Libro IV #3
En la hora más profunda de la noche, en la caverna más alejada del mundo visible, ocurre algo que los textos describen pero no explican.
Ra, el dios del sol vivo, y Osiris, el dios del inframundo muerto, se fusionan en una sola entidad que es ambos y ninguno, que tiene la energía del vivo y la permanencia del muerto, que es el principio que hace posible que ambos existan.
Los textos egipcios llaman a este momento el misterio, y la elección de esa palabra no es accidental.
La teología detrás de la fusión Ra-Osiris es una de las elaboraciones más sofisticadas del pensamiento religioso antiguo.
Ra sin Osiris es energía sin permanencia: el sol que brilla pero que se agota, que llega al atardecer debilitado y necesita renovarse.
Osiris sin Ra es permanencia sin energía: el rey del inframundo que reina en Djet pero que no puede actuar en el tiempo cíclico de Neheh.
Juntos son la completitud que ninguno puede alcanzar solo: la energía que dura y la permanencia que actúa.
El nombre que los textos dan a esta entidad fusionada es Ra-Osiris, o a veces simplemente el alma de Ra es Osiris, el alma de Osiris es Ra.
La formulación es cuidadosamente recíproca: no Ra que contiene a Osiris ni Osiris que absorbe a Ra, sino dos principios que se interpenetran sin que ninguno pierda su identidad.
Es una concepción que los filósofos del neoplatonismo tardío, cuando trataron de explicar la Trinidad cristiana con instrumentos conceptuales griegos, encontrarían fascinantemente familiar: la unidad que no borra la distinción, la distinción que no rompe la unidad.
El impacto de esta fusión en el cosmos no es solo teológico sino físico, en el sentido que los egipcios daban a ese término.
Cuando Ra y Osiris se unen en la hora sexta, los muertos del inframundo que han estado dormidos se despiertan brevemente.
Reciben la luz de Ra a través del cuerpo de Osiris, y esa luz es suficiente para renovar su existencia durante el tiempo que dura la fusión.
Después, cuando Ra continúa su viaje y la separación se produce de nuevo, los muertos vuelven a su reposo.
La fusión es el momento en que los dos mundos se tocan y los dos tipos de existencia —la viva y la muerta— se nutren mutuamente.
Los sacerdotes que conocían este misterio lo guardaban con el mismo celo con que los sacerdotes de cualquier tradición guardan los conocimientos que consideran demasiado poderosos para ser transmitidos sin restricciones.
Los textos que lo describen están en los lugares más inaccesibles de las tumbas reales, las cámaras más profundas, las paredes que solo los sacerdotes que preparaban la tumba y el faraón muerto podrían ver.
El misterio no era secreto porque fuera vergonzoso: era secreto porque el secreto formaba parte de su potencia.
La fusión Ra-Osiris es también el modelo de lo que le ocurre al faraón en su muerte.
El rey que muere no se convierte en Osiris y abandona a Ra: se convierte en la síntesis de ambos, el ser que tiene la naturaleza del sol y la permanencia del muerto, el que puede actuar en el tiempo cósmico desde la posición de la eternidad.
Esta promesa —que la muerte no es la pérdida de lo que uno fue sino la adición de lo que uno no podía ser mientras vivía— es el corazón de la religión funeraria egipcia, y tiene su origen en el momento de la hora sexta cuando los dos grandes principios del cosmos se encuentran en la oscuridad y se convierten brevemente en uno.
* * *
Ajenatón, la revolución del sol único
En el decimocuarto año del reinado de Amenhotep IV, el faraón que había cambiado su nombre a Ajenatón (el que es beneficioso para el Atón) tomó una decisión sin precedentes en tres mil años de historia religiosa egipcia: ordenó cerrar los templos de todos los dioses, confiscar sus tesoros, borrar sus nombres de los monumentos, y dedicar el culto del Estado a un único dios, el Atón, representado como el disco solar con rayos que terminaban en manos que ofrecían el símbolo de la vida.
No hubo debate. No hubo proceso teológico gradual. Fue una revolución impuesta.
Ajenatón construyó una nueva capital desde cero en un lugar virgen del desierto central, entre Menfis y Tebas, al que llamó Ajetatón (el horizonte del Atón), conocida hoy como Amarna.
La ciudad fue levantada en un tiempo récord: en menos de cinco años existía una metrópolis con palacios, templos, barrios residenciales y necrópolis.
