Libro III #2
Las doncellas de la reina de Biblos la encontraron allí y la llevaron al palacio, donde se convirtió en nodriza del hijo menor del rey.
Por las noches, según el mito, Isis transformaba al niño en inmortal pasándolo por el fuego, consumiendo su parte mortal con las llamas.
La reina la descubrió y gritó de horror, interrumpiendo el proceso.
La diosa entonces se reveló: una luz cegadora llenó el palacio, el perfume de los dioses impregnó el aire, y la reina comprendió ante quién había estado viviendo sin saberlo.
Este pasaje exacto no es de origen puramente egipcio; Plutarco introdujo este elemento en el mito de Isis copiando casi línea por línea un relato de la mitología griega: el mito de la diosa Deméter en Eleusis, quien intentó hacer inmortal al niño Demofonte colocándolo de la misma manera sobre un fuego purificador antes de ser interrumpida por una madre aterrorizada.
Isis pidió el árbol, la columna del palacio.
El rey, aterrorizado y reverente, la ofreció.
Isis abrió el tronco, encontró el cofre, y el lamento que lanzó al ver el cuerpo de su esposo fue tan agudo y total que el hijo menor del rey murió de espanto.
La diosa que quería dar la inmortalidad mató con su dolor.
El mito no ofrece disculpa ni explicación: el dolor de Isis es una fuerza física, una perturbación del cosmos que tiene consecuencias en el mundo igual que tiene consecuencias un terremoto o una tormenta.
Isis llevó el cofre de vuelta a Egipto y lo escondió en los pantanos del delta, en Buto, mientras decidía qué hacer.
Pero Set, que cazaba de noche a la luz de la luna, encontró el cofre.
Lo reconoció. Y esta vez no usó trampas ni banquetes: tomó el cuerpo de Osiris y lo cortó en pedazos.
Los textos dan distintos números —catorce, dieciséis, cuarenta y dos— y distintas versiones de dónde fueron esparcidos los fragmentos.
La constante es la dispersión. Al fijar el número en cuarenta y dos, la tradición hace coincidir de forma exacta cada miembro del dios con los cuarenta y dos nomos o provincias de la geografía egipcia.
Set quería convertir el crimen en geografía, pero inadvertidamente transformó el mapa político del país en un relicario viviente; cada rincón de la tierra se volvió sagrado porque custodiaba una porción de la divinidad.
Isis comenzó de nuevo. Otra vez la búsqueda, otra vez el recorrido de todo el país.
Pero esta vez con Neftis, su hermana, que había elegido el bando de la víctima sobre el bando del asesino.
Convertidas en milanas —esas aves de rapiña hembras cuyo agudo graznido se transformaría para siempre en el arquetipo del llanto fúnebre egipcio—, las dos diosas sobrevolaron el Valle de extremo a extremo, preguntando, rastreando, encontrando.
Esta imagen de las diosas con alas de ave protegiendo los restos sagrados quedaría grabada para la eternidad en las cabeceras y los pies de cada sarcófago dinástico.
Cada lugar donde hallaban un fragmento del cuerpo de Osiris se convertía en un santuario, un punto donde la tierra guardaba algo del dios.
Los sacerdotes de Abidos decían tener la cabeza.
Los de Menfis decían tener el corazón. Los del delta decían tener otra parte.
Todos tenían razón y todos exageraban, porque Osiris está en todas partes y en ninguna.
Sin embargo, la reconstrucción geográfica de la divinidad nunca pudo ser perfecta.
Hubo un fragmento que escapó para siempre al rastreo de las diosas: el falo de Osiris, arrojado por Set a las corrientes del río y devorado de inmediato por el pez oxirrinco.
Este detalle, lejos de ser una simple excentricidad del mito, posee una carga teológica determinante.
El cuerpo de Osiris quedó irremediablemente incompleto, mutilado en su potencia biológica y, por lo tanto, incapacitado para regresar al plano de los vivos como un hombre de carne y hueso.
El éxito de Set fue parcial, pero definitivo: Osiris jamás volvería a reinar sobre la tierra fértil.
Su destino estaba sellado en la invisibilidad del inframundo, obligando a Isis a recurrir a su magia más profunda y desesperada para insuflar vida a un cadáver incompleto y concebir, en un instante de transgresión metafísica, al heredero que habría de reclamar el trono.
* * *
El desmembramiento, catorce fragmentos en el Nilo
Hay una crueldad particular en el desmembramiento que Set eligió como segunda violencia.
El asesinato en el cofre fue suficiente para matar a Osiris.
El desmembramiento fue innecesario para ese fin: su propósito era otro.
