Libro II #7
Merseguer, la diosa de la colina que domina el Valle de los Reyes en Tebas, era venerada por los artesanos que vivían en Deir el-Medina y construían las tumbas reales.
La cobra que se enroscaba en la cima de la montaña era la diosa de un lugar sagrado y mortalmente peligroso: las tumbas que los trabajadores excavaban eran los espacios más cargados de poder de todo Egipto.
Merseguer castigaba a los que faltaban al respeto al lugar sagrado y protegía a los que trabajaban en él con honestidad.
Los trabajadores de Deir el-Medina le dedicaron estelas de agradecimiento por haberse curado de una enfermedad, exvotos que muestran que la diosa de la colina era una presencia personal y cercana en la vida cotidiana de quienes la servían.
Estas diosas de los bordes dicen algo importante sobre la estructura del panteón egipcio: el poder no está solo en el centro.
La frontera entre el mundo conocido y el desconocido, entre la vida y la muerte, entre la protección y el peligro, es un lugar tan cargado de significado como el corazón del cosmos.
Y las diosas que viven en ese espacio intersticial son las guardianas de las transiciones que el cosmos necesita para renovarse: las que tejen lo que se ha deshecho, las que curan lo que el veneno ha envenenado, las que custodian el umbral por el que todo debe pasar.
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Bes y Tueris, los dioses del hogar y el parto
No todos los dioses del Egipto antiguo vivían en los grandes templos, presidían los rituales del faraón o gobernaban las fuerzas cósmicas.
Algunos vivían en las casas, en los dormitorios, en las habitaciones donde las mujeres daban a luz.
Algunos eran feos por elección, porque la fealdad ahuyentaba a los demonios mejor que la belleza.
Algunos eran pequeños para poder estar en todas partes.
Bes es el más extraño del panteón egipcio: un enano con cara de león, lengua sacada, plumas en la cabeza, cola y piernas arqueadas.
No tiene la pose hierática de los grandes dioses: baila, saca la lengua, hace gestos grotescos.
Y es precisamente esa extravagancia la que lo hace poderoso: los demonios que atacan a las madres y los recién nacidos huyen del dios que los asusta con su aspecto y sus muecas.
Bes es el guardián de la vulnerabilidad, el que protege el momento más peligroso de la vida humana con las armas del espectáculo y el ruido.
Las habitaciones del parto en los palacios del Imperio Nuevo estaban decoradas con imágenes de Bes.
Los cabeceros de las camas domésticas llevaban su figura esculpida.
Los amuletos con su imagen eran de los más vendidos en los mercados de Egipto durante siglos.
Bes no era un dios de culto estatal: era un dios popular, un dios de la gente común, accesible sin sacerdotes ni rituales elaborados.
Se le invocaba con un gesto, con una imagen, con la simple presencia de su figura en la pared de la habitación.
Tueris, la hipopótama divina que se yergue sobre sus patas traseras con el vientre de embarazada, los pechos colgantes y los brazos de leona, es la compañera de Bes en la protección del parto.
Su aspecto es también deliberadamente desconcertante: el hipopótamo era uno de los animales más peligrosos del Nilo, y sin embargo Tueris usa esa ferocidad para proteger, no para atacar.
La hembra hipopótama que defiende a sus crías con una violencia letal es la imagen de la diosa que defiende a la madre y al recién nacido con la misma ferocidad.
Bes y Tueris juntos representan una dimensión del pensamiento religioso egipcio que las grandes narraciones míticas tienden a oscurecer: la religión como respuesta a los miedos concretos de la vida ordinaria.
El miedo al parto complicado, a la muerte de la madre, a la muerte del recién nacido.
El miedo a los espíritus que se cuelan por las ventanas durante la noche.
El miedo a las pesadillas que traen mensajes funestos.
Frente a esos miedos, Osiris y Ra y Amón son demasiado grandes y distantes.
Se necesita un dios que quepa en el dormitorio.
La popularidad de Bes sobrevivió con notable vigor al cambio de era.
Su imagen aparece en los papiros mágicos grecorromanos de Egipto, mezclada con invocaciones en griego y demótico.
Aparece en amuletos encontrados en todo el Mediterráneo, desde España hasta Mesopotamia, llevados por mercaderes y soldados que se llevaron consigo al dios de la fealdad protectora.
Bes es la prueba de que los dioses más duraderos no son siempre los más majestuosos: a veces son los más feos, los que no tienen ningún pudor en hacer todo lo necesario para proteger a quienes los necesitan.
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Apofis, el caos que nunca duerme
En el inframundo, en las horas más oscuras de la noche, cuando la barca de Ra atraviesa las cavernas subterráneas y el sol está en su punto de mayor vulnerabilidad, existe una serpiente.
No una serpiente pequeña ni una serpiente ordinaria: una serpiente cuyo cuerpo llena el horizonte de extremo a extremo, cuyas escamas son el sonido del trueno, cuya mirada puede paralizar a los dioses.
Apofis. El caos encarnado. La negación de todo lo que el cosmos es.
Apofis no fue creado. No nació de ningún dios ni emergió de ningún proceso.
Existía en las aguas de Nun antes de que el cosmos comenzara, y seguirá existiendo cuando el cosmos termine.
Es la contradicción más radical de la teología egipcia: una entidad que no tiene origen, que no puede ser adorada porque ninguna ofrenda la satisface, que no puede ser integrada en el orden cósmico porque su naturaleza es precisamente la negación de ese orden.
Cada noche, mientras Ra viaja por el inframundo, Apofis intenta devorar la barca solar.
No por hambre ni por odio: por naturaleza.
El caos tiende a absorber el orden igual que el agua tiende a fluir hacia abajo.
Apofis no elige atacar a Ra: es lo que Apofis es.
Y Ra no elige resistir: es lo que Ra hace.
El combate nocturno entre el orden solar y el caos serpentino es tan inevitable como el amanecer que lo concluye, y tan necesario.
Los rituales de repulsión de Apofis eran uno de los elementos más importantes de la liturgia de los grandes templos.
Cada día, los sacerdotes realizaban ceremonias que incluían la destrucción simbólica de la serpiente: efigies de Apofis modeladas en cera eran maldecidas, pinchadas con agujas, quemadas.
Su nombre era escrito y luego borrado. Su imagen era pisoteada.
El objetivo no era un efecto mágico inmediato sino la participación ritual en la batalla que se desarrollaba cada noche en las profundidades del inframundo: los sacerdotes en el templo reforzaban a los dioses en la barca.
Apofis nunca gana, pero tampoco puede ser destruido definitivamente.
Cada mañana el sol sale, prueba de que la batalla de la noche fue ganada.
Pero cada noche hay que ganarla de nuevo.
No hay victoria final sobre el caos porque el caos no es un enemigo que pueda ser eliminado: es la condición de posibilidad del cosmos, el fondo oscuro sobre el que el orden se dibuja, la amenaza constante que da significado a la victoria constante.
Un cosmos sin Apofis sería un cosmos sin tensión, y un cosmos sin tensión no necesitaría a sus dioses.
Apofis no tiene culto. No hay ciudad que lo adore, no hay sacerdote que lo sirva, no hay ofrenda que se le presente.
Es el único dios del panteón egipcio al que nadie quiere parecerse, al que nadie invoca para que le ayude, al que nadie dedica una estatua en su dormitorio.
Y sin embargo es en cierto sentido el dios más importante de todos: porque sin la amenaza de Apofis, el amanecer sería un fenómeno mecánico sin significado.
Con Apofis, cada salida del sol es una victoria.
Y las victorias son lo que le da sentido a seguir luchando.
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