Mitología Egipcia (Mitologias del mundo 2) Libro III
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Libro III

La Sangre del Trono

El reinado de Osiris y la edad de oro

Antes de la traición, hubo un tiempo en que el mundo fue exactamente lo que debía ser.

Los egipcios lo recordaban como el reinado de Osiris: el período en que el primer rey justo gobernó la tierra con una sabiduría que no venía del poder sino del conocimiento, en que los hombres aprendieron a labrar los campos y a respetar a los dioses, en que Maat no era una aspiración sino una realidad cotidiana.

Era la edad de oro, y como todas las edades de oro, solo pudo ser reconocida como tal una vez que había terminado.

Osiris heredó el trono del cosmos de su padre Geb, el dios de la tierra, que a su vez lo había heredado de su padre Shu, y este de Atum, el creador.

La sucesión era perfecta: el cosmos tenía un orden, y ese orden tenía un rey.

Con Osiris en el trono y su esposa Isis a su lado, los textos describen un Egipto donde la inundación llegaba en el momento justo, donde la cosecha era siempre abundante, donde los hombres no se hacían daño entre sí porque no había necesidad de hacérselo.

Lo que Osiris enseñó no fue solo a cultivar la tierra y a construir ciudades.

Enseñó a los hombres el sentido de lo que hacían.

Los ritos del culto, las ofrendas correctas para cada dios en cada momento del año, los nombres de los seres y las fuerzas que gobernaban el cosmos: todo ese conocimiento que convierte una colección de individuos en una civilización fue transmitido por Osiris a los hombres.

El faraón que gobierna, el sacerdote que oficia, el campesino que sabe cuándo sembrar y cuándo esperar: todos ellos son herederos de lo que Osiris enseñó.

Isis gobernaba junto a Osiris con una autoridad que los textos presentan como complementaria e inseparable.

Mientras Osiris recorría el mundo enseñando, Isis administraba Egipto en su ausencia con una eficiencia que ningún regente posterior igualó.

Cuando Osiris regresaba, Isis estaba allí: no esperándolo sino habiéndolo sostenido.

El ideal del matrimonio real en Egipto, que reaparece en las representaciones de todos los grandes faraones con sus reinas, tiene su modelo en esta pareja primordial donde el poder no se divide, sino que se duplica.

Set observaba todo esto desde la periferia.

La tensión entre ambos hermanos no era únicamente dinástica, sino el reflejo de la geografía misma de Egipto.

Osiris era el señor de Kemet , la Tierra Negra: la estrecha y fértil franja de limo oscuro que aseguraba la vida.

Set, en cambio, había sido confinado a Deshret , la Tierra Roja: el vasto desierto abrasador, estéril y caótico que acechaba en los márgenes.

Los textos no le atribuyen crueldad desde el principio, ni una naturaleza fundamentalmente malvada.

Lo que le atribuyen es la envidia del que siente que el orden del mundo no le ha dado lo que merece.

Set gobernaba las arenas muertas, las tormentas, los territorios extranjeros.

Era fuerte y era temible, el soberano de una inmensidad yerma.

Pero el trono de la tierra negra, el corazón palpitante del cosmos, pertenecía a su hermano mayor.

Y eso, a lo largo del tiempo que duró la edad de oro, fue acumulando en Set una presión que eventualmente encontró su salida.

La edad de oro de Osiris no duró lo que dura la eternidad.

Duró lo que duran las cosas buenas cuando existe alguien que no puede tolerar que sean buenas: el tiempo necesario para que la envidia encuentre su oportunidad.

Pero antes de que esa oportunidad llegara, existió.

Y su existencia dejó una huella en la memoria religiosa egipcia que ningún acontecimiento posterior pudo borrar: la huella de que el orden perfecto es posible, de que hubo un tiempo en que fue real, de que lo que el cosmos aspira a ser tiene un modelo en lo que una vez fue.

Los sacerdotes que custodiaban el culto de Osiris sabían que la edad de oro no volvería en el tiempo cíclico de Neheh.

Pero creían que podía alcanzarse en el tiempo eterno de Djet: que el muerto que superaba el juicio entraba en un estado que se parecía más al reinado de Osiris que al mundo de los vivos, un estado donde la abundancia era perfecta y la justicia era el aire que se respiraba.

El paraíso egipcio no es una invención del más allá: es el recuerdo de un tiempo que existió al principio y que el más allá promete restaurar.

* * *

La traición de Set, el banquete y el ataúd

La versión más elaborada del asesinato de Osiris nos ha llegado a través de Plutarco, el escritor griego del siglo I de nuestra era que en su tratado sobre Isis y Osiris recopiló y organizó tradiciones egipcias que tenían milenios de antigüedad.

Los textos egipcios originales son más fragmentarios, más alusivos, más propensos a mencionar el crimen que a narrarlo.