Un cuerpo que no está entero no puede ser momificado correctamente, y un cuerpo que no está momificado correctamente no puede hacer el viaje hacia el inframundo con todas sus facultades intactas.
Set no quiso solo matar a Osiris: quiso borrarlo.
El número de fragmentos varía según el texto.
La versión más difundida habla de catorce pedazos, y esta cifra tiene su propia lógica simbólica: catorce son los días de la luna menguante, los días en que la luz del cielo nocturno se reduce hasta la oscuridad total del cielo sin luna.
Osiris, el dios que muere y resucita, y la luna, el astro que mengua y vuelve a crecer, comparten la misma estructura temporal: ambos desaparecen y ambos regresan, y el número catorce es el umbral entre la presencia y la ausencia.
Como hemos visto, hubo un único fragmento que Isis no pudo recuperar de las aguas del Nilo.
Para suplir esa pérdida irreparable, la diosa fabricó una réplica con arcilla y realizó sobre ella el ritual de consagración que convirtió el sustituto en el equivalente mágico del original.
Esta parte del mito, que los textos mencionan con una brevedad que sugiere que el lector ya la conocía, tiene una resonancia que va más allá de la anécdota: el cuerpo de Osiris fue reconstituido, pero ya no era idéntico al que había caminado sobre la tierra.
Lo que Isis reconstruyó era completo e incompleto al mismo tiempo.
Cada fragmento encontrado fue limpiado, ungido y vendado.
Pero las diosas no llevaron a cabo esta tarea solas.
Es en este instante fundacional donde entra en escena Anubis, el dios con cabeza de chacal, nacido de una unión furtiva entre Osiris y Neftis.
Fue él quien aportó el conocimiento técnico para detener la putrefacción de la carne, quien inventó los vendajes que preservan el cuerpo y los ungüentos resinosos que mantienen la integridad de los tejidos, mientras Isis pronunciaba las palabras que convocaban al ka del difunto de regreso al receptáculo que le pertenece.
Este esfuerzo conjunto es el modelo original de la momificación.
Por eso, durante milenios, los sacerdotes embalsamadores que preparaban los cuerpos operarían ocultos bajo pesadas máscaras de chacal: al ponérselas, dejaban de ser hombres para convertirse en Anubis, repitiendo sus gestos con la certeza de que estaban haciendo por sus muertos lo que el dios había hecho por el primero de los muertos.
Los Textos de los Sarcófagos, que surgieron durante el Imperio Medio como una extensión de los Textos de las Pirámides para uso de las clases altas —no solo de los reyes—, incluyen fórmulas específicas para la reunificación del cuerpo después de la muerte.
El difunto declara que sus miembros están reunidos, que cada parte de su cuerpo ha regresado a su lugar, que es completo como Osiris fue completado.
La fragmentación de Osiris y su reunificación se convirtió en el modelo de la muerte y la resurrección que cada egipcio podía aspirar a repetir en su propia muerte.
Hay algo que los textos no dicen explícitamente pero que la estructura del mito transmite con claridad: la muerte de Osiris no fue un accidente que se reparó.
Fue una transformación que cambió el cosmos de manera irreversible.
Antes de la muerte de Osiris, no había inframundo con rey.
Antes de la muerte de Osiris, no había modelo de resurrección.
Antes de la muerte de Osiris, la muerte era solo el fin, sin la promesa de lo que viene después.
El desmembramiento y la reunificación no restauraron lo que había antes: crearon algo que antes no existía, algo que el cosmos necesitaba y que solo podía nacer de esa herida.
* * *
La concepción de Horus, la magia del amor y la muerte
Con los fragmentos reunidos y el cuerpo reconstituido, Isis realizó el acto más extraordinario de su historia: devolvió a Osiris suficiente vida como para concebir un hijo.
No lo resucitó, porque la resurrección plena no era posible —la frontera entre los vivos y los muertos no puede cruzarse dos veces en la misma dirección—.
Pero le infundió, con sus palabras y sus alas y su magia, el aliento necesario para que el milagro ocurriera una vez.
Los textos describen a Isis transformada de nuevo en milana —esa misma ave de presa cuyo llanto ya había resonado sobre los miembros dispersos—, posada ahora sobre el cuerpo de Osiris.
Sus alas batían generando el viento que era también el Ankh , el aliento vital abriéndose paso en la inmovilidad de la muerte.
Sus palabras eran el conjuro que mantenía a Osiris en el umbral, ni completamente muerto ni completamente vivo, en el espacio imposible entre los dos estados donde la concepción pudo ocurrir.
La imagen del pájaro posado sobre el muerto que lleva su esencia hacia adelante es una de las más antiguas y persistentes del arte funerario egipcio.