El faraón la diseñó según principios que reflejaban su teología: el eje principal orientado hacia el sol naciente, los templos abiertos al aire libre ,sin los oscuros sanctasanctórum donde las estatuas de los dioses tradicionales recibían sus cultos privados, para que el Atón pudiera entrar y llenar los espacios sagrados con su luz directa.
El Gran Himno al Atón, compuesto por el propio Ajenatón o bajo su dirección y descubierto en la tumba de Ay en Amarna, es uno de los textos más extraordinarios de la antigüedad.
Su descripción del sol como fuente de toda vida, que calienta los huevos en los nidos, que hace crecer las plantas, que permite que los niños nazcan sanos, tiene una calidez y una inmediatez que los himnos más formales de la tradición anterior raramente alcanzan.
Los eruditos que lo leyeron por primera vez en el siglo XIX encontraron resonancias con el Salmo 104 de la Biblia hebrea que todavía se debaten: ¿coincidencia formal, influencia directa, herencia común de una tradición anterior? La pregunta sigue abierta.
La teología de Ajenatón era radicalmente nueva en su exclusivismo, pero no en su substancia solar.
La idea de que el sol es el principio de toda vida, de que su luz es la manifestación visible de una divinidad única e inaccesible, estaba presente en la tradición heliopolitana desde siglos antes.
Lo que Ajenatón añadió fue la consecuencia que ningún teólogo anterior había extraído: si el Atón es el único principio divino verdadero, entonces los demás dioses no son manifestaciones de ese principio sino distracciones de él, y sus cultos son recursos que deben dedicarse al único culto verdadero.
Las consecuencias políticas de esta decisión fueron desastrosas para el Imperio Egipcio.
El clero de Amón, desplazado y expropiado perdió su poder institucional pero no su influencia popular.
Los funcionarios que dependían de los sistemas religiosos tradicionales quedaron desorientados.
Los aliados extranjeros, que enviaban embajadas a los templos de los dioses egipcios como parte de la diplomacia del Imperio, encontraron que esos templos estaban cerrados.
Las cartas de Amarna, la correspondencia diplomática del reinado de Ajenatón, encontrada en las ruinas de la capital, muestran un Imperio que se desintegra lentamente mientras el faraón está absorto en su reforma religiosa.
Ajenatón murió después de diecisiete años de reinado y fue enterrado en Amarna.
Pero Amarna duró poco después de su muerte: su sucesor Tutankamón, el niño rey cuya tumba intacta el siglo XX descubrió con asombro, restauró los cultos tradicionales, devolvió las propiedades confiscadas al clero de Amón, y abandonó la nueva capital.
Ajenatón fue borrado de los registros históricos con una eficacia que tardó siglos en ser revertida: sus monumentos fueron demolidos, su nombre fue eliminado, su ciudad fue desmantelada hasta los cimientos.
La memoria institucional de Egipto actuó contra él con la misma determinación con que él había actuado contra los dioses tradicionales.
La revolución más radical de la historia religiosa egipcia duró menos de veinte años.
* * *
La contrarrevolución de Tutankamón
Tutankamón tenía unos nueve años cuando fue coronado faraón.
Su nombre de coronación era todavía Tutankatón —imagen viva del Atón—, el nombre que le habían dado en Amarna en honor al dios único de su padre o abuelo Ajenatón.
Antes de que cumpliera doce años, había cambiado su nombre a Tutankamón —imagen viva de Amón— y había firmado los decretos que restauraban el orden religioso que la revolución amarniense había interrumpido.
El niño que no había elegido nacer en Amarna fue el instrumento de la contrarrevolución.
La Estela de la Restauración, erigida por Tutankamón en el templo de Karnak y encontrada siglos después reutilizada en las construcciones de Horemheb, describe el estado de Egipto después de Ajenatón con una crudeza que los textos oficiales raramente permiten: los templos estaban en ruinas, las estatuas de los dioses abandonadas, los rituales interrumpidos, y los dioses se habían alejado de Egipto.
Las oraciones no llegaban a ningún lugar.
Los ejércitos enviados a campaña regresaban sin victorias. Egipto había perdido el favor divino.
La restauración fue tan rápida y completa como había sido la revolución.
Los templos de Amón y de los demás dioses fueron reabiertos y renovados.
Las estatuas que habían sido ocultadas o dañadas fueron restauradas o reemplazadas.
Los rituales diarios se reanudaron con la regularidad que siempre habían tenido.
El clero recibió de vuelta sus propiedades y sus privilegios.
Y el nombre de Ajenatón —junto con los nombres de sus sucesores inmediatos, Smenkhkara y Neferneferuatón— fue borrado de las listas reales, como si esos reinados nunca hubieran existido.