por el arte humano.
El toro era una presencia sin mediación: carne viva, respiración visible, mirada directa.
Los peregrinos que lograban que el toro Apis se acercara a ellos y los olfateara consideraban la experiencia como una revelación divina de primera magnitud.
El carnero de Amón en Karnak tenía una naturaleza ligeramente diferente.
Donde el Apis era singular, solo había un Apis en cada momento, y su muerte era un evento único, los carneros de Amón eran una presencia múltiple: las avenidas de esfinges con cabeza de carnero que flanqueaban las procesiones sagradas multiplicaban la presencia del dios en el espacio.
El carnero sagrado que vivía en el templo era el más perfecto de todos, el que concentraba en su cuerpo la mayor cantidad de la fuerza divina, pero todos los carneros participaban en alguna medida de la naturaleza de Amón.
La muerte del Apis producía en Egipto algo que los textos describen como un período de duelo universal, aunque con esa exageración característica de los textos oficiales.
Lo que sí es verificable es que el evento tenía consecuencias económicas y administrativas reales: los mercados de Menfis cerraban, los funcionarios interrumpían sus actividades, los sacerdotes realizaban rituales específicos para el tránsito del dios de su cuerpo bovino muerto a su nuevo cuerpo bovino vivo, que en algún lugar de Egipto estaba siendo identificado y preparado para el viaje a Menfis.
El período entre la muerte de un Apis y la coronación del siguiente era un período de interregno divino, análogo al período entre la muerte de un faraón y la coronación del siguiente: un momento de vulnerabilidad cósmica que los rituales debían gestionar con el mayor cuidado.
La figura que los griegos llamaron Serapis, la gran síntesis ptolemaica entre Osiris, Apis y las divinidades griegas que mencionamos en el Libro VI, tiene su raíz directa en el culto del Apis.
El Osiris-Apis, el toro divino muerto que se convierte en el señor del inframundo, era una figura de la teología egipcia tardía que los primeros Ptolomeos aprovecharon brillantemente para crear una divinidad que pudiera ser adorada simultáneamente por egipcios y griegos sin que ninguno de los dos sintiera que estaba traicionando su tradición.
Serapis fue el Apis pensado universalmente, el dios del toro extendido al Mediterráneo entero.
* * *
Los sueños en Egipto
Los egipcios tenían una palabra para el tipo de sueño en que un dios habla directamente al soñador: ros.
No todos los sueños eran ros, la mayoría eran simplemente sueños, imágenes nocturnas sin contenido divino especial, pero el ros era un evento de primera importancia religiosa, comparable en su peso a una visión del oráculo o a un presagio obtenido mediante ritual.
Cuando un dios elegía comunicarse a través del sueño, lo que decía debía ser escuchado con la misma atención que cualquier otra manifestación de la voluntad divina.