Pero el núcleo del mito es constante en todas las versiones: Set engañó a Osiris, y Osiris murió.

El método de Set fue un banquete. Convocó a su hermano y a un grupo de invitados a un festín, y durante la celebración presentó un cofre de madera extraordinariamente bello, trabajado con maderas preciosas e incrustaciones de marfil y metales.

Dijo que sería el regalo de Set para quien pudiera meterse dentro y que le quedara perfectamente.

Los invitados lo intentaron uno por uno, sin éxito.

Cuando Osiris se recostó dentro del cofre, la tapa se cerró de golpe y fue sellada con plomo fundido. El ataúd fue arrojado al Nilo.

La elegancia del engaño es deliberada. Al tomar las medidas exactas de su hermano para construir una caja hecha a su perfecta semejanza, Set no solo estaba fabricando una trampa: estaba inventando el primer sarcófago de la historia.

La muerte no entraba en el mundo como un proceso biológico o un declive natural, sino como un artefacto estético diseñado por la envidia.

Set no asesinó a Osiris con violencia abierta, que habría sido una violación tan flagrante de Maat que los dioses habrían intervenido de inmediato.

Lo mató mediante un objeto de belleza convertido en prisión, mediante una fiesta convertida en funeral, mediante la curiosidad de Osiris aprovechada como arma.

La traición de Set no es solo un crimen: es una perversión, la inversión de todas las convenciones de hospitalidad y fraternidad que la civilización había construido.

El cofre flotó por el Nilo hacia el Mediterráneo y llegó finalmente a las costas de Biblos, en el Líbano, donde un árbol enorme creció alrededor de él y lo incorporó a su tronco.

El rey de Biblos hizo cortar el árbol para usarlo como columna central en su palacio, sin saber lo que contenía.

El cuerpo de Osiris quedó encerrado dentro de la columna, dentro del palacio, en tierra extranjera, lejos de Egipto y de Isis.

En la mística egipcia, esta columna que albergaba el cadáver del dios se convirtió en el origen sagrado del pilar Djed , el amuleto de los cuatro niveles que representa la columna vertebral de Osiris y el jeroglífico que significa 'estabilidad'.

Hay una paradoja inmensa en el hecho de que el soporte físico de un palacio extranjero fuera, en secreto, el eje que mantenía erguido el orden del universo.

La acumulación de encierros —el cofre dentro del árbol dentro de la columna dentro del palacio— es una imagen de la muerte como ocultamiento progresivo, como alejamiento de la superficie del mundo hacia capas cada vez más profundas de invisibilidad.

Set, mientras tanto, se proclamó rey. Los textos no describen su reinado con el mismo detalle que el de Osiris, pero el contraste es implícito en todo lo que sigue: donde había abundancia hay escasez, donde había justicia hay arbitrariedad, donde había orden hay la violencia del que gobierna por la fuerza.

El cosmos no colapsa de inmediato porque los mecanismos del orden son resistentes, pero se deteriora.

La edad de oro de Kemet ha terminado, y lo que la sigue no tiene nombre porque no merece tenerlo.

Hay en este mito una observación sobre la naturaleza del poder que los textos nunca verbalizan pero que está implícita en cada detalle: el poder legítimo y el poder ilegítimo pueden coexistir durante un tiempo sin que el mundo se deshaga.

Set reina. El sol sigue saliendo. El Nilo sigue creciendo.

Pero algo falta, algo que solo Isis puede ver porque solo Isis conoce la magnitud de lo que se ha perdido.

La ausencia de Osiris no es todavía el fin del cosmos.

Es solo el comienzo del trabajo que Isis tendrá que hacer para que el cosmos no termine.

* * *

El duelo de Isis, la búsqueda por el mundo

Isis supo antes de que nadie se lo dijera.

Los textos no explican cómo lo supo: simplemente lo supo, con el mismo conocimiento instintivo con que el cuerpo sabe cuando algo en su interior ha fallado.

Se cortó el cabello en señal de luto, se rasgó las vestiduras, y comenzó a buscar.

La búsqueda de Isis por el cuerpo de Osiris es el primer viaje épico de la mitología egipcia y uno de los más conmovedores de cualquier mitología: no un héroe buscando gloria sino una esposa buscando lo que no puede aceptar haber perdido.

Isis preguntó a los niños del delta dónde habían visto pasar el cofre, y los niños le dijeron la dirección.

Los textos señalan que desde entonces los niños tienen la capacidad de la profecía: la inocencia que no ha aprendido todavía a filtrar lo que percibe.

Isis siguió la corriente hasta el mar, y del mar siguió el rastro hasta Biblos.

Llegó a la ciudad extranjera sola, sin escolta y sin los atributos de su divinidad, y se sentó junto a una fuente.