Libro IV #4
El arte del período post-amarniense tiene algo diferente del arte anterior a Amarna.
Las figuras regresan a la pose hierática tradicional, los cuerpos recuperan las proporciones convencionales que Amarna había abandonado por formas más alargadas y orgánicas, los rostros pierden la expresividad singular de los retratos amarnienses.
Pero algo permanece: una cierta suavidad en el modelado de los cuerpos, una atención al detalle naturalista que el arte anterior a Amarna no tenía.
La revolución estética de Ajenatón fue destruida políticamente, pero dejó una huella en el estilo que los artistas del período ramésida aprovecharon sin reconocer su origen.
Tutankamón murió joven, probablemente de una combinación de enfermedades y lesiones, antes de cumplir veinte años.
Su tumba en el Valle de los Reyes fue descubierta intacta por Howard Carter en 1922, y el tesoro que contenía —más de cinco mil objetos, incluida la famosa máscara de oro— se convirtió en el descubrimiento arqueológico más famoso del siglo XX.
La ironía es perfecta: el faraón que nadie recordaba, cuyo nombre había sido borrado de los registros históricos junto con el de su familia, se convirtió en el más conocido de todos los faraones egipcios precisamente porque su olvido garantizó que nadie reutilizara su tumba.
El regreso de los dioses después de Amarna no fue simplemente una restauración del status quo anterior.
El clero de Amón, que recuperó su poder y sus propiedades, lo hizo con una determinación que lo llevó en los siglos siguientes a acumular una influencia sin precedentes.
El Período Ramésida, que comenzó con Ramsés I poco después de la muerte de Tutankamón, fue una era de construcción religiosa febril que parece una respuesta al vacío dejado por la revolución: como si Egipto necesitara llenar de piedra y oro y liturgia el espacio que el dios único había dejado cuando los dioses regresaron.
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El amanecer como acto de fe, la promesa que se renueva
Cada amanecer en Egipto era un acto de fe colectiva.
No en el sentido de que los egipcios dudaran de que el sol fuera a salir, la duda habría sido una forma de caos que ningún egipcio bien educado se permitía, sino en el sentido más preciso: un acto que confirma una creencia al mismo tiempo que la celebra.
El sacerdote que abría las puertas del templo al amanecer y pronunciaba el himno al sol naciente no estaba simplemente siendo puntual.
Estaba afirmando que el cosmos funciona, que los dioses han hecho su trabajo, que el contrato entre el orden divino y el mundo humano se ha renovado una vez más.
Los himnos del amanecer son los textos más optimistas de toda la literatura egipcia, y su optimismo no es ingenuo sino ganado: viene después de la oscuridad, después del viaje peligroso, después de la batalla con Apofis.
La alegría del amanecer en los textos egipcios es la alegría del que sabe lo que costó.
Jepri el escarabajo rueda su bola de sol por el horizonte oriental no porque el cosmos sea fácil sino porque el cosmos es difícil y los dioses son suficientemente poderosos para mantenerlo en marcha.
La imagen del escarabajo que rueda su pelota de estiércol, de la que nacerán sus larvas, en la que deposita su vida futura, era para los egipcios la imagen más perfecta del sol naciente: algo que parece sucio y sin importancia que resulta ser el origen de la vida.
Jepri, el dios de la forma de escarabajo es el sol que nadie tomaría en serio si no supiera lo que es.
La humildad del origen, una pelota de estiércol rodando por la arena, frente a la magnificencia del resultado, el sol que ilumina el mundo, es una de las paradojas más deliberadas de la iconografía religiosa egipcia.
Los textos describían el amanecer como un nacimiento.
Ra emerge del cuerpo de Nut, la diosa del cielo, igual que un niño emerge del cuerpo de su madre.
Las aguas del este, el Mar de las Juncias, en la geografía mítica egipcia, son las aguas del nacimiento, el líquido amniótico del cosmos que el sol atraviesa al salir.
Cada amanecer es el primer amanecer, el momento en que el cosmos comienza de nuevo, en que Jepri ocupa el lugar de Atum y el ciclo reinicia desde su punto de origen.
Esta visión del tiempo como ciclo eterno tiene su contrapunto en la visión del tiempo como proceso que tiene un fin.
Los textos tardíos, especialmente el Libro de Nuit y algunos pasajes del Libro de los Muertos, describen el momento en que el cosmos llegará a su término: cuando Ra esté demasiado viejo para continuar su viaje, cuando Apofis finalmente gane, cuando Nun vuelva a engullir todo lo que de él emergió.
En ese momento, solo Ra y Osiris permanecerán, flotando en las aguas primordiales como al principio.
El cosmos es eterno en su ciclo, pero finito en su existencia.
Neheh durará, pero Neheh también terminará.
Y sin embargo los sacerdotes seguían abriendo las puertas del templo cada mañana.
Seguían pronunciando los himnos. Seguían presentando las ofrendas.
No porque ignoraran la teología del fin sino porque entendían que mientras el cosmos dura, el trabajo de sostenerlo es lo que define a quienes lo habitan.
El amanecer como acto de fe no es la fe de quien no conoce las alternativas.
Es la fe de quien las conoce y elige seguir abriendo las puertas de todas formas, porque la alternativa, dejar de abrir las puertas, es la única derrota verdadera que el cosmos puede sufrir: no la de Apofis ganando en la oscuridad, sino la de los hombres dejando de celebrar cuando la luz regresa.
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