Libro V #2
El cuerpo, vaciado y lavado con vino de palma y especias aromáticas, era cubierto con natrón, una sal natural que se encontraba en los lagos del desierto occidental, durante cuarenta días.
El natrón deshidrataba los tejidos con una eficiencia que los embalsamadores modernos han tardado siglos en superar.
Después de la desecación, el cuerpo era lavado de nuevo, ungido con aceites de cedro y enebro, y envuelto con cientos de metros de lino fino.
Entre las capas de vendas se colocaban amuletos específicos en posiciones específicas del cuerpo, cada uno con su función protectora para la parte que protegía.
Los últimos días del proceso eran los del ritual de la apertura de la boca, el momento más importante de toda la preparación funeraria.
El sacerdote sem, con la máscara de Anubis, tocaba la boca, los ojos, las orejas y la nariz de la momia con instrumentos rituales, el adze, la paleta, el dedo del buey, pronunciando las fórmulas que devolvían al cuerpo la capacidad de ver, oír, oler, comer y hablar en el más allá.
Sin ese ritual, la momia perfectamente preservada no servía de nada: era un cuerpo sin sus funciones, incapaz de recibir las ofrendas, incapaz de pronunciar las declaraciones del juicio, incapaz de navegar la Duat.
* * *
El Libro de los Muertos
Su nombre egipcio era Reu nu pert em hru: el capítulo de la salida a la luz del día.
Los eruditos occidentales del siglo XIX lo llamaron el Libro de los Muertos, un título que captura algo de su función pero que pierde algo esencial: no es un libro sobre la muerte sino sobre la salida de la muerte, sobre el proceso de atravesarla y llegar al otro lado.
Es un manual de navegación para el viaje más difícil que un ser humano puede emprender.
El Libro de los Muertos no fue siempre el mismo.
Evolucionó durante más de mil quinientos años, desde las primeras recopilaciones del Imperio Medio hasta las versiones estandarizadas del Período Tardío.
Sus capítulos, que los eruditos llaman sortilegios o conjuros, aunque los egipcios los llamaban simplemente palabras, suman en su versión más completa ciento noventa y dos, y cubren todo lo que el difunto podría necesitar durante su viaje: conjuros para no morir una segunda vez, para no perder el corazón, para transformarse en diferentes formas, para respirar debajo del agua, para no ser devorado por las serpientes, para conocer los nombres de los guardianes de cada puerta.
Los papiros del Libro de los Muertos eran objetos de lujo.
Los más elaborados, como el Papiro de Ani o el Papiro de Hunefer, ambos en el Museo Británico, son documentos de una belleza extraordinaria: el texto en escritura hierática, las viñetas ilustradas en colores vivos que representan las escenas del juicio y el viaje, los cartuchos con el nombre del difunto insertados en los espacios en blanco que el escriba había dejado para ese propósito.
Porque eso era exactamente lo que eran los papiros más baratos: formularios con espacios en blanco donde el escriba insertaba el nombre del cliente.
La democratización del texto sagrado, que en el Imperio Antiguo era privilegio exclusivo de los reyes, se completó durante el Imperio Nuevo hasta el punto de que las familias de clase media podían permitirse una versión abreviada.
El capítulo más importante del Libro de los Muertos es el 125, el de la sala del juicio.
Describe con detalle la escena que todos los demás capítulos preparan: la llegada del difunto a la Sala de las Dos Maat, la declaración de su nombre ante Osiris, las cuarenta y dos confesiones negativas ante los cuarenta y dos jueces, la pesada del corazón contra la pluma de Maat.
La viñeta que ilustra este capítulo en los papiros más elaborados es la imagen más reproducida de toda la religión egipcia: Anubis con la balanza, el corazón en un platillo, la pluma en el otro, Thoth anotando el resultado, Osiris sentado en su trono, y Ammit esperando.
El sortilegio 30b, que se inscribía en el escarabeo de corazón que se colocaba sobre el pecho de la momia, merece citarse en su espíritu, aunque no en su letra: pide al corazón del difunto que no se levante como testigo contra él ante los jueces, que no recuerde lo que hizo durante la vida, que permanezca en silencio.
Es una súplica al propio órgano del pensamiento para que no traicione a su dueño.
La tensión entre la honestidad que Maat exige y el miedo humano al juicio no podría expresarse con más claridad: incluso los textos que describen el sistema de justicia más riguroso del mundo antiguo incluyen el espacio para la angustia de quien sabe que no vivió perfectamente.
El Libro de los Muertos fue copiado, ilustrado, vendido y enterrado junto a los muertos durante siglos.
