Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro V
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Libro V

El campo de cañas

Morir en Egipto, lo que ocurre en el momento final

Morir en Egipto no era un fracaso. Era una transición que la civilización entera había pasado miles de años aprendiendo a preparar, a celebrar y a comprender.

Ninguna otra cultura antigua invirtió tantos recursos, tiempo, riqueza, conocimiento, arte, en la gestión de la muerte.

Las pirámides son la prueba más visible de esa inversión, pero son solo la cima: debajo de ellas existe toda una civilización de la muerte que incluye textos, rituales, profesiones especializadas, geografías sagradas y una teología del más allá de una elaboración sin parangón en el mundo antiguo.

El momento de la muerte, para un egipcio, era el inicio de un viaje.

No una partida definitiva sino el comienzo de un proceso que, si se realizaba correctamente, conducía a una forma de existencia más plena que la vida mortal.

El cuerpo que quedaba en el mundo visible era solo una parte del ser: el ka, el ba, el akh, el ren y la sombra continuaban, cada uno con su propia trayectoria, hacia destinos que los textos describían con una precisión cartográfica.

La comunidad que rodeaba al moribundo tenía funciones precisas.

Las plañideras profesionales, mujeres contratadas para llorar en el funeral, cuyo llanto ritual activaba fuerzas que el simple llanto espontáneo no podía activar, comenzaban su trabajo tan pronto como la muerte se producía.

Sus lamentos, que los textos preservan en forma poética, eran también conjuros: la voz del duelo como instrumento de transición, el sonido del dolor como puerta hacia el otro mundo.

Los sacerdotes funerarios que se ocuparían del cuerpo, los que llevaban el título de sacerdotes sem, identificados con Anubis, tenían que estar presentes antes de que el cuerpo comenzara su deterioro.

El clima del Nilo, caliente y seco en el valle, pero húmedo en el delta, imponía una urgencia que la teología canalizaba en ritual: lo que era necesario hacer por razones físicas se convirtió en sagrado, y lo sagrado se convirtió en lo que había que hacer con la mayor atención y el mayor cuidado.

La actitud egipcia ante la muerte que los textos revelan no es ni la indiferencia estoica ni la desesperación sin recursos.

Es algo más complejo y honesto: el reconocimiento de que la muerte es la experiencia más importante de la existencia, la que da sentido a todo lo anterior, y que por tanto merece la mayor preparación posible.

El hombre que ha vivido bien, que ha actuado de acuerdo con Maat, que ha mantenido sus relaciones con los dioses y con su comunidad, llega a la muerte con la misma ecuanimidad con que un viajero bien preparado llega al embarque: con todo lo que necesita, sabiendo el camino, sin más miedo que el que es razonable ante lo desconocido.

Los textos de sabiduría egipcios, que instruyen a los jóvenes sobre cómo vivir bien, incluyen siempre instrucciones sobre cómo morir bien, porque en la concepción egipcia las dos cosas son inseparables.

Vivir con Maat es morir con el corazón ligero.

Vivir contra Maat es llegar al tribunal de Osiris con un corazón que pesa demasiado.

La ética egipcia no es desinteresada en el sentido kantiano: es completamente interesada, pero el interés es tan largo —la eternidad— que su efecto práctico es el mismo que el de la virtud más pura.

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Las cinco almas: Ka, Ba, Akh, Ren y Shuyet

La pregunta de qué somos es universal. La respuesta egipcia es más articulada que la de casi cualquier otra tradición: no somos una cosa sino cinco, y cada una de esas cinco cosas tiene un destino diferente después de la muerte y necesita cuidados diferentes durante la vida y el tránsito.

Entender la concepción egipcia del alma requiere abandonar la idea de que el alma es singular y aceptar que el ser humano es, desde el principio, una multiplicidad.

El Ka es el doble vital, la energía que anima el cuerpo durante la vida y que necesita ser alimentada después de la muerte.

Los egipcios representaban el ka como dos brazos alzados con las palmas hacia arriba, el gesto del que recibe.

Las ofrendas que se dejaban en las tumbas (comida, bebida, ungüentos, ropa…) eran para el Ka: no objetos reales sino su esencia nutritiva, la que el ka podía absorber mientras el cuerpo físico permanecía intacto.

Cuando el cuerpo se desintegraba y el ka ya no tenía donde instalarse, la estatua del difunto servía como receptáculo alternativo.

Por eso las estatuas de los templos funerarios eran tan importantes: eran casas de repuesto para el ka.

El Ba es lo que nosotros llamaríamos más naturalmente el alma: la personalidad individual, lo que hace que una persona sea esa persona y no otra.

Los textos lo representan como un pájaro con cabeza humana, el ser que puede moverse libremente entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, que visita el cuerpo durante el día y regresa al inframundo durante la noche.

El Ba necesita poder reunirse con el cuerpo del difunto para hacer ese viaje: de ahí la importancia de mantener el cuerpo reconocible, de ahí la momificación como garantía de que el Ba pueda volver a encontrar su casa.

El Akh es lo que el difunto se convierte si el proceso de transformación postmortem tiene éxito: el espíritu luminoso, el ser que ha integrado el Ka y el Ba en una forma nueva, estable y permanente.

El Akh es el objetivo de todo el proceso funerario: producir un ser que pueda existir en el tiempo eterno de Djet sin deteriorarse, que sea suficientemente luminoso para no perderse en la oscuridad del inframundo, que tenga la fuerza para navegar la Duat y llegar al tribunal de Osiris en condiciones de ser justificado.

Los Akh de los muertos justificados formaban una comunidad en el más allá con la que los vivos podían comunicarse: los papiros de cartas a los muertos, donde los vivos pedían a sus difuntos que intervinieran en sus asuntos desde el otro lado, son uno de los documentos más conmovedores de la vida cotidiana egipcia.

El Ren es el nombre. No el apodo ni el nombre de uso cotidiano, sino el nombre verdadero, el que define la identidad del ser con una precisión que ninguna descripción física puede igualar.

El Ren existe mientras alguien lo pronuncia: por eso borrar el nombre de un difunto de sus monumentos era destruirlo de una manera más radical que destruir su cuerpo.

Y por eso los faraones inscribían sus nombres en los lugares más altos y duraderos que podían construir, y en el mayor número posible de superficies: cada inscripción era una invocación que mantenía el Ren vivo.

El Shuyet, la sombra, es el quinto componente del ser, el menos elaborado teológicamente pero el más inmediatamente visible en la vida cotidiana: la sombra que cada cuerpo proyecta, la presencia que lo acompaña en todo momento.

Los textos no le atribuyen una función precisa en el más allá, pero lo incluyen en las enumeraciones del ser como algo que debe ser protegido y preservado.

La sombra como alma es una intuición que muchas culturas han tenido de manera independiente: la imagen que un ser proyecta en el mundo es una parte de ese ser, no un accidente óptico.

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La momificación como acto sagrado

El proceso que los griegos llamaron momificación (el término viene del árabe mumiya, resina) y que los egipcios consideraban el acto sagrado de preparar el cuerpo para la eternidad, duraba setenta días.

El número no era arbitrario: setenta días es el tiempo que la estrella Sirio pasa invisible bajo el horizonte antes de su salida helíaca, la aparición anual que señalaba el inicio de la inundación del Nilo y el comienzo del año nuevo.

La momificación era una muerte y una resurrección sincronizada con el calendario cósmico.

El proceso comenzaba con la extracción del cerebro, que los egipcios no consideraban la sede del pensamiento (ese papel lo cumplía el corazón) y que por tanto era prescindible para la vida después de la muerte.

Se extraía a través de la nariz con un gancho de metal, con una destreza que los embalsamadores del período tardío habían perfeccionado hasta la rutina.

Lo que quedaba en el cráneo era lavado con resinas aromáticas y la cavidad se rellenaba con lino impregnado en sustancias conservantes.

Los órganos internos (el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos) eran extraídos a través de una incisión en el costado izquierdo, lavados, tratados con natrón y guardados en los cuatro vasos canopos.

Cada vaso estaba bajo la protección de uno de los cuatro hijos de Horus: Imsety para el hígado, Hapy para los pulmones, Duamutef para el estómago, Qebehsenuef para los intestinos.

Y cada vaso estaba a su vez protegido por una de las cuatro grandes diosas: Isis, Neftis, Neit y Selkis.

La preservación de los órganos era un acto de triple protección: el vaso, el dios y la diosa, cada uno añadiendo una capa de seguridad a lo que el cuerpo necesitaría recuperar en el más allá.

El corazón, que los egipcios consideraban la sede de la inteligencia, la memoria y la personalidad moral, no se extraía.

Permanecía en el cuerpo porque era lo que Anubis pesaría en la balanza del juicio.

Extraerlo habría sido destruir la prueba antes del juicio.

En su lugar, sobre el corazón se colocaba un escarabeo de corazón, un amuleto con una fórmula inscrita que pedía al corazón que no testificara contra su dueño durante el juicio, y sobre el pecho se disponía el pectoral protector que garantizaba la integridad del órgano durante el viaje.