Su último uso documentado data del período romano, cuando los papiros ya se escribían en demótico y el jeroglífico era el idioma de los sacerdotes especializados.
El texto más antiguo que lo antecede, los Textos de las Pirámides, data del siglo XXV antes de nuestra era.
Treinta siglos de uso continuo sin una sola interrupción significativa.
Ningún otro texto religioso del mundo ha acompañado a los muertos durante tanto tiempo.
* * *
El viaje por la Duat, las doce cavernas
La geografía del inframundo egipcio no es una metáfora.
Es un mapa. Los textos que lo describen (el Amduat, el Libro de las Puertas, el Libro de las Cavernas) dan nombres, medidas aproximadas y características específicas a cada región que el difunto debe atravesar.
El que conoce el mapa puede navegar. El que no lo conoce se pierde en una oscuridad que no tiene salida.
La Duat comienza en el horizonte occidental, donde el sol desaparece cada tarde.
Su primer portal es el que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos: una puerta guardada por una serpiente cuyo nombre el difunto debe conocer para que se abra.
Este patrón (puerta guardada, nombre requerido, paso concedido al que sabe) se repite a lo largo de las doce cavernas con variaciones que los textos describen con la minuciosidad de un catálogo burocrático.
Las primeras cavernas de la Duat son relativamente benignas: el difunto que las atraviesa con los conjuros correctos encuentra dioses que lo saludan, paisajes que recuerdan al Egipto del mundo superior pero más tranquilos, comunidades de muertos que viven en un estado de reposo activo.
Pero a medida que el viaje avanza hacia el centro de la Duat, los peligros se multiplican.
Serpientes que escupen fuego. Lagos de fuego que el difunto debe cruzar sin quemarse.
Guardianes con cabezas de animales y cuchillos en las manos que detienen al que no puede pronunciar las palabras correctas.
El Lago de Fuego merece una mención especial porque subvierte la expectativa: en la mayoría de las tradiciones, el fuego en el más allá es castigo.
En la Duat egipcia, el Lago de Fuego es purificador para el justificado y destructor para el injusto.
El difunto que ha vivido con Maat puede bañarse en él como en el Nilo, y el fuego lo purifica de lo que queda de su naturaleza mortal.
El difunto que llegó al lago cargando con el peso de sus malas acciones es consumido.
El mismo elemento, dos efectos opuestos según quien lo atraviesa.
Los guardianes de las puertas (las serpientes, los cocodrilos, los hombres con cabeza de halcón armados con lanzas) tienen nombres que el difunto debe conocer.
El Libro de los Muertos proporciona esos nombres en listas que el difunto debía memorizar en vida o llevar consigo en el papiro.
La repetición de los nombres correctos es la llave que abre cada puerta.
No existe en la Duat ninguna puerta que se abra por la fuerza física o por la simpatía del guardián: solo el conocimiento funciona.
La Duat es el lugar donde lo único que vale es lo que se sabe.
Al final de las doce cavernas, después de haber pronunciado todos los nombres y cruzado todos los lagos y evitado todas las serpientes, el difunto llega a la Sala de las Dos Maat.
Detrás de él quedan doce horas de viaje que han consumido todo lo que no es esencial.
Lo que llega ante el tribunal de Osiris es lo que el difunto fue en su núcleo más irreductible: no su riqueza ni su posición ni su familia sino lo que hizo con lo que tuvo y lo que dejó en el mundo cuando se fue.
* * *
Las cuarenta y dos confesiones negativas
Ante los cuarenta y dos jueces del tribunal de Osiris, el difunto debía pronunciar cuarenta y dos declaraciones.
Cada una comenzaba con la misma fórmula: no he hecho.
No he matado. No he robado. No he mentido.
No he sido codicioso. No he cometido adulterio.
No he reducido las medidas del grano. No he contaminado el agua del Nilo.
La lista es extraordinaria no solo por su extensión sino por su diversidad: mezcla crímenes que cualquier código legal moderno reconocería con ofensas que solo tienen sentido en el contexto específico de la sociedad egipcia y de su cosmología.
El término académico para esta lista es confesiones negativas, pero la traducción es imprecisa: no son confesiones sino declaraciones, afirmaciones de inocencia ante un tribunal que tiene los medios para verificarlas.
El difunto no confiesa lo que hizo: declara lo que no hizo.
La inversión es significativa desde el punto de vista jurídico: no es el tribunal el que debe probar la culpa sino el difunto el que debe afirmar su inocencia, y el corazón en la balanza es la prueba material que confirma o desmiente lo que la boca